viernes, 15 de enero de 2016

Avión


I

ba sentado en la claustrofóbica y diminuta butaca de un avión. Junto a mí tenía sentada a una señora mayor que leía una novela rosa sin apenas apartar la mirada de sus páginas, y más allá, en el asiento contiguo, a un joven de unos veinte años que dormitaba o lo intentaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia su lado izquierdo, el cual daba al pasillo. Yo estaba sentado en el asiento de la ventanilla, uno de los ojos de buey del gran pájaro que nos transportaba. A través de el podía ver el cielo plagado de nubes, todas negras, los relámpagos que se iluminaban como látigos de feria y la lluvia incesante que nos asolaba. Había tormenta. Podía sentir como el avión se cimbreaba bajo mis pies como si estuviera montado en un autobús que recorriera una carretera secundaria repleta de baches y socavones. Las turbulencias se hacían a cada instante más violentas. Parecía que nos habíamos metido en un siniestro túnel lleno de trampas que no se acabara nunca. Las azafatas iban y venían recorriendo el estrecho pasillo entre las dos filas de asientos y se chocaban estorbándose entre ellas intentando calmar y apaciguar los ánimos de los pasajeros. Servían botellas de agua, daban pequeñas instrucciones, y nos recomendaban que nos abrocháramos los cinturones hasta que pasara el temporal. Yo ya lo había hecho. Sentía cierto recelo cuando me subía a los aviones y por eso, por simple superstición y respeto, ni siquiera me lo había desabrochado cuando se encendió sobre nuestras cabezas la señal de “ya pueden desabrochar sus cinturones”, después del despegue. Me daba confianza y seguridad. La señora junto a mí, que me hablaba en un idioma desconocido – quizás ruso, o búlgaro, o algún idioma escandinavo –  se santiguaba continuamente, sin parar, a cada poco, casi obsesivamente. Ya no leía. Había dejado el libro sobre la bandeja. El joven junto a ella había despertado, y se aferraba a los reposa manos con cierta cara de preocupación. Tenía los ojos cerrados y murmuraba algo. No lograba escucharlo. Un niño detrás de mí lloraba, y su madre, junto a él, procuraba calmarlo acariciándole la cabeza y besándole los carrillos, y susurrándole cosas al oído. Otra mujer, más alejada de mí, gritaba histérica a su marido; que por qué habían hecho este viaje. Ella le tenía pánico a los aviones, sollozaba gritando para que todos se enterasen, pánico. Tenían miedo. Estaban preocupados. Y yo también. La tormenta y el grotesco espectáculo estaba durando más de la cuenta. Desde la cabina el comandante nos intentaba tranquilizar. Hablaba despacio y en diferentes idiomas, aunque en su voz se podía entrever un cierto ademán o principio de preocupación. Todo el mundo estaba muy  nervioso. Le entendí que estábamos atravesando una tormenta, un banco inesperado (cosa que ya sabíamos), y que mantuviéramos la clama, que pronto pasaría. El avión mientras tanto, pegó un salto, una caída, como si hubiera bajado un escalón de repente, y luego otro y otro. Se sacudía de arriba abajo. Las azafatas ya no recorrían el estrecho pasillo. Ahora permanecían sentadas y bien sujetas en sus butacas al final del pasillo. Dos a cada extremo. Sentí una brusca descomprensión en los oídos, como cuando viajas en el coche y asciendes por una carretera muy empinada, y los oídos se te taponan. Del techo del avión, donde se encontraban los mandos del aire acondicionado y la luz individual de lectura, se desprendieron unas mascarillas de oxígeno, y una alarma comenzó a sonar. Algo estaba pasando, algo malo, algo fuera de lo normal. Los gritos ya eran incontrolables. El avión se estaba cayendo. Yo me puse la mascarilla y traté de tranquilizarme, de tomar aire, de respirar hondo. Por más que mirara a mí alrededor tan solo veía angustia y desesperación, una jauría de seres humanos indefensos y sobrepasados por el pánico, impotentes por no poder hacer nada para salvarse, para ayudar, para intentar algo, aunque fuera mínimo, lo que fuera. Íbamos a morir si el comandante no lo evitaba. Toda la responsabilidad en manos de un piloto como tú y como yo, humano, quizás con niños y con una mujer que lo espera en casa, y que se quedaría extrañada si no recibía una llamada de su marido cuando llegara a su destino, cariño, ya hemos llegado. O quizás él no pudiera tampoco hacer nada. Estábamos acabados. Lo sabíamos. Las probabilidades de supervivencia en un accidente aéreo son mínimas, infinitesimales. Comencé a mirar por la ventanilla y vi un cielo completamente cubierto de nubes negras atravesadas por rayos que parecían espadas de fuego. El motor se paró. Ya no sentía la vibración debajo de mi asiento. Podía observar el ala del avión tambaleándose como si fuera una tabla de surf. No podía pensar en nada. Ningún recuerdo me venía a la mente. Todo era caos a mi alrededor. El océano, antes inalcanzable a la vista, cada vez se hacía más grande y nítido. El azul del agua comenzaba a distinguirse a medida que perdíamos altura. Escuchaba a la señora de mi lado rezando en su lengua, una letanía que no entendía. Me tenía la mano agarrada con fuerza. Me la presionaba con tanta energía y violencia que me clavaba las uñas. Sentía su palpitar, su sudor, su desesperación. Veía sus ojos aterrados mirándome inyectados en miedo. Lloraba. El batiburrillo de ruidos era ensordecedor, una amalgama de llantos, gritos, pitidos de alarma…que no tenían fin, y la superficie del agua cada vez más próxima. Ya se distinguía el oleaje, los remolinos, la violencia del océano embravecido. Pensé en ese instante  - vaya tontería- que el agua estaría congelada, muy fría. Moriríamos de hipotermia, congelados o ahogados o desintegrados. Sería una muerte rápida, ni siquiera nos percataríamos de lo fría que pudiera estar el agua, de si uno sabía nadar o no sabía nadar para salir a flote, para buscar un trozo de algo que flotase, un chaleco salvavidas, por ejemplo, o cualquier otra cosa, con tal de que flotase, con tal de aferrarse a la vida. Por un instante me vi de pequeño bañándome en la orilla de la playa, mojándome los pies y jugando con la arena, con esa inocencia y sensación de inmortalidad que solo se tiene cuando se es niño, y fue cuando vi la cara del niño que antes lloraba detrás de mí. Me miraba. Sus ojos me miraban fijos, muy abiertos, como si estuviera intentando hipnotizarme. Ya no lloraba. Me pregunté si sabía que estaba a punto de morir, de perder la vida que aún no había ni siquiera empezado a disfrutar, a saborear, si era consciente de todo eso. Cerré los ojos y espere tranquilo. De nada servía alterarme. El impacto era inminente, y todos lo sabíamos. Y de repente, la nada, la oscuridad, el fundido a negro. Me sacudí los ojos frotándomelos. Me incorporé, miré a ambos lados, me palpé la ropa desconcertado aún, intrigado, sudando, y poco a poco, como el submarinista que gana la superficie, fui tomando contacto con la realidad, hasta percatarme que estaba vivo, que había sobrevivido, y de que todo  había sido solo un mal sueño.