jueves, 2 de mayo de 2013

Banco



   


 Posiblemente Héctor se levantó como siempre a las ocho de la mañana. Posiblemente se incorporó de su cama, grande y vacía, se quedó sentado mirando las palmas de sus manos, o estudiando con detalle el recorrido de cada una de las líneas que la asediaban y se debatían enfrentándose, cruzándose y dando a la mano una impresión de hoja rayada, de hoja rayada poco a poco, gastada por el paso de los años. Posiblemente se calzo las pantuflas marrones colocadas con recelo en el lateral de la cama, algo metidas bajo ella. Posiblemente se puso de pie y se dirigió al cuarto de aseo para lavarse la cara con agua fría, la única agua que había. Posiblemente se quedo mirándose en el pequeño espejo sobre el lavabo, un espejo sin marco, que ha visto encanecer el pelo de Héctor, conformar las arrugas en su cara y ver caer los años uno tras otro sobre su cuerpo, dándole un aspecto vetusto y enjuto, cadavérico. Posiblemente en la cocina se preparó un café y una tostada con manteca. Posiblemente se sentó para comérsela como hacía siempre en el pequeño taburete de madera de la cocina. Antes ese taburete eran dos taburetes, antes incluso eran tres taburetes e incluso cuatro taburetes. Pero ahora solo era un taburete. El tiempo y circunstancias por un lado y la muerte por otro, habían hecho desaparecer dichos aposentos. Posiblemente Héctor pensaba esto mientras masticaba y rumiaba la tostada, en su esposa, años atrás ocupando el taburete de enfrente.  En sus hijos correteando con prisas y sentándose apenas dos minutos antes de ir al colegio y más tarde al trabajo. Y lloraba. Posiblemente lloraba recordando todo eso. Un llanto silencioso, un llanto sin lágrimas. Posiblemente se preguntaba que hacía él allí, en esa casa vacía y solitaria. Pequeña pero inmensa, un universo en setenta metros cuadrados. Posiblemente se vistió como siempre, con su pantalón de pana color marrón, una camisa a cuadros blanca y azul y se enfundó su sombrero de fieltro gris con una banda negra de adorno. Posiblemente salió de su cárcel a las nueve y media de la mañana y saludó a su vecina Hortensia, que se dedicaba a barrer por las mañanas el descansillo. Actividad que la mantenía activa y sobre todo alegre. Posiblemente Héctor la sonreía y ella le devolvía dicha sonrisa. Aunque Héctor  nunca sabía si lo que hacía era devolvérsela o mantenérsela. Hortensia siempre barría. Hortensia siempre sonreía. Posiblemente Héctor miro al  salir del portal el cielo azul. Inspiró. Espiró. Posiblemente se puso a andar por la calle, sin rumbo, sin destino, sólo preocupado de poner un pie tras otro y caminar. Posiblemente no pensaba en nada o pensaba en si sería capaz de dar el siguiente paso. O pensaba que debía dar media vuelta y volver. ¿Pero volver a dónde? Posiblemente vio como dejaba atrás el bar al que iba todas las mañanas. Posiblemente dobló a la derecha, después a la izquierda, todo recto y posiblemente fue cuando me vio sentado en uno de los bancos del parque. Posiblemente rodeó el parque con sus pasos cortos, constantes, observó que todos los bancos estaban ocupados y se quedó inmóvil, quieto. Sus pasos cesaron por un instante, apenas un minuto, sus ojos clavados en mi espalda y entonces  posiblemente me examinó, me estudió, se introdujo en mi cabeza y dictaminó que yo estaba tan sólo como él, tan sumido en la soledad como él, tan vacio como él, tan profundamente enterrado en el fango  y en el tiempo como él y posiblemente se puso en marcha, despacio, hasta ciertamente sentarse junto a mí y preguntarme si era alemán.