viernes, 18 de diciembre de 2015

Hades


                 
      "Nadie sabe que eres el azote de tu propia sangre,

 de los muertos bajo la tierra y de los vivos aquí arriba,

                        y el doble trallazo de la maldición de tu padre

                    y de tu madre, te arrojarán de este mundo."

                                                                                                                                                                                                   Sófloques.





     Si te encontraras echado sobre una barca muy precaria y pequeña, diminuta, estando tumbado boca arriba, inerte y exhausto, sin fuerzas siquiera para abrir los ojos y observar el paisaje que te rodea, a ti y a Caronte, el sempiterno barquero de Hades, verdugo el cual te transportaría al inframundo navegando infatigable y puntual a través de las aguas del rio Aqueronte, te encontrarías muerto, y no podrías escaparte. No podrías hacer nada. No creo que haya algo peor, algo más aterrador que tener la noción de que te estás muriendo, o directamente que estás muerto, y no puedes hacer nada. O sí. Verte a ti mismo desde fuera, autoscopia lo llaman. Y así precisamente estaría nuestro personaje, desdoblado, interrogándose del por qué se ve así mismo, en aquel esquife en mitad del rio, antesala del infierno, puerta maldita donde quedaría atrapado para siempre, quiera decir para siempre lo que queramos, la eternidad por ejemplo. Aunque la eternidad pueda durar solo un segundo o un beso o mil años. Escojan ustedes. Angustiado, nadie le vería ni nadie le escucharía. Sus gritos de terror serían inútiles, los aullidos, exhalados desde lo más profundo de su estómago, no producirían más vibración que la pluma que flota en el aire. Pasarían desapercibidos. Sería un fantasma, una sombra en la noche, en la oscuridad más absoluta, y estaría perdido. ¿Por qué yo? se diría. Yo no puedo ser, yo soy yo y estoy aquí, ¿pero entonces quién? ¿Un sueño, quizás? Alcanzarían la orilla opuesta, donde mientras el bravo oleaje rompería con fuerza sobre el bote, observarías como te levantan, y en volandas, como si no pesarás nada, Caronte te transportaría cual fardo del montón. Porque efectivamente serías del montón. Uno cualquiera. Un chico joven, el cual falleció por tomar una mala decisión, aunque entonces no podías saberlo, lo ignorabas. Verías seguido al guardián de la puerta, Cerbero, el perro de Hades. Lo verías menearse de un lado para otro, lo verías ladrar y olfatearte con sus tres hocicos, y enroscar su rabo en forma de serpiente. Te estaría saludando, recibiendo. Pobre de ti, tan indefenso. Ya tus ojos permanecerían abiertos, tan grandes como platos, inyectados en una sangre putrefacta, mientras te adentrarían en el submundo, en el averno. Reino de Hades, como Zeus del cielo o Poseidón del mar, castigado a vagar entre el fuego y la sombra y la miseria, mucha miseria. Proscrito como estarías, te verías a ti mismo y no harías nada. Imposible por otro lado. Película de miedo. Verías figuras abyectas y desfiguradas rodearte, cargadas con ese halito de repugnancia que emana de las alcantarillas, verías a la prole de acólitos desgraciados que no harían más que vagar por el infierno sin pararse a pensar ni a descansar. Solo espectros. ¿Quieres ser uno de ellos? Cuidado, uno te pasó por el lado. Tenía la mirada del loco, del alienado, del piantado que pese a mirarte no te mira, porque está mirando hacia adentro, hacia adentro o al infinito, es lo mismo. Ahí te ves, Cerbero te dejó en medio de esa pocilga inmunda y sucia. Corre, ve en su auxilio, en tu auxilio, en el tuyo propio porque eres tú mismo. Ve, ábrete camino entre esos desgraciados y llévatelo. Sácalo de ahí, corre. Verías que por mucho que lo intentaras, no podrías. Tus brazos no encontrarían resistencia, tus manos danzarían entorno al aire nauseabundo que tampoco respirarías, y no llegarías a cogerlo. Estás muerto o soñando, o en medio de una pesadilla, y no te queda otra cosa que resignarte. O despertarte.



     Como si de una cuadriga se tratara, te verás tirado por diferentes cuerdas y tensiones. Tú, simple mortal atormentado vives a remolque de todas ellas, en un frágil y tentador equilibrio, al filo del acantilado, al borde del abismo que nos atrae como nos atrae escuchar el canto de las sirenas. Vértigo no es más que atracción a lo desconocido. Y desconocido son para ti los infinitos seres que habitan en ti, y que mantienes encerrados. Los retienes con la esperanza de que no se escapen y tomen el mando. En eso consiste tu existencia, en no perder el equilibrio. Si una cuerda tira de ti hacia la izquierda, la de la derecha debe hacerlo de igual modo y fuerza, o te verás arrastrado, desequilibrado, náufrago de una fuerza mayor que tú mismo. Vales lo que consigas aguantar los tirones. El destino es caprichoso y tú no lo controlas, lo controlan ellos, tus cuatro jinetes del apocalipsis. Uno lleva consigo, encerrado en un cofre, tu corazón. Otro, en una pequeña bolsa, porta tu cerebro. El tercero, a buen recaudo, guarda tu lascivia, y el cuarto, carga con una mezcla de todos ellos.

     Y al final  perdiste el equilibrio, la balanza se desequilibró y te viste arrastrado a la perdición, a la degeneración. Corrompido porque eres humano, imperfecto. Te dejaste arrastrar al filo del acantilado y tentaste demasiado a la suerte. Caíste a las profundidades. Ahora vagas por el infierno recordando tus decisiones, las que te llevaron hasta aquí, y te lamentas sin que tu voz la escuche nadie, sin que tu sombra la vea nadie, y te ves a ti mismo devorado por las criaturas hambrientas de carne, las cuales te rodean desordenadamente, sin control, como una jauría de hienas o buitres y te despellejan hasta convertirte en nada, porque nada eres. Y entonces te das la vuelta, horrorizado, y comienzas tu peregrinación eterna a través del fuego perpetuo sin dejar de pensar en el destino, tu destino, ese que resulta implacable, hagas lo que hagas porque está escrito que se cumplirá, o eso piensas. ¿Acaso consiguió Edipo escapar de su destino?

     Salir un minuto más tarde o más temprano de casa puede modificar tu destino; o no. A lo mejor tu destino era precisamente ese, el salir justo en ese momento para morir. Al fin y al cabo estás en el infierno, y tienes toda la eternidad para pensarlo.

     El corazón te decía una cosa, la razón otra, y tu lascivia te corrompía. Las tres impostoras dentro de ti queriendo imponerse, y mientras tú, viéndote zarandeado de un pensamiento a otro, como una pluma movida por el viento hasta caer, hasta la muerte. Era la lascivia quien te empujaba al abismo, era la razón quien te frenaba, y era el corazón a quien querías hacer caso y entre los tres caíste presa del engaño. Te marearon. Saliste en busca de la persona equivocada. Dicen que el demonio se viste de seda y esa misma seda fue la que te mató. Te sedujo para atraerte. Te embaucó para tenerte. Te engañó para matarte. La chica te asesinó. Por eso vagas ahora sin esperanza...Descansa en paz.