martes, 9 de junio de 2015

Colores


Eran arrastrados de dos en dos. Al principio solo los requisaban de a uno. Lo cogían y se lo llevaban si era de color negro, y ya no lo volvías a ver. Nos lo arrancaban de las manos, de los brazos, de nuestras vidas tan de ellos también, porque ellos eran felices aquí, con nosotros. Pero ya se ve que el color…esas cosas tan aleatorias. No se puede hacer nada. Resignarnos. Lo más esconderlos, pero ya. Siempre lo encuentran a uno, tarde o temprano lo descubren y hasta luego, good bye, si te he visto no me acuerdo, llorar y etcétera, es así, esclavos de un sistema corrupto, viciado, analfabeto. Nos arrancan lo que sabemos nuestro, lo que tanto queremos porque el tiempo…Nos dijeron que los reuniéramos a todos, que los agrupáramos como si fueran granos de maíz o de centeno y que los metiéramos en una bolsa o caja. Que esperásemos así, que les facilitáramos la tarea, que fuéramos cómplices de este secuestro. Nos amenazaron con llevarnos a nosotros también, con quitarnos la casa, el trabajo, a nuestros hijos. Teníamos que hacerlo. Yo los miraba con los ojos de quien mira por última vez una puesta de sol y lo sabe, y porque lo sabe no se quiere ir y suplica en silencio o ruega en voz alta, pegando un grito, que se pare el tiempo, que los segundos se conviertan en horas, en días, pero al final te tienes que dar la vuelta porque ya es la hora, es tarde y procuras grabar esa última imagen, ese último reflejo, esa luz tan especial, tan bella y tan tuya pero que te arrebatan a la fuerza y ya nada, te quedas sin ellos. Y yo no quería eso, así que en vez de darme la vuelta, los cogí a los tres y después de besarlos, de mirarlos como miraba todos los días a Sixto, mi hijo, los envolví en un pañuelo y los enterré en el jardín, en una esquinita, para que nadie los viera, para que pasaran desapercibidos en esta primera batida.

Llegaron a las cinco, me preguntaron si tenía alguno y yo dije que no. Iban vestidos de uniforme, eran tres. Botas altas. Cuerpos recios. Altivos. Recuerdo que mi hijo jugaba con sus muñecos y de pronto dejó de hacerlo. Corrió detrás de mí, abrazándose a mis piernas mientras los tres gendarmes cruzaban la puerta y comenzaban el registro. Les pedí una orden pero no me contestaron, apenas hablaban. Solo uno de ellos asentía o negaba a mis preguntas con monosílabos, los otros dos buscaban como dos perros bien adiestrados por toda la casa, por todos los rincones. No encontraron nada. Les ofrecí de beber, no querían nada. Solo querían acabar. A saber cuántos registros llevaban ese día. Al principio estaba nerviosa. Pero solo al principio, quizás los dos primeros minutos, el tiempo suficiente para hacerme a la idea, para habituarme. Nunca habían registrado mi casa, nunca me habían registrado a mí, nunca había tenido un percance con la policía o el gobierno, así que era normal que lo estuviera. Era esta la primera vez y me sorprendí cuando logré serenarme. Habían dado unas órdenes exactas y yo las incumplía. Tres soldados venían directos a mi casa dispuestos a registrarla, a ponerla patas arriba, a sonsacarme información sin ningún tipo de escrúpulos o deferencia y yo logré sin embargo mantener la calma, no parecer muy nerviosa. Uno debe ser que se habitúa a una situación extrema y templa sus ánimos, como cuando no ves nada en la oscuridad de la noche y al poco tiempo, cuando tus pupilas se dilatan, comienzas a distinguir siluetas, formas, imágenes, a ver como por arte de magia.  El caso es que pasados dos minutos, interminables, eso sí, estaba medianamente tranquila. Les acompañaba  al principio rogándoles que no rompieran nada, que tuvieran cuidado, pero me di cuenta que eso era peor que no decir nada. Les dejé hacer. Tan callados, en ese silencio que reina en la noche de los desiertos o bosques tan lejanos y tan solitarios, que te incitan por si solos a temerlos, a tener un miedo que quizás tú no sabías o no creías que tenías o ibas a tener en esas circunstancias, pero que ahora, en medio de el, sí que tienes y crece en ti porque el silencio se te mete en la cabeza como un veneno del que te creías vacunado pero no. Solo de vez en cuando sus pasos, sobre todo sus pasos pero también el sollozo ahogado de tu hijo, yo tapándole la boca, no llores cariño que no es nada, el mover de muebles, el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, sus respiraciones. Parecían máquinas. Eran máquinas sin escrúpulos registrándolo todo. Buscando. No sé cuánto tiempo pasó. Quizás veinte minutos, treinta. Se movían lento, al menos esa era mi sensación. Se movían con la seguridad y la parsimonia que da el saberse dueños de la situación, indestructibles, intocables. Cuando ya se iban, ni siquiera un hasta luego, un adiós, sólo una mirada de uno de ellos, quizás el jefe, el cabecilla que me miraba con sus ojos enrojecidos. Una mirada de desconfianza, de volveremos por aquí, de no me fio de ti bruja mala. Hay miradas que hablan por sí solas. Ahí sí que temblé, se me erizó el vello a la vez que cruzaban el umbral y se iban. La puerta aún estaba abierta mientras atravesaban el porche. Fui a cerrarla tras ellos y entonces fue cuando lo vi quieto, inmóvil en medio del jardín, yo con una mano en  el pomo y la otra en la boca, ahogando el grito que no pegué, el suspiro que me venía y que contuve dentro de mí. Las piernas me temblaban. Se estaba encendiendo un cigarrillo. Me di cuenta cuando vi el humo de las primeras caladas. Movía la cabeza de un lado al otro. Cuanto suplicio. Cuanta intriga. Los tenía enterrados a su izquierda, cerquita de donde ahora el funcionario se fumaba el cigarrillo tan tranquilo. Apenas cuatro metros. No podía dejar de mirarlo, vete ya, aléjate, sal de mi casa y no vuelvas. Giró la cabeza mirándome, intuyéndome aún allí, vigilante, desafiante, habían pasado cinco minutos. Tiró la colilla al suelo sin apartar sus ojos de los míos mientras con el tacón de su bota derecha aplastaba el cigarro y me sonreía para por fin irse, para alejarse por fin dejándome tranquila, observando como la silueta de los tres hombres se desvanecía como cuando te despiertas de un mal sueño.

He ganado tiempo, lo sé, pero también sé que volverán y que tendré que estar preparada. Esta situación es insufrible e inaceptable. Totalmente injustificada. Todos los bolígrafos deberían tener los mismos derechos. Que sean de color negro o rojo o azules es lo de menos. No permitiré que los traten así. Yo no. Es una caza en toda regla y resistiré hasta las últimas consecuencias. Hoy me compré otro en el mercado negro. Me costó caro pero alguien tiene que salvarlos.