El claustrofóbico ascensor abrió bostezando sus fauces y Luís, caballeroso, dejó pasar a Elena. Iba vestida con un abrigo largo y negro, y vaqueros, y en su rostro brillaban su inconfundible pendiente en la nariz, sus ojos del color del trigo, y sus labios, que de un cereza fuego, parecían chillar que los mordieran. “Dulce tarro de miel”, pensó Luís. Le gustaba. Estaba enamorado de ella. Todas las noches, antes de acostarse, escribía a su vecina un pequeño poema y lo acariciaba con las yemas de sus dedos, con la palma de sus manos, e imaginaba que rozaba su piel de seda, y se lo acercaba a la nariz para embriagarse fantaseando que navegaba los ignotos océanos de su desnudez, y al final, al cabo de unos minutos, lo guardaba como se guardan los tesoros en los cofres, con mucho mimo. Era su tesoro. Poseía más de cien poemas, una buena colección, pero era su secreto, y nadie lo sabía; ni siquiera ella. Siempre tan reservado y tímido, no se atrevía a decirle nada, ni expresarle nada, ni enseñarle alguno de sus versos, lo cual sería como desnudarse ante ella, mostrar sus intimidades. Elena en cambio, risueña y alegre, siempre sonriendo, iluminaba la caja de sardinas del ascensor con su sola presencia. Daba gusto estar a su lado. Luís, con la cabeza gacha le preguntó qué tal, y ella, con su colorida voz, le contestó que estupendamente. El día anterior le había invitado a tomar café hoy, y esa circunstancia, por sí sola, lo hacía temblar a la vez que ilusionaba. Tan poca confianza tenía que jamás hubiera imaginado que Elena, la bella vecina, le hubiera invitado a nada. Soñar con ella sí, pero nada más. La realidad lo mareaba; naufrago bajo una tormenta. Pero la tormenta era ella. Ya se veía junto a Elena caminando cogido de la mano, mirándola de soslayo, corriendo, persiguiéndola, riéndose e incluso, porque no, besándola. Por supuesto, tenía pensado invitarla, “nada de que pague ella, hoy mi Reina, mi Dulcinea, mi Sofía, hoy te colmaré y te subiré a los cielos mi amor, y te olvidarás de él, tu profesor, que tanto idolatras, del que tanto me hablas; hoy toda mía y yo tuyo.” A Luís le reventaba oírla hablar de su profesor, que si tan magnífico, que si tan adorable, que si me ayuda tanto, que si me deja un diccionario para hacer un trabajo…Hasta se lo enseñó un día. Le enseñó el diccionario y vio la felicidad en ella, en su rostro, en su tono, en sus formas, y sintió envidia. “Mañana voy a su casa y se lo devuelvo”, le dijo. Luís la escuchaba y asentía, y hasta fingía alegrarse, se reía con ella. Se alegraba de ella, pero por dentro lo comían los demonios. Estaba celoso. Y ahora, sin embargo, charlaban en el vetusto ascensor que ascendía gimiendo grandes ruidos intestinales y parecían divertirse, e incluso Luís se atrevió a mirarla a los ojos, cosa que nunca hacía. Venían de la universidad, era mediodía y hacía frío, de ahí los abrigos. El de Elena casi le lamía las rodillas. Lo llevaba desabotonado y parecía que sujetaba un bulto por dentro, como si se avergonzara de algo, como ocultándolo. Por vez primera Luís podría, -imaginaba-, ser protagonista. Incluso cavilaba regalarle uno de sus poemas o dos, o quizá todos para sorprenderla, para ver en su cara la misma ilusión que le vio cuando el diccionario. “Yo también puedo sorprenderla”, pensó. La lucecita ya marcaba el cuarto piso. Ella se bajaba en el sexto, por lo que a Luís le quedaban apenas unos segundos para sacar a colación el café. Parecía que a Elena se le había olvidado y Luís, pese a tenerlo presente, no se atrevía, le daba vergüenza. Daba rodeos y hacía preguntas triviales siempre con la cuestión del café de fondo, como si fuera el murmullo de una voz que le atormentara por dentro. Quinto. Luís tamborileaba el suelo con la puntera de sus zapatos. Estaba nervioso. Y al fin, cuando la lucecita ya marcaba el sexto y la puerta se abría, se atrevió a preguntar, “¿Y ese café?”, a lo que ella, siempre dulce, siempre resuelta le dijo “Vaya Luís, hoy no podré, tengo que terminar un trabajo”, y se giró dándole antes dos besos y saliendo del ascensor. Luís pudo ver entonces lo que ocultaba bajo su abrigo; el diccionario, y rumió para sí: “Traición, esto es traición”, mientras las puertas del ascensor se cerraban dejándolo solo.
"Reflexiones y relatos. Una mirada al abismo de la vida y sus profundidades. Una caída de cabeza y sin manos al vacío, de frente, sólo amortiguada por pluma y teclas."
jueves, 17 de marzo de 2016
miércoles, 9 de marzo de 2016
Casino
Observen
a aquel tipo, el que se encuentra al fondo, en aquella mesa de allá jugando a
la ruleta. Estamos en un casino y hay bastante gente. Podríamos fijarnos en
cualquier otro personaje pero háganme caso, vayan hacia él, quizás no muy
cerca, pero si un poco, lo suficiente, a
la vista, que lo puedan ver. ¿Ya? ¿Qué ven? Sí, no me lo digan, es justo eso;
el hombre va ganando, posee muchas fichas, pero fíjense en su cara, en sus
ojos. Podríamos decir, -y no nos equivocaríamos- , que lleva toda una jornada
de grandes excesos psicotrópicos a sus espaldas: Ojos vidriosos, tics a cada
poco, -miren esos guiños- , pupilas dilatadas, tartamudeo, falta de
coordinación…despeinado, camisa por fuera y arrugada, manchada de wiski.
Apostaría a que apesta a alcohol y a sudor y tabaco, esa mezcla tan nauseabunda
con la que, estoy seguro, te darían ganas de vomitarle encima. Alrededor suyo,
los demás no se dan cuenta porque está en racha y tiene dinero. La gente
mientras tenga dinero, -mucho dinero- , puede oler mal o puede ser antipática o
puede hacer lo que le venga en gana, que siempre tendrá gente al lado
lamiéndole el culo. Las camareras van y vienen embutidas en unos trajes tan
escotados, tan ceñidos, tan pegados a su cuerpo, que apenas pueden moverse con
soltura; los crupiers reparten fichas y recogen dinero, uniformados con un chalequito a rayas, ridículos, sentados
sobre altos taburetes dominando las mesas. En torno a estas…ruleta, póker,
blackjack…toda una jauría de jugadores derrochando su dinero sin parecer importarle. Se oyen los murmullos de
la gente, los gritos de alguno que ha perdido o ganado, el “no va más” del crupier de turno, el traqueteo de la bolita en la
ruleta. La atmósfera está cargada. El humo de los cigarrillos y los puros
condensa y forma una neblina que se impregna en la ropa y se cuela por las
narices y las bocas de todos los jugadores ávidos de vicio. Hay gente muy
extravagante. Hay asiáticos con carteras gordísimas, hay empresarios y
buscavidas y maleantes. Hay mujeres híper maquilladas y horrorosas pululando de
una mesa a otra, como abejas en busca de miel.
Pero
ahora, háganme el favor, y permítanme la licencia u osadía, llámenlo como
quieran, como narrador sin pretensiones de este relato, de acompañarme al
interior de la cabeza de nuestro personaje, para que, sin duda, puedan conocer
de primera mano y fielmente, sus circunstancias, o como diría Freud, su
inconsciente.
<<
¿He cerrado la puerta de casa? Me duele la cabeza. Putos párpados, como me
pesan. Échame más, sí. ¿Eso lo dije o no lo dije? Bah, seguro que ni me
entendió. Estas zorras solo quieren cobrar y largarse. Buen culo, pero
demasiado estrecho. ¿Desde cuándo no como? Gané. Dame esas fichas. Ella lo
merecía. Seguro, seguro, yo NO quería NO NO NO, ella se cruzó. Al seis, todo al
seis, estoy en racha. Estoy en racha y soy un asesino. No, asesino es otro, yo
soy bueno. ¿Sabes quiénes eran malos? Los del colegio. Esos son malos. La
cabeza me duele. Me duele mucho. ¿Por qué tuviste que cruzarte conmigo? No te
hubiera pasado nada, niñita, si no te cruzas conmigo. Cierra los ojos anda,
solo un segundo, cálmate, cálmate por favor, ahora todo pasó respira, nadie va
a decirte nada porque-todo-pasó-ella-está-muerta-y-tú-en-el-casino-borracho-y-drogado.
Me gustaban tus ojos. ¡Seis! Increíble. Nadie me para. ¿Cuánto dinero tengo ya?
Necesito más whisky. Tú, señorita, llena aquí. ¿Sabes que tienes unos ojos muy
bonitos? Se parecen a los de la niña. Azules. Pero a lo mejor no está muerta
muerta muerta. Muerte. ¿Quién se muere? Está señorita podría morirse ahora
mismo o esta noche, o aquel de allí. ¿Por qué no? ¿He cerrado la puerta de
casa? No he comido desde ayer, ni dormido, ¡dios!, como me pesan los parpados.
Creo que sí, que la he cerrado. Pobre niña, de verdad. Siempre la cierro.
Siempre cierro la puerta. Tiene que estar cerrada. No lo merecía, nadie merece
que lo atropellen. Soy un asesino. No. Sí, lo soy, pero qué más da, nadie lo
sabe, lo sabes tú idiota, tú, mañana lo
arreglo todo, me puedo ir de aquí, de la ciudad, del país, no sé a dónde, a
donde sea, desaparecer. Debería largarme ya. Con todo este dineral podría
largarme muy lejos, podría coger un avión esta misma noche, ahora, en un rato, ¡oh
no!, avión no por si vieron mi matrícula o algo, pero nadie me vio, NADIE,
nadie te vio y tú estás en el casino ganando tu dinero porque-estás-en-racha.
Una más y me voy. Todo o nada como en la vida. ¿Qué diría mi madre? Venga, todo
al rojo. Esa mujer de allí no deja de mirarme, que pesada. Menudo aspecto debo
tener, pero hay gente peor que yo, mira ese, o aquel otro, menudas pintas. Y
van acompañados de esas rubias neumáticas que le ríen las gracias. No tenéis ni
puta gracias imbéciles, no
veís-que-os-quieren-porque-tenéis-más-grande-la-cartera-que-la-polla. La niña
ahora estaría a punto de irse a la cama, creo. Sí, seguro que su mamá le cuenta
cuentos para dormirse y le da un besito en la frente y le canta una nana
duérmete niña duérmete ya, que viene el coco, oh, el coco yo. Venga, que salga
rojo que me voy. No soy ningún coco. Yo no quería matarla. Ella se cruzó. Esas
cosas pasan. Ella se cruzó, que no hubiera cruzado, qué su mamá hubiera estado
más atenta. Es culpa de su madre. Es una asesina. Ella es la asesina. Yo no
tengo nada que temer porque no quería matar a nadie. Mañana será otro día y
estaré lejos. A mí no me cantaban nanas. >>
Ven,
el asunto es más dramático de lo que parecía a primera vista. Nuestro personaje
ha atropellado a una pobre niñita y se dio después a la fuga. El interior de su
cabeza, repleta de alcohol, droga y alucinaciones, es un auténtico caos.
Nosotros, mirándolo desde fuera, solo vemos a un hombre pasado de rosca, con un
vaso de whisky en una mano y varios montones de fichas en la otra, e ignoramos
lo que piensa, lo que hizo. Diríamos “Tiene suerte”, y quizás en el juego la esté
teniendo, pero la suerte es una traidora, e igual que viene se va, y además, en
todo caso, nosotros solo podríamos aseverar que tiene suerte ahí precisamente,
en ese solo aspecto, en el juego, pero nada más. Así somos, “Es un tipo con
suerte”. Mira como se ríe, mostrando esos incisivos, esas encías rojas, mira
como recoge las ganancias, como las amontona en la esquinita del tapete, todas
suyas. Mira como se le arriman, como se ríen con él, esos chupatintas, huelen
el dinero. Les da igual que vaya pasado. ¡Va ganando!, con eso basta. Daría
igual que no se haya duchado en una semana, tiene dinero. Ya casi se ha
convertido en una atracción, en un espectáculo, un tipo que no para de ganar y
ganar y ganar. En torno a la mesa hay más gente, y también más jugadores que
procuran imitarle. Se ha llenado. Podría recordarnos un combate de boxeo en el que el púgil más
débil comienza a ganar al campeón de los pesos pesados y todos están
expectantes de ver cuando dejará de hacerlo, cuando caerá a la lona.
<<
¿Y toda esta gente? Sonríe que te vean. Disfruta. Eres un tipo con suerte, ves,
no eres ningún asesino, los asesinos están entre rejas y tú eres un tipo con
suerte. No estás entre rejas, “Toma esta ficha, para ti.” Como se me puso al
lado la zorra. Solo quiere mis fichas, mi dinero. Si fuera un asesino no se
pondría a mi lado. Pues no está mal. ¿La niña? Sonríe a cada tontería que le
digo. La niña está muerta. Yo la maté. No no no. Recuerda, fue su madre quien
la mató, tú solo conducías tu coche, no me toques guarra, no soy un asesino.
¿No dijiste que te irías? Sí, lo dije, y ya me iré, en la siguiente jugada.
¿Cerré la puerta de casa? No puedo pasarme por allí ahora. Me estarán
esperando. Además estás lejos. Pobre niña. Me iré lejos, es lo mejor. Otra vez
me sonríe y me acaricia el culo esta guarra. Que le den. Oh, mi familia, qué
pensará de mí. Soy un asesino, aunque no lo quieras lo eres, A S E S I N O, con
todas las letras. ¿Por qué veo borroso? De nuevo gané. Ahora sí que me voy.
Cambio todo y me voy. Que hambre tengo. Tendré que comer antes de coger el
avión. Voy a irme, sí, lo tengo decidido, irme en avión. Ahora tengo mucho
dinero. Soy millonario. ¿Darle el dinero a la familia de la niña? ¿Por qué?
Irás a la cárcel y tú no eres un asesino. Vete. Desaparece. ¡Dios!, no sabía
que fuera tanto dinero. Como me sonríen todos. Malditos hipócritas. ¿Acaso me
sonreirías si no tuviera un duro? Creo que es el dueño del casino. ¡Qué asco!
Me felicita. Yo sonrío. Imbécil. >>
Sigamos
a nuestro enigmático personaje mientras abandona el casino. Se guardó el dinero
en la cartera, pero solo una parte. Agarrado lleva un maletín repleto de
billetes, un maletín revestido de todo lo que ha ganado en el casino.
Situémonos unos pasos detrás de él. Camina de lado a lado, en zig-zag, casi a
trompicones, y va cantando o gritando algo de cuando en cuando. La acera por la
que transita está desierta. Ya es de noche, está oscuro, y solo el haz de
luminosidad de las farolas ilumina las calles. Camina deprisa, desde luego más
deprisa de lo que cabría esperar en semejante estado. Nos cuesta seguirle.
Comienza a hacer frío y una pequeña niebla se intuye si miras al cielo, a las
nubes. Se oye algún bocinazo, algunos acelerones. El viento sopla y despeina
aún más su pelo. Lo tiene bastante largo. Se coloca el maletín bajo el sobaco.
Lo aprieta.
<<
Tengo frío. Debería ir a casa a por un abrigo, a por mis cosas. Podría hacer
antes la maleta y después largarme. Podría ver desde lejos si tienen mi casa
vigilada. El móvil ya lo tiré. Lo más importante ahora es el dinero. Tengo
mucho dinero. He tenido que venir a jugar más a menudo. He podido ser
millonario mucho antes. Dios. Que suerte he tenido. Pobre niña. Soy un tipo con
suerte. Como me querían todos ahí dentro. Las chicas esas no me dejaban. Esos
ojos. No me los quito de la cabeza. La tripa me suena. El aire me está viniendo
bien. Me miró justo cuando la embestí con el coche. Azules. Los ojos azules más
grandes del mundo. ¿De verdad no soy un asesino? No, no, no lo eres,
tranquilízate, ahora solo busca un taxi y ve al aeropuerto. Allí compra
cualquier billete y te largas en el primer vuelo que haya, ah y come algo si no
quieres desmayarte. Sí, eso haré, taxi comida aeropuerto taxi comida
aeropuerto, eso es. Lo tengo todo bajo control. No hay ningún problema. Soy un tipo
con mucho dinero y con toda una vida por delante. Pero mataste a una niña. No,
joder. Sí, la mataste. Bueno, pero ya pasó, puedo olvidarlo. Lejos. ¿Acaso los
problemas dejan de ser problemas lejos? Tienes un grave problema y tú lo sabes.
Yo lo sé, sí. Maldita sea. Taxi comida aeropuerto. ¿Y si te roban? No me
robarán. Le puedo dar una parte a la familia, dejárselo con una nota, algo, de
forma anónima. Déjaselo todo. Todo no. Solo una parte. Ya veré. Pobre niñita.
Que azules tenía los ojos. >>
Sí,
yo también lo escuché, quiere largarse, y puede parecernos normal o no, pero es
lo que quiere hacer. ¿Lo hará? Solo hay una forma de averiguarlo, sigámosle. Ha
insinuado dejarle el dinero a la familia de la niña, lo va rumiando mientras
busca un taxi. Ha dejado de andar haciendo zigzag. Parece más sereno. El maletín continúa bajo su brazo, muy
apretado. Ha girado por una bocacalle a la derecha. Se dirige al rio. Hay luna
llena. Los edificios se ven inmensos y recortados en la noche, y un halo de misterio
cubre la calzada aumentando a medida que nos acercamos al lecho húmedo del rio.
Su paso es más ligero y firme que antes, como si hubiera tomado una decisión
definitiva; pero escuchémosle.
<<
Que hacer, que vivir, que pensar, que decir. Ya está todo dicho. Mi sentencia;
el atropello. Yo también he muerto con la niña. Yo también sepultado con ella,
aún peor, muerto en vida. ¿De qué me sirve el dinero? Pura bagatela. ¿De qué me
sirve si yo ya estoy muerto? Al rio, al rio, nada de taxis. Los taxis son para
ir a algún sitio, y yo me quedo. >>
Abre
el maletín, lo mira parado y firme, lo sopesa, lo estudia, como si estuviera
realizando grandes operaciones matemáticas en su cabeza, y lo cierra. A los dos
minutos, continúa andando. Sus zancadas son más amplias y ya no sostiene el maletín
bajo el sobaco, ahora casi lo transporta arrastrando, en volandas,
despreocupado. Una ambulancia pasa con las sirenas aullando. El espejo del rio
ya asoma su lengua plateada. Está cerca. Es una noche invernal, desangelada,
enigmática.
<<
Yo la mate. >>
Último
pensamiento que nos concede nuestro jugador que ganó tan poco y perdió más.
El
salto fue repentino, fulgurante, de un segundo a otro. Una carrerilla seguida
de un brinco enérgico y poderoso, sin vuelta atrás. El golpe contra las aguas
poco profundas del rio sonó seco, sordo, como si se tratara de una gran roca
golpeando el agua desde mucha altura. Después, silencio, un silencio funerario,
nocturno, solo adornado por algunos ladridos de perro y el rumor del rio deslizándose
allá abajo, donde el cuerpo de nuestro jugador se ve inerte y sin vida, machacado,
aliviado, sin voces; muerto, y donde el maletín abierto vomita sus billetes
lanzándolos a la masa oscura del rio.
viernes, 29 de enero de 2016
Fe
"El destino es el que baraja las cartas,
pero nosotros los que las jugamos."
William
Shakespeare
Salías de casa y te dirigías a
trabajar. Era lunes y la semana arrancaba con el recuerdo de ella, y del sábado, de toda la
acumulación de excesos y cenas con mucha cerveza y vino que derivaron en ella. Ibas vestido con tu habitual traje
de punto, tu habitual camisa - una de tantas, todas parecidas-, y tus
habituales zapatos marrones. Te montaste en el coche y empezaste a tararear,
con melodía alegre, el nombre de ella.
Dabas golpecitos en el volante con tus dedos y te observabas en el espejo
retrovisor aprobando tu rostro, gesticulando y poniendo muecas extrañas delante
de el, como si tuvieras que convencerte de tu aspecto a cada segundo. “Ese soy
yo”, pensabas.
La noche del sábado la habías
visto a ella. Habíais terminado de
cenar -parrillada de cerdo y carpaccio de ternera, regado con abundantes
botellas de vino y copas de cerveza que aparecían mágicamente una tras otra-, y
os dirigíais a uno de los bares de moda, tú y tus dos amigos. Entre la espesura
del alcohol que turbaba vuestras mentes y la niebla y el frío que hacía en la
calle, parecíais tres espectros deambulando en mitad de la noche.
Llegasteis a la puerta del local
entre comentarios y risas sin sentido (o con todo el sentido de vuestro mundo),
y la viste a ella. Estaba allí, de
pie, altiva, semejante a una estatua mitológica, de esas que descansan sobre
columnas dóricas en templos griegos desafiando al tiempo, al lado del acceso al
pub hablando con alguien, otra chica, “su amiga quizás”, pensaste. Se reía y
enseñaba, refulgiendo en la penumbra del callejón y la multitud de la gente,
las perlas de sus dientes, el carmín granate de sus labios y su boca quizás
excesivamente grande para ti, pero en absoluta concordancia con las facciones
faraónicas de su mandíbula. Destacaba entre todas las bocas, labios y dientes
de toda la gente que entraba y salía del local. Tú entraste el último, para
demorarte, para paladear la imagen de ella e intentar grabarla en la mente,
arrebatarle algo a ella que tú te quedaras, lo que fuera, una mirada, y
entonces ella echara de menos, esas cosas…
Ella desafiaba al frío con un vestido que apenas
le cubría las piernas. Su escote, muy amplio y ceñido, entreveía unos senos
apretados y no muy grandes que alumbraban como la luz de un faro que descargara
toda su intensidad sobre tu mirada, deslumbrándote, y sus ojos, flanqueados por
unas pestañas largas y espesas, oscuras como una noche sin luna, se veían grandes
y verdes cada vez que pestañeaba contribuyendo de esta manera a terminar de
hipnotizarte. Era la primera vez que la veías. Les preguntaste a tus amigos
quién era, si la conocían. Te dijeron su nombre, y la miraste por última vez. Ella se quedó fuera.
Ahora ibas al trabajo en tu coche
pensando en ella. ¿Qué hubiera pasado
si le hubieras dicho algo? “No tuve ocasión, ya la veré de nuevo y entonces…”,
farfullabas para tus adentros.
Y la semana pasó, y llegaron el
viernes y el sábado y con ellos la nueva acumulación de excesos y cenas con
mucha cerveza y vino que derivaba en ella…o
no, porque esta vez ella no estaba en
el acceso al local, ni dentro del local,
ni la habían visto por alguna de las calles adyacentes. Esta vez había
desaparecido y parecías desesperado o angustiado por verla pero no, ella no estaba y tus amigos te decían “¿quién
es ella? No conocemos a nadie así.” Y
tú te preguntabas “¿cómo no van a saber? La vimos justo aquí la semana pasada”,
y recorrías con la mirada las otras miradas y efectivamente no la veías, no la
reconocías entre todas aquellas sombras en la noche iluminadas por la luz
estridente de los focos multicolor del local, que daban un aspecto fantasmagórico
a la gente, mientras no paraban de bailar y beber a su ritmo, sin verla a ella ni a ti e ignorándote por completo.
Y entonces empezaste a pensar si
no te lo imaginaste, si no te la imaginaste a ella, si solo tú la viste, allí de pie, sonriendo y hablando y
exhibiendo su esbelta y curvilínea figura solo para ti. “¡No puede ser!”,
pensabas, “la vi, estoy seguro, la vi con mis propios ojos.” Y entonces
recurriste a algo a lo que no estabas acostumbrado, tu fe. Te dijiste que si la
habías visto una vez, la verías una segunda, o al menos eso esperabas, eso
querías creer. Lo dejaste todo en manos de la divina providencia y la seguridad
(nada segura) de volver a verla alguna vez. “Si nuestros destinos se tienen que
cruzar de nuevo, se cruzaran, y la veré”.
Y con esa seguridad te dirigías
ahora al trabajo, pensando en ella pero
sin ella. Habían pasado varias
semanas desde que la viste, y sin embargo, aún no perdías la fe en volver a
verla, la esperanza de contemplarla una segunda vez y poder quizás hablarle y conocerla,
esta vez sí, a ella.
“Se quedó con su fe, pero sin
ella”, pensabas en esta frase -dicha con sorna por uno de tus amigos al otro, aquella
noche que decidiste apostarlo todo a una carta-, mientras conducías con el ceño
fruncido y tu habitual traje de punto, tu habitual camisa –una de tantas, todas
parecidas-, y tus habituales zapatos marrones, dando golpecitos sobre el
volante y salmodiando su nombre, que salía expulsado de tu boca como pequeños
salivazos interminables…ella ella ella, que
se fundían con el ruido del tráfico y de la radio y del motor rugiendo y de la lluvia
que tamborileaba sobre la carrocería, mientras
dejabas atrás los coches que adelantabas y acelerabas más y más, “la próxima
vez, la veo”.
martes, 26 de enero de 2016
Guerra
Le costaba limpiarse los dientes. Cogía el cepillo
con la mano izquierda, se lo llevaba a la boca, y ahí comenzaban sus
penalidades. Lo movía en el interior de su boca como un pato mareado, como si
no tuviera fuerzas, de manera muy torpe. Había perdido la mano derecha en el
campo de batalla y ahora tenía que aprender a usar la mano izquierda para lo
que antes hacía con la derecha. Escribir por ejemplo, firmar un documento, una
carta, atarse los cordones, limpiarse los dientes…Todo eso le suponía una
odisea y por ese motivo, meditando, permanecía ahora mirándose fijamente en el
espejo del baño con el cepillo en la boca y la pasta de dientes asomándole por
la comisura de los labios, con cara de circunstancias y lamentándose por dentro
de esa maldita guerra. “¿Por qué tuve que ir a esa estúpida guerra?” Lo que
antes realizaba sin pensar, automáticamente, ahora no podía realizarlo o lo
costaba horrores. Tendría que empezar de nuevo, aprender a articular los dedos,
a mover la muñeca, adquirir la habilidad que le habían arrebatado al quedarle
sin mano derecha. “Podré hacerlo”, pensaba, “peor sería si me hubieran matado,
o quedado paralitico o minusválido o ciego. Peor es la miseria. Peor es la
falta de ánimos e ilusión por algo.”
Parker había combatido en la guerra civil,
en el bando republicano, y casi lo mataron. Le cayó una granada a muy pocos
metros, y no tuvo tiempo para reaccionar. Perdió la mano de cuajo…y el
conocimiento. Cuando se despertó en el hospital de campaña, aturdido y aún
despistado por la anestesia, como si hubiera estado deambulando por una
nebulosa, se percató de las vendas que le cubrían la mano derecha; y se asustó.
No sentía su mano derecha. No sentía sus dedos, no podía moverlos. “No tengo
mano, oh dios, no tengo mano”. Se puso a gritar y una de las enfermeras se
acercó a su cama. Estaban en un pequeño pabellón con más lisiados y más camas.
“Tranquilícese, señor, acabamos de operarle y está en el hospital de campaña.
Hemos salvado su vida. Lo encontraron desangrándose e inconsciente en una
trinchera. Ha tenido mucha suerte soldado. Ahora está a salvo”. La enfermera
tenía su mano sobre la frente de Parker y le acariciaba muy suavemente, con
afecto. Le hablaba muy despacio, masticando las palabras y mirándole a los
ojos. Le transmitía calma. Su aparición le recordó a la de un ángel. Un ángel
salvador. Su ángel.
Dejó el cepillo de dientes y se enjuagó la
boca. Había tardado el triple de tiempo que con la mano derecha pero lo había
logrado. Tenía la boca limpia. Le gustaba la sensación. Se dijo a sí mismo que
la próxima vez tardaría menos tiempo. “Cada vez menos tiempo. Al fin y al cabo,
un manco no es ningún discapacitado”, pensaba mientras recordaba a la enfermera
que le cuidó en el hospital de campaña. “¿Qué sería de ella?”
viernes, 22 de enero de 2016
Luna
Y te desnudo.
Y te desnudo a través
de mi mente, a través de mis sueños. Me acuesto y sé que al cerrar los ojos ya
te empiezo a desnudar.
Y te desnudo sin
apenas dejar pasar el tiempo. Los segundos se paran, el tiempo se detiene
mientras te desvisto. El reloj parado y tú desnuda o semi desnuda, Afrodita en
el templo. Primero te rodeo con mis brazos, y te paso los dedos por encima del
sujetador, y te huelo, y hueles a hierba recién cortada, húmeda, y tu pelo se
enreda entre mis labios, madeja de cabos sueltos, y te muerdo la oreja
despacio, mientras desabrocho tu sujetador, que como flor marchita se desprende
de tu pecho, y te beso.
Y te desnudo
recorriendo tu espalda con mis manos, y me entretengo acariciando tu suave
piel, y tú me miras sin verme porque estás excitada y me besas sin pensar, como
loba en celo, entregándome tu cuerpo, sucumbiendo a mi sueño, y me dejas hacer,
y me ofreces tu boca, y te estremeces cuando sientes el escalofrío de la yema
de mis dedos recorriendo tu cintura.
Y te desnudo bajando
lentamente los pantalones, que van dando paso a tus piernas, que son las columnas
ya calientes de tu imperio al contacto de mis dedos, de mi aliento y boca y
labios sobre los tuyos, que se abren a medida que estás más desnuda, más excitada, y entonces
tu tanga, el cual siento contra mi vientre, ya está húmedo, como el lago o el
pantano que espera paciente en el bosque, y hundo los remos de mis dedos en
ellos, y me sumerjo empapándome por tu culpa y tú, mientras, vacilas, y me sonríes
y veo en ti la luna, que es el deseo de tenerte y no poder alcanzarte, solo
admirarte.
Y te desnudo.
jueves, 21 de enero de 2016
Pies
Me rozas con tu pie frío
sobre mi pie caliente y me estremezco, como si me acariciaras con tus uñas
la espalda, como si recorrieras mi vientre con tu lengua húmeda de deseo,
caliente por besarme. Mi columna serpentea temblando y gimo, y muevo yo también
el pie buscando tu pie, y tú lo apartas jugando porque todo es un juego; el
amor es un juego y el sexo es un juego y hablarte es un juego, y disfrutamos
jugando... y siento de nuevo tus dedos aún congelados porque desnudos debajo de
las sábanas, y yo hago como que me enojo y me giro para al minuto buscarte. Tú
y yo, no necesitamos más. El amor es rozarnos con los pies bajo las sábanas.
martes, 19 de enero de 2016
Óscar
El gato se subió a la cama y se
acurrucó haciéndose un ovillo entre las sábanas y el costado de Chet, y se
quedó dormido. Permaneció muy tranquilo en esa posición durante un buen rato. Lo
vi posarse encima de las sábanas y moverse por encima de ellas con la
parsimonia del gato viejo y remolón que era. Pese a que me sorprendió el verlo
aparecer,- el sentirlo allí encima suya tan calmado-, pegado al cuerpo de Chet
como el niño que abraza a su abuelo y no lo suelta, en realidad, lo estaba esperando, y me alegré por ello, aunque
al mismo tiempo también sentí tristeza, nostalgia de la vida, de todos los
momentos vividos que ya no volverían para él, ni para mí. Estaba seguro que
Chet sentía la vibración templada y cálida del ronroneo del gato, y le gustaba,
le calmaba, le relajaba. Podía escucharlo. Era como un suave sonajero. Yo
estaba junto a la puerta y le llevaba su medicación. Me quedé justo allí, de
pie, absorto, con la batea en ristre y la boca entre abierta. Óscar, el felino
el cual convivía con nosotros en la residencia estaba allí, con su pelaje
blanco y gris, sus orejas puntiagudas y sus ojos achinados, mirando fijamente a
Chet. Supe que significaba al instante. Óscar jamás se había equivocado en
alguno de sus vaticinios. Desde que lo acogimos aquí, hace ya más de dos años,
siempre ha mostrado una peculiar y macabra habilidad; la de entrar en la
habitación de un interno, que intuía próximo a su muerte, y quedarse plantado
junto a él, hasta que moría al poco tiempo; quizás dos horas como máximo; y
entonces se levantaba, y tranquilamente se iba por donde había venido. No era
especialmente simpático ni cariñoso, más bien era como todos los gatos; arisco
e interesado, pero eso no lo hacía menos entrañable. Era parte de la familia. Merodeaba
por el edificio y el jardín, daba vueltas por los pasillos, y se alimentaba gracias
a la comida que le proporcionábamos todos. Era uno más de nosotros. Asimismo,
era un reclamo y entretenimiento para los demás pacientes no terminales, y por
todo eso, era tan apreciado. Y además, poseía ese extraño don que al fin y al cabo nos facilitaba bastante el
trabajo, ya que nos avisaba con antelación del inminente fallecimiento.
Podíamos despedirnos. Podía despedirme. Así que mi corazón dio un brinco cuando
lo vi allí, en la habitación de Chet. Yo, pese a trabajar con pacientes
terminales, próximos a la muerte, un día sí y otro también desde hacía años, no
me acostumbraba a no decirles adiós, a no despedirme de ellos. De hecho,
siempre me andaba despidiendo, sumido en la eterna y continua incertidumbre del
cuándo, de la amenaza continua de la muerte. No sabía, obviamente, el tiempo de
vida que le quedaba a cada uno de nuestros internos, y ahora seguía sin saberlo, pero al menos con Óscar, esto,
milagrosamente, cambió. Ahora sabía que mientras el gato no fuese a visitarlos, no morirían. A todos ellos los veía como algo más, quizás como a
personas de mi propia familia, a seres muy queridos a los cuales cuidaba y
trataba de dar la mayor y mejor calidad de vida sin condiciones. Disfrutaba de
ese modo, y me hacía feliz, a mí y a todos ellos, por eso, cuando tocaba el final
de alguno, me apenaba profundamente. Aunque no me pudieran expresar su
gratitud, tampoco la necesitaba. Bastaba sentarme con ellos en el borde de la
cama y acariciarlos, hablarles, contarles las últimas novedades y chismes de
nuestra casa, la residencia de la bahía de Narragansett, en Rhode Island, o si
se podía, sentarlos en una silla de ruedas e ir a pasear por el jardín con
ellos, o llegar quizás hasta el paseo marítimo y empaparnos de la humedad y el
sabor del agua salada, de los graznidos de las gaviotas y de todos los ruidos y
sonidos que en la residencia no teníamos. Me gustaba pensar que los embadurnaba
en vida, que los metía en una gran bañera o recipiente repleto de vida, de
ganas de vivir, y que ellos y yo disfrutábamos así, zambulléndonos en su
interior, buceando como niños. Así que
me acerqué por última vez a Chet y me senté a su lado en la cama, junto a él.
Óscar seguía allí, hecho una bola y ronroneando, tan a gusto que ni se movió
cuando me acomodé en una esquinita del colchón, y miré a Chet, y lo vi allí tan
relajado y tan plácido, que sentí un gran alivio en mi interior, como si
alguien dentro de mí me estuviera acariciando. Era paz. Me acerqué a su cara y
le bese, “Buen viaje Chet, por allá arriba ganan un hombre, te echaremos de
menos, no temas”. Él lo sabía, lo podía intuir, había movido su brazo
y acariciaba a Óscar moviendo sus largos y esqueléticos dedos muy despacio, con
una mueca en la boca que indicaba que sonreía, y no vacilé en incorporarlo una
última vez para que no se perdiera el espectáculo del sol poniéndose, yéndose
como él, tranquilo y sereno.
Una brisa mecía los árboles del jardín
que se veían desde el balcón de la habitación de Chet. Los jazmines estaban en
flor, las rosas coloreaban el paisaje allá afuera, y los trinos de los
gorriones y pajarillos inundaban la serena primavera que había comenzado ya en
Providence. Si aspiraba fuerte y profundo, podía oler la combinación y amalgama
de olores y fragancias que desprendía la vegetación que rodeaba la residencia.
Más allá del jardín y de los muros del geriátrico, podía ver las olas del
océano atlántico mansas como un rebaño de ovejas, y un par de barcos fondeando
en la ensenada, disfrutando del revuelo de unas simpáticas gaviotas que
planeaban sobre sus mástiles. La bahía era espectacular y con este tiempo lucía
imponente y primorosa. Era precioso el espectáculo, y Chet, el bueno de Chet,
parecía que disfrutaba tanto como yo del paisaje. De su última puesta de sol. Desde
aquella posición era inmensa, grandiosa. ¡Era la mejor puesta de sol de toda
América! Lo había hecho todos los días. Salíamos al balcón, y nos quedábamos un
buen rato en silencio, sólo observando y captando el mundo de afuera, el mundo
exterior que se abría tras el muro de la habitación. Entonces su cara cambiaba,
su ánimo viraba cuando entraba en la habitación y le decía, “adelante Chet, es
hora de levantarse”, y veía, intuía más bien, un cambio en sus ojos, un
destello quizás, una esperanza en forma de ilusión y grandeza, que modificaba
los surcos del pergamino de su cara. Parecía que sonreía como ahora, que sus
ojos miraban con la ilusión que solo tienen los niños cuando pequeño. Sus ojos
azules se empañaban, como ahora también, de unas lágrimas que no brotaban del
todo, que no acababan de desprenderse del todo, pero que yo sabía de felicidad
y emoción. Sus cuencas eran un estanque de sentimientos. Quizás en esos
momentos estaban aflorando algunos de sus mejores y más tiernos recuerdos, los
más plácidos; una caricia, un beso, sus hijos, lo que sea; la felicidad sin
duda, la felicidad en una cara, en unos ojos, y mi felicidad por ende. Él era consciente
de sus últimos instantes de vida, como los del sol ocultándose, y era feliz,
éramos felices. Yo lo sabía. Sabía que él lo sabía. Las palabras en muchos momentos sobran, estorban,
son como obstáculos o impedimentos en el
camino, y ahora no hacía falta decir nada. Ya estaba todo dicho. Óscar estaba
detrás de nosotros. Se había bajado de la cama y de un brinco, subido al alféizar
de la ventana. Perseguía con la mirada un pájaro.
Descansa en paz Chet
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