jueves, 24 de octubre de 2013

Historias



El hidalgo caballero andante, acompañado de su fiel escudero, avanzaba presto hacia aquellos gigantes los cuales erguíanse como grandes torreones luminosos y poéticos sobre el promontorio, esperando su golpe de gracia a la luz del sol la cual reverberaba sobre la superficie de sus muros. Los rayos del astro rey caían a plomo y en perpendicular. No cabía duda que era medio día y que el calor hacía mella en esa estación del año, tan seca, tan plomiza, tan larga y apelmazante en aquella zona, la Mancha. Las gotas de sudor resbalaban por su frente, caían desde su yelmo dorado hasta sus ojos de lince. Le impedían entonces ver y se enjugaba con el dorso de la mano, vislumbraba el horizonte y continuaba su camino hasta el enemigo sin demora aparente. Decidido en la mañana a acabar con los gigantes, ni siquiera reparaba en el infierno que suponía desplazarse por esas vastas llanuras de tupido césped amarillento y seco a esa hora y con esa premura, y en esa época del año. Su escudero, al punto, le seguía los pasos, más mal que bien, sin tiempo apenas para respirar y tomar aire. Sus piernas eran más cortas. Su cara por entonces era una gran esfera bermellona y oronda  y sus bufidos y blasfemias, estas dichas en susurros inaudibles y sordos, eran continuas. Adelante mi querido y leal amigo, no te rindas, no paremos ahora, que allí nos esperan ansiosos de sangre y venganza aquellos que nos injuriaron. Mi lanza los atravesara y pondremos fin a esta farsa, bramaba con voz decidida Don Albar de Totena y Soto, a lo que Romeu, su inefable y perezoso criado respondía con voz queda. Así será mi Señor, mas me temo que no van armados y que le será fácil asaltarlos.

Ahora Carlos bostezaba. Acomodado sobre el colchón, cerraba el libro y lo dejaba sobre la mesilla que tenía junto a su cama. Tenía sueño y los ojos se le cerraban. Eso le impedía continuar leyendo aunque si por él fuera, no dejaría jamás de leer. Ahora tenía que abandonar la lectura por un descanso que él no quería pero por el cual no tenía más remedio que claudicar. Maldecía entonces el dormir. Que pérdida de tiempo, pensaba. Ahora tenía veinte años, y desde bien pequeño ya leía todas las historias que podía y caían en sus pequeñas manitas de por entonces. A veces, por supuesto, el libro era más grande que su propio cuerpo, entonces jugaba a esconderse detrás del lomo, de la tapa, y jugaba con su padre por toda la casa. Leyó muy precozmente las historias y novelas de Robert Louis Stevenson, Herman Melville, Daniel Defoe, Mark Twain,  Julio Verne y demás, a las que tenía especial cariño. Todos los cuentos de Pinocho, Blancanieves, Los Siete Enanitos, se los contaba o más bien se los dibujaba su mama sentada al borde de la cama, uno cada noche hasta que cumplió los once años con diferentes voces, modulando su voz y tono para que se durmiera, era todos los personajes y ninguno a la vez. Entonces Carlos se cruzaba en sueños con Doroti, con el hombre hojalata, con Mary Popins, volaba en alfombras mágicas, visitaba a Aladino y pedía tres deseos al genio de la lámpara maravillosa, luchaba con dragones, bebía del ponche de los deseos, se hacía invisible, recorría el mundo en ochenta días, pasaba temporadas enteras en una isla desierta, viajaba en barcos y recorría el interior de una ballena para su regocijo y disfrute. Cada día no faltaban sus cuentos. Y cada día suponía toda una aventura para él, por lo que adoraba estar despierto y sobre todo soñar, soñar despierto. Soñaba con cantidad de libros los cuales avanzaban hacia él hasta que lo conseguían rodear, entonces comenzaban a sepultarlo poco a poco, primero tapaban sus pies, sus piernas, todo su cuerpo iba desapareciendo bajo la montaña de libros. Entonces pensaba que eran sus propios personajes los que le devoraban. Le gustaba imaginar al Capitán Garfio detrás de él o a Huckleberry Finn tratando de engañarle metiéndole en líos más allá del rio Mississippi. Pensaba que se habían confabulado entre ellos y ahora querían absorberlo, integrarlo entre sus páginas, perpetuarlo en el tiempo, elevarlo a personaje de ficción. Eso pensaba y era algo que le fascinaba y a la vez horrorizaba. Era cuando se despertaba sobresaltado, impertérrito, con el rostro pálido y las sábanas empapadas de orina, gritando ¡Mama, mama! Así fue creciendo Carlos, rodeado de literatura e historias fantásticas, lo cual desarrollaba en él una indudable capacidad de abstracción hacia el mundo que le rodeaba. En la escuela, los compañeros lo consideraban un bicho raro. No tenía amigos, no salía a jugar en los descansos con los niños de su edad. No jugaba a la pelota ni perseguía hormigas en el patio. En lugar de eso, permanecía sentado en su pupitre bien divagando, bien leyendo los libros que su abuelo le obsequiaba a sabiendas de los gustos de su nieto, por lo que se convertía sin quererlo en la comidilla de todos y en el blanco de sus habladurías. No decía palabra, no lo necesitaba. Los profesores al principio se preocuparon de sus formas. Un niño de su edad, tan pequeño, tan diferente de los demás, debía tener algún problema, pero pronto desistieron de pensar eso debido a las buenas calificaciones que sacaba. Era el número uno, sin duda destacaba sobre los demás en todas las materias. Lo poco que mostraba no era nada con lo que en realidad ocultaba, o más bien con lo que no necesitaba mostrar. Para Carlos sus únicos amigos eran los personajes de los libros que leía, y su hábitat natural, su patio de recreo, sus carreras dando patadas a un balón o el juego del escondite, eran las páginas de estos, una tras otra.

Muy temprano se levantó. Su habitación era una pequeña biblioteca con anaqueles en las paredes, ocupándolas enteras, repletas de libros. Las estanterías estaban a rebosar. Unos libros sobre otros, a ambos lados, incluso pequeñas montañas en el suelo, esquinadas, por falta de espacio. Poco a poco los libros invadían su cuarto. La cama estaba justo en el medio, mirara donde mirara veía libros. Era como su añorable pesadilla de pequeño hecha realidad, cosa que le apasionaba. Cada día entraba un nuevo libro y cada día tenía que abrir un nuevo hueco. Ahora miraba el techo, absorto en lo que le atravesaba la cabeza, y a la mesilla, donde reposaba el libro del caballero andante y pensaba decidido, que durante la noche, en sus horas de sueño todas las letras de todas las palabras de todos los libros que tenía en su haber, deambulaban unas con otras mezclándose entre sí, formando nuevas palabras y nuevas frases y nuevos libros. Imaginaba lo apasionante de dicha acción y sentía envidia de ello. De ese modo, pensaba, todas las historias se entrecruzarían, todos los personajes se conocerían y por ende, debido a esto, Robinson Crusoe podría cabalgar con Robin Hood y este a su vez podría navegar en el Nautilus.

Hoy es domingo, es tarde y mañana hay colegio, por lo que David, poco a poco, se va quedando dormido escuchando a su padre. Este le lee un cuento sobre un chico llamado Carlos, el cual quedó encerrado en las páginas de un libro de caballería y luchaba todas las noches por librarse de su encierro en un torreón bajo la custodia del malvado caballero Don Albar de Totena y Soto, Dueño y Señor de las tierras de la Mancha.

lunes, 7 de octubre de 2013

3x150 Comida



Procuraba asomarme por el ojo de buey del camarote. Habían comenzado a dar señales de tormenta. La tripulación se movía alterada y nerviosa por el ascenso repentino de las olas en la gran masa de agua, la cual apenas cinco minutos antes, semejaba a  una pista mansa de finísima lona azul. Ahora golpeaban en mi puerta. Me exigían que subiera a cubierta, que moviera el trasero en pos de enderezar el barco y esquivar la tempestad. ¡Como si yo tuviera una varita mágica con la que hiciera milagros! Las voces y gritos se introducían en los oídos, rebotaban por toda mi cabeza produciéndome un dolor de cabeza inmenso. Entonces me tumbaba en el pequeño catre junto a la ventanilla, cerraba los ojos y entonces lo veía. De repente cesaban los gritos, las olas, el viento, los coléricos vaivenes del navío y aparecía ante mí un delicioso arroz caldoso con gambas.  

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Cuatro eran los platos que tenía ante mí. Temblaba. Una venda me suprimía e invalidaba el valioso sentido de ver. Al menos me dejaron sentarme en un modesto taburete, eso sí, con las manos atadas a mis espaldas y el corazón palpitando al mismo ritmo que corren los conejos por el campo. El paladar pronto se me inundo de una saliva con sabor a miel, la tragaba recordando las sabrosas berenjenas rellenas del día anterior. Ahora no podía demorarme, quedaban dos minutos y debía adivinar no con poca suerte y si con mucha habilidad los cuatro manjares que se presentaban ante mí. Un solo fallo y no entraría en la escuela que tanto añoraba. Un sueño infantil. Una vocación de buen comensal. Un reto lleno de sabores, en este caso, de fragancias, de olores. Aspiré olfateando las finísimas partículas que se entrelazaban danzando en el aire y recité firme. Entré.



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A David siempre le gustó pasear por las calles de su pueblo. Añoraba esos paseos de la mano de su Luisa. La pequeña y dulce Luisa. Con su media melena rubia, su flequillo de niña traviesa cayendo hasta las cejas, sus andares ansiosos y divertidos. Recordaba sobre todo la forma como le miraba, achinando sus ojitos azules cuando le entraba algún antojo y tiraba de la manga de su abrigo metiéndole una prisa que él nunca tuvo. Entonces se sentaban en cualquiera de los restaurantes del paseo y ella comenzaba su viaje alrededor del mundo leyendo la carta de arriba abajo, hasta que se decidía por un asado argentino, una lasaña italiana o un gazpacho andaluz, disfrutaba viéndola comer. Disfrutaba de su presencia. Ahora degustaba una lubina al horno con patatas asadas y cilantro él solo. Ya no estaba frente a ella, pero la recordaba a cada bocado que daba.


 

sábado, 5 de octubre de 2013

Arena



Una muchedumbre a tropel, reunida alrededor de un circo. Enarboladas, jaleando sin parar, gritando a viva voz, de pie sobre unas gradas altas y abarrotadas se divertían o más bien podríamos decir que se comportaban de manera primitiva observando el grotesco y humillante espectáculo que en el albero se daba. Todos los días había festejos de esa índole y gran parte del pueblo se apelotonaba uno detrás del otro para conseguir una entrada. Los había que tenían preferencia al ser distinguidos personajes de la sociedad y conseguían evitarse los empujones, las esperas, los improperios y las malas caras, haciéndose con un pase preferencial en uno de los palcos preparados, dicho sea de paso, para tal clase de peloteo o favoritismo descarado. Público de todas las edades observaban el cruento espectáculo. Los más pequeños al principio se sorprendían ante la actitud de sus padres. Estos gritaban e insultaban sin reparo ni vergüenza alguna, relamiéndose la comisura de los morros por cada estocada bien dada, o bien clavada, o bien ejecutada, como ustedes bien prefieran. Sus vástagos al principio giraban la cabeza para no verlo. De ese modo se ahorraban una visión poco agradable. Lo que no podían girar eran las orejas por lo que toda cantidad de barbaridades penetraban por sus oídos. Sin embargo, está escena sólo ocurría en el bautismo o primer día que sus padres los llevaban de la mano. A partir del segundo y a veces incluso a partir de solo un rato, la transformación en salvaje autómata ya se había consumado, y estos se comportaban a semejanza de sus idolatrados padres. Las madres y féminas también iban al espectáculo. Era para ellas una ocasión única para engalanarse, pavonearse y dejarse ver por la flor y nata de la sociedad. Mezclarse con lo alto, medio y bajo de toda ralea. Aunque a decir verdad, con pocos de clase baja se iban a mezclar, ya que los precios del circo eran bien prohibitivos y no podían costeárselo. Así que tenemos unas gradas llenas, un montón de espectadores deseosos de sudor y sangre, convencidos todos de que lo que iban a ver es puro arte y tradición, un ejecutor o varios y un ejecutado.
Unas veces dura más que otras. Normalmente hasta que pierde mucha sangre o se agota físicamente o las dos cosas a la vez. Cae de rodillas, postrado, agotado, delante de su verdugo, la sangre le resbala por la espalda, las laceraciones y heridas abiertas brillan con el sol que cae a plomo a esa hora sobre la plaza. Agacha la cabeza ofreciendo su nuca. Solo espera la estocada final. Que le hundan la espada hasta el fondo y acabar con su agonía, con su sufrimiento. El público vocifera, quiere más. Exige que continúe la tortura. Se pone entonces en pie a duras penas. Le dan el tiempo justo y siente un nuevo pinchazo, en una pierna, aúlla y grita de dolor. Se mueve en torno a él, girándose. Ve aparecer a dos más. Esquiva otro golpe, corre al otro extremo sin mirar a ninguna parte. Lo empujan, cae de nuevo a la arena. La multitud abuchea, da ánimos para que no se rinda y se vuelva a erguir. Aún no ha sufrido bastante. Hay que llevarlo al límite. Siempre lo hacen con todos. Él no iba a ser una excepción, y lo sabía. Nota sobre su cuerpo desnudo el calor que emana de la arena, la rugosidad de esta adhiriéndose a las heridas produciéndole dolor, más dolor. Ahora tiene completamente apoyada la parte derecha de la cabeza en el suelo. Los ojos cerrados, una serenidad infinita se apodera de su alma. Un rictus forzando una sonrisa se vislumbra en su rostro. De repente se ve corriendo por verdes prados, detrás de sus amigos. Le encantaba correr de aquí para allá, hacer carreras e ir a beber al rio. Entonces era libre. Ahora no. Ahora era presa de unos salvajes y sufría. Sufría él y sus compañeros. El pueblo se divertía a su costa como si nada. ¿Por qué él? ¿Por qué ellos? Pues porque si ellos se quejan no pasa absolutamente nada. Porque si ellos se mueren, no pasa absolutamente nada. Se reemplazan por otros y listo. Son simples eslabones de una maquinaria perversa y viciada sin sentido creada por el hombre, autoproclamado Dueño y Señor del planeta Tierra. “Machina Animata”, como proclamaba Descartes. Ellos no tienen alma. Y además están ahí para arrebatarles sus carreras por el campo y negarles su libertad. Ahora abría los ojos. Procuraba enfocar al público. Su visión era borrosa. Le costaba asociar las imágenes que veía con lo que realmente eran. El rojo de sus pupilas recordaba el propio infierno, a la barbarie del mundo, a la mirada de un hombre sin esperanza ni sueños que pide clemencia.  Ahora se frota los ojos y se sacude la sangre. Ya no existe ni un solo hueco de su anatomía que no esté cubierto de rojo. Oye un alboroto cada vez más próximo. Ahora ya no son tres verdugos, sino una multitud salida del mismo público la que se abalanza sobre él. Corren hacia él como una gran mancha negra la cual se hace más grande a cada segundo que pasa. Con sus pitones y cuernos bien afilados. Dando bufidos, empujándose unos a otros, desafiándose con las miradas enajenadas y hambrientas listas para torturarle. Él ahora se levantaba, a duras penas. Se desplazaba cojeando alrededor del terreno. Mira a ambos lados, al frente, pero no ve salida alguna. Solo ve toros bravos, sueltos y sobre todo dispuestos a echarse encima de él. Si, había abierto los ojos y había despertado a su propia pesadilla. Ahora no era él quien mutilaba y mataba sin remordimientos. Ahora él era la víctima y cientos de toros los verdugos. Pensaba para sí mismo en lo macabro de la situación. Procuraba despertarse, pero nadie puede despertarse si ya está bien despierto. Entonces se veía diminuto, insignificante, acorralado como una simple rata y no le quedaba más que derrumbarse a esperar su muerte y suplicar porque fuera rápida. Ahora comprendía lo absurdo de sus prácticas y de las del pueblo. Gritaba desesperado que él también tenía alma y que estaba equivocado, que todos estaban equivocados. Pero ya era demasiado tarde. Se había convertido en una “machina animata” y simplemente sería reemplazado por otra persona cuando cesara de respirar.