miércoles, 1 de mayo de 2013

Fango



   



    En realidad no sé como comenzar. Las diecinueve y cincuenta y nueve de la tarde. Folio en blanco, mente en blanco y sin embargo tengo algo que contar. Normalmente las palabras surgen solas, una tras otra, sin demora, mecánicamente. Hoy no. Hoy avanzo entre el  barro, metiendo hasta las rodillas a cada paso, hundiéndome poco a poco y haciendo un esfuerzo mayúsculo por alzar la pierna y continuar. Un paso más y ya van tres, cuatro… No veo la orilla, el otro extremo,  y sin embargo no puedo mirar atrás, avanzar, avanzar… y no volver la cabeza, no mirar atrás.  Mirar atrás es hundirse. No se vive mirando el pasado, al igual que no se puede mirar atrás. Un despiste y zas, la tierra te traga, te engulle, el límite son las rodillas. Es peligroso que esa mezcla de tierra y agua, ese lodo espeso como una tarta de chocolate sobrepase tus rodillas. Por eso lucho. Por eso no miro atrás y avanzo hacia adelante. ¿Qué hay adelante? Seguramente un punto y aparte, o un punto y final,  un abismo muy grande.  Un desfiladero muy estrecho por el que avanzas hasta caerte…