Y me mira o no.
Sus ojos perdidos, como mirando un más allá acá, un mundo muy suyo en el que
parece que yo no estoy aunque este, aunque pase delante de ella y la mire de
soslayo, tímido. Apenas giras el cuello, sólo viéndola por el rabillo del ojo,
una y otra vez, un día tras otro, bebiéndome su imagen hasta sabérmela de
memoria. Las doce y cuarto, ahora estará atusándose el pelo, armándose la
coleta tan negra y larga. Su pelo negro hasta la cintura. Se moverá hasta la
puerta y apoyada en el quicio, apostada como una gatita o como una pantera, sacará un paquete de tabaco del bolsillo
interior de su chaqueta y muy despacio se fumará un cigarro. Por entonces, las
doce y veinte, yo estaré cruzando la calle contigua, haciendo tiempo,
imaginando que ahora, que ande más rápido o no llegas. Pero sí, tengo tiempo.
Aún tengo tiempo. Aún tiene que terminarse el cigarro y que perfilarse los
labios. Se pasa la barrita de vaselina después de fumar. Junta sus labios como preparándose
para el beso, para besarme pero no. Sus labios tan carnosos, rosados, se saben
atractivos y apetitosos. Ella lo sabe y se deleita en el momento. La forma en
que se acaricia con la lengua el labio superior, después el inferior y
obsesión. Es cuando acelero el paso y casi tropiezo. A esa hora la calle llena.
La gente se apresura corriendo, siempre corriendo pero a dónde. Tantos años
recorriendo el mismo camino para pasar por tu tienda, para verte. Tú que me
miras o no, tú que te apoyas tan sensual, tan natural, tan tú y yo tan
pendiente. Te imagino en tu casa o en otros lugares y no te reconozco, no te
veo. Sólo en tu tienda, en el quicio apoyada y mirando de frente. Te he besado
tantas veces que perdí la cuenta. En mis sueños yo me acerco y sin palabras te
beso. Nos besamos hasta que me despierto y después nada. Tú no lo sabes pero me
besas. Ahora mismo mientras avanzo me estás besando. Nuestros labios tan
juntos, tan rozándose, tiemblan calientes y yo avanzando. Ya casi te veo.
Enfilé la calle. La última tienda y ahí estarás, esperándome para no verme.
Quizás ahora estés pensando en amores perdidos, en oportunidades que pasan, en
historias que quizás, en amores que pudieron ser y no fueron, en aquel chico
tan simpático que conociste y al que no dijiste nada, hola y adiós, qué tal, o
aquel otro del verano en la playa. Ya te veo. Piensas en todos esos menos en mí
o quizás si. Tan en tu mundo. Tan cerca pero tan lejos y yo. Si supieras lo que
pienso, lo que es en mis sueños. Dicen que la vida es sueño, pero también es
obsesión. Te quiero desde que te vi apoyada en el quicio de la puerta, desde
que me viste o no, desde que tus ojos miraban más allá, al horizonte que es. Y
yo paso como un fantasma, como un navío a sotavento, con las velas desplegadas,
con viento de popa a toda mecha, a toda máquina. Sólo me bastó un instante para
saber. Un solo segundo para grabarte e imaginarte en mi mente y ya todos los
días. Pasar enfrente de ti y verte. Renovar cada día tu imagen. Verte con
vaqueros, con falda, con blusas y chaquetas y tan tú, tan diferente pero tan
tú. Tus mofletes que sobresalen y se hinchan. Tu cuerpo tan atlético apoyado de
costado en el quicio de la puerta y tan tú. Así un día tras otro. Vivir para
soñar y pasar frente a tu puerta a las doce y veinte, y verte sabiendo que tú
me miras o no, que quizás, y soñar con tenerte.
"Reflexiones y relatos. Una mirada al abismo de la vida y sus profundidades. Una caída de cabeza y sin manos al vacío, de frente, sólo amortiguada por pluma y teclas."
sábado, 11 de abril de 2015
viernes, 10 de abril de 2015
Fútbol
El delantero, ágil y diestro como un puma, se desmarca
entre la maraña de contrarios que miran atónitos y estupefactos como el
esférico vuela literalmente por encima de sus cabezas. Sin dejar de correr, con
la ansiedad y voracidad del nueve puro, del rematador siempre dispuesto, no
deja de mirar el balón que se le acerca, que planea en dirección al hueco, a
esa esquinita de césped que nadie atendió cerca del área chica pero él sí, él
si lo vio, en el vértice izquierdo pegado al portero, hábitat idóneo para
virtuosos del último y único fin del fútbol, el gol. El portero que salta. El
portero que no llega, que tuerce el gesto y gira el cuello siguiendo la
trayectoria del balón sabiendo que ya no llega, que se le escapa, que para él
no es ese regalo del cielo. La pelota que baja. Ahora la pincha, la amortigua,
la amansa como si le fuera o quisiera cantar una nana, como si quisiera
dormirla acurrucada entre sus pies, como si la quisiera o amara como a una
madre. Es un genio naciendo que la tiene pisada, un genio que vemos como
gambetea y engaña al defensa que se apura en arrebatarle lo que no le
corresponde y puede, lo que no es para él porque es para el delantero, para el
virtuoso que lo deja atrás jugando a lo único que sabe, al fútbol. Uno y dos
amagues, regate al portero sin tocar el balón, sólo insinuando, moviendo la
cintura, para ti pero no, imitando viejas danzas tribales o algún tipo de samba
o baile que utiliza como un mago. Los cincuenta mil espectadores expectantes. Algunos
se ponen en pie, yo mismo me pongo de pie, me llevo las manos a la cabeza, a la
sien, abro bien los ojos y la boca. Chillo como un niño alucinado. No creo lo
que veo. Los entrenadores en la banda nerviosos. El árbitro pendiente, atento.
Sus compañeros parados. Ya poco han de hacer, sólo atender, disfrutar. Los
rivales impotentes. El tiempo que se para cuando este chico toca el balón. Es
su primer partido y cuarto gol hoy. ¿De dónde viniste? Nos asombra tu capacidad
imaginativa y tus recursos de baile de salón. Tocas el balón como si tocaras a
una hermana o a un hijo. Lo mimas y lo quieres como propio. Pides la pelota con
el descaro que ya nadie tiene. Te sales de la norma, de las reglas tan
marcadas. Juegas como jugabas hace sólo unos días al fútbol en tu país, y aún
parece que sigues allí, entre multitud de chicos como tú, que lo único que
tienen es ganas de jugar y esperanza.
Negros famélicos y mal nutridos semi desnudos que corren todos detrás de ti
intentando darte caza. Y tú que te resignas y sigues avanzando con el balón
descosido de trapo o de cuero roído pegado a tus pies descalzos. Porque tienes
los pies descalzos, como todos ¿y qué? El terreno pedregoso, lleno de polvo y
piedra y barro al que tanto estabas acostumbrado y tanto querías, y que ya no
pisas, pero que pisan tus hermanos y primos y tus amigos, que juegan cuando
pueden con latas o trapos o botellas, con lo que haya porque el caso es jugar y
gol. La tierra soleada y calurosa y pobre y explotada de donde viniste tan
lejana. Te hicieron promesas que ni entendías. Tú sólo querías comer y una casa
y jugar. Te enseñaron la ciudad deportiva y tus ojos no creían lo que veían.
Césped cuidado y muchos balones. Duchas. Cogiste el balón y ya no lo soltaste.
A buen entendedor pocas palabras bastan. Tú ni siquiera una. El fútbol es un
idioma que hablan muchos y entienden pocos. Tú sí que lo entiendes, y por eso
juegas así, y por eso ahora marcas tu cuarto gol y los que quieras. Por eso te ovacionan
y te abrazan. El talento abriéndose
paso. La semilla que brota y crece dónde más difícil se lo ponen, dónde los
niños juegan y se mueren después, a los pocos años, pero ¿y qué? África negra y
esclava y pobre, pero África feliz con poco. Cuanto hemos de aprender. El
fútbol es eso. Fantasía e imaginación. El chico negro de Mozambique o de
Nigeria o de Malí, el chico negro que juega siempre en su poblado y con sus amigos, en su campo
aunque esté jugando en Europa y en césped y con millones de ojos viéndole… al fin y al cabo se divierte y nos divierte, y nos gusta.
miércoles, 8 de abril de 2015
Éramos
Abigarrado,
abrazado a tu cintura, casi a rastras, gateando, con ojos de súplica y aferrado
con fuerza a ti que me das tanto. Así estaba anoche suplicando tu perdón. Así
me postré para y por ti anoche. Aún hoy espero unas palabras, unas caricias, un
gesto de alivio, de sosiego que me calmen, que consigan hacerme convencer de
que perdón, de que caricias y casa de campo y champán. Pero nada, de ti sólo
silencio, indiferencia. Hasta el mismo suelo, tan blanco y frío, con sus losas
cuadradas y grandes, tan de mármol, se resignaba y era testigo de la escena
anoche, de ti y de mí, de nosotros que éramos y que ahora no somos. Ahora cada
uno por su lado. Divididos. Como una célula que se dividiera, como un pétalo arrancado,
como una larva convertida en mariposa te vas volando y aquí me dejas, sin ti y
sin mí, porque éramos y ya no somos, y ya no caricias ni casa de campo ni
champán, ya nada.
lunes, 6 de abril de 2015
Galicia
Antonio se levantó,
preparó su mochila y se curó las heridas en silencio. Lo hacía con la pulcritud
y cuidado que pone el guerrero o el púgil o el torero antes de su faena.
Procuraba no hacer ruido. Se movía por la pequeña habitación como danzando,
como ensayando una coreografía que ya se supiera de antemano. Eran las ocho de
la mañana y Miguel aún dormía plácidamente en la cama del hostal. Antonio lo
avisó despacio, con una voz suave, aterciopelada, una voz que se entretejía en los
sueños de Miguel y lo despertaba. Tenemos que irnos, son ya las ocho. Miguel se
giró, se enderezó, estiró las piernas debajo de las sábanas, dobló los dedos de
los pies, rotó los hombros y bostezó. Todo el cuerpo le dolía. Todo el cuerpo
se esmeraba en gritar, en dar la voz de alarma, en avisarlo que algo no iba
bien. Mientras Antonio continuaba con su tarea de curar ampollas, rozaduras y
durezas, Miguel el primerizo, el debutante, se enderezaba muy lentamente,
despacio, sintiendo a cada milímetro las punzadas de dolor. Eran como espadas o
lanzas clavándose en los músculos. La planta de los pies inflamada, llena de ampollas,
al menos tres o cuatro en cada pie, colocadas estratégicamente y no muy
grandes, casi invisibles, casi pasando desapercibidas si no fuera porque Miguel
las sentía ahí, como parásitos riéndose de su huésped. Los gemelos doloridos,
rotos, sobre todo el izquierdo. Al ponerse de pie lo notó. Notó todo eso y
además notó el dolor en el trapecio al mover el cuello o los brazos. La mochila
pasa factura. La llevarás bien hoy pero mañana te enterarás, seré un lastre
para ti. Dar un paso le costaba. No, no le costaba, le dolía. Ponerse la
sudadera era un suplicio, un sufrimiento y preparar el macuto una odisea.
Estaban en Miño y el día anterior habían salido desde Ferrol para hacer el
Camino de Santiago en sólo tres etapas. Aproximadamente ciento veinte
kilómetros en tres días. Era el Camino Inglés, supuestamente la ruta seguida
por los anglosajones y nórdicos para llegar ante la tumba del Santo Apóstol en
Santiago de Compostela. Una vez preparados, abandonaron la habitación
silenciosos, aún algo aletargados, aún fríos, aún buscando algún bar para
desayunar. Antonio siempre delante, Miguel detrás o al lado, nunca delante. La
mañana era plácida aunque algo calurosa. Había pocas nubes y el sol se elevaba
tan rápido y puntual como siempre. Era ya tarde, las nueve y quedaban cuarenta
kilómetros por delante. El hospital de Bruma esperaba. Era nuestro objetivo,
nuestra meta. El día anterior alcanzamos Miño de milagro. Soy yo, Miguel, el
amigo de Antonio, el incauto aventurero que se lanzó al barro sin pensarlo,
sólo con las ganas y las fuerzas que te dan el entusiasmo y la ilusión de
querer hacer algo. Y ese algo era el Camino y Galicia. No la conocía y ya era
hora. Se dio la oportunidad y aquí estoy o allí estaba, haciendo camino y
disfrutando de su tierra y de sus parajes y de su gente. Justo el día anterior
a venir aquí, tenía fiebre, casi treinta y nueve, tenía poca energía y pocas
ganas de nada. Mi organismo se debatía, luchaba casi resignado a perder la
oportunidad. El primer tren pasó, lo perdí. Antonio partió sin mí. Mientras él
se alejaba de Badajoz dirección a Mérida y después rumbo norte hacia Galicia,
yo sudaba e invadía la cama malo, harto de paracetamol y agua y pensando que
otra vez será, que hay más oportunidades y más momentos. Pero no los hay. El
momento es ya, es ahora y tenemos que disfrutarlo y vivirlo. Tan valioso es
nuestro tiempo que me puse de pie, fui al baño, fui a la cocina, hice la comida
y mientras todo eso hacía, me llegó una información, a las nueve y cuarenta hay
un autobús que se dirige a Ferrol. Era el segundo tren, la segunda parada y no
iba a desaprovecharla. Reservé el billete sin mirar si quiera su precio. Las
ganas podían. Estaba convencido de que iría, de que conocería Galicia, de que
el momento había llegado y no lo iba a dejar escapar. Los pies me dolían, los
gemelos me mataban a cada paso esa mañana en Miño, cuando salimos recién tomado
un café y unos churros y unas tostadas, pero aún no me dolían tanto como al día
siguiente, como el día tercero que desistí de caminar, como el instante en que
paré en medio del monte, entre cuatro casas rodeadas de verde, de pradera y
vacas, viendo amanecer mientras yo me apagaba y me arrastraba a cada paso. Era patético verme,
era agónico verme, era poético verme. Una poesía patética, dura, como un gancho
de derechas que te noqueara. Los niños me adelantaban, otros peregrinos me
pasaban, todos me adelantaban enérgicos y sanos. Llega un momento que debes
saber cuando parar. El día anterior, en la etapa más dura sufrí. Sufrí pero
llegué. Pasamos por Betanzos, subimos senderos empinados que nunca acababan,
que se retorcían doblándose y burlándose de nosotros pero que terminaban por
fin. Yo iba por supuesto a mi ritmo, constante, lento, monótono, aburrido,
sumido en mis pensamientos vacuos, en ese pozo sin fondo que es la mente.
Muchas veces procuro dejarla en blanco, sólo concentrarme en la respiración, en
dar un paso más, en seguir, en engañarme diciéndome que pronto llegas, pero
otras no puedo. Otras me veo recordando la receta del bacalao al horno para
seguidamente recordar que voy jodido, que no puedes más, que te pares o
revientas. Recordé a Derek Redmon en las Olimpiadas de 1992 de Barcelona. El
joven atleta favorito en la prueba de los 400 metros lisos. Recordé como iba
primero. Recordé como pasando la primera curva de la pista, cuando llevaba más
de 200 metros se paraba bruscamente llevándose la mano a los isquiotibiales y
caía de rodillas, hincándola sobre el tartán. Recordé como a pesar de eso se
levantó. Había perdido ya la carrera. No tenía opciones pero se levantó ante
todos los espectadores y continuó cojeando. Su padre saltó de las gradas para llevárselo
y él se negó. Él tenía, él debía acabar la carrera y la acabo abrazado a su
padre y llorando ante la admiración y el aplauso de todo el mundo. Ese día
todos fueron Derek. El otro día yo fui Derek hasta Bruma. Fui más Derek las
tres horas que me arrastré cojeando hasta que paré rendido. Es contradictoria
esa sensación. El querer pero no poder. El debatirte, el saber que no puedes
pero vamos que ya queda menos. Al fin y al cabo todo es contradicción, todo es
un equilibrio que ponemos en una balanza que ni conocemos. Vi a Antonio que me
esperaba en unos soportales junto a las mesas de un bar. Llevaba más de media
hora. Las sillas y mesas eran rojas. Es curioso como en situaciones de estrés o
extremas nos acordamos de los detalles aparentemente más nimios, más
superficiales. Unas vacas pastaban a lo lejos. Me acercaba lento, muy despacio,
sin cambiar siquiera la expresión de la cara, era un maniquí o un ser
completamente automatizado, un muerto en vida. Me senté aún dispuesto a
continuar, a descansar un poco y seguir. Estábamos a treinta y cinco kilómetros
de Santiago o quizás más pero yo no quería rendirme, yo era un terco. Me
encontraba al filo de un precipicio, como una moneda de canto que estuviera a punto
de debatirse hacia un lado, de caerse y quedar así, tendida sobre el suelo,
inmóvil, vencida. Sigue tú Antonio, yo me quedo, no puedo. Las palabras sonaban
llenas de resignación, de rabia. Había jugado ya bastante a que podía hacerlo
pero no podía, era una locura, mis piernas y mi espalda gritaban de dolor,
decían basta ya, no podemos más, suplicaban que desistiera, que me quedara un
buen rato sentado en las sillas rojas descalzo y con los pies en alto, sin
pensar en nada, sólo inmóvil, quieto, viendo pasar los coches y el tiempo, convenciéndome
a mí mismo que había hecho lo que podía, que había hecho bien. Sufrir es gozar
también. Sufrir para alcanzar un objetivo es loable, es admirable. Sufrir y
conseguir los frutos dan a uno la satisfacción del trabajo bien hecho, del esto
puedo hacerlo, de superar retos o metas que parecieran fuera de nuestro
alcance. Por eso sufrir es gozo, por eso deben luchar por sus sueños, por eso
en el mismo camino encontraran la felicidad y no en la meta. En la meta sólo
satisfacción, en el camino orgullo y felicidad. La felicidad no es la meta, es
el camino. Estuve un buen rato en silencio. Callado, inmóvil, casi con los ojos
cerrados sin hacer nada más que ser. No sé el tiempo que pasó hasta que me
incorporé y con dificultad retrocedí unos metros atrás, a una cafetería ya
abierta. Poco a poco iba recuperando el ánimo y la resignación daba paso a un
nuevo objetivo, comerme unas tostadas y beberme un café. Sentado en otra silla,
esta vez blanca y rodeado de un grupo de peregrinos me la tome tranquilo, muy
sereno. Flotaba en el aire. En esa sensación totalmente artificial comencé a
hablar con la gente, a todos les exponía mi situación tan precaria, tan lamentable
y todos me comprendían y ayudaban. Uno de ellos, jugador en la máquina
tragaperras, parroquiano habitual del bar se ofreció a acercarme al pueblo más
cercano donde cogería el autobús que me acercaría a Santiago. Eso hice y ahora
aquí estoy, frente a la Catedral de Santiago sentado en el suelo y esperando a
Antonio que siguió su camino y llegará a esta bonita plaza del Obradoiro. Es
así, pienso que cada uno hace su camino, como en la vida, el camino de Santiago
es igual. Cada uno hace el suyo aunque sea el mismo. Hay miles, millones de
Caminos de Santiago, tantos como peregrinos lo hacen. La plaza está abarrotada
de gente, de visitantes, de peregrinos y no peregrinos, de vida al fin. Yo hice
el último tramo en bus y Antonio lo hizo andando y aquel hombre de allí lo hizo
en bicicleta y aquel de allá sólo pasea frente a mí, quizás hizo ya su camino,
quizás lo hizo en sus sueños, o quizás no, quizás lo está haciendo ahora y ni
lo sabe. El Camino de Santiago es eso, es VIDA, es la vida misma y como tal
cada uno lo hace sólo aunque este acompañado, acompañado aunque lo haga sólo y
merece la pena, al igual que merece la pena vivir la vida y no resignarse.
¿Qué me espero de
Santiago? Pues aparte de la compañía de Antonio y de las Islas Cíes, quizás
conozca a tres chicas maravillosas, y quizás también tenga el mejor cumpleaños
en años, desde aquellos con globos colgando y tartas de chocolate y piñatas y
sanwiches de queso y nocilla sobre la mesa. Seguro que mañana será un buen día
y lo disfrutaremos juntos Inés, Mamen y Lola, por supuesto Antonio y la playa
de las Islas nos abrazara junto a la sombrilla en un bar lleno de Estrellas
Galicias y bocadillos y risas. Gracias chicos…el Camino no acaba en Santiago,
sólo continúa.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Breve historia de un paraguas
A mi
alrededor sólo algarabía, jolgorio, caos. A mi lado, apiñados entorno a mí, más
como yo, dispuestos o tratados como si fuéramos simples piezas de una cadena de
montaje, simples condenados a muerte esperando en la milla verde. Todos nosotros
dispuestos a una espera quizá eterna, quizá momentánea, pero seguro que una
espera llena de sorpresas e incertidumbres. Veo frente a mí, lo que me alcanza
la vista, mesas repletas de gente. Unos beben, otros comen, todos parecen
divertirse ajenos por completo a nosotros, los olvidados. A este de aquí se le
cae la salsa de la carne por la comisura de los labios. A aquel de allá se le
encienden los ojos y le baila la nuez mientras traga y engulle su cerveza fría.
Los camareros se afanan y esfuerzan corriendo de un lado para otro en quitar y
llevar platos y copas y vinos y cervezas a las diferentes mesas. Uno me pega un
golpe con su pierna. Ni una disculpa. Ni una mirada. Me meneo de un lado a
otro. Le pego sin querer a mi compañero de la izquierda. Me disculpo como
puedo. Somos muchos y estamos apretados. Lo normal es eso en esta situación.
Estorbarnos los unos a los otros. Ahora se llevan a uno de nosotros. Vino el
chaval de las gafas, el del jersey de color gris y camisa blanca del que antes
me habló mi compañero, y agarrándolo con decisión se lo llevó de mi lado y para
siempre. Agarró la empuñadura y lo sacó de mi lado. Ni tiempo tuve para un
simple y sencillo adiós. Como si desenvainaran espadas así nos sacan. De golpe.
A veces vienen por la espalda y lo hacen así, a traición. Te sacan del letargo
sin darte cuenta. Es verdad que cada uno es diferente. Cada uno tiene su propia
personalidad, y cada uno se toma esto de diferente manera. También somos de
muchas formas distintas, y de muchos colores. En la variedad está el gusto.
Unos más grandes, otros más pequeños. Unos más elegantes, y otros más
chabacanos. Yo soy de buen material y consistente. De color negro y con
refuerzos para cuando me despliegan y sopla el viento no me doble o me rompa.
Resisto bien sus embestidas y por ello me alaban. Otros no lo soportan. Al
minuto de ser desplegados quedan inservibles. Les compadezco. He conocido
muchos de estos. He visto cómo sus débiles varillas se partían en dos. He
escuchado sus lamentos, sus quejidos, sus aullidos de dolor y los he perdido de
vista mientras eran arrastrados por el aire o eran abandonados moribundos, con
la fragilidad y lo endeble de sus cuerpos mutilados en una esquina o un
contenedor. Doy gracias por ello. Por ser como soy digo. Me entregaron a mi nuevo
dueño hace unos meses. Aún no lo conozco muy bien. Es lo que tienen las
relaciones, que necesitan tiempo. Parece serio, legal. Hombre de mediana edad,
trabajador. Lo único que se, es que tiene dos hijos y está casado. Por lo demás poco que contar. Estuve arrinconado
esperando mi turno hasta hoy mismo. Encerrado sin salir desde que me
depositaron en el paragüero. Es lo que tenemos nosotros los paraguas, que sólo
se nos requiere cuando llueve. En verano nos armamos de paciencia y esperamos.
Esperar. Verbo integrado a nuestra idiosincrasia. Durante las épocas de sequía
me sumo en un trance semejante a la hibernación de los osos polares y espero.
Es así. Cuando te conciben para una cosa. Cuando te diseñan para una función,
para una única función, para un cometido tan específico como es el de evitar
que el que te lleva consigo no se moje durante el tiempo que dura su caminata,
lo más que deseas es que llueva, que diluvie y así, de esa forma, cumplir con
tu cometido lo mejor que sabes. Es cuando nos sentimos realizados. Es lo que se
hacer mejor. De hecho es lo único que se hacer. Un paraguas olvidado es tan
triste como un payaso sin circo y niños. Así que hoy cuando comencé a escuchar
el repiqueteo de la lluvia golpeando el cristal de las ventanas, me alegre. Iba
a salir. Iba a sentirme útil. ¡Qué hay mejor que eso! Sentirse uno útil es lo
que nos da la vida. Y vaya repiqueteo, vaya música celestial para mis oídos.
Allá afuera atronaba cada vez con más fuerza. Iba a debutar a lo grande. A cada
minuto y por momentos el agua parecía que iba a atravesar la cristalera, iba a
meterse en casa y nos iba a inundar a todos sin contemplaciones. Debo decir que
me ilusioné tanto que casi salté de la emoción. Ahora sólo restaba que mis
dueños salieran. Agudicé el oído desde mi posición. Nada se oía salvo la
lluvia. Ninguna voz que rasgara o se colara entre la sinfónica monotonía de la
lluvia. Ya comenzaba a embelesarme como el niño que se duerme escuchando una
nana, cuando una puerta se abre de golpe, y una voz firme y grave me saca de
mis cavilaciones. Ya no había dudas. Iba a salir de casa. Uno a uno, todos los
miembros de la familia atravesaron la puerta. Recordé entonces que era sábado.
Fin de semana y lloviendo. Un manto gris ocultaba el sol y se alargaba sobre el
cielo de Sevilla. Llovía a mares, y sin embargo mis dueños iban a salir a comer
por ahí. Era mi día de suerte. Así que aquí me encuentro. A la entrada de un
comedero junto a la puerta, en un paragüero, otra vez un paragüero, empapado de
agua y apelotonado y apretado con otros como yo. Espero a que vengan de nuevo a
por mí. A que me saquen de este agujero tan triste, tan degradante. Aquel que
me reduce a la nada. Aquel que me convierte en algo inservible, que me arrebata
mi identidad por momentos. Gente que viene y va, sin parar. El restaurante es
un hervidero, un refugio báquico para quienes se refugian de la tormenta.
Embriagados de alcohol y tapas veo a un grupito pequeño. A penas son tres
chicos. Allí están. Allí los veo. Sentados en banquetas altas a la barra, con
sus risas y sus anécdotas no paran de reír entre ellos. He notado en el fragor
de la batalla, en medio de sus risotadas y bravuconerías sus miradas inconscientes dirigiéndose hacia
aquí. ¿Estarán hablando de mí? Las sentía como pequeños proyectiles que pasan
de largo, que le rozan a uno la pechera silbando y se alejan de ti, con el
consiguiente alivio que ello supone, pero que aun así, dejan ese poso amargo e
incierto de que a uno le atacan y amenazan sin parar. Ahora se levantan, se
acercan, ahora puedo verlos de pie, formando un corrillo atiborrado de
conspiración y tramas. No puede haber dudas ya. Incluso me miran sin disimulo,
con descaro. ¿Dónde quedó el decoro, las formas? Cavilan entorno a mí.
Parecieran tres generales planificando un plan de ataque en plenas batallas
napoleónicas. Vistos desde mi posición se ven altos, aunque no lo son. Vistos
desde mi posición se ven poderosos, aunque no lo sean. Vistos desde mi posición
podrían incluso aplastarme si quisieran. ¿Serán temores infundados propios de
mis manías de loco? ¿Por qué tanto revuelo? Ahora vendrá mi querido dueño y nos
iremos igual que hemos venido. Me abrirá y como una flor mostraré todo mi
esplendor, me batiré con esa lluvia que no cesa y seré el parapeto feliz y masoca
que todos esperan y que yo más deseo. ¿Quién dijo miedo? Yo mismo lo dije creo.
Con un rápido movimiento, en un visto y no visto, con la rapidez frugal de un
parpadeo o de un estornudo, fui elevado a las alturas. Me arrancaron de mi
madriguera. Ahora podía sentir el frio en mi cuerpo, el meneo del viento
azotándolo, la intensidad de las gotas de lluvia impactando sobre mí sin
piedad, sin preguntar, sin permiso. Me llevaban estos tres seres en volandas y
me alejaban de mis propietarios originales. Todo eso me pasaba y todo eso lo
disfrutaba. A pesar de todo, me sentía vivo. ¿Qué más podía pedir como
paraguas? ¿Dónde mejor que bajo una lluvia interminable? ¿Debería dar las
gracias a estos mis desconocidos conspiradores? Mi sitio es este, mi sitio está
en plena batalla, entre zapadores, entre trincheras, entre tanques y compañías
de asalto, ese es mi verdadero sitio y ahora lo sentía más que nunca. Gracias
chicos. Lástima mis antiguos dueños. Sabrán apañárselas sin mí. Saldrán
adelante. Sabrán perdonarme. ¿Aunque que culpa puedo tener yo? Fui vilmente
atropellado por tres aventureros sin escrúpulos y necesitados. A veces algunos
estamos destinados a encontrarnos. Nuestras vidas se cruzan con otras vidas y
no podemos mas que entretejer los hilos y aceptar y disfrutar que si eso es
así, es por algo, es porque debe ser así. Quiero pensar que si estaba allí, en
ese bendito paragüero del restaurante, era por ese algo, era para esto que
pasó. Los tres chicos me necesitaban, eso estaba claro, iban con un solo
paraguas saltando de bar en bar, y yo estaba allí para ellos, imprescindible,
magnánimo, esperándoles sin saber. Lo que creo
ahora es que yo los necesitaba aún más a ellos, aunque no lo supiera
entonces.
jueves, 2 de octubre de 2014
Adversidades
Al igual que un navío avanza a barlovento abriendose paso a través de la inmensidad del océano y de las olas y de todas las adversidades si tiene claro su destino, nuestro derrotero por la vida nos empujará con todo el velamen y toda nuestra arboladura y todas nuestras ilusiones...a buen puerto, y desde la cofa del palo mayor, el vigía de nuestros sueños gritará ¡¡¡Tierra a la vista!!!, y todos juntos, tripulación y grumetes, desde Capitán a marinero, celebrará ese grito, que como un torrente desatado de agua, vibrará de boca en boca mientras allá en el horizonte el objetivo se hace cada vez más grande, y entonces, en ese momento y no antes, celebraremos el que hayamos tenido adversidades.
sábado, 5 de julio de 2014
La nena.
La nena siempre iba a visitarlos a la
casita de campo. Todos los viernes la llevaba su mama cogidita de la mano hasta
la puerta de la casucha, y la nena entonces sonreía y brincaba y olvidaba el colegio
y a aquel niño malo que le dijo fea porque no le quiso dejar su pelota, y las
clases rodeadas de lápices y a las compañeras y profesores e incluso a su
muñeca “Bambi” a la cual le tenía un cariño desmedido porque era su compañera
de cama y sueños, y únicamente pensaba en lo bien que lo pasaría durante el fin
de semana y tiraba ansiosa del brazo de su mama adelantándose a ella y
metiéndole una prisa que sólo los niños entienden porque solo los niños tienen
esas prisas y esas ilusiones. Y las ilusiones de la nena le rebasaban la cara,
fluían hacia fuera con la fuerza de un torrente desde el interior de su rostro,
y se proyectaban en forma de sonrisas
nerviosas que la hacían casi tropezar por el camino de tierra, a la vez que su
mama procuraba calmarla cogiéndola en volandas. Pero a la nena no le gusta que
nadie la coja y protesta y patalea hasta que su madre la da por imposible y la
suelta, y entonces la nena llega corriendo a la puerta de la casa donde Dalí,
el perro San Bernardo, la saluda ladrando y danzando entorno a ella. Pásalo
bien y pórtate. Adiós mama, si mama, me porto bien. Para entonces Martina ya le
tiene preparada su merienda favorita y la nena se la toma incluso antes de
darle los dos besos que las formas y el rigor exigen. Sentada en el taburete de
la cocina, con las piernas colgándole y el vaso de limonada recién exprimida
bien amarrado entre las manos, se lo bebe de golpe casi sin paladearlo a la
carrera, disfrutándolo mientras por la comisura de sus labios rosados se le
derrama parte y se ríe y se lame, y Martina se ríe con ella porque a la nena le
hace gracia y a Martina le gusta ver a la nena reírse y por eso se ríen juntas.
Martina es feliz con la nena en casa. Le hace compañía. Viene a inundar los
rincones de la casa con su presencia, con su juventud, con sus risas y sus
historietas e inventivas de niña fantasiosa e imaginativa. La casa en el campo
es propicia para tales inventivas, para soltar amarras y dejar a la deriva la
goleta que era su imaginación. Hasta la hora de cenar la nena jugaba por los
alrededores de la casa, entre los árboles frondosos de en derredor sin más
compañía que ella misma y Dalí, el cual la seguía a todos lados con la lengua
fuera y una mueca semejante a una sonrisa. Se paraba ante cualquier
eventualidad que se cruzaba en su camino y la escudriñaba con la atención de la
alumna más aplicada, como la fila de hormigas que desfilan orgullosas
atravesando la vereda o la plantita con forma de palmera que estaba a punto de
pisar. Se ponía de cuclillas y abriendo los ojos la miraba fijamente,
completamente quieta, inmóvil, sin mover un músculo, abstraída, suspendida en
eso que llamamos tiempo, segundos, con sus ojos grandes clavados más allá, por
lo que cualquiera diría que trataba de hipnotizarlas y lo conseguía. Incluso
Martina que la veía desde el ventanal del salón principal mientras se empeñaba
en doblar ropa, se sorprendía ante tal afición de la nena. Ahora es cuando
llega Israel y la nena lo sorprende a él, siempre lo sorprende, todos los
viernes lo sorprende pese a que Israel sabe o debería saber que la nena dejará
todo lo que esté haciendo y saltará encima de él y lo besará en las mejillas y
él bailará con ella dando un par de vueltas o tres con ella en brazos, y le
dirá vamos adentro que refresca y entonces irán con Martina a la casa y cenarán
lo que Martina tiene preparado. Seguro algo rico, quizás su plato favorito,
lasaña de carne o pizza o las croquetas de jamón que tanto le gustan a la nena.
Hablarán de que tal el día, bien, cansado pero mereció la pena, ya en casa, si,
y la nena con nosotros. Reirán con la boca llena y Martina les regañara, eso
está muy feo, modales, modales, hombre. Pero dónde hay confianza no gobiernan
modales y reirán más y así llegarán a los postres y a la noche y a la nena se
le abrirá la boca, tengo sueño, ve a dormir a tu cuarto cariño si quieres. El
cuarto de la nena está arriba, subiendo unas escaleras de caracol muy empinadas
y a la derecha, después del baño. Es una habitación calurosa y grande. Al menos
a la nena le parece grande, claro que la nena es una niña de seis años y todo o
casi todo le parece grande. Y sin duda que lo era y la nena no se equivocaba
porque allí por más que descansaran como lanzados o tirados en un gran océano, una cama de matrimonio de dos por dos con una
mesita de noche a cada lado, un tocador, una mesa y dos armaritos antiguos bien
forrados de madera y cargados de los trapos viejos y pasados que ya nadie se
ponía, aún sobraba espacio para otra cama igual, o para lo que la nena lo
recorriera a gatas jugando al escondite con Martina, manchándose las manos y
las rodillas con la suciedad y el polvo que todos los suelos, de todos los
rincones de todo el mundo acumulan con el paso del tiempo. El olor allí era
agrio, pesado, algo denso, como fabricado con una pasta consistente que costara
masticar y que llevara caducada dos años o dos siglos, por lo que Martina, que
lo sabía, el viernes justito al levantarse lo primero que hacía era abrir la
ventana y la puerta del cuarto para ventilarlo. ¡Qué graciosa la nena cuando
tuerce la nariz así, ves, así mira! Claro, porque le cuesta respirar al primer
momento, a mí también me pasa mujer, hasta que no te haces a este olor es raro.
Yo creo que está incrustado en las paredes, o en las baldosas mismas porque no
se va nunca, respondía Israel a su mujer al punto que le pasaba la mano por la
cabeza a la nena, que con la nariz arrugada ya se iba acostumbrando al olor. Y
a continuación venía el cuento para dormir, las historietas que le contaban a
la nena y con la que disfrutaba recreándolas en su mente. Cerraba los ojos y
acurrucada en la cama esperaba a que Martina o Israel, el que tocara a cada
noche, ya que se turnaban, se arrancara
a relatarle las andanzas y aventuras de mil personajes distintos con sus mil
vidas diferentes, los cuales se colaban en los sueños de la nena sin pedir
siquiera permiso. La nena los veía de repente. Ahí estaban, frente a ella, en
ese duermevela, en ese paso previo al sueño que llamamos vigilia. La nena los
veía moverse y hablar entre ellos y pelearse y jugar y entonces, la mayoría de
las veces sonreía porque le gustaba verlos ahí, en su mundo, en sus sueños,
pero otras se angustiaba y procuraba cerrar los ojos sin éxito ya que los
personajes eran malos igual que el niño que le llamó fea o más malos aún. Como
una espectadora pasiva que tuviera que presenciar toda la obra, la nena no
podía hacer otra cosa que resignarse y
esperar a que el telón se bajara, a que se acabara la función y toda la
amalgama de colores, y todo el movimiento que bajo sus parpados cerrados se
desarrollaba cesara y se fundiera a negro con el tiempo y entonces buenas
noches, la nena dormida hasta mañana, mañana será otro día. Con un silencio sepulcral,
apenas roto por los quejidos propios de una casa antigua, y con la nena bien
dormida, Martina o Israel, el que tocara, bajaba las escaleras a tientas,
palpando las paredes y sin ver unos escalones que se sabían de memoria. Entonces, antes de dormirse, cerraban todas
las puertas de la casa, la delantera y las dos traseras, y aprovechaban para
pararse los dos juntos, frente a la fachada, de pié, las manos entrelazadas en
un apretón eterno con la mirada al frente, y ante una cúpula mortecina salpicada
con las primeras estrellas que asomaban en el cielo, se decían cuanto se
querían y que felices eran y que bien, que la nena ya duerme, hoy le conté uno
de duendes. El cuarto de ellos estaba abajo, justo al lado de la escalera y
justo debajo de la habitación de la nena. Se desnudaban mecánicamente casi sin
verse, se colocaban el pijama y el camisón, y se metían en la cama, que era tan
grande como la de la nena, y cansados de todo el día y de todas las horas,
esperaban el sueño que llegaba y se dormían al instante, mas aquella noche no
llegó. Quedó suspendido en una maraña de hechos tan truculentos y extraños, que
en vez del sueño, lo que llegó filtrándose como una humedad instantánea y
demoledora, fue el miedo. Al poco de que cesaran las palabras y los susurros de
buenas noches, y de que un silencio como de cripta se adueñara de la casa, tan
solo interrumpido por la respiración cadenciosa y relajada de Israel, Martina,
la buena esposa, la guapa y aplicada mujer que disfrutaba tanto y era tan feliz
con la nena en casa, comenzó a oír un
ruido sordo, un ruido que cada vez escuchaba más cerca y más nítido, más real,
un ruido como de pisadas que le penetraban por el oído y le retumbaba en su
interior dirigiéndose directas a su corazón pisoteándolo de lleno, con toda la
suela. Se revolvía en la cama, entre las sábanas. Sudaba. Abrió los ojos, la
oscuridad ya se había adueñado de toda la habitación por lo que no veía nada, o
veía negro. ¿Lo había soñado? ¿Estaba dormida? ¿Eran reales esas pisadas?
Parpadeaba rápido, intentando adaptar la visión a las tinieblas. Era inútil.
Pasaron cinco, diez, quince minutos. Nada. No se escuchaba nada. Nada realmente
extraordinario o fuera de lo que Martina entendiera como extraordinario. Los
ronquidos de Israel y nada más. Cerró los ojos convencida a regañadientes que
sí, que lo había soñado y se dispuso a dormir de una vez por todas. Sin embargo
cloc, cloc, cloc. De nuevo el ruido, de nuevo los sudores, de nuevo ese
nerviosismo malsano y tremebundo que le provocaba el no saber pero saber. Las
pisadas eran de este lado, eran reales y ahora las escuchaba perfectamente.
Despertó a Israel que ya dormía a pierna suelta por entonces. Éste procuró
calmar a su mujer. ¿Qué ha pasado? Estás temblando. Será algún gato o animal
extraviado o la nena. ¿Viste a la nena? No te alarmes, yo iré a ver. ¿El perro
dónde está? Sabes que a veces se cuela por la parte de atrás. Con el mayor
sigilo posible, Israel se abrió paso, linterna en mano, al salón, a la cocina y
con calma atravesó el pequeño pasillo que llevaba a la puerta trasera sin
escuchar ni ver nada raro. Todo en orden y ningún ruido de pisadas. Y la nena
que duerme a pierna suelta. Su carita embutida en la almohada e Israel de pie
junto a ella. Que linda la nena acurrucada. Hasta cuando duerme parece que te
sonríe. Parecíase que el simple hecho de contemplarla dormida te atrapara. Ese
punto magnético que poseía no era nada nuevo. Ya le pasaba a Martina cuando la
veía jugando entre los alcornoques y castaños, y se quedaba como boba contemplándola.
Ahora, a los ojos de Israel, los bucles de su pelo descansaban traviesos sobre
sus hombros, la mueca que se dibujaba en los labios le conferían la expresión
amable y risueña que elevan en el observador ese sentimiento de ternura que a
todos nos ablanda. Sin duda estaba soñando. Para ella no existían ruidos ni
pisadas. Embutida en las profundidades de un sueño profundo, la nena parecía
totalmente ajena a lo que pasaba a su alrededor y dormía tan plácidamente que
no se enteró del ruido que sacó a Israel de su aletargamiento y de su estado de
calma. Cloc, cloc, cloc. Como el tic tac del reloj más cruel, las pisadas
volvían y se reproducían ahora a los oídos de Israel con un estruendo de
martillo que le helaba la sangre. ¡Qué horror de sonido! ¡Como se te introduce
en el cuerpo! Semejaba a una culebra juguetona que recorriera cada recoveco de
tus entrañas, y te agitara haciéndote vibrar o más bien temblar sin poder hacer nada. Sensación que a nadie agrada y que
te pone en guardia. Presuroso, Israel bajó las escaleras de caracol casi en
volandas, con ese sudor frío que te recorre la espalda y te empapa la camisa
cuando de repente algo te aterra. Martina parada en un rincón. ¿Tú también lo
escuchaste? Parece que están dentro y que son muchos. Los brazos pegados fuertes
al pecho, doblados como si quisiera aferrarse a ellos, formando un escudo que
la protegía de todo y de todos, y que en realidad no la protegía de nada y de
nadie. No vi nada, no quiero ver nada. Estoy horrorizada. Israel que la coge de
la mano. Israel que la acaricia el pelo y la abraza. Israel que le dice sígueme,
vamos a ver si siguen cerradas las puertas. Todo estaba bien. Nada parecía
fuera de orden. La calma volvía como vuelve después de una tormenta. Ningún
ruido. Silencio. El perro que duerme en el patio. Solo los grillos aguijonando
la noche con su canto simétrico. Martina que no comprende. Todo esto es muy
raro. Yo lo oí como tú lo oíste. Volvamos a la cama y vemos. Visita arriba a la
nena. Bendita cría, no la despiertan ni echándole un cubo de agua encima.
Tendida en la cama, ahora del otro lado, la nena dormía plácidamente. La
almohada agarrada entre sus brazos y esa expresión de candidez, de total
hipnotismo en quien la mirara. La boquita entreabierta. Los mofletes ribeteados
con un tono más bien rojizo y la respiración algo acelerada. La pareja la
contemplaba desde el quicio de la puerta, a medio entrar, en una semi penumbra provocada
por la poca claridad que penetraba por la ventana abierta. ¿Dejaste la ventana
abierta? Juraría que estaba cerrada. Y lo estaba. ¿Y si la nena…? Mírala,
parece fatigada. Sin separarse y sin apartar la mirada de la nena dormida, los
dos juntos entraron en el cuarto dispuestos a cerrar la ventana. A medio camino
se paran de nuevo, ahora cerquita de la nena. Martina con intención de
acariciarla. Israel acariciando a Martina. Los dos admirando a la nena. Y los
ojos cerrados de la nena que de repente se abren. No poco a poco o despacio o rítmicamente,
sino de súbito, como un disparo que no te esperas, a bocajarro. Las pupilas
dilatadas y negras que miran fijamente a la pareja sin mirarla porque miran más
lejos, más allá, quizás a otro mundo o a su mundo, y el susto de ambos que ven
sin comprender. Sin mover un músculo, apenas sin mover la boca, la voz de la nena
que les habla. He tenido una pesadilla. Pisadas. Cientos de duendes destruyendo
la casa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
