sábado, 13 de julio de 2013

Inundación



 Hoy iré a cenar, a cenar a un restaurante. El restaurante será de color rojo, no tendrá techo y se verá la luna en todo momento. Pediré solomillo vivo, con patas, pero no tendrán. Así que me conformaré con solomillo ya muerto y con salsa de color marrón. Los camareros dispuestos en fila india atenderán a cada mesa de forma individual y se acercarán a ella a cuatro patas ya que tendrán forma de cebras. Hablarán el lenguaje de las cebras. Yo no entenderé nada pero ellas sabrán bien cuáles son mis deseos. La luz de la luna crecerá, se hará más grande y más luminosa hasta cegarme los ojos a la hora del postre. Un magnífico puré de melocotón y verduras el cual tomaré dando pequeños sorbos por la nariz y que dejaré sin terminar. A la hora de la cuenta y pagar se acercará a mi mesa el encargado. Un caballero vestido con un traje negro y camisa blanca, impoluto y con cara de tigre de bengala. Yo sacaré la lengua, reflejo innato y atraparé una mosca posada sobre la manga del traje negro del encargado. La masticaré y tragaré a la vez que el tigre de bengala me dice que no me preocupe, que invita la casa. Me hablará en perfecto castellano y yo entonces meteré las manos en la sopa del puré, primero un dedo de cada, después otro dedo, ya van dos, a continuación tres, cuatro y cinco. La masa de melocotón y verduras comenzará a rebosar del plato, me llenará las piernas, los brazos, toda la sala y restaurante comenzará a inundarse de ese líquido pastoso. Las cebras saldrán por la puerta de dos en dos. Se tropezarán bloqueando la salida. El líquido subirá por las paredes. La luna en ese momento ya hará de techo del restaurante y todos perecerán en ese bonito acuario rojo mientras yo daré golpecitos con los nudillos sobre el cristal de mi ventana.