domingo, 11 de agosto de 2013

Vuelo




Me encontraba yo sentado en la bonita y arenosa playa de mi pueblo. La arena, en abundancia y pegajosa, se untaba en zonas de mi anatomía las cuales traviesas, entraban en contacto directo con ella sin avisar, y eso a pesar de mis sutiles y a la vez  vanas precauciones por protegerme de tal incomodidad plausible, haciendo uso de una toalla. Miraba al cielo algo gris a consecuencia de las nubes y la pertinente amenaza de lluvia tan habitual por otro lado en la fecha en la que nos encontrábamos. Embelesado a su vez por el vuelo rectilíneo y perfecto de una gaviota, que parecía danzar con las nubes y jugar con ellas al popular juego del escondite, ya que desparecía del limitado campo de visión del que yo, en mi humilde condición de humano disponía, y volvía a aparecer instantes después sorprendiéndome en tan habitual y rutinario vuelo. Me imaginaba por ende yo surcando no los mares sino los cielos. Atravesando nubes, saludando a pasajeros cómodamente sentados en sus butacones, mirándome anonadados desde las pequeñas y claustrofóbicas ventanillas de los aviones. Incluso en mis ensoñaciones podía verme no ya mis propios brazos y manos, cosa tal que no causaría estupor alguno en mi mente ni en la de nadie por ser esta una visión habitual para el vulgo, sino que vislumbraba unas alas batiéndose en vuelo y agitándose sin demora en busca de la cima del monte más alto y empinado de la comarca. Iba yo en mi condición de pájaro a posarme en la rama de un sauce, cuando unas gotas, que por su transparencia y sobre todo su cantidad y acompasamiento a la hora de golpearme la frente supuse como de lluvia, me devolvieron a la realidad de mi playa y de mis brazos y de la arena pegada a mis posaderas. Ya que mis facultades no me alcanzaban para emprender el vuelo y ponerme a resguardo, decidí  sabiamente erguirme y ayudado por mis extremidades inferiores,  también llamadas piernas,  salir a correr hasta el soportal de enfrente.
Ya a salvo de la lluvia y vientos de poniente, me hice yo a la idea de que tenía que aprender a volar. Pensaba entonces en la cantidad de beneficios que tal cosa me reportaría, desde aliviar la carga en los músculos de las piernas con todo el bien que ello supondría, hasta no tener que gastar un penique en bambas y pantalones, pasando por la grata satisfacción del azote casi amoroso del viento sobre mi testa. Sumando a todo ello el tiempo que ganaría en los desplazamientos de un punto a otro punto, cambiando estos dependiendo siempre del origen y destino que yo, mi persona en este caso, decidiera. Se hacía pues muy golosa una inminente respuesta a mis tejemanejes aeronáuticos. Durante toda la noche elucubré ante tal descabellada pero sabia revelación. Pensé en dos cartones enganchados de forma inteligente en mis brazos, los cuales movidos arriba y abajo con la suficiente velocidad, y a un ritmo tal como para vencer la fuerza de la gravedad y mi propio peso, me mantuviera en el aire. Pensé en una sábana atada a mi pescuezo la cual me propulsara hacia adelante. Pensé y perdonen lo inoportuno, soez y vulgar de mi comentario, en el despegue y avance con la sin duda inestimable colaboración del gas metano en forma de flatulencias bien producidas y a buen ritmo. Pensé en una alfombra, la cual y una vez yo apoltronado sobre ella se elevara sin la menor dilación de forma vertical hacia los cielos, lo que la convertiría en mágica. Pensé en un sofisticado entramado de escaleras mecánicas. Entiéndase por mecánicas aquellas que suben y bajan sin el menor esfuerzo por parte del transportado. En este caso, y dado que de ascender sin límite nos saldríamos de los límites de la estratosfera, las escaleras dejarían de ser escaleras en algún momento para transformarse en cinta transportadora. Pensé en pedalear encima de mi bicicleta, provista de mástil y vela, la cual al adquirir la velocidad suficiente, gracias a mi incesante y enérgico pedaleo, alzara el vuelo. Pensé, pensé y pensé…hasta quedar sumido en el sueño. A tal punto diré que no sabría decir si realmente me dormí, necesidad esta imperiosa y determinante para todos, ya que sin un descanso apropiado y suficiente el organismo hasta lo que sabemos, primero delira, y después muere. O lo que hice en realidad fue despertarme de tal descanso y adentrarme, o involucrarme, o ponerme al servicio de la consciencia colectiva saliendo del paraíso narcótico y surrealista que es el mundo onírico. El caso que me encontraba yo, no sin frío, debido a la helada que a mi alrededor había y sin duda a lo inapropiado de mi vestuario, consistente en unos calzones de color blanco tapando mis partes pudientes y mi pelambrera por abrigo, en lo alto de un barranco. El viento azotaba a mi espalda, me erizaba los negros pelos o plumaje a estas alturas del relato, y producía un eco de voces las cuales me animaban a saltar al vacío. Yo, en mi ánimo por todos sabido de aprender a volar y las ganas de regresar a casa, hice caso a los mensajes que mi conducto auditivo recibía, alcé la cabeza, erguí el cuello, di dos pasos al frente, una batida de alas, un saltito y a volar.