jueves, 14 de enero de 2016

Metro


Allí estaba la chica. Fue un flechazo. No te esperabas a nadie. Solo ibas a tu piso como todas las tardes después del trabajo. Anduviste por las calles estrechas del barrio pensando solamente en llegar a tu casa. Estabas cansado de todo el día. Necesitabas una ducha y relajarte, tumbarte en tu sofá de cuero negro y no pensar en nada. Antes te preparaste en la cocina un whisky solo con hielo, en vaso grande, grueso, con la inscripción “Jack Daniels” en el vidrio que tantas veces habías usado, tu preferido, y en silencio, con la casa completamente vacía y en penumbra, te dejaste caer en el sofá, sin esperar nada, dejando simplemente pasar el tiempo, viendo como el crepúsculo de la tarde se comía el día y daba paso a la noche, tan misteriosa, tan magnética, tan enigmática para ti. Los últimos rayos de sol entraban por tu ventana, daban a la estancia una última claridad de velatorio, hasta que las figuras a tu alrededor perdían definición y comenzaban a ser, simplemente, manchas casi borrosas a tu alcance. Respiraste hondo, estabas tumbado boca arriba sobre el sofá y el whisky reposaba sobre la mesita de cristal que había junto a ti. Le diste un buen trago y comenzaste a sentirte algo mareado. Te gustaba esa sensación. Era como estar flotando en medio de un lago o en el espacio exterior o como estar solo en una isla desierta. Comenzaste a no pensar en nada, más bien a deambular como quien zigzaguea de lado a lado pensando que va en línea recta. Todas tus preocupaciones desaparecieron, todos tus pensamientos comenzaron a alejarse de ti, comenzaron a transformarse en una espesa niebla que poco a poco desaparecía, y te sentiste bien de ese modo, te gustaba. Ya simplemente tenías que flexionar el brazo y llevarte el vaso a la boca para darle un trago al whisky. No tenías que moverte. Te habías acomodado. Así, desparramado, absorto, emborrachándote poco a poco sin darte cuenta, como cuando se vacía un recipiente gota a gota y termina por acabarse el líquido, viste una sombra moverse. Tenías los ojos entrecerrados pero la viste. Se movía muy lentamente, despacio, como interpretando una coreografía previamente ensayada, como esas actuaciones de teatro donde los actores se deslizan por el escenario como flotando. Y cada vez se acercaba más. No sabías si era una alucinación o si era real. A esas alturas habías bebido bastante whisky. A pesar de eso, no te incorporabas, o precisamente por eso, no te movías. Seguías paralizado viendo la sombra moverse, acercarse. El cuello lo tenías un poco girado, los ojos entrecerrados y guiñados. Los labios, húmedos por el whisky, brillaban en la oscuridad, y la boca la tenías abierta; respirabas por ella. Y la sombra moviéndose, danzando en la oscuridad, sin parar, acercándose a ti, lentamente. La mancha se hacía más grande y nítida. Ahora la veías con más claridad. Veías unos brazos agitándose, una melena larga y morena moviéndose frenéticamente. Te incorporaste para cerciorarte de que lo que veías era real. La figura se movía sin parar. No hacía ningún ruido. Todo estaba en silencio. Solo se escuchaban las bocinas y el motor de los coches en el exterior. Algún perro ladrando, algunos gritos. Tu respiración. La mancha borrosa continuaba bailando frente a ti. Ahora te tocaba. Diste un respingo hacia atrás. Te habías asustado, pero al momento comprendiste, al instante sucumbiste a las caricias, a la tibia y cálida sensación de unas manos suaves rozándote la piel. Es ella, es ella, pensaste, mientras procurabas abrazarla torpemente. Sentías su piel caliente, sus labios posados en tu pecho, su lengua mojada lamiéndote, sus dedos, tan juguetones, recorriendo tu cuerpo. No cabía duda, era ella, la chica que habías visto por la mañana frente a ti en el metro. La viste sentada en un extremo del vagón, sola. Tú estabas de pie y pensabas en ella, la mirabas, la escrutabas mentalmente cavilando sin parar en que parada se bajaría. ¿Sería Atocha? Allí ibas tú. Veías su pelo largo y moreno cayéndole por encima del pecho. Veías sus vaqueros y sus zapatillas deportivas de color blanco. Tenía las piernas cruzadas y estaba aislada del mundo y de todos por unos auriculares que llevaba conectados a su móvil de última generación. La mirabas de soslayo, disimuladamente. Te fijaste en sus labios, te gustaban, sobre todo el inferior, tan carnoso, te fijaste en ellos pero sobre todo te impactó el piercing que llevaba en su nariz, entre los dos orificios. Era plateado, con pequeñas incrustaciones diamantinas, todo un imán para tus ojos. Eras incapaz de apartar la mirada, te costaba, y sin embargo tenías que hacerlo para no parecer desesperado, para no llamar su atención cuando levantaba la mirada y te observaba también. Allí estabas tú, sujetándote a la barandilla para no perder el equilibrio y mirándola a ella, enamorándote de ella, obsesionándote con ella. El resto de pasajeros, pocos, viajaban con sus caras monótonas e insustanciales mirando al infinito o leyendo un libro. Y el metro llegó a Atocha, y te tuviste que bajar, y ella, la chica, continuó allí sentada, con sus piernas cruzadas y su piercing, ajena a ti. No se había movido. Habías pensado en alabarla, en decirle “me encanta tu piercing, tus labios”, habías imaginado a donde iría; quizás a ver a su abuela o a casa de sus padres o a buscar a su novio, a reunirse con él, aunque a ti te gustaba la posibilidad de que fuera a ver a su abuela. Te la imaginabas llamando a la puerta y besándola, tan tierna. Pero ella se quedó en el metro y tú te bajaste. Perdiste la oportunidad de decirle algo, de hacer algo, un papelito con tu número, un saludo inocente, algo. Y sin embargo ahora la tenías encima de ti, la sentías, su cuerpo caliente, sus manos hábiles buscando tu vientre, acariciando tus muslos, estremeciéndose contigo. Oías su respiración, sus jadeos. Colocaste tus manos sobre su culo, estaba desnuda, una mano en cada nalga. Las sentías duras y sudorosas. Se había contorsionado de tal forma que ahora podías sentir su lengua sobre tus labios. Aplastaba su pecho contra tu pecho. Te mordía el lóbulo de la oreja. Tú jadeabas. La notabas moverse rítmicamente sin parar encima de ti. Cada vez más rápido. Tú te dejabas llevar como un náufrago en una tormenta, con el ímpetu del que se aferra a un bote salvavidas y resiste hasta que termina, hasta que cesa, hasta que el mar bravío se apacigua y sale el sol y se calman las olas, y puedes descansar tranquilo. Y así ocurrió. Todo pasó. El vaivén frenético de la carne en éxtasis ya no estaba, y tú dormías sobre el sofá de cuero negro con un brazo colgándote por el lateral, y el vaso de whisky caído sobre la alfombra. Era de día.