sábado, 5 de octubre de 2013

Arena



Una muchedumbre a tropel, reunida alrededor de un circo. Enarboladas, jaleando sin parar, gritando a viva voz, de pie sobre unas gradas altas y abarrotadas se divertían o más bien podríamos decir que se comportaban de manera primitiva observando el grotesco y humillante espectáculo que en el albero se daba. Todos los días había festejos de esa índole y gran parte del pueblo se apelotonaba uno detrás del otro para conseguir una entrada. Los había que tenían preferencia al ser distinguidos personajes de la sociedad y conseguían evitarse los empujones, las esperas, los improperios y las malas caras, haciéndose con un pase preferencial en uno de los palcos preparados, dicho sea de paso, para tal clase de peloteo o favoritismo descarado. Público de todas las edades observaban el cruento espectáculo. Los más pequeños al principio se sorprendían ante la actitud de sus padres. Estos gritaban e insultaban sin reparo ni vergüenza alguna, relamiéndose la comisura de los morros por cada estocada bien dada, o bien clavada, o bien ejecutada, como ustedes bien prefieran. Sus vástagos al principio giraban la cabeza para no verlo. De ese modo se ahorraban una visión poco agradable. Lo que no podían girar eran las orejas por lo que toda cantidad de barbaridades penetraban por sus oídos. Sin embargo, está escena sólo ocurría en el bautismo o primer día que sus padres los llevaban de la mano. A partir del segundo y a veces incluso a partir de solo un rato, la transformación en salvaje autómata ya se había consumado, y estos se comportaban a semejanza de sus idolatrados padres. Las madres y féminas también iban al espectáculo. Era para ellas una ocasión única para engalanarse, pavonearse y dejarse ver por la flor y nata de la sociedad. Mezclarse con lo alto, medio y bajo de toda ralea. Aunque a decir verdad, con pocos de clase baja se iban a mezclar, ya que los precios del circo eran bien prohibitivos y no podían costeárselo. Así que tenemos unas gradas llenas, un montón de espectadores deseosos de sudor y sangre, convencidos todos de que lo que iban a ver es puro arte y tradición, un ejecutor o varios y un ejecutado.
Unas veces dura más que otras. Normalmente hasta que pierde mucha sangre o se agota físicamente o las dos cosas a la vez. Cae de rodillas, postrado, agotado, delante de su verdugo, la sangre le resbala por la espalda, las laceraciones y heridas abiertas brillan con el sol que cae a plomo a esa hora sobre la plaza. Agacha la cabeza ofreciendo su nuca. Solo espera la estocada final. Que le hundan la espada hasta el fondo y acabar con su agonía, con su sufrimiento. El público vocifera, quiere más. Exige que continúe la tortura. Se pone entonces en pie a duras penas. Le dan el tiempo justo y siente un nuevo pinchazo, en una pierna, aúlla y grita de dolor. Se mueve en torno a él, girándose. Ve aparecer a dos más. Esquiva otro golpe, corre al otro extremo sin mirar a ninguna parte. Lo empujan, cae de nuevo a la arena. La multitud abuchea, da ánimos para que no se rinda y se vuelva a erguir. Aún no ha sufrido bastante. Hay que llevarlo al límite. Siempre lo hacen con todos. Él no iba a ser una excepción, y lo sabía. Nota sobre su cuerpo desnudo el calor que emana de la arena, la rugosidad de esta adhiriéndose a las heridas produciéndole dolor, más dolor. Ahora tiene completamente apoyada la parte derecha de la cabeza en el suelo. Los ojos cerrados, una serenidad infinita se apodera de su alma. Un rictus forzando una sonrisa se vislumbra en su rostro. De repente se ve corriendo por verdes prados, detrás de sus amigos. Le encantaba correr de aquí para allá, hacer carreras e ir a beber al rio. Entonces era libre. Ahora no. Ahora era presa de unos salvajes y sufría. Sufría él y sus compañeros. El pueblo se divertía a su costa como si nada. ¿Por qué él? ¿Por qué ellos? Pues porque si ellos se quejan no pasa absolutamente nada. Porque si ellos se mueren, no pasa absolutamente nada. Se reemplazan por otros y listo. Son simples eslabones de una maquinaria perversa y viciada sin sentido creada por el hombre, autoproclamado Dueño y Señor del planeta Tierra. “Machina Animata”, como proclamaba Descartes. Ellos no tienen alma. Y además están ahí para arrebatarles sus carreras por el campo y negarles su libertad. Ahora abría los ojos. Procuraba enfocar al público. Su visión era borrosa. Le costaba asociar las imágenes que veía con lo que realmente eran. El rojo de sus pupilas recordaba el propio infierno, a la barbarie del mundo, a la mirada de un hombre sin esperanza ni sueños que pide clemencia.  Ahora se frota los ojos y se sacude la sangre. Ya no existe ni un solo hueco de su anatomía que no esté cubierto de rojo. Oye un alboroto cada vez más próximo. Ahora ya no son tres verdugos, sino una multitud salida del mismo público la que se abalanza sobre él. Corren hacia él como una gran mancha negra la cual se hace más grande a cada segundo que pasa. Con sus pitones y cuernos bien afilados. Dando bufidos, empujándose unos a otros, desafiándose con las miradas enajenadas y hambrientas listas para torturarle. Él ahora se levantaba, a duras penas. Se desplazaba cojeando alrededor del terreno. Mira a ambos lados, al frente, pero no ve salida alguna. Solo ve toros bravos, sueltos y sobre todo dispuestos a echarse encima de él. Si, había abierto los ojos y había despertado a su propia pesadilla. Ahora no era él quien mutilaba y mataba sin remordimientos. Ahora él era la víctima y cientos de toros los verdugos. Pensaba para sí mismo en lo macabro de la situación. Procuraba despertarse, pero nadie puede despertarse si ya está bien despierto. Entonces se veía diminuto, insignificante, acorralado como una simple rata y no le quedaba más que derrumbarse a esperar su muerte y suplicar porque fuera rápida. Ahora comprendía lo absurdo de sus prácticas y de las del pueblo. Gritaba desesperado que él también tenía alma y que estaba equivocado, que todos estaban equivocados. Pero ya era demasiado tarde. Se había convertido en una “machina animata” y simplemente sería reemplazado por otra persona cuando cesara de respirar.

domingo, 25 de agosto de 2013

Sueños



¿Alguna vez han tenido un sueño raro, estrambótico, abstracto? ¿Alguna vez ese sueño se os ha hecho realidad? Anoche me fui a la cama antes de lo habitual. El día había sido duro, complicado, agotador, mi cuerpo y músculos me pesaban como una gran losa de hierro. La cena frugal, apenas un trocito de fruta y una ensalada de tomate. Los parpados luchaban por no terminar cerrándose antes de la cuenta. Los ojos achinados. Los pasos lentos, torpes. Realmente el día había sido agotador. Mi trabajo consiste en hacer visitas a decenas de clientes e intentar siempre venderle un seguro de lo que sea. Siempre la misma perorata y discurso aprendido de memoria. Siempre en busca del cliente perfecto, y siempre de un lado a otro sin parar, llamando de puerta en puerta. De esas puertas son pocas las que me abren, y de esas que me abren, pocas las que consigo traspasar, y de esas que traspaso, de esas pocas personas caritativas o con mucho tiempo libre, o tan ingenuas como para abrir a un tipo vestido con traje de lino barato, camisa aún más barata y corbata regalada, de seda y de color rojo con dibujitos de estrellas en blanco, pocas las que me escuchan, y un porcentaje bajísimo de todas ellas, digamos que como un día de lluvia en verano, o como conseguir pescar en un rio sin peces o con un solo pez a lo sumo, me compra uno. Para ello entenderán que con semejantes guarismos,  deba llamar a multitud de puertas para aumentar mi porcentaje de ventas, o al menos para mantenerlo, lo que supone muchos kilómetros en coche y muchas idas y venidas alrededor de la provincia entera. Ayer no fue diferente, o si. Hice tres ventas. Para celebrarlo decidí ir a cenar al mejor restaurante de la ciudad. No era para menos, y sumado eso a mi consabida afición por el delicioso y abundante mundo de los placeres gastronómicos y culinarios, estaba cantado que así sería. Invité a Ana para el día siguiente.  Ósea para hoy. La llamé por sorpresa. No pudo siquiera abrir la boca. Mis ansias y excitación eran tales  que simplemente le dije “Ana, para mañana no hagas planes, tengo una sorpresa para ti, a las nueve te recojo, ponte tus mejores galas”. Colgué dejándola con la boca aún abierta y sus palabras flotando en el aire. Como dije, una vez terminado de cenar, me fui a la cama. Mi cansancio se entrelazaba con la felicidad y la satisfacción del trabajo bien hecho, del buen sabor de boca que te queda después de un día productivo y por qué no decirlo, del recuerdo y las imágenes de Ana y la cena de hoy, de mañana por entonces. Pronto comencé a quedarme traspuesto, a sumirme en un sopor incandescente y pesado del que no podía escapar. Imágenes comenzaban a poblar mi cabeza. Figuras abstractas, formas pétreas, líneas que se movían de un lado a otro formando lienzos y cuadros picassianos. Todo en mi cabeza iba a una velocidad de vértigo. De una imagen a otra y vuelta a la primera. Me veía a mi mismo tumbado sobre una cama redonda. A su vez la cama redonda flotaba en un océano de color negro, podría ser de tinta negra y acto seguido me encontraba corriendo sobre ese líquido oscuro sin parar. A mi alrededor sólo el vacío, el infinito. Corría además sin parar, con zancadas firmes y decididas, a buen ritmo. La vista puesta en el horizonte, siempre negro, y la boca abierta. Iba tatareando una música de piano, la cual se oía de fondo. Era Erik Satie. La melodía era muy melancólica y lenta para esa carrera sin fin. Pero de repente me quedaba paralizado, quieto, inmóvil, y una blancura inmaculada se apoderaba del cuadro y sobre todo de mi mente. Sólo el piano continuaba sonando…como el vaivén de una cuna y el regazo de una madre, me quedé dormido. Desperté nuevo, con energías renovadas. Era aún temprano, había dormido pocas horas, el reloj marcaban las ocho de la mañana, pero el sueño había sido reparador. Me regocijé en la cama. Estiré mis piernas, bostecé o más bien aullé como un lobo o un león en medio de la selva. Me doblé y recorrí de punta a punta la superficie del colchón saboreando cada movimiento. La boca la tenía seca. Los labios duros, agrietados. Una gran dificultad se me presentaba a la hora de cerrar la boca. Juntar los labios se me hacía un propósito inaccesible, incluso desesperante. Me incorporé decidido a ir al baño y asearme. Llegar a el fue ardua tarea. Extrañamente, y bien digo extrañamente ya que la puerta del baño está justo en el lateral de la cama, a pocos metros y sin ningún obstáculo que requiera pericia alguna ni derroche de atención para llegar a ella, llegué a duras penas y con gotas de sudor corriendo por mi frente. Asustado, extrañado y algo preocupado por tal acontecimiento, me asomé al pequeño espejo colgado sobre el lavabo. Una sobrecogedora quietud fue lo siguiente que me ocurrió. Mi rostro palideció, las manos comenzaron a emanar un sudor frío y colmado. Los latidos del corazón aumentaron como aumentan las revoluciones de un motor al acelerar de golpe. Tambores sonaban en mi interior. No podía moverme. Frente a mi veía una gran lengua reposando sobre los azulejos del baño. Gorda, rosada, con grandes puntitos  por toda la superficie. Salía de mi boca semejando una gran cuerda pesada y dura. Presionaba la comisura de mis labios y ejercía un peso añadido  al de mi cuerpo. Me impedía cerrar la boca. En ese momento comprendí el hecho de que estuviera sudando, el esfuerzo para desplazarme con semejante protuberancia saliendo de mi cavidad bucal era enorme. Entonces procuré calmarme, respiré hondo, cerré los ojos, conté hasta diez y los volví a abrir. Allí seguía la gran lengua. Colgada como una vieja toalla al viento. Pensé en la posibilidad de que aún estuviera dormido y por tanto, soñando. De esa incertidumbre salí rápidamente, bastó con pisarme la punta de la lengua con una de las pantuflas. Un fuerte alarido sordo y continuo salió de mi boca. Efectivamente, estaba despierto. Y además era poseedor de una lengua enorme. Respiraba con dificultad, y siempre por la nariz. Decidí pues calmarme. Ante situaciones extremas y complicadas, grandes dosis de serenidad. Me eché entonces la lengua al hombro. Me costó levantarla con ambas manos. Pesaba como una gran boa o anaconda de las  selvas amazónicas e incluso me dio la sensación que a cada minuto que pasaba, aumentaba de tamaño. De esa guisa alcancé la cocina. Comencé a abrir un cajón tras otro. ¿Qué sería de mí? Las tripas comenzaron a sonarme. Recordé que no comía nada desde hacía más de veinticuatro horas, exceptuando la cena tan mísera de la noche anterior. Y ahora, la boca la tenía entrapada. Pensé ir al médico. Recordé la cita con Ana. ¡Qué horror! ¿Qué había pasado esa noche? ¿Cómo iba a presentarme así ante ella, ante la gente? Me había transformado en un monstruo. ¿Acaso debía encerrarme como Quasimodo en la torre y no dejarme ver? No. Me senté a la mesa, cogí un lápiz y me puse a escribir. Y aquí estoy. La lengua ya serpentea por todo el cuarto. Lo ocupa casi todo. Me es imposible moverme. Sólo espero que alguien llame a mi puerta, como hago yo todos los días y escuche mis alaridos. Que los escuche y eche la puerta abajo. Mientras tanto, escribo esta carta y sueño con Ana, y con la cena que no llega, y con su cuerpo, y con puertas abriéndose y con grandes cuchillos de sierra o hachas, y con ella de nuevo. Si, soñar es bonito, pero ya ven, también peligroso.

jueves, 22 de agosto de 2013

Gigante



Que extraña cosa me caía en la cabeza. Yo que pretendía correr a sentarme. Y este ser que me agarraba de la muñeca y tiraba de mí. Intentaba escapar, huir, zafarme de él, pero era mucho más grande que yo. Sus brazos y piernas parecían palos gigantes y su cabeza una calabaza enorme. A veces tiraba de sus cabellos, también largos y de color negro. Y el gigante gritaba. Gritaba mi nombre y decía “Malo”, con voz enérgica, muy alto. Que chillidos más feos. Que desagradables. Yo lo que hacía entonces era tirar más fuerte. Pero era inútil. Era arrastrado a su terreno. ¿Qué será eso que cae? No quiero ir. Quiero correr en dirección opuesta. A veces lograba escapar, en algún descuido del gigante, pero mi libertad duraba menos de lo que quería o deseaba. Al volver la cabeza allí lo veía, con sus garras y sus largas zancadas me atrapaba de nuevo. Entonces me pegaba, no muy fuerte. Pero lo justo para que llorara, berreara y me pusiera colorado hasta que me soltaban. ¡Qué dulce sensación! ¡Qué agradable poder moverme sin el gigante encima! Doy tres pasos. Nadie me sigue. Cuatro. Está entretenido, así no me ve. Gateo agazapado por el suelo hasta llegar a un charquito de agua. Introduzco una mano, está fría, ¡qué gusto! Chapoteo con ambas. Sonrío. Me alegro y me empeño en mojarme más aún. Ya vienen a por mí. Me pongo de pie y corro. Esa vez no llegué nada lejos. ¡Qué fuerza la del gigante!  Me levantaba y me cogía en brazos. Estábamos muy altos, sobre el charquito, y caía de nuevo del cielo el líquido frío sobre nosotros. Yo entonces volvía a llorar. Pataleaba en mi empeño de escapar y el gigante sólo decía ¡Es agua, es agua cielo mío! ¡No llores! No comprendía “Mama”, así se hacía llamar el gigante, que yo no quería estar allí y menos mojarme, y menos no tener mis pequeños e inexpertos pies sobre el suelo, y menos hacer algo que no me apetecía. Pero así era “Mama”, abusona e irracional, en su afán de hacerme feliz y educarme se olvidaba de mis preferencias y deseos y sueños. Y hacía lo que ella quería. Era su juguete, su prisionero. Aunque de esa manera descubrí que la extraña cosa que caía en mi cabeza era agua. Y que aquel tubo largo de dónde caía se llamaba ducha. Y que para que cayera había que girar un grifo al cual yo aún no llegaba, aunque algunos niños de mi edad sí que llegaban.

martes, 13 de agosto de 2013

Bar






El bar sito en la calle espárragos número veinte, de esquina en el edificio quizás más longevo del barrio, fachada de ladrillo visto y color rojo parduzco, emulando sin pretenderlo a sangre venosa desparramada, su amplia vidriera por la que desde fuera uno podía alcanzar a ver el interior siempre que tuviera intención de ello y acercara los morros al escaparate y su rótulo con letras mayúscula y bordes redondeados dibujado sobre la puerta, en la que anunciaba su nombre “Bar Piraña”, era el local propicio para nosotros. Quizás debido al hecho repetitivo de ir todos los sábados allí, o quizás porque las condiciones y atmosfera que se respiraba en su interior lo hacían apetecible. O quizás una mezcla de ambas. Aunque posiblemente a decir verdad, no fuera por ninguna de ellas. La atmosfera como decía antes, era vomitiva, por lo que podemos descartarla, y el hecho de que fuéramos todos los sábados allí, era porque este era el único local que permanecía abierto a esa hora, cinco de la mañana, cuando Saúl y un servidor, acabábamos la jornada laboral y nos reuníamos entorno a una de sus mesitas de madera. En sus entrañas poco que decir, putas y chulescos, tipos alcoholizados tomándose un último trago interminable, alguna riña simpática que acababa con botellines y vasos por los aires, los cuales estallaban en mil pedazos contra el suelo en el mejor de los casos. En el peor imagínense la cabezota de algún borracho como blanco, y las carcajadas y risas al fondo admirando de soslayo y sin recato  la certeza del lanzamiento y su afinada puntería. Podrá por lo dicho parecer que no era lugar este muy recomendable para dos jóvenes entusiastas. Pero vistas las pocas opciones o nulas más bien a las que nos ateníamos, era la mejor. Al menos disponía de unas pocas mesas repartidas, o tiradas, o lanzadas de mala gana por el suelo pegajoso y sucio del habitáculo, lo que hacía caminar por el, y más a esas horas de la noche, o de la mañana según se mire, en un acto de fe y perseverancia. Al fondo, en una esquinita, escorada e iluminada por una bombilla que caía del techo enganchada de un cable negro, nos sentábamos. Saúl siempre a la izquierda de la pared, y yo enfrente suya. Provistos de una buena jarra de cerveza, disertábamos a esa hora de asuntos banales, fútiles, erráticos, insustanciales, ligeritos y poco inteligentes entre trago y trago. Unos días era sobre la gran cantidad de tipos de tornillos que existían en el mundo, y otro sobre la vida.
   -Hoy es un mal día – Saúl miraba extasiado su jarra de cerveza, las palabras le salían de forma mecánica, atravesando sus cuerdas vocales, de forma grave, convincente, hipnotizado y convencido de lo que decía. – la vida, parece que todo va sobre ruedas, nos sumimos en una felicidad ficticia, sonreímos sin saber muy bien porque y de repente, cuando menos te lo esperas y cuando menos lo piensas, o ni siquiera lo piensas, toda esa delgada y frágil línea se rompe como se rompen esos vasos contra el suelo. Mil añicos y se acabo.
Yo escuchaba con atención, y sorbía de mi jarra a buen ritmo, tragos largos, abundantes, traía sed y el grado de embriaguez aumentaba a cada sorbo. – La vida es así, puñetera, cuando piensas que controlas el combate, que has aprendido la lección, cuando nos cubrimos de los golpes y tratamos de esquivarlos, recibimos un gancho que nos noquea. Directo a la crisma. Nos tira a la lona y nos deja ko. –  levanté la cara, mirándolo a los ojos. - ¿Qué te ha pasado?
-En realidad nada, no sé. Es esta mierda. – Miraba su vaso con desprecio disimulado, empinaba el codo y daba sorbitos cortos, tragando poca cantidad, como si lo que bebiera le causara un dolor añadido. – Hoy me dio por pensar, vi está tarde un chico joven, entusiasta, sonreía el muy jodido, sonreía sólo. ¿Lo puedes creer?
-Mucha gente sonríe Saúl, yo mismo sonrío de vez en cuando. No podemos no sonreír.- Esbocé una sonrisa socarrona, algo forzada pero bien amplia. Siempre que lo hacía dejaba asomar un colmillo, quizás resultara poco sugerente o incluso amenazante, pero a mí me parecía atractivo, aunque supongo que a fuerza de convivir y verlo todos los días. – Está claro, y por todos está visto, que no podemos vivir con miedo, o con temor, o sumidos en pensamientos negativos. ¿Viste a los animales? Ellos no temen la muerte. Viven. Se limitan a sobrevivir sin mayor preocupación que el ahora.
Saúl miraba el suelo. Más que el suelo mantenía sus ojos clavados en una cucaracha negra y algo pequeña, la cual permanecía inmóvil en lo que consideró buen sitio para descansar. Este buen sitio era debajo de la mesa, y junto a mi zapato izquierdo. – Este chico, el sonriente, vestía traje gris, camisa blanca, sin corbata, alguien importante sin duda, aunque todos somos importantes, ¿no?, recuerdo que llevaba un maletín colgado de la mano derecha, negro. – Dirigió sus ojos hacia mí, abiertos, grandes, dos esferas me traspasaban ahora. – Andaba sin más, como quien va al trabajo a pie, o como el que vagabundea buscando por las basuras algo que llevarse a la boca, o como yo mismo. Yo andaba detrás suya, no justamente detrás pero si que lo veía bien, a cierta distancia, como un lobo agazapado, y ¿sabes qué pasó?
Vi como sus ojos se encendían, como del blanco que abrazaban sus pupilas negras emergían manchas de color rojo, estas acabaron por teñirlo del todo. Sus labios comenzaron un baile trémulo. Un rictus tan serio como espeluznante me miraba fijamente.
-  De repente se desplomó sobre la acera. Cayó como una hoja en otoño, sin la menor vacilación. Iba andando y de repente su corazón falló. Falleció en el acto. Nada que hacer. ¿Te das cuenta?
Miré la cucaracha junto a mi zapato, continuaba quieta, inmóvil en su posición. Saúl lloraba ahora, en silencio, hizo un gesto al camarero. Quería otra jarra. Yo no sabía que decir. – La vida es eso. Da tantas alegrías como penas. Nos colocan un caramelo en la boca, nos dejan saborearlo, disfrutarlo, e incluso le acabas cogiendo cariño, te aferras a el, y de repente, de golpe, te lo quitan.
-Quizás sea eso. Quizás debamos vivir como esta cucaracha. Sin pensar mucho más allá. Yo no pedí vivir, me lanzaron a este mundo maravilloso y aquí estoy. En un bar de mala muerte, arrinconado, pensando vacuidades y disfrutando de está cerveza helada contigo. – Justo le servían la pinta, Rafa, el barman, le guiñaba un ojo cómplice. A pesar de las horas, Rafa siempre estaba de buena cara. Tenía razones para no estarlo y nadie le reprocharía nada. Pero vivía feliz. Como una cucaracha, disfrutaba de su trabajo y se le notaba. Buen hostelero. Buen hombre. La vida le había maltratado y sin embargo siempre salía adelante. Su mujer e hija murieron en un accidente automovilístico. Pero eso es otra historia.
Alcé la jarra de cerveza a medio beber, el líquido oro se balanceaba al compás de mi movimiento. – Salud, amigo, vivamos sin miedos. Mientras dure, es un milagro sublime del que debemos disfrutar. Saquémosle el jugo ahora que podemos.
Saúl levantó su cerveza y la chocó contra la mía. – Salud!!! – El brindis sonó como un golpe seco, como un puño dirigido contra una mesa maciza de madera. Algunas putas e incluso el camarero giraron la cabeza. Y como si nada hubiera pasado, la volvieron a sus asuntos. La cucaracha ya no estaba bajo la mesa. Había desaparecido. Probablemente encontró un rincón más suculento o quizás, y solo quizás, fue aplastada contra la suela de algún zapato sin esperarlo. Quizás incluso fuera mi zapato… Así es la vida, impredecible, un libre albedrío del que formamos parte y del que lo menos que podemos hacer es vivirla.
Éramos ya las últimas dos personas en el bar. Las jarras habían corrido una tras otra, como conejos escapando de su depredador. Rafa apagaba las luces, primero las de la barra, después las de más al fondo. – Chicos, mañana más, nos vamos. – Su voz ya denotaba ese tufillo a cansancio y hastío después de una dura jornada.  Tenía ganas de irse. Era su hora. Más temprano que tarde, y seguía con su cara rechoncha y amigable con la que te brindaba día tras día. A tientas y más de lado a lado que rectos, nos encaminamos a la puerta, nos despedimos del bueno de Rafa y desaparecimos en la niebla.