martes, 19 de enero de 2016

Óscar


El gato se subió a la cama y se acurrucó haciéndose un ovillo entre las sábanas y el costado de Chet, y se quedó dormido. Permaneció muy tranquilo en esa posición durante un buen rato. Lo vi posarse encima de las sábanas y moverse por encima de ellas con la parsimonia del gato viejo y remolón que era. Pese a que me sorprendió el verlo aparecer,- el sentirlo allí encima suya tan calmado-, pegado al cuerpo de Chet como el niño que abraza a su abuelo y no lo suelta, en realidad, lo  estaba esperando, y me alegré por ello, aunque al mismo tiempo también sentí tristeza, nostalgia de la vida, de todos los momentos vividos que ya no volverían para él, ni para mí. Estaba seguro que Chet sentía la vibración templada y cálida del ronroneo del gato, y le gustaba, le calmaba, le relajaba. Podía escucharlo. Era como un suave sonajero. Yo estaba junto a la puerta y le llevaba su medicación. Me quedé justo allí, de pie, absorto, con la batea en ristre y la boca entre abierta. Óscar, el felino el cual convivía con nosotros en la residencia estaba allí, con su pelaje blanco y gris, sus orejas puntiagudas y sus ojos achinados, mirando fijamente a Chet. Supe que significaba al instante. Óscar jamás se había equivocado en alguno de sus vaticinios. Desde que lo acogimos aquí, hace ya más de dos años, siempre ha mostrado una peculiar y macabra habilidad; la de entrar en la habitación de un interno, que intuía próximo a su muerte, y quedarse plantado junto a él, hasta que moría al poco tiempo; quizás dos horas como máximo; y entonces se levantaba, y tranquilamente se iba por donde había venido. No era especialmente simpático ni cariñoso, más bien era como todos los gatos; arisco e interesado, pero eso no lo hacía menos entrañable. Era parte de la familia. Merodeaba por el edificio y el jardín, daba vueltas por los pasillos, y se alimentaba gracias a la comida que le proporcionábamos todos. Era uno más de nosotros. Asimismo, era un reclamo y entretenimiento para los demás pacientes no terminales, y por todo eso, era tan apreciado. Y además, poseía ese extraño don  que al fin y al cabo nos facilitaba bastante el trabajo, ya que nos avisaba con antelación del inminente fallecimiento. Podíamos despedirnos. Podía despedirme. Así que mi corazón dio un brinco cuando lo vi allí, en la habitación de Chet. Yo, pese a trabajar con pacientes terminales, próximos a la muerte, un día sí y otro también desde hacía años, no me acostumbraba a no decirles adiós, a no despedirme de ellos. De hecho, siempre me andaba despidiendo, sumido en la eterna y continua incertidumbre del cuándo, de la amenaza continua de la muerte. No sabía, obviamente, el tiempo de vida que le quedaba a cada uno de nuestros internos, y ahora seguía sin saberlo, pero al menos  con Óscar, esto, milagrosamente, cambió. Ahora sabía que mientras el gato no fuese a visitarlos, no morirían. A todos ellos los veía como algo más, quizás como a personas de mi propia familia, a seres muy queridos a los cuales cuidaba y trataba de dar la mayor y mejor calidad de vida sin condiciones. Disfrutaba de ese modo, y me hacía feliz, a mí y a todos ellos, por eso, cuando tocaba el final de alguno, me apenaba profundamente. Aunque no me pudieran expresar su gratitud, tampoco la necesitaba. Bastaba sentarme con ellos en el borde de la cama y acariciarlos, hablarles, contarles las últimas novedades y chismes de nuestra casa, la residencia de la bahía de Narragansett, en Rhode Island, o si se podía, sentarlos en una silla de ruedas e ir a pasear por el jardín con ellos, o llegar quizás hasta el paseo marítimo y empaparnos de la humedad y el sabor del agua salada, de los graznidos de las gaviotas y de todos los ruidos y sonidos que en la residencia no teníamos. Me gustaba pensar que los embadurnaba en vida, que los metía en una gran bañera o recipiente repleto de vida, de ganas de vivir, y que ellos y yo disfrutábamos así, zambulléndonos en su interior, buceando  como niños. Así que me acerqué por última vez a Chet y me senté a su lado en la cama, junto a él. Óscar seguía allí, hecho una bola y ronroneando, tan a gusto que ni se movió cuando me acomodé en una esquinita del colchón, y miré a Chet, y lo vi allí tan relajado y tan plácido, que sentí un gran alivio en mi interior, como si alguien dentro de mí me estuviera acariciando. Era paz. Me acerqué a su cara y le bese, “Buen viaje Chet, por allá arriba ganan un hombre, te echaremos de menos, no temas. Él lo sabía, lo podía intuir, había movido su brazo y acariciaba a Óscar moviendo sus largos y esqueléticos dedos muy despacio, con una mueca en la boca que indicaba que sonreía, y no vacilé en incorporarlo una última vez para que no se perdiera el espectáculo del sol poniéndose, yéndose como él, tranquilo y sereno.

Una brisa mecía los árboles del jardín que se veían desde el balcón de la habitación de Chet. Los jazmines estaban en flor, las rosas coloreaban el paisaje allá afuera, y los trinos de los gorriones y pajarillos inundaban la serena primavera que había comenzado ya en Providence. Si aspiraba fuerte y profundo, podía oler la combinación y amalgama de olores y fragancias que desprendía la vegetación que rodeaba la residencia. Más allá del jardín y de los muros del geriátrico, podía ver las olas del océano atlántico mansas como un rebaño de ovejas, y un par de barcos fondeando en la ensenada, disfrutando del revuelo de unas simpáticas gaviotas que planeaban sobre sus mástiles. La bahía era espectacular y con este tiempo lucía imponente y primorosa. Era precioso el espectáculo, y Chet, el bueno de Chet, parecía que disfrutaba tanto como yo del paisaje. De su última puesta de sol. Desde aquella posición era inmensa, grandiosa. ¡Era la mejor puesta de sol de toda América! Lo había hecho todos los días. Salíamos al balcón, y nos quedábamos un buen rato en silencio, sólo observando y captando el mundo de afuera, el mundo exterior que se abría tras el muro de la habitación. Entonces su cara cambiaba, su ánimo viraba cuando entraba en la habitación y le decía, “adelante Chet, es hora de levantarse”, y veía, intuía más bien, un cambio en sus ojos, un destello quizás, una esperanza en forma de ilusión y grandeza, que modificaba los surcos del pergamino de su cara. Parecía que sonreía como ahora, que sus ojos miraban con la ilusión que solo tienen los niños cuando pequeño. Sus ojos azules se empañaban, como ahora también, de unas lágrimas que no brotaban del todo, que no acababan de desprenderse del todo, pero que yo sabía de felicidad y emoción. Sus cuencas eran un estanque de sentimientos. Quizás en esos momentos estaban aflorando algunos de sus mejores y más tiernos recuerdos, los más plácidos; una caricia, un beso, sus hijos, lo que sea; la felicidad sin duda, la felicidad en una cara, en unos ojos, y mi felicidad por ende. Él era consciente de sus últimos instantes de vida, como los del sol ocultándose, y era feliz, éramos felices. Yo lo sabía. Sabía que él lo sabía. Las palabras en muchos momentos sobran, estorban, son como obstáculos o impedimentos en  el camino, y ahora no hacía falta decir nada. Ya estaba todo dicho. Óscar estaba detrás de nosotros. Se había bajado de la cama y de un brinco, subido al alféizar de la ventana. Perseguía con la mirada un pájaro.



Descansa en paz Chet