domingo, 26 de abril de 2015

Nieve


Acariciaba con los ojos la nieve que como un gran monstruo inmenso me rodeaba por completo. Por todas partes nieve y gente. Esquiadores de fin de semana deslizándose por el manto blanco bajando las pistas en filas ordenadas.  Con los ojos entornados, de pie sobre mis esquís, paseaba la vista con un sosiego de vacaciones y días por delante con la paciencia y tranquilidad que no te dan las obligaciones. El no hacer nada o hacerlo todo. El tiempo allí arriba, en lo alto de la Sierra de Béjar era frío, con ventisca y niebla, desapacible por momentos, pero digamos que se podía estar y estábamos. La Covatilla. A veces el viento soplaba más de la cuenta y las diminutas partículas de nieve-polvo volaban entonces y se desplazaban por el aire como si alguien aburrido tirara confeti en una fiesta. De ahí los ojos entre cerrados, la mano haciendo visera para ver, para distinguir entre la gente. Frente a mí se elevaba una pista de la que no veía su final, ascendía a la cima de la montaña y se perdía entre las nubes que obcecadas no se movían de su sitio. Parecía una larga y sinuosa lengua de color blanco que descendiera del cielo traviesa y juguetona hasta llegar a mí, a donde yo estaba parado, dejándome atrapar por ella, mirándola, tan seductora. Entonces, mirando allí, al frente, abstraído, vi a un chico que aparecía abriéndose paso entre la bruma, rompiendo el velo de la niebla, montado sobre una tabla de Snow, que surfeaba sobre la nieve, zigzagueaba de lado a lado sin caerse, esquivando gente, casi chocándose pero no, recorriendo la pista completa hasta llegar a mí y situarse en paralelo con un derrape que lo colocaba pegado a mis esquís. Ya no miraba la nieve, ni la pista, ni a los esquiadores que como hormiguitas se empeñaban en hacer una cola para subir en el remonte que los elevará para bajar, y de nuevo otra vez la cola y el remonte. Mecanismo autónomo, cadena de montaje humana. Ahora miraba el rostro de aquel chico. Su pelo estaba mojado y despeinado pero ¿qué importaba? Me miraba de soslayo, agitando su cabeza de lado a lado, excitado, ansioso, divertido. Miraba a todos lados y a mí. Sudaba. Me hablaba y me contaba cosas sin parar. Expectante, feliz, ilusionado. Yo a penas entendía nada porque muchas veces no escuchamos, solo oímos. No comprendemos las palabras que se nos deslizan sin que las retengamos porque tan resbaladizas. Entonces era una de esas ocasiones. Lo oía hablar como oigo el repiqueteo de una lluvia o el ruido de la tele puesta de fondo. Pero sin embargo si veía y comprendía esa mirada con la que me observaba. Miradas que hablan y expresan lo que no pueden las palabras por si solas porque basta esa mirada, esos ojos mirándote. En ese momento, mirándolo a los ojos, mirándolo a él, comprendí que allí se encontraba la felicidad. Sólo había que mirarlo, observarlo. Estaba allí, en el brillo de los ojos de ese chico. Su alegría e ilusión, su felicidad y la mía concentrada en una sola mirada como si fuese un tarrito pequeño, estaba allí, para mí y para todo el que lo mirara en ese momento mágico, y entonces esquís y nieve y miradas, la vida. Era mi hermano.
MR