domingo, 13 de diciembre de 2015

Azul


Lo único que recuerdo son unos ojos. Lo único que recuerdo son unos ojos muy azules. El azul siempre me ha gustado, y allí estaba, en esos ojos de esa chica, en esa fiesta. Desde hace tiempo me quedo embobado mirando el cielo. Yo de pie, enderezado, recto, con la boca algo abierta y mirando como un bobo el azul del cielo. O el mar. Cuando voy a la playa, las pocas veces, siempre me paro a su orilla, quizás con el agua lamiéndome los pies, y miro el azul del mar. Es distinto que el azul del cielo, pero también me gusta. Ambos se juntan en el horizonte y yo lo observo. A veces sin embargo ese azul que se mezcla con el del océano como en una acuarela, se torna rojo, como si le prendieran fuego. Es el sol que se pone, y también es bonito. Me gusta. Pienso que ese fuego es necesario. Indispensable. Sí, el fuego es necesario para la vida. También el azul.

Cuando era pequeño me gustaba dibujar con los rotuladores. Mis favoritos eran los azules. Azul oscuro, claro, cálido, casi negro. Todos. Dibujaba paisajes y casitas con sus ventanas. Dibujaba ríos con puentes, y dibujaba chicas con dos grandes manchas azules en la cara. Eran sus ojos. Me divertía haciéndolo. Llenaba hojas con dibujos. Todos con tonalidades azules. Toda la gama de azules. Casi toda. También escribía y sigo escribiendo con bolígrafos de color azul. No lo puedo evitar. Es casi una manía. Me atrae como la miel a las abejas. De pequeño es verdad que mis ojos eran azules. Ahora no. El momento del cambio no lo recuerdo, pero supongo que debió ser un día cruel para mí. Veo las fotografías y veo a un niño con los ojos azules claros y me pregunto si realmente ese niño era yo. Ahora los tengo marrones. Así que podemos decir que el color azul, como mínimo, me fascina.

Me llamaban. Caminé despacio. Camine sin prisa, paladeando el momento. No pensaba especialmente en nada, más allá de apurar la lata de cerveza que llevaba en la mano. La cerveza es otra de las cosas que me gustan. Como el azul. Ahora no pensaba en el azul. Ahora me llevaba la lata de cerveza a los labios y no pensaba. Bebía. A veces es bueno no pensar en nada. Ahora el azul estaba lejos. El azul existe cuando me lo ponen delante. Y me lo pusieron. Vaya si me lo pusieron. De repente vi el azul de unos ojos que me miraban. Miraban a mis ojos marrones y yo los miraba a ellos. Jamás había visto semejantes ojos. Era como mirar un dulce y embriagador pastel de chocolate del que no pudiera apartar la mirada. No podía dejar de mirar esos ojos, ese azul, esa chica. Estaba encerrado en esa mirada. He visto muchos azules. He visto muchos ojos azules, de muchas chicas, de todos los tonos, de todas las formas. Pupilas grandes, pequeñas, abombadas, achatadas. Iris festoneados con todos los colores del arcoíris, pero ninguno como el que vi en la fiesta. Los de la chica. La luz del sol jugueteaba con sus ojos y proyectaban una infinidad de tonos azules en sus ojos. Eran como pequeñas canicas cristalinas. Recordé mi época de la infancia. Me vi jugando a las canicas con esos ojos. Quería jugar con ellos. Los deseaba. Me atraían, me atraían sin poder evitarlo. Me lleve la lata a la boca y la apure de un trago. Allí estaba el azul. Allí estaba lo único que recuerdo de la fiesta. Los ojos azules infinitos. Me di la vuelta, me dirigí a la cámara frigorífica, y me cogí otra cerveza, pensando en esos ojos, en ese azul, en esa chica, en lo único que recuerdo de la fiesta, y pensé que quizás un poco de fuego en ellos no estaría mal. Al fin y al cabo el fuego es indispensable para la vida, como el azul.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Buzón


Elías

  ¿Cómo decírselo? Así creo que está bien. En esta carta se lo puse, no podemos seguir juntos porque él, siempre él, el que te sigue, el que te arropa, el que te escucha y te acaricia el pelo. Siempre, a tu lado, quizás acurrucado en el sofá, susurrándote no te preocupes muy cerquita del oído, siempre estaré contigo, mi amor, mi amor, ese artículo posesivo, esa muletilla de posesión, y yo en mi casa, pensándote, pues también mía, de todos. Daniela es de todos o de ninguno, entérate. Debo hacerlo y sin embargo me cuesta. La carta me pesa como si fuera un bloque de piedra, me cuesta meterla en el sobre porque supone el fin, el punto y final entre tú y yo, a partir de ahí, el mareo, la nada. Y sin embargo la meto, la tengo en la mano, cerrada ya, estoy decidido, aquí se pierden todos nuestros momentos, todas nuestras horas juntos jugando a cogernos, a acariciarnos, ahí van todos los momentos en los que no nos decíamos nada porque todo estaba dicho, todo se comprendía con esa mirada tuya, tan tierna, tan clara. Era mirarte a los ojos y me veía reflejado en ellos, brillaban. Ahora ya no brillan. Aquí dejo el instante en que te vi por primera vez y me sonreíste, aún sin saber que el amor, que nosotros… Dejo tantas cosas en esta carta que me duele levantarme y andar hasta el buzón, aunque está solo enfrente, precisamente por eso, está tan cerca que duele. Si estuviera lejos, muy lejos, si tuviera que andar un día entero o dos, o tres, peregrinar hacia ti para dártela, sin dejar de pensarte jamás, eternamente, sin llegar a cortar por lo sano, que digo por lo sano, por lo insano, no me dolería, o me dolería mucho menos. En ese caso tendría esperanza. Esperanza de volver a ti, de no tomar la decisión, pero el tiempo pasa, y corre en nuestra contra, y en la tuya. Vértigo. El vértigo es ir a echar la carta en el buzón, me tambaleo, ya voy Daniela, es el fin, dejarla caer es mi caída, como la de Roma o Bizancio.

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Tomás

     Cuando te veo con él siento celos. A mí jamás me miras como a él. A mí me miras como si estuvieras mirando los precios del yogurt en el supermercado. No siento tu pasión, tu ilusión. Acariciarte es como pasar la mano por el frío mármol de nuestra mesita de salón. Lo noto. Estás rara. Aún hoy me pregunto por qué lo dejaste, aunque sé que os veis, no soy tonto. Todas las noches que llegas tarde, ¿dónde estás?, en la oficina no, porque te llamo y me dicen que ya saliste, ¿entonces?, con él, lo sé, sí, con él, pero no me atrevo a acusarte, no soy quien, no tengo pruebas y tampoco las quiero. Verlas sería confirmarlo. Verlas sería cerciorarme de que es cierto, de que te sigues viendo con él, tu antiguo novio, y no quiero. Mejor no saber. Mejor disimular, ya pasará. Toda tormenta pasa, eso dicen los marinos. Yo aferrado al timón, gobernando desde mi puesto, disimulando. Pero que digo, es inútil disimular cuando los sentimientos afloran, los míos, cuando los ojos se me empapan al pensar que me engañas. No me dices nada y te quedas tan tranquila, mi amor, mi amor, acuérdate de la primera vez que te vi, aunque ibas con él, yo solo tuve ojos para ti, ojos y oído y tacto, el tiempo se paró en ese instante y me tuviste que repetir tu nombre, Daniela, a partir de entonces mi Daniela, mi Mundo, mi Todo, Mía…Me quedé con la boca abierta, literalmente, embobado mientras me contabas que queríais iros de vacaciones. Después la llamada, los mensajes, las citas furtivas y el amor, carnal, desde luego, eras pantera en la cama. Caliente. Y fría fuera. Calculadora, temerosa. Sopesabas si dejarlo o no, y yo te esperaba, no mucho, te metí prisa, impaciente, yo te quiero mi amor, mi dulce Daniela, mi amor, porque siempre lo serás aunque sé que me engañas. Nos casamos ¿para qué? ¿Para qué si ahora todo lo desmoronas? Aplastas nuestro castillo de arena, aquel que nos prometimos la noche de bodas. Soy un cobarde, pero al menos te escribo. Me voy. Me alejo de ti, no lo soporto. Solo queda echar la carta en el buzón, me tiembla la mano.

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Daniela

     Dos caras de la misma moneda. Elías y Tomás. Dos temperamentos. Me decidí por Tomás, más seguridad, más confort. Es tan atento, tan cariñoso, no protesta por nada, no me interroga. Me deja entrar y salir a mi antojo. Lo tengo fácil para engañarle, y sin embargo cuando regreso a casa y lo veo, ahí, en el sofá, acurrucado, esperándome sin dormir, me da lástima. Me echo a su lado y me comienza a susurrar al oído que me quiere, que no me dejará nunca, y me da esos mordisquitos en el lóbulo de la oreja. Me tengo que levantar al instante, porque me hace sentir sucia. Me voy al baño con la excusa de que voy a ponerme cómoda, y lloro. Lloro mucho, con esa llantina silenciosa que te hace sentir que no eres nada, lo peor. No definirse, no poner las cartas encima de la mesa. Por eso me pasa todo. Pienso en Elías y tampoco lo merece, él tampoco merece sufrir por mí, tan paciente, siempre dándole largas después del amor. Siempre hablándole de Tomás a él, que fue tanto, que es tanto. No se vivir sin él, pero tampoco sin Elías. Tensándolo todo tanto sé que los pierdo. Nada dura para siempre y el amor hay que cuidarlo, mimarlo, como si fuera una delicada planta. Hay que regarla cada día y yo no lo hago. Al contrario, yo la enveneno. ¿Podré seguir así? ¿Podré aguantar esta situación por mucho más tiempo? Sé que no, ya no puedo, y no debo. Egoísta, eso es lo que soy, y cobarde. Egoísta con uno, y cobarde con otro. No los merezco, no los merezco y los quiero, a ambos, no me dejéis, por favor. ¿No veis que os quiero, que no podría vivir sin vosotros? Por eso os lo confieso. Escribo esta carta a ambos explicándome, intentándolo al menos, aunque es difícil. Hace tiempo que  perdí el control de mis sentimientos, y ahora andan desatados, como cabos sueltos movidos por el viento, por la tormenta. Tempestad. Lo mejor es que me vaya. No actué correctamente y ahora lo pago. Lo pago yo y lo pagáis vosotros. Lo siento tanto. Tanto. Adiós. El buzón me espera.


martes, 1 de diciembre de 2015

Antoni

Antoni barajaba las cartas despacio. Lo hacía así, mientras pensaba en su mujer, y en la vida tan desordenada que llevaba. Giraba la cabeza mirando a ambos lados y al frente. Allí estaban sus amigos, en el gran salón de su casa jugando al póker. Todos parecían divertirse salvo Antoni, que en silencio comenzó a repartir los naipes. Normalmente siempre se reía o decía alguna gracia, o gastaba alguna broma o decía algún improperio subido de tono. Pero está vez no. Permanecía callado, respondiendo con monosílabos y mostrando un desdén fuera de lo normal. El gran Antoni rumiaba alguna idea. De hecho, llevaba días, meses, harto de ser el cabecilla al que todos temían, el jefazo al que todos lamían el culo y eso le hacía sentir vacío. Desde que creo su imperio todos sus socios le hacían la pelota, todos sus trabajadores le doraban la píldora, no le contradecían, le temían, y eso le exasperaba. Por una parte le gustaba. Siempre había deseado ser alguien, alguien importante, y a base de trabajo, esfuerzo, y mucho sacrificio lo había logrado. Pero para eso, había tenido que crearse un personaje, un monstruo que en realidad se saltaba todas las normas morales. Él, muchos años atrás, en su infancia y adolescencia fue un chico educado, incluso tímido, lo que podríamos llamar un hijo ejemplar. Iba al colegio y estudiaba. Fue al instituto y aprobaba, sacaba buenas notas. Era un buen estudiante e incluso ayudaba a sus compañeros. Hijo de una humilde familia, tuvo que ver como sus padres se separaban a consecuencia de las continuas riñas y discusiones de sus progenitores. Su madre, dada a la bebida, y su padre, un buscavidas sin empleo, se peleaban a diario. Las voces e insultos eran habituales en su casa. Se acostumbró y sobrevivió a eso. Es sabido que algunas plantas crecen en terrenos áridos. Antoni sufría pues. En casa las cosas no iban bien, y en el instituto se esforzaba por destacar, acumulando méritos que al final tiró por la borda. Una mañana se hartó, explotó, y le dijo a su profesor que se fuera al carajo, que no lo soportaba, ni a él ni a ninguno de sus compañeros, ni a su familia. Se levantó de la silla y salió de clase. No volvió. Y tampoco a su casa. Cortó con todos y con todo. Nadie supo de él. Nada. Parecía como si la tierra se lo hubiera tragado, y sin embargo progresó en la vida. Pero cada día se lo recriminaba. Lo hacía mientras echaba las fichas al tapete verde donde jugaba con sus amigos. Aún no había pronunciado una palabra, solo rumiaba sus pensamientos, con el rictus de su cara serio, con sus ojos fijos en un punto que ni siquiera estaba en esa habitación, no miraba nada, ni lo necesitaba. Se estaba examinando por dentro, y se detestaba. Jamás había tenido un gesto amable con nadie. Siempre había conseguido todo lo que quería a base de amenazas, y por eso lloraba.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Asco


¿Acaso te pedí, Creador, que convirtieras

en hombre el barro del que provengo?

¿Te induje que me sacaras de la oscuridad?

(El paraíso perdido)





“Queremos salir y sentarnos en los cafés como cualquier joven en otro país. Entonces comienzan secuestrando personas y matando a la gente en las calles. No sabíamos que esto pasaría. No sabíamos que ellos estuvieran aquí para matarnos. Nadie habla, está prohibido incluso pensar. “



Miren la escena que sigue; estoy sentado en mi sillón, de cuero blanco, cómodo, medio tumbado, con el ruido de la televisión enfrente. Está encendida, pero casi no le hago caso. Estoy más dormido que despierto, el día fue duro y debo descansar. Mi cuerpo me lo pide. Así que mantengo los ojos cerrados a intervalos. En ese duermevela se me mezclan los sueños, las imágenes que como en un caleidoscopio se me suceden una tras otra se funden con la realidad que me sobresalta. Como si alguien estuviera barajando cartas. Pego un respingo cuando esto sucede, cuando el artefacto televisivo emite un sonido más estruendoso, más estridente de la cuenta. Por ejemplo los anuncios, los anuncios siempre los ponen más altos, o una música desagradable e informativa que se te mete por los oídos y te los machaca. Peor que un boxeador lanzándote derechazos. Efectivamente, es un avance informativo, la musiquilla del telediario que viene a despertarte de tu sueño placentero. Entreabres los ojos, aún medio dormido te preguntas si ya acabó la película que estabas viendo, si habrán cogido al asesino, pero no lo sabrás o solo lo intuirás. Miras el reloj, aún no es muy tarde, aunque sí que te dormiste un buen rato, siempre te pasa porque eres una persona muy ocupada y muy trabajadora, y muy deportista y por tanto cuando te sientas en tu sillón de cuero blanco te quedas semidormido viendo cualquier película. Es lo normal y así sucede.



Pasemos ahora a observar la siguiente escena, si son tan amables y me siguen, vean a este joven chico; Hamza, trece años, natural de Raqqa, en Siria, joven árabe al cual le gusta jugar. Y sobre todo le gusta jugar al fútbol. Es aficionado al Real Madrid. Lo vemos equipado con unos pantalones largos, anchos, descoloridos, llenos de barro y tierra y unas sandalias con la suela rota, por la que en el zapato izquierdo le asoman los dos últimos dedos del pie. También lleva una camiseta del Real Madrid, por eso sabemos que es del Madrid, aunque por supuesto no es blanca, más bien gris, está sucia y es solo una burda imitación, seguramente regalo de su padre, que la compró o la obtuvo de algunas de las tiendas asiáticas de la ciudad. No lo sabemos. Pero ahora acerquemos más la cámara, demos un poco al zoom y fijémonos en su cara, en su expresión facial. El niño podríamos asegurar que es feliz en este instante. Le caen los churretes por las mejillas a consecuencia del sudor y la suciedad que se mezclan y es feliz, si, la boca la mantiene abierta, el pelo, un poco largo y negro, lo tiene desordenado, como si un ventilador muy grande lo estuviera despeinando, y los ojos bien abiertos, atentos, acechantes, dispuestos a lo que está haciendo en ese momento, manejando un balón de fútbol que pretende chutar a portería. La portería consiste en un muro de lo que alguna vez fue un colegio, pero ahora no es más que escombro y cimientos y hierros, y polvo, mucho polvo, un gran vertedero de basura, una gran montaña arruinada y triste, una fosa olvidada en la que descansan intranquilos los esqueletos de las personas que saltaron por los aires cuando aquella bomba cayó del cielo, ¿Qué será aquello? Un pájaro, un avión, no, es una bomba y nos va a aniquilar, a mí y a ti, a todos nosotros en un radio de casi un kilómetro a la redonda, porque no caerá una, sino varias, como una lluvia de granizos. Lo bueno es que ni te enterarás, puede que tengas suerte y simplemente te haga pedazos el cuerpo, lo cual te ahorraría mucho sufrimiento. La portería decimos, va de una ventana a la otra y está custodiada por Abu, amigo de Hamza, de su misma edad. Si tenemos a bien, y nos fijamos en Abu, su pose nos ofrece un chico atento, quizás no es la primera vez que juega de portero, ya que mantiene las piernas flexionadas, el tronco un poco inclinado, los brazos flexionados, mirada al frente, absorto en su ejercicio, en su objetivo, en que el balón no rebote en la pared, lo cual supondría que le han marcado. Como Hamza y Abu, seis chavales más juegan con ellos. Digamos que se entretienen y juegan como lo que son, niños. Hace un día soleado, demasiado soleado, no hay ni una nube en el cielo por lo que hay poca sombra. El calor es asfixiante, pero eso a los chicos les da igual. Ellos solo quieren jugar. La explanada desértica que se abre ante ellos es propicia para jugar un partido. Tienen suerte ya que han conseguido un balón de trapo gracias a Nasser, uno de los primos de Abu, uno de los seis, así que al menos hoy no tienen que jugar con latas. El montón de ruinas de alrededor se eleva como un graderío mudo, como un gran estadio de fútbol vacío. Visto desde fuera, sobrevolándolo, nos evocaría un escalofrío, como si varios voltios de electricidad recorrieran nuestro cuerpo. Parece un gran coliseo postrado, vencido.



Dejemos a los futbolistas y volvamos a mí, no en afán protagonista, por supuesto, sino para el buen entender de la historia que nos ocupa. Vedme abrir los ojos, incorporarme del sillón, adquirir una postura más ergonómica, más alerta, como si un peligro me acechara y tuviera que ponerme en guardia. Aún me cuesta enfocar la atención y la vista, aún estoy atolondrado, adormilado, pero algo escucho que me hace ponerme en guardia, como el espadachín de esgrima, con el florete apuntando al televisor. Ese algo es una gran explosión, como un gran estruendo, que rompe la monotonía de un discurso plano. Uno está tan tranquilo, tan acostumbrado a unos decibelios que en el momento que irrumpe un sonido más alto que otro, le sobresalta. En la pantalla, un sonido sordo, amplio, fuerte, como un trueno en tu misma habitación, como si hubiera caído justo al lado de ti, pero no, afortunadamente no cayó en tu salón, ni hay tormenta, afortunadamente es en la televisión, aunque ya me despertó, cachis, ya me robo el bonito sueño que me embriagaba. Mirad que interés en mi rostro. Mirad que rápido me espabilo. Los codos apoyados en la mesa, las manos en las sienes, mirando atento la retransmisión de la tele, ventana que nos acerca los últimos acontecimientos, las últimas guerras, el último partido de fútbol, las últimas gilipolleces que nos atontan. Mirad bien porque ahora me estremezco, ahora me horrorizo y trago saliva. La nuez me sube y me baja, aparto un segundo la mirada y miro la puerta de la cocina, solo un segundo, está cerrada, estoy solo en casa. Miro de nuevo la tele. Aparté la mirada pensando si de ese modo se acabaría lo que estaba saliendo en ella, lo que estaban diciendo en ella, pero lo siguen diciendo, aunque las palabras sobran cuando te bombardean con imágenes como esa. Sé que os preguntáis cuáles son esas imágenes y por qué no apago la televisión, si tanto me violentan, sería fácil, ya que el mando lo tengo al lado. Pero no lo hago. Mirad, mirad atentos, queridos amigos, hago el amago, muevo el brazo y poso mi mano sobre el mando, pero ahí se queda. No soy capaz de hacerlo. Quiero y no puedo. Quiero no creer. Quiero saber si lo que veo es verdad, si lo que veo no es parte de una película de ficción, de por ejemplo la película de asesinos que estaba viendo antes. Me pellizco, es increíble como la realidad puede superar la ficción. Me estremezco de nuevo, los ojos se me humedecen, es normal, es un proceso normal que a cualquier ser humano y civilizado y coherente, con un poquito de humanidad le sucede. Miren ustedes la televisión, la mía si quieren, o enciendan la suya propia. Observen entonces digo. Sintonicen cualquier canal y horrorícense conmigo. Escuchad el retumbar de la bomba y los proyectiles, los fusiles, la ráfaga de ametralladoras, los disparos de los AK-47, los kalashnikov rusos comprados en el mercado negro, los gemidos y gritos de horror. Vean la barbarie. Pongan todos sus sentidos en ella, miren como corren espantados los chicos a cualquier parte, como huyen del infierno. Porque lo que estáis viendo es el infierno. Un infierno en pleno Paris. Quién lo diría. Lo que suponías un parque de juegos, de divertimento, se transforma de repente en un infierno. Creías que en tu país, en tu ciudad, no existía el infierno y sin embargo ahora lo estás viendo conmigo, existe, es real. Los dos tenemos encendida la tele y lo vemos. Hay varios niños tirados en el suelo encima de un charco de sangre. Ahí tienes a uno, veámoslo, la sangre es suya, porque lleva rato ahí, tirado inerte, muerto, desangrándose porque le metieron no sé cuántas balas en el corazón que le arrancaron la vida, lo más preciado. El niño solo jugaba al fútbol, el chico no creía en el infierno, de hecho tampoco creía en el cielo ni en el paraíso, el niño solo jugaba al fútbol, repito. Lo hacía con sus amigos cuando el escuadrón de la muerte, armado con fusiles hasta los ojos y en nombre de Ala el impostor, apareció en el parque y lo arrasó. “Eran infieles. Bastardos. Mejor los matamos, no valen nada.” No viste como disparaban al segundo niño ya que te tapaste los ojos, pero no te preocupes, yo te lo cuento. Primero le pegaron una patada que lo tiro al suelo. Increíble como cayó. Como un saco de cemento. Gateó un poco, procurando zafarse del demonio, pero apareció un segundo terrorista que le pisó la cabeza, dios, le pisó la cabeza como si estuviera aplastando una colilla. La suela de la bota sobre su mejilla derecha, y de repente el cañón en su cuerpo, sobre su pecho, y el disparo, el ruido fatal. Y la nada. Ya la nada. Todo grabado desde un balcón. Alguien se asomó a la ventana alertado por los disparos. Alguien que en vez de esconderse debajo de la cama, cogió su cámara y se puso a grabarlo todo. Estamos en la civilización del espectáculo, del morbo, la era del gran hermano. Somos testigos directos. Miren. No es una película de guerra. Es la tele-realidad, pero no se preocupen, mañana ya se habrán olvidado. Mañana o pasado. Mañana iremos a buscar a nuestros hijos a la escuela, si es que tenemos, o irás al bar con los amigos, o a trabajar con tu horario de esclavo, y no te acordarás. No habrá pasado. Háganme caso, tranquilícense, respiren hondo, mañana todo habrá sido solo un mal sueño, una pesadilla. Total, estamos acostumbrados. Pero ahora lloren, por favor. Ahora ponte la bandera de Francia en el Facebook, je suis Francaes, ahora despotrica contra los musulmanes. Apiadados sean los bienaventurados. Pobres chicos franceses, europeos. Yo también lo pienso y lo siento. Duele. Pero te diré algo, ven, sentémonos aquí, al fuego, tranquilos ¿quieres algo de beber? ¿No? Yo me serviré un whisky con hielo ¿Recuerdas a Hamza, a Abu, a su primo Nasser, al resto de sus amigos en Raqqa? Estaban jugando al fútbol en un descampado, en un cementerio clandestino, asqueroso, en mitad de unas ruinas en medio de la nada. Los habíamos dejado allí. Hamza estaba a punto de rematar a gol. Era feliz, eran felices en ese momento. Habían conseguido una pelota de fútbol y jugaban. Jugaban al fútbol como lo hacían los chicos asesinados en Paris, solo que los chicos de Paris lo hacían en una pista de fútbol sala de verdad, y con porterías de verdad, y con un balón y equipaciones de verdad. Los niños de Paris eran de verdad. Son europeos y forman parte del espectáculo, del mundo civilizado, del primero, el de verdad, como si los demás no existieran, como si hubiera más de un mundo, el segundo y el tercero. Ellos están dentro de la pecera con nosotros. Una pecera en la que no hay tiburones, en la que no permitimos que entren pirañas ni monstruos. Nos conformamos con los nuestros. Haberlos hailos, por supuesto, pero los conocemos, son de la casa. Pero a veces ya saben, llueve porque el paraguas se rompe y mientras lo remplazamos claro, nos mojamos. Pues escúchenme, queridos amigos, compañeros de pecera, integrantes del primer mundo, los ocho chavales de Raqqa, en Siria, fueron aniquilados por una bomba caída del cielo. Del cielo no, no te engañes. De aviones supersónicos que en vez de llevar mensajes como las palomas mensajeras, llevaban bombas. Hamza no llegó a rematar a gol. Hamza voló por los aires y fue a parar al cementerio que hacía de graderío. No lo busques, no lo intentes. Es inútil. No te lo dirán. No lo encontrarás. No lo verás. Están fuera de la pecera. Pedacitos de Hamza se mezclarán con trocitos de Abu y con fragmentos de Nasser. Quizás un brazo se desgarró y fue a caer cien metros más allá, a lo lejos, y quedó señalando la portería, el muro del que a pesar de las bombas aún resiste a la insensatez humana, no todo, ya no tiene ventanas, pero aún se mantiene erguido con una especie de terquedad y dignidad sobrehumanas, divina. El muro de los chicos de Raqqa. El muro al que nunca llegó a rematar Hamza, la portería a la que nunca remató nadie, la meta que quedará huérfana de niños jugando a su alrededor, porque una vez más ganó el poder y la vergüenza, el hombre incivilizado, el que se cree civilizado, el hipócrita con doble rasero. En Occidente soy democrático, pero en Oriente y África soy interesado. Asco.



“Las declaraciones del principio del texto, son de un joven árabe de Raqqa, el cual, como es lógico, tiene miedo de vivir en semejante situación, y desea huir. Alejarse del infierno en el que vive tanto él como su familia y arriesgarse a que lo maten en otro lado, en busca de la paz que allí no tiene, total, el infierno se encuentra por todos sitios, el infierno convive con nosotros, somos nosotros y ellos, y en cualquier momento te puedes cruzar con él.”

martes, 22 de septiembre de 2015

Perseidas


¡Qué fácil es verte!, basta cerrar los ojos, o ni siquiera cerrarlos, solo pensar en ti. Te me apareces tan real como si estuvieras a mi lado, siempre a mi lado, rozándome con tu piel, tocándome con tus manos, aferrada a mi brazo como babosa a la roca. Basta cerrarlos digo y te veo, hembra única a la que me entrego con pasión, con lujuria, hembra mil veces inventada, tan cálida y sensual que consigue aturdirme, hembra que enciende mis sentidos, molde que encaja como pieza de puzle. Eres tan yo, tan mí mismo que te disuelves en mí, por todo mí ser, te propagas sin piedad por mis entrañas, las recorres como el huésped que ocupa la casa ajena, deshacerte como bola de algodón, azucarillo en la taza de café, diluida en mis sueños, en mi vida porque existes, andas sin saber que me buscas pero buscándome, tú también, soñándome tú también, soñando que te sueño, que te busco, ¿vivo?, en mí. Relámpago, rayo, trueno, la tormenta que se avecina, primero un viento entrecortado, a ráfagas, unas gotas dispersas, chispea, el preludio, ya sintiéndote, la lluvia que comienza, cada vez más intensa, mar bravío, antes en calma, enarbolado por ti, por ti que te pienso, que me piensas, los dos inmersos en una sinfonía perfecta, armoniosa, pensándonos ya juntos, aunque tan lejos, o tan cerca, ¿dónde? Eres mi Dalila, mi Eva, mi Dulcinea. Yo tuyo ya, ¿no lo ves? Te deshaces de mi abrazo y echas a correr, tus pasos alejándose de mí, dulce composición aunque dolorosa, tus piernas, dos columnas de porcelana, de alabastro, dos tallos de la flor más bella. No te alejes, ven. Mírame. Yo soy tú. Me miras con mis ojos y te ves en ellos, espejo infinito, mis pupilas encendidas reflejándote, hasta en mis retinas te me introduces, que digo en mis retinas, en mi cabeza, mis neuronas, tuyas, tan bella, imposible no amarte. Aún recuerdo cuando te vi, la primera vez, solo  un destello, un esbozo en mis sueños, en mi vida, me desperté sobresaltado, sudaba, tus ojos, dos zafiros azules, dos fogonazos luminosos, dos luciérnagas en la noche. Te vi la tarde anterior, ahora lo recuerdo, descendías por una cuesta, nos cruzamos, segundos, tu mirada el absoluto, el todo, lo único que vi, como el sol, me cegaron tus ojos. A partir de entonces, soñarte, crear un cuerpo de la nada, del todo. No vi más que eso. Tu burka me lo impedía, eclipse lunar. Mejor así, el deseo asomando por la rendija, ventana suprema, el paraíso, balcón por el que ahora trepo. Me viste, pasaste como estrella fugaz, perseidas en la noche. En mí el volcán. La inminente erupción, latente, quemándome por dentro, bullendo como lava recién nacida, magma incandescente, otra vez, es la vida, es el amor y el dolor, los sentimientos. Venid a mí. Estoy vivo. Pedí un deseo; volver a verte, volver a verte, volver a verte…el Todo, mi Todo, Tú.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Libertad


¡La libertad está en el interior de cada uno! El canto de los pajarillos resonaba en los muros, rebotaba como eco en una montaña, la sinfonía evocaba otros escenarios, otros tiempos, otras historias vividas, evocaba un bosque florido, y un arroyo plateado y el rumor de una pequeña cascada, y el zumbar de unos insectos, la calidez de una brisa, el temblar de las hojas de los árboles, altos y frondosos, apuntando un cielo azul como el océano al mediodía, sin nubes perturbadoras, sin viento, cielo limpio de estorbos, algún vuelo de unas águilas en círculo, como rito tribal, acechando su presa, un pequeño conejo que se esconde, que da saltitos hasta su madriguera, pero no la encuentra y se mueve casi sin rumbo, sin encontrar su agujero. Perseguido sin sospecharlo o si, ciclo de la vida ¿qué vida?, parte de un engranaje caótico, imperfecto pero seguro, o perfecto, es lo mismo, la vida, júbilo que pasa tan fugaz como un abrir y cerrar de ojos, inexplicable para el hombre que se lo pregunta, ¡cuán felices si no pensáramos, si no divagáramos con nuestra filosofía, con nuestros platones y Aristóteles y todos los ilustres pensadores. Pensar ¿para qué? La rata no piensa, el conejo corre y come, y salta y huye del águila o del zorro, sin pensar. El canto venía de fuera, cruzaba la ventanita, pequeña apertura crucificada de barrotes, e inundaba la celda con su melodía de salón. Ópera de cámara, resurgir de cantares, renacimiento de otras mañanas. Al prisionero le recordaba a los despertares en el campo, a la ventana abierta por donde penetraban los rayos de sol como espadas afiladas, puntuales, los primeros que le acariciaban la cara, le calentaban el cuerpo, las sábanas, le recorrían el cuerpo como caricias de mujer, de su mamá que lo llamaba para desayunar. Ya el piar de los pájaros sonando, melodía sublime para el entonces niño, se quedaba remoloneando en la cama, despierto, solamente escuchando, empapándose de los sonidos que poco a poco lo despertaban, los pájaros, el sonido de la cafetera, su mamá llamándole…en la celda ahora el mismo sonido, trompetas del ayer, ¿encerrado? Recordaba las carreras hasta el arroyo, el frescor de la hierba al rozarle las pantorrillas desnudas, las salpicaduras de esa agua fría al pisotear la orilla, ¡cómo disfrutaba! ¡Cómo disfruta ahora, recordándolo en la celda, viviéndolo en la celda! Casi podía volar, ¿había volado de verdad? Ahora sí, ahora caminaba sobre el agua, sobre el arroyo que se le extendía como alfombra roja, pasarela que lo elevaba, que lo llevaba lejos, sus pies de repente no tocan el arroyo, flota en el aire, vuela como un ave poderosa, ¿ave fénix? Resurgido de sus cenizas, de la celda que lo mantiene preso, ¿encerrado? Para ti que lo ves a través de los barrotes puede que sí. Para él, místico renovado, no. Él es libre y está lejos de allí. Está volando, y es feliz. La inscripción lo ponía claro; “la libertad está en el interior de cada uno”.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Ella

La chica que entra al cafetín. Viste pantalones vaqueros, camiseta negra, ajustada, sin mangas, desenfadada pero elegante. Hermosa. Hay mujeres tan elegantes, con un aura tan seductor, que no necesitan disfrazarse, simplemente son elegantes. Esta tan seductora como Afrodita, tan sensual como Cleopatra, tan bella y natural como el busto de Nefertiti. Ojos de pantera que penetran en el local y lo enciende. Faro que alumbra y guía las voluntades masculinas. El chico que gira la cabeza, que mira sus ojos y la sigue mientras ella, poderosa pantera negra, temible morena que muerde, se aposta en una silla, cerca de la barra, cerca del chico, epicentro del terremoto, sirena sin quererlo, sirena sabiéndolo, y se queda embobado, quizás soñando que le dirá o que no le dirá, porque ella tan diosa que paraliza a quien la mira. Él que baja la mirada, batalla perdida contra las olas y naufraga, se aferra al bote frágil, al madero que lo mantiene en vida. Respirará hondo, ya con el veneno inoculado, con el suero recorriéndole sus venas, su cuerpo entero vibrando y en éxtasis por culpa de la depredadora, del macho alfa, el verdadero, de la mujer con vaqueros que ahora sonríe por lo bajo. Se ha dado cuenta, cuatro víctimas, el camarero de antes, ya suyo, ya marioneta que le sirve la cerveza automáticamente, como animal domesticado, sus ojos encendidos al verla entrar, su sonrisa bobalicona, tan entregado que a Ella le hace gracia, tan tierno que se estremece, es poderosa, bebe en un vaso de copa sabiéndose reina del baile, cisne entre patitos feos, blancanieves rodeada de sus siete enanitos. El chico mirando de soslayo, procurando ver sin ser visto, sin que se le note el azoramiento pero ya inútil, la reina tiene un nuevo acólito, un nuevo escriba para su séquito. Se levanta sabiéndolo ya, mirando a su presa que aparta la mirada temeroso, tímido, esa noche soñará con ella, su nueva ninfa, su Antígona, su Penélope, soñará con Ella mientras Ella estará tumbada en su cama, escoltada por dos de sus amantes que se turnarán para adorarla, ella desnuda, abierta como flor en primavera, tan tranquila y silenciosa que parecerá que duerme o que muere, pero en una muerte lenta, plácida, de esas que llegan como susurro o caricia tibia, manto de seda, brisa marina que te arropa. Él soñando con Ella, Ella soñando con él porque todos él, todos la adoran.