domingo, 13 de diciembre de 2015

Azul


Lo único que recuerdo son unos ojos. Lo único que recuerdo son unos ojos muy azules. El azul siempre me ha gustado, y allí estaba, en esos ojos de esa chica, en esa fiesta. Desde hace tiempo me quedo embobado mirando el cielo. Yo de pie, enderezado, recto, con la boca algo abierta y mirando como un bobo el azul del cielo. O el mar. Cuando voy a la playa, las pocas veces, siempre me paro a su orilla, quizás con el agua lamiéndome los pies, y miro el azul del mar. Es distinto que el azul del cielo, pero también me gusta. Ambos se juntan en el horizonte y yo lo observo. A veces sin embargo ese azul que se mezcla con el del océano como en una acuarela, se torna rojo, como si le prendieran fuego. Es el sol que se pone, y también es bonito. Me gusta. Pienso que ese fuego es necesario. Indispensable. Sí, el fuego es necesario para la vida. También el azul.

Cuando era pequeño me gustaba dibujar con los rotuladores. Mis favoritos eran los azules. Azul oscuro, claro, cálido, casi negro. Todos. Dibujaba paisajes y casitas con sus ventanas. Dibujaba ríos con puentes, y dibujaba chicas con dos grandes manchas azules en la cara. Eran sus ojos. Me divertía haciéndolo. Llenaba hojas con dibujos. Todos con tonalidades azules. Toda la gama de azules. Casi toda. También escribía y sigo escribiendo con bolígrafos de color azul. No lo puedo evitar. Es casi una manía. Me atrae como la miel a las abejas. De pequeño es verdad que mis ojos eran azules. Ahora no. El momento del cambio no lo recuerdo, pero supongo que debió ser un día cruel para mí. Veo las fotografías y veo a un niño con los ojos azules claros y me pregunto si realmente ese niño era yo. Ahora los tengo marrones. Así que podemos decir que el color azul, como mínimo, me fascina.

Me llamaban. Caminé despacio. Camine sin prisa, paladeando el momento. No pensaba especialmente en nada, más allá de apurar la lata de cerveza que llevaba en la mano. La cerveza es otra de las cosas que me gustan. Como el azul. Ahora no pensaba en el azul. Ahora me llevaba la lata de cerveza a los labios y no pensaba. Bebía. A veces es bueno no pensar en nada. Ahora el azul estaba lejos. El azul existe cuando me lo ponen delante. Y me lo pusieron. Vaya si me lo pusieron. De repente vi el azul de unos ojos que me miraban. Miraban a mis ojos marrones y yo los miraba a ellos. Jamás había visto semejantes ojos. Era como mirar un dulce y embriagador pastel de chocolate del que no pudiera apartar la mirada. No podía dejar de mirar esos ojos, ese azul, esa chica. Estaba encerrado en esa mirada. He visto muchos azules. He visto muchos ojos azules, de muchas chicas, de todos los tonos, de todas las formas. Pupilas grandes, pequeñas, abombadas, achatadas. Iris festoneados con todos los colores del arcoíris, pero ninguno como el que vi en la fiesta. Los de la chica. La luz del sol jugueteaba con sus ojos y proyectaban una infinidad de tonos azules en sus ojos. Eran como pequeñas canicas cristalinas. Recordé mi época de la infancia. Me vi jugando a las canicas con esos ojos. Quería jugar con ellos. Los deseaba. Me atraían, me atraían sin poder evitarlo. Me lleve la lata a la boca y la apure de un trago. Allí estaba el azul. Allí estaba lo único que recuerdo de la fiesta. Los ojos azules infinitos. Me di la vuelta, me dirigí a la cámara frigorífica, y me cogí otra cerveza, pensando en esos ojos, en ese azul, en esa chica, en lo único que recuerdo de la fiesta, y pensé que quizás un poco de fuego en ellos no estaría mal. Al fin y al cabo el fuego es indispensable para la vida, como el azul.