martes, 5 de enero de 2016

Dibujarte


Yo no sé dibujarte sobre un papel pero sí sé dibujarte cuando cierro los ojos. Solo sé dibujarte así porque así te he dibujado muchas veces, una y otra vez, con la repetición incansable del sol saliendo todos los días. Entonces comienzo a manejar lápices y pinceles; entonces comienzo a imaginarte, a verte, a dibujarte; entonces primero una tenue sombra, apenas un bosquejo;  entonces unas manchas borrosas que ya son tu pelo; entonces dos lentejitas luminosas que son tus ojos; entonces tu boca, de un rosado que se va definiendo poco a poco hasta que la almohadilla de tus labios me sonríen; entonces tu cuello, fina columna de porcelana, delicada y brillante, desnuda, la cual me pide a gritos que la bese;  entonces tus hombros y tu pecho, montículo coronado por el botón de tus pezones, los cuales sobresalen y descansan sobre el pasto de su aureola; entonces tu vientre,  sendero que me lleva al ombligo, depresión donde me entretengo, sima la cual invita a introducir mi lengua, a beber del rico elixir que en el guardas, preludio del aguardiente de tu pubis del cual uno se emborracha con solo mirarlo. Entonces ya casi estás dibujada, entonces tus muslos y tus piernas, prolongación extática que me corrompe; entonces tus brazos y tus manos, acariciándote frente a mí, recorriendo tu cuerpo como si quisieras enseñarme, guiarme por la geografía de tu piel de seda; entonces tu espalda, tu columna, cuentas de un rosario que serpentea hasta la esponja de tu trasero, dulce melocotón que muerdo; entonces tu figura en mi mente; entonces el dibujo ya terminado; entonces tú.