martes, 1 de diciembre de 2015

Antoni

Antoni barajaba las cartas despacio. Lo hacía así, mientras pensaba en su mujer, y en la vida tan desordenada que llevaba. Giraba la cabeza mirando a ambos lados y al frente. Allí estaban sus amigos, en el gran salón de su casa jugando al póker. Todos parecían divertirse salvo Antoni, que en silencio comenzó a repartir los naipes. Normalmente siempre se reía o decía alguna gracia, o gastaba alguna broma o decía algún improperio subido de tono. Pero está vez no. Permanecía callado, respondiendo con monosílabos y mostrando un desdén fuera de lo normal. El gran Antoni rumiaba alguna idea. De hecho, llevaba días, meses, harto de ser el cabecilla al que todos temían, el jefazo al que todos lamían el culo y eso le hacía sentir vacío. Desde que creo su imperio todos sus socios le hacían la pelota, todos sus trabajadores le doraban la píldora, no le contradecían, le temían, y eso le exasperaba. Por una parte le gustaba. Siempre había deseado ser alguien, alguien importante, y a base de trabajo, esfuerzo, y mucho sacrificio lo había logrado. Pero para eso, había tenido que crearse un personaje, un monstruo que en realidad se saltaba todas las normas morales. Él, muchos años atrás, en su infancia y adolescencia fue un chico educado, incluso tímido, lo que podríamos llamar un hijo ejemplar. Iba al colegio y estudiaba. Fue al instituto y aprobaba, sacaba buenas notas. Era un buen estudiante e incluso ayudaba a sus compañeros. Hijo de una humilde familia, tuvo que ver como sus padres se separaban a consecuencia de las continuas riñas y discusiones de sus progenitores. Su madre, dada a la bebida, y su padre, un buscavidas sin empleo, se peleaban a diario. Las voces e insultos eran habituales en su casa. Se acostumbró y sobrevivió a eso. Es sabido que algunas plantas crecen en terrenos áridos. Antoni sufría pues. En casa las cosas no iban bien, y en el instituto se esforzaba por destacar, acumulando méritos que al final tiró por la borda. Una mañana se hartó, explotó, y le dijo a su profesor que se fuera al carajo, que no lo soportaba, ni a él ni a ninguno de sus compañeros, ni a su familia. Se levantó de la silla y salió de clase. No volvió. Y tampoco a su casa. Cortó con todos y con todo. Nadie supo de él. Nada. Parecía como si la tierra se lo hubiera tragado, y sin embargo progresó en la vida. Pero cada día se lo recriminaba. Lo hacía mientras echaba las fichas al tapete verde donde jugaba con sus amigos. Aún no había pronunciado una palabra, solo rumiaba sus pensamientos, con el rictus de su cara serio, con sus ojos fijos en un punto que ni siquiera estaba en esa habitación, no miraba nada, ni lo necesitaba. Se estaba examinando por dentro, y se detestaba. Jamás había tenido un gesto amable con nadie. Siempre había conseguido todo lo que quería a base de amenazas, y por eso lloraba.