sábado, 5 de octubre de 2013

Arena



Una muchedumbre a tropel, reunida alrededor de un circo. Enarboladas, jaleando sin parar, gritando a viva voz, de pie sobre unas gradas altas y abarrotadas se divertían o más bien podríamos decir que se comportaban de manera primitiva observando el grotesco y humillante espectáculo que en el albero se daba. Todos los días había festejos de esa índole y gran parte del pueblo se apelotonaba uno detrás del otro para conseguir una entrada. Los había que tenían preferencia al ser distinguidos personajes de la sociedad y conseguían evitarse los empujones, las esperas, los improperios y las malas caras, haciéndose con un pase preferencial en uno de los palcos preparados, dicho sea de paso, para tal clase de peloteo o favoritismo descarado. Público de todas las edades observaban el cruento espectáculo. Los más pequeños al principio se sorprendían ante la actitud de sus padres. Estos gritaban e insultaban sin reparo ni vergüenza alguna, relamiéndose la comisura de los morros por cada estocada bien dada, o bien clavada, o bien ejecutada, como ustedes bien prefieran. Sus vástagos al principio giraban la cabeza para no verlo. De ese modo se ahorraban una visión poco agradable. Lo que no podían girar eran las orejas por lo que toda cantidad de barbaridades penetraban por sus oídos. Sin embargo, está escena sólo ocurría en el bautismo o primer día que sus padres los llevaban de la mano. A partir del segundo y a veces incluso a partir de solo un rato, la transformación en salvaje autómata ya se había consumado, y estos se comportaban a semejanza de sus idolatrados padres. Las madres y féminas también iban al espectáculo. Era para ellas una ocasión única para engalanarse, pavonearse y dejarse ver por la flor y nata de la sociedad. Mezclarse con lo alto, medio y bajo de toda ralea. Aunque a decir verdad, con pocos de clase baja se iban a mezclar, ya que los precios del circo eran bien prohibitivos y no podían costeárselo. Así que tenemos unas gradas llenas, un montón de espectadores deseosos de sudor y sangre, convencidos todos de que lo que iban a ver es puro arte y tradición, un ejecutor o varios y un ejecutado.
Unas veces dura más que otras. Normalmente hasta que pierde mucha sangre o se agota físicamente o las dos cosas a la vez. Cae de rodillas, postrado, agotado, delante de su verdugo, la sangre le resbala por la espalda, las laceraciones y heridas abiertas brillan con el sol que cae a plomo a esa hora sobre la plaza. Agacha la cabeza ofreciendo su nuca. Solo espera la estocada final. Que le hundan la espada hasta el fondo y acabar con su agonía, con su sufrimiento. El público vocifera, quiere más. Exige que continúe la tortura. Se pone entonces en pie a duras penas. Le dan el tiempo justo y siente un nuevo pinchazo, en una pierna, aúlla y grita de dolor. Se mueve en torno a él, girándose. Ve aparecer a dos más. Esquiva otro golpe, corre al otro extremo sin mirar a ninguna parte. Lo empujan, cae de nuevo a la arena. La multitud abuchea, da ánimos para que no se rinda y se vuelva a erguir. Aún no ha sufrido bastante. Hay que llevarlo al límite. Siempre lo hacen con todos. Él no iba a ser una excepción, y lo sabía. Nota sobre su cuerpo desnudo el calor que emana de la arena, la rugosidad de esta adhiriéndose a las heridas produciéndole dolor, más dolor. Ahora tiene completamente apoyada la parte derecha de la cabeza en el suelo. Los ojos cerrados, una serenidad infinita se apodera de su alma. Un rictus forzando una sonrisa se vislumbra en su rostro. De repente se ve corriendo por verdes prados, detrás de sus amigos. Le encantaba correr de aquí para allá, hacer carreras e ir a beber al rio. Entonces era libre. Ahora no. Ahora era presa de unos salvajes y sufría. Sufría él y sus compañeros. El pueblo se divertía a su costa como si nada. ¿Por qué él? ¿Por qué ellos? Pues porque si ellos se quejan no pasa absolutamente nada. Porque si ellos se mueren, no pasa absolutamente nada. Se reemplazan por otros y listo. Son simples eslabones de una maquinaria perversa y viciada sin sentido creada por el hombre, autoproclamado Dueño y Señor del planeta Tierra. “Machina Animata”, como proclamaba Descartes. Ellos no tienen alma. Y además están ahí para arrebatarles sus carreras por el campo y negarles su libertad. Ahora abría los ojos. Procuraba enfocar al público. Su visión era borrosa. Le costaba asociar las imágenes que veía con lo que realmente eran. El rojo de sus pupilas recordaba el propio infierno, a la barbarie del mundo, a la mirada de un hombre sin esperanza ni sueños que pide clemencia.  Ahora se frota los ojos y se sacude la sangre. Ya no existe ni un solo hueco de su anatomía que no esté cubierto de rojo. Oye un alboroto cada vez más próximo. Ahora ya no son tres verdugos, sino una multitud salida del mismo público la que se abalanza sobre él. Corren hacia él como una gran mancha negra la cual se hace más grande a cada segundo que pasa. Con sus pitones y cuernos bien afilados. Dando bufidos, empujándose unos a otros, desafiándose con las miradas enajenadas y hambrientas listas para torturarle. Él ahora se levantaba, a duras penas. Se desplazaba cojeando alrededor del terreno. Mira a ambos lados, al frente, pero no ve salida alguna. Solo ve toros bravos, sueltos y sobre todo dispuestos a echarse encima de él. Si, había abierto los ojos y había despertado a su propia pesadilla. Ahora no era él quien mutilaba y mataba sin remordimientos. Ahora él era la víctima y cientos de toros los verdugos. Pensaba para sí mismo en lo macabro de la situación. Procuraba despertarse, pero nadie puede despertarse si ya está bien despierto. Entonces se veía diminuto, insignificante, acorralado como una simple rata y no le quedaba más que derrumbarse a esperar su muerte y suplicar porque fuera rápida. Ahora comprendía lo absurdo de sus prácticas y de las del pueblo. Gritaba desesperado que él también tenía alma y que estaba equivocado, que todos estaban equivocados. Pero ya era demasiado tarde. Se había convertido en una “machina animata” y simplemente sería reemplazado por otra persona cuando cesara de respirar.