martes, 7 de mayo de 2013

Centripicidad









    Son las doce y cuatro minutos, conduzco mi coche con la intención de llegar a Sevilla, parado en un interminable semáforo en rojo más, una gotita de sudor  resbala por mi frente, quizá debido al sol que calienta en la mañana, el cual incide sin discreción alguna sobre mi cabeza o quizá causada por la perturbación, pesadumbre y resignación que me produce el planificar una hora de salida y por diferentes motivos, sin duda motivados por alguna fuerza sobrenatural que escapa a mi raciocinio, me veo empantanado como si pisara tierras fangosas en plena selva amazónica y no pudiera escapar de ahogarme por completo sin otra solución que hartarme de paciencia y llegar a tierra firme. Realmente eso pasa, salir de casa cuesta, debe  existir una fuerza centrípeta que nos atrapa y empuja hacia su interior, la cual hace que las energías necesarias para escapar de ella nos acaben por agotar por completo. Si piensas que arreglar la maleta es cuestión de diez minutos, desayunar cinco y lavarte los dientes y la cara tres, estás equivocado. Surgirán mil y un inconvenientes o pormenores que te dificultarán la salida. Ese es mi caso. Y una vez fuera…no es extraño que algo se te  haya olvidado, de nuevo la fuerza centrípeta de tu casa en juego, que se alarga en el tiempo y en el espacio, haciendo de tu partida toda una odisea, sumado esto a que todos los semáforos se pongan en rojo, o que haya un buen atasco, o que llueva, o que la carretera esté cortada o que tengas la reserva encendida… retrasando más y más la hora prevista de salida. De todo esto puedo deciros que seáis precavidos y no actuéis como yo. Organizar todo el día anterior al viaje, y aún así, sin más remedio y porque la naturaleza propia así lo designa, actuará la fuerza centrípeta de tu querida morada.

lunes, 6 de mayo de 2013

Regalo



   "Dulce caricia de invierno, penetrante mirada, de ojos profundos y cristalinos, cual agua de rio que corre serpenteando  a abrazar el mar, arrebatadora palabra que enciende mis sentidos, aire puro y sereno que envuelve mi cuerpo y lo eleva hasta danzar con las nubes, inesperado regalo que la vida me brinda…"

jueves, 2 de mayo de 2013

Banco



   


 Posiblemente Héctor se levantó como siempre a las ocho de la mañana. Posiblemente se incorporó de su cama, grande y vacía, se quedó sentado mirando las palmas de sus manos, o estudiando con detalle el recorrido de cada una de las líneas que la asediaban y se debatían enfrentándose, cruzándose y dando a la mano una impresión de hoja rayada, de hoja rayada poco a poco, gastada por el paso de los años. Posiblemente se calzo las pantuflas marrones colocadas con recelo en el lateral de la cama, algo metidas bajo ella. Posiblemente se puso de pie y se dirigió al cuarto de aseo para lavarse la cara con agua fría, la única agua que había. Posiblemente se quedo mirándose en el pequeño espejo sobre el lavabo, un espejo sin marco, que ha visto encanecer el pelo de Héctor, conformar las arrugas en su cara y ver caer los años uno tras otro sobre su cuerpo, dándole un aspecto vetusto y enjuto, cadavérico. Posiblemente en la cocina se preparó un café y una tostada con manteca. Posiblemente se sentó para comérsela como hacía siempre en el pequeño taburete de madera de la cocina. Antes ese taburete eran dos taburetes, antes incluso eran tres taburetes e incluso cuatro taburetes. Pero ahora solo era un taburete. El tiempo y circunstancias por un lado y la muerte por otro, habían hecho desaparecer dichos aposentos. Posiblemente Héctor pensaba esto mientras masticaba y rumiaba la tostada, en su esposa, años atrás ocupando el taburete de enfrente.  En sus hijos correteando con prisas y sentándose apenas dos minutos antes de ir al colegio y más tarde al trabajo. Y lloraba. Posiblemente lloraba recordando todo eso. Un llanto silencioso, un llanto sin lágrimas. Posiblemente se preguntaba que hacía él allí, en esa casa vacía y solitaria. Pequeña pero inmensa, un universo en setenta metros cuadrados. Posiblemente se vistió como siempre, con su pantalón de pana color marrón, una camisa a cuadros blanca y azul y se enfundó su sombrero de fieltro gris con una banda negra de adorno. Posiblemente salió de su cárcel a las nueve y media de la mañana y saludó a su vecina Hortensia, que se dedicaba a barrer por las mañanas el descansillo. Actividad que la mantenía activa y sobre todo alegre. Posiblemente Héctor la sonreía y ella le devolvía dicha sonrisa. Aunque Héctor  nunca sabía si lo que hacía era devolvérsela o mantenérsela. Hortensia siempre barría. Hortensia siempre sonreía. Posiblemente Héctor miro al  salir del portal el cielo azul. Inspiró. Espiró. Posiblemente se puso a andar por la calle, sin rumbo, sin destino, sólo preocupado de poner un pie tras otro y caminar. Posiblemente no pensaba en nada o pensaba en si sería capaz de dar el siguiente paso. O pensaba que debía dar media vuelta y volver. ¿Pero volver a dónde? Posiblemente vio como dejaba atrás el bar al que iba todas las mañanas. Posiblemente dobló a la derecha, después a la izquierda, todo recto y posiblemente fue cuando me vio sentado en uno de los bancos del parque. Posiblemente rodeó el parque con sus pasos cortos, constantes, observó que todos los bancos estaban ocupados y se quedó inmóvil, quieto. Sus pasos cesaron por un instante, apenas un minuto, sus ojos clavados en mi espalda y entonces  posiblemente me examinó, me estudió, se introdujo en mi cabeza y dictaminó que yo estaba tan sólo como él, tan sumido en la soledad como él, tan vacio como él, tan profundamente enterrado en el fango  y en el tiempo como él y posiblemente se puso en marcha, despacio, hasta ciertamente sentarse junto a mí y preguntarme si era alemán.

miércoles, 1 de mayo de 2013

Fango



   



    En realidad no sé como comenzar. Las diecinueve y cincuenta y nueve de la tarde. Folio en blanco, mente en blanco y sin embargo tengo algo que contar. Normalmente las palabras surgen solas, una tras otra, sin demora, mecánicamente. Hoy no. Hoy avanzo entre el  barro, metiendo hasta las rodillas a cada paso, hundiéndome poco a poco y haciendo un esfuerzo mayúsculo por alzar la pierna y continuar. Un paso más y ya van tres, cuatro… No veo la orilla, el otro extremo,  y sin embargo no puedo mirar atrás, avanzar, avanzar… y no volver la cabeza, no mirar atrás.  Mirar atrás es hundirse. No se vive mirando el pasado, al igual que no se puede mirar atrás. Un despiste y zas, la tierra te traga, te engulle, el límite son las rodillas. Es peligroso que esa mezcla de tierra y agua, ese lodo espeso como una tarta de chocolate sobrepase tus rodillas. Por eso lucho. Por eso no miro atrás y avanzo hacia adelante. ¿Qué hay adelante? Seguramente un punto y aparte, o un punto y final,  un abismo muy grande.  Un desfiladero muy estrecho por el que avanzas hasta caerte…