martes, 13 de agosto de 2013

Bar






El bar sito en la calle espárragos número veinte, de esquina en el edificio quizás más longevo del barrio, fachada de ladrillo visto y color rojo parduzco, emulando sin pretenderlo a sangre venosa desparramada, su amplia vidriera por la que desde fuera uno podía alcanzar a ver el interior siempre que tuviera intención de ello y acercara los morros al escaparate y su rótulo con letras mayúscula y bordes redondeados dibujado sobre la puerta, en la que anunciaba su nombre “Bar Piraña”, era el local propicio para nosotros. Quizás debido al hecho repetitivo de ir todos los sábados allí, o quizás porque las condiciones y atmosfera que se respiraba en su interior lo hacían apetecible. O quizás una mezcla de ambas. Aunque posiblemente a decir verdad, no fuera por ninguna de ellas. La atmosfera como decía antes, era vomitiva, por lo que podemos descartarla, y el hecho de que fuéramos todos los sábados allí, era porque este era el único local que permanecía abierto a esa hora, cinco de la mañana, cuando Saúl y un servidor, acabábamos la jornada laboral y nos reuníamos entorno a una de sus mesitas de madera. En sus entrañas poco que decir, putas y chulescos, tipos alcoholizados tomándose un último trago interminable, alguna riña simpática que acababa con botellines y vasos por los aires, los cuales estallaban en mil pedazos contra el suelo en el mejor de los casos. En el peor imagínense la cabezota de algún borracho como blanco, y las carcajadas y risas al fondo admirando de soslayo y sin recato  la certeza del lanzamiento y su afinada puntería. Podrá por lo dicho parecer que no era lugar este muy recomendable para dos jóvenes entusiastas. Pero vistas las pocas opciones o nulas más bien a las que nos ateníamos, era la mejor. Al menos disponía de unas pocas mesas repartidas, o tiradas, o lanzadas de mala gana por el suelo pegajoso y sucio del habitáculo, lo que hacía caminar por el, y más a esas horas de la noche, o de la mañana según se mire, en un acto de fe y perseverancia. Al fondo, en una esquinita, escorada e iluminada por una bombilla que caía del techo enganchada de un cable negro, nos sentábamos. Saúl siempre a la izquierda de la pared, y yo enfrente suya. Provistos de una buena jarra de cerveza, disertábamos a esa hora de asuntos banales, fútiles, erráticos, insustanciales, ligeritos y poco inteligentes entre trago y trago. Unos días era sobre la gran cantidad de tipos de tornillos que existían en el mundo, y otro sobre la vida.
   -Hoy es un mal día – Saúl miraba extasiado su jarra de cerveza, las palabras le salían de forma mecánica, atravesando sus cuerdas vocales, de forma grave, convincente, hipnotizado y convencido de lo que decía. – la vida, parece que todo va sobre ruedas, nos sumimos en una felicidad ficticia, sonreímos sin saber muy bien porque y de repente, cuando menos te lo esperas y cuando menos lo piensas, o ni siquiera lo piensas, toda esa delgada y frágil línea se rompe como se rompen esos vasos contra el suelo. Mil añicos y se acabo.
Yo escuchaba con atención, y sorbía de mi jarra a buen ritmo, tragos largos, abundantes, traía sed y el grado de embriaguez aumentaba a cada sorbo. – La vida es así, puñetera, cuando piensas que controlas el combate, que has aprendido la lección, cuando nos cubrimos de los golpes y tratamos de esquivarlos, recibimos un gancho que nos noquea. Directo a la crisma. Nos tira a la lona y nos deja ko. –  levanté la cara, mirándolo a los ojos. - ¿Qué te ha pasado?
-En realidad nada, no sé. Es esta mierda. – Miraba su vaso con desprecio disimulado, empinaba el codo y daba sorbitos cortos, tragando poca cantidad, como si lo que bebiera le causara un dolor añadido. – Hoy me dio por pensar, vi está tarde un chico joven, entusiasta, sonreía el muy jodido, sonreía sólo. ¿Lo puedes creer?
-Mucha gente sonríe Saúl, yo mismo sonrío de vez en cuando. No podemos no sonreír.- Esbocé una sonrisa socarrona, algo forzada pero bien amplia. Siempre que lo hacía dejaba asomar un colmillo, quizás resultara poco sugerente o incluso amenazante, pero a mí me parecía atractivo, aunque supongo que a fuerza de convivir y verlo todos los días. – Está claro, y por todos está visto, que no podemos vivir con miedo, o con temor, o sumidos en pensamientos negativos. ¿Viste a los animales? Ellos no temen la muerte. Viven. Se limitan a sobrevivir sin mayor preocupación que el ahora.
Saúl miraba el suelo. Más que el suelo mantenía sus ojos clavados en una cucaracha negra y algo pequeña, la cual permanecía inmóvil en lo que consideró buen sitio para descansar. Este buen sitio era debajo de la mesa, y junto a mi zapato izquierdo. – Este chico, el sonriente, vestía traje gris, camisa blanca, sin corbata, alguien importante sin duda, aunque todos somos importantes, ¿no?, recuerdo que llevaba un maletín colgado de la mano derecha, negro. – Dirigió sus ojos hacia mí, abiertos, grandes, dos esferas me traspasaban ahora. – Andaba sin más, como quien va al trabajo a pie, o como el que vagabundea buscando por las basuras algo que llevarse a la boca, o como yo mismo. Yo andaba detrás suya, no justamente detrás pero si que lo veía bien, a cierta distancia, como un lobo agazapado, y ¿sabes qué pasó?
Vi como sus ojos se encendían, como del blanco que abrazaban sus pupilas negras emergían manchas de color rojo, estas acabaron por teñirlo del todo. Sus labios comenzaron un baile trémulo. Un rictus tan serio como espeluznante me miraba fijamente.
-  De repente se desplomó sobre la acera. Cayó como una hoja en otoño, sin la menor vacilación. Iba andando y de repente su corazón falló. Falleció en el acto. Nada que hacer. ¿Te das cuenta?
Miré la cucaracha junto a mi zapato, continuaba quieta, inmóvil en su posición. Saúl lloraba ahora, en silencio, hizo un gesto al camarero. Quería otra jarra. Yo no sabía que decir. – La vida es eso. Da tantas alegrías como penas. Nos colocan un caramelo en la boca, nos dejan saborearlo, disfrutarlo, e incluso le acabas cogiendo cariño, te aferras a el, y de repente, de golpe, te lo quitan.
-Quizás sea eso. Quizás debamos vivir como esta cucaracha. Sin pensar mucho más allá. Yo no pedí vivir, me lanzaron a este mundo maravilloso y aquí estoy. En un bar de mala muerte, arrinconado, pensando vacuidades y disfrutando de está cerveza helada contigo. – Justo le servían la pinta, Rafa, el barman, le guiñaba un ojo cómplice. A pesar de las horas, Rafa siempre estaba de buena cara. Tenía razones para no estarlo y nadie le reprocharía nada. Pero vivía feliz. Como una cucaracha, disfrutaba de su trabajo y se le notaba. Buen hostelero. Buen hombre. La vida le había maltratado y sin embargo siempre salía adelante. Su mujer e hija murieron en un accidente automovilístico. Pero eso es otra historia.
Alcé la jarra de cerveza a medio beber, el líquido oro se balanceaba al compás de mi movimiento. – Salud, amigo, vivamos sin miedos. Mientras dure, es un milagro sublime del que debemos disfrutar. Saquémosle el jugo ahora que podemos.
Saúl levantó su cerveza y la chocó contra la mía. – Salud!!! – El brindis sonó como un golpe seco, como un puño dirigido contra una mesa maciza de madera. Algunas putas e incluso el camarero giraron la cabeza. Y como si nada hubiera pasado, la volvieron a sus asuntos. La cucaracha ya no estaba bajo la mesa. Había desaparecido. Probablemente encontró un rincón más suculento o quizás, y solo quizás, fue aplastada contra la suela de algún zapato sin esperarlo. Quizás incluso fuera mi zapato… Así es la vida, impredecible, un libre albedrío del que formamos parte y del que lo menos que podemos hacer es vivirla.
Éramos ya las últimas dos personas en el bar. Las jarras habían corrido una tras otra, como conejos escapando de su depredador. Rafa apagaba las luces, primero las de la barra, después las de más al fondo. – Chicos, mañana más, nos vamos. – Su voz ya denotaba ese tufillo a cansancio y hastío después de una dura jornada.  Tenía ganas de irse. Era su hora. Más temprano que tarde, y seguía con su cara rechoncha y amigable con la que te brindaba día tras día. A tientas y más de lado a lado que rectos, nos encaminamos a la puerta, nos despedimos del bueno de Rafa y desaparecimos en la niebla.