jueves, 22 de agosto de 2013

Gigante



Que extraña cosa me caía en la cabeza. Yo que pretendía correr a sentarme. Y este ser que me agarraba de la muñeca y tiraba de mí. Intentaba escapar, huir, zafarme de él, pero era mucho más grande que yo. Sus brazos y piernas parecían palos gigantes y su cabeza una calabaza enorme. A veces tiraba de sus cabellos, también largos y de color negro. Y el gigante gritaba. Gritaba mi nombre y decía “Malo”, con voz enérgica, muy alto. Que chillidos más feos. Que desagradables. Yo lo que hacía entonces era tirar más fuerte. Pero era inútil. Era arrastrado a su terreno. ¿Qué será eso que cae? No quiero ir. Quiero correr en dirección opuesta. A veces lograba escapar, en algún descuido del gigante, pero mi libertad duraba menos de lo que quería o deseaba. Al volver la cabeza allí lo veía, con sus garras y sus largas zancadas me atrapaba de nuevo. Entonces me pegaba, no muy fuerte. Pero lo justo para que llorara, berreara y me pusiera colorado hasta que me soltaban. ¡Qué dulce sensación! ¡Qué agradable poder moverme sin el gigante encima! Doy tres pasos. Nadie me sigue. Cuatro. Está entretenido, así no me ve. Gateo agazapado por el suelo hasta llegar a un charquito de agua. Introduzco una mano, está fría, ¡qué gusto! Chapoteo con ambas. Sonrío. Me alegro y me empeño en mojarme más aún. Ya vienen a por mí. Me pongo de pie y corro. Esa vez no llegué nada lejos. ¡Qué fuerza la del gigante!  Me levantaba y me cogía en brazos. Estábamos muy altos, sobre el charquito, y caía de nuevo del cielo el líquido frío sobre nosotros. Yo entonces volvía a llorar. Pataleaba en mi empeño de escapar y el gigante sólo decía ¡Es agua, es agua cielo mío! ¡No llores! No comprendía “Mama”, así se hacía llamar el gigante, que yo no quería estar allí y menos mojarme, y menos no tener mis pequeños e inexpertos pies sobre el suelo, y menos hacer algo que no me apetecía. Pero así era “Mama”, abusona e irracional, en su afán de hacerme feliz y educarme se olvidaba de mis preferencias y deseos y sueños. Y hacía lo que ella quería. Era su juguete, su prisionero. Aunque de esa manera descubrí que la extraña cosa que caía en mi cabeza era agua. Y que aquel tubo largo de dónde caía se llamaba ducha. Y que para que cayera había que girar un grifo al cual yo aún no llegaba, aunque algunos niños de mi edad sí que llegaban.