miércoles, 7 de agosto de 2013

"Ossos"





 “Verlo frente a mí, inconfundible entre tanta gente, entre tantas idas y venidas, con sus ojitos negros y su mirada profunda, siempre mirando más allá, me hizo despertar de mi letargo. Era él y me miraba fijamente, como quien contempla una obra de arte, embelesado, la boca entreabierta y el semblante serio. “



Évora es una ciudad portuguesa  encantadora, sus calles empedradas, sus pendientes pronunciadas, cantidad de monumentos y un casco antiguo de incalculable valor. Soporta cantidad de parroquias y restos de civilizaciones y épocas pasadas que la sitúan entre las ciudades más antiguas de Europa ganándose la distinción de ciudad-museo,  patrimonio de la humanidad. Eso es lo que leí en un suplemento del diario local. “Venha  Évora e desfrute”. Era jueves, el viernes amenazaba con asomar la patita y yo buscaba alternativas para el fin de semana. El anuncio venía acompañado de fotografías de diverso calibre. La Catedral gótica con sus dos torres, vista de frente, majestuosa,  el Templo de Diana, la Iglesia de São Francisco, el Monasterio de los Cartujos…y en última instancia, pasando la página y en pequeño, una imagen más, la última del reportaje pero también la más misteriosa y tétrica. Cantidad de calaveras, tibias, fémures y demás osamenta  se me presentaba desafiante, apelotonada, incrustada de forma hábil por vete tú a saber quién (hoy se que tan brillante idea fue de un monje franciscano del siglo XV),  formando paredes y columnas de una capilla verdaderamente macabra a ojos del buen samaritano el cual era yo. Tal fue el impacto que causo en mi la “Capela dos Ossos”, la atracción que sentí, el magnetismo de aquellos cráneos ensartados en las paredes de la capilla, que no albergaba más posibilidad que no fuera ir a visitarlos y mirarlos con mis propios ojos. Las cuencas  donde antes debía haber ojos y vida ahora me miraban sin esperanza, monótonas, evocaban el desaliento y el paso del tiempo. Justo debajo de la foto, en pequeño y en letra cursiva rezaba, “Nós ossos que aqui estamos pelos vossos esperamos”. Como un susurro danzaba penetrando en mis oídos la leve brisa de la amenaza lanzada por los esqueletos. Un escalofrío corrió por mi cuerpo. La alternativa de fin de semana ya estaba escrita. Como destino, Évora…

La distancia que separa Badajoz de Évora no alcanza los cien kilómetros. En menos de una hora me encontraba pateando sus calles irregulares y estrechas. La mezcla de estilos se palpaba solo con alzar la vista y contemplar sus monumentos, sus recovecos y visitar su centro histórico, en el cual es fácil perderse volviendo una y otra vez al mismo punto. Eran las tres, era tarde, no había comido, las tripas me sonaban al son de cada paso que daba y sin embargo mi instinto de animal enjaulado me hacía no parar ni para echar un trago de agua. Ante mi, la Iglesia de São Francisco, su fachada y pórtico se quedaban cortos una vez cruzabas la puerta, una inmensa nave oblonga se extendía a lo largo, sin columnas que la sostuvieran y con diez capillas y estucos  a los lados recorriéndola hasta su baptisterio al fondo donde descansaba la pila bautismal. Arquitectónicamente perfecta. Miré hacia su elevado techo, cerré los ojos, permanecí inmóvil respirando el aura que se mecía ante mí. Huesos rotos se me aparecían en forma de fogonazos de luz. Un gran vacío negro del cual emergía primero un puntito blanco el cual aumentaba ocupándolo todo, resultaban ser cráneos y calaveras una detrás de otra, en fila y abriéndose paso como si quisieran saludarme o darme la bienvenida. La capilla estaba cerca. Llegué ante la bóveda de entrada, arriba la inscripción, el mensaje revelador, “Nós ossos que aqui estamos pelos vossos esperamos”. Ya estaba allí. Me adentré con las ganas y el semblante de quien va a descubrir el vellocino de oro. Me situé justo en el punto medio de la cámara, antiguamente esta era dormitorio de frailes y ahora ya ven, dormitorio de sus esqueletos y restos. Me giré a izquierda, una pequeña ventana dejaba traspasar algo de luz, no mucha, la capela era a esa hora una penumbra, una cueva repleta de huesos, una fosa donde nosotros los vivos nos adentramos a molestar a los muertos, a importunarlos. Si el descanso requiere paz y armonía, estos huesos no descansaban nunca. Recorrí la pared cimentada con las cabezas huesudas, era aún bastante más impactante que en la fotografía del suplemento. Un respeto no escrito hacía que allí todo estuviera en silencio. Me paré en una calavera, a media altura de la pared, justo enfrente de mis ojos, parecía mirarme, parecía hablarme con sus cuencas huecas, con sus fosas perforadas y su mandíbula abierta. De su nariz asomaba un gusano, quizás fuera eso lo que hizo quedarme boquiabierto ante ella, mirando más allá, parecía querer decirme algo, incluso aún hoy pienso que su mandíbula se movió y que quiso decirme algo. Quizás que la vida es corta y hay que disfrutarla. Esos cráneos nos observan desde sus paredes en una condena perpetua y divina queriendo transmitirnos ese mensaje. Un suspiro y quizás mañana seamos nosotros quienes miremos a sus visitantes.

Nós ossos que aqui estamos pelos vossos esperamos”