lunes, 22 de junio de 2015

Foto


         Y de repente te encuentras mirando una foto en blanco y negro. El salón donde te encuentras está abarrotado, es medio día y el sol brilla en lo alto penetrando a través de la ventana cubierta por unas cortinas que parecieran un camisón de seda holgado que te cayera hasta los pies. Es año nuevo, de hecho es el primer día de un nuevo año, el dos mil quince. Estás sentado al calor de un brasero eléctrico entre dos familiares, tu prima y tu tía, la hermana de tu madre. Al fondo más vidas y más movimiento. Ellos no paran de hablar, de gritar, de contar las anécdotas que se cuentan en estas reuniones de comida y bebidas y risas dónde pareciera que la felicidad se hubiera perpetuado para siempre. Ya has comido y te has saciado de los diversos platos que tu otra tía, la anfitriona, te ha colocado debajo de las narices y de los que has tenido que elogiar por deferencia y porque eres muy cumplido. Los hijos de los hijos de tus tías, de las dos, corretean por toda la casa sin parar, con las ganas y los nervios que sólo se tienen cuando se es pequeño y lo de permanecer sentado entorno a una mesa nos parece muy aburrido y muy absurdo. En total somos quince. Tu hermano se ha quedado en casa durmiendo la mona. La noche anterior fue muy dura. Las uvas, esas doce que delimitan un año de otro, exigían fiesta y este se la dio. Ahora estás mirando fijamente el centro de la mesa camilla dónde permaneces sentado. Lo miras como absorto sin mover un músculo. Ves una pequeña cajita de hojalata rectangular. Has sido tú quien ha ido a buscarla a otra habitación y la has colocado ahí. Sabías que podría haber dentro. Tu tía te lo había insinuado antes. Te lo había dicho. Te lo había ordenado. Ve a la habitación y tráete la caja con las fotos. ¿Qué fotos? Una tras otra irán cayendo todas las fotos frente a mí, pensarás. Las veré muy pronto. Me sentaré cómodamente en el sillón y estaré pendiente. Ahora una lluvia, un torrente de fotografías antiguas cae frente a tus ojos. Un baile vetusto y nostálgico que coges con tus manos, que ves con tus ojos pero que no reconoces. Te cuesta ubicar esas fotos en el tiempo, en el espacio, como una baraja de cartas pronto te abultan en las manos. Son personas anónimas al primer golpe de vista, pero tremendamente familiares después, a los pocos segundos cuando tu tía canta, ese es Manolo, esa es la abuela, ese es tal y ese es cual. De repente comienzas a ver. Como el invidente que de un momento a otro recupera la vista, identificas rasgos, miradas, rostros medio siglo más jóvenes que te miran desde ese papel duro y firme que ha esperado todo ese tiempo para que lo cogieras ahora. La voz de tu madre atraviesa la sala y predomina en ella. La oyes lejana, como amortiguada por una densa niebla que ocupara el salón. Se cruza con la de tu primo. Cuentan chistes o dicen tonterías que no son tan tonterías, porque nada de lo que digan o puedan decir lo es. Se ríen. Y de repente te encuentras mirando una foto en blanco y negro. Las voces, tus tías, tus tíos, tus primos, todos desaparecen. Todos se han levantado, han abierto la puerta y se han ido dejándote sólo con la foto. Una niña risueña, pizpireta, mofletuda, diríamos que pícara, traviesa en definitiva, aparece sentada sobre una mesita con mantel de cuadros. Su pierna derecha cruzada sobre la izquierda deja al descubierto sus piernas desnudas al levantársele el vestido blanco y de tirantes que lleva. Muy chica yeyé. El muñeco que sujeta con la mano izquierda, elevándolo, colocado a la altura de su cara, parece una mera marioneta en sí, a merced de las travesuras de la niña. Le presiona la nariz con el dedo índice de la mano derecha. Se burla de él o se ríe con él o de él. Se la ve feliz. Morena. Con el pelo liso, el flequillo recto y largo, por encima de las cejas, a la moda de la época, dejando asomar sólo un poco la frente. Una coleta se insinúa detrás recogiendo su pelo. Los ojos cerrados, como dos líneas pintadas de negro, rectas y simpáticas, dos ranuritas pequeñas que se describen como consecuencia de su sonrisa, la cual podría iluminar una cueva oscura, de hecho ilumina la foto, tan de tonalidades grises, tan blanca y negra. Es el centro de gravedad de la fotografía. Es el foco al que todos miraron, miran y mirarán cuando se asoman a ella, como un diamante que brillara en la negrura de un pozo. Los diminutos dientes y su pequeña nariz armonizan y completan su redonda cara, su precioso rostro. Ves más allá, más profundo. Ves en ella tu risa que ya has visto tantas veces y en tantos sitios. Sin duda esa niña es tu madre. Lo piensas mientras contemplas sorprendido ese pliegue, esa arruga que baja desde la nariz a la comisura de los labios levantándole los mofletes. Esa característica es tuya. Esa forma de reír es tuya. Tuya y de ella. De repente la reconoces en la foto. Giras la cabeza y allí está, la misma risa, el mismo ánimo, la misma persona, tu madre en el salón, que entonces, cuando alguien, quizás su padre, quizás su tío, le hizo la foto en esos años sesenta ya pasados en los que aún no sabía que iba a tener un hijo y después otro, que se iba a casar y ser feliz de ese modo. En ese momento te la imaginas despreocupada, jugando con aquel muñeco con el que ya ningún niño juega, aquel muñeco sepultado, enterrado y sustituido por otros muñecos y otros juegos más modernos, y entonces es cuando piensas que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero que aquí estamos, vivitos y coleando. La máquina del tiempo no se para. La máquina del tiempo arrasa con todo, se ríe de todos aunque alguien logre de cuando en cuando arrancarle una pequeña mueca. Un diminuto resquicio de luz en una persiana bajada. Las fotografías son eso. Pequeños resquicios de luz por donde nos asomamos al pasado, ventanas abiertas a nuestro yo del pasado. Uno queda atrapado en ellas. Atrapado en otro tiempo y en otra época. Inmóvil, quieto, con la expresión que tengas en el preciso momento que otro alguien presione un botón en una máquina fotográfica. Han pasado más de cincuenta años y aquella niña risueña enmarcada en una cartulina de diez por cinco centímetros ha sobrevivido a todo ese tiempo como quien sobrevive en un campo de concentración, en una cárcel en la que el paso del tiempo no es paso ni es nada porque todos los días y todas las horas y todos los lugares y espacios son siempre los mismos. Ha sobrevivido, quizás encerrada en un cajón al fondo, perdida de todo y de todos todo este tiempo hasta que alguien las encontró y como un héroe las rescató a todas para deleite tuyo y añoranza de ella misma, cuando después, más tarde la coja y exclame, ¡Esa soy yo!, delante de todos en el salón, mientras por dentro quizás esté pensando en lo cruel del tiempo y la maquinaria de la nostalgia y el romanticismo se le ponga a funcionar y se emocione por dentro disimulando para que nadie se entere, para que nadie de la sala se entere, para que sea su secreto, para que quede como algo íntimo que nadie descubra de ella, pero que estará ahí, como el aire que respiramos y nadie ve. Mientras piensas todo eso, allí estás, frente a tu madre que aún no sabe que será tu madre, frente a una niña que podría ser cualquier niña pero que no lo es, no es cualquiera, es aquella que te sacó de sus entrañas y que quizás ya entonces llevaba algo tuyo dentro, aunque sin duda ella entonces no lo sabía. Entonces era sólo una niña jugando con su muñeco.

 

miércoles, 17 de junio de 2015

Imposible

Imposible ser dos cuando somos uno. Imposible no verte cuando no estás. Imposible dejar de saborearte y olerte y tocarte cuando somos uno solo. Tú en mí y el recuerdo de tu mirada, de la mía, los dos mirándonos sabiendo ya. Imposible no hablarte porque siempre me escuchas, siempre atenta a mis palabras y yo a las tuyas. Tú me hablas también. Te oigo susurrarme cuando me acurruco en la almohada, cuando me acuesto entre tinieblas en mi cuartito que es tan tuyo como mío, el nuestro. Me besas detrás del cuello, en la nuca y yo te dibujo en mis sueños, en mis recuerdos, te siento allí, tendida y abrazándome como antes hacías y ahora haces. Yo no giro la cabeza, no me muevo, ni siquiera abro los ojos, solo te siento allí, tus líneas tan perfectas, tan hondas, tus líneas que un día recorrí con mis dedos, como recorriendo una fresa madura y ahora abrazo porque tan a gusto. Imposible no quererte desde tus manos, desde tu boca, tus labios, tu cuerpo. Imposible ser dos cuando somos uno, y me despierto y me quedo mirándote aún dormida, aún en tu sueño que es el mío también porque uno, en el que quizás estés despierta y me miras igual que yo te miro a ti en el mío, en el tuyo, en el de los dos porque imposible ser dos cuando somos uno.

viernes, 12 de junio de 2015

Whisky


Un whisky solo, sin agua, con tres hielos. Esa bebida una y otra vez, un día tras otro, pedida con el simple gesto de dirigir su mirada, tan profunda y cansada, ojerosa, al camarero que ya lo conocía de tantos días consecutivos, de tantas noches acodado a la barra del bar bebiendo solo y pensando en ella, siempre en ella y hablar de ella y callarse y pronunciar su nombre como balbuceando, como a regaña dientes, como con miedo de y si me escucharan, pero ya todos lo sabían, todos la conocían, ella, tan lejos y tan presente. Solo entrar por la puerta del bar y el camarero comenzaba a preparar lo que ya sabía que no le iba a pedir, pero  si sabía que quería, su whisky solo sin agua, con tres hielos. Después del trabajo no tenía a donde ir, ¿meterse en su casa, en ese cubículo que lo corrompía más aún, que lo carcomía, que lo destrozaba por dentro? Las paredes en esa casa, en sus circunstancias, se nos vendrían encima, por grande y amplia que sea su casa estamos seguros que las paredes se moverían, cediendo a los deseos de autodestrucción de su inquilino y como digo, irían aproximándose entre ellas, las paredes, hasta que casi podría uno tocarlas con ambas manos a la vez, simplemente con poner los brazos estirados en cruz. El techo en este caso también juega un papel importante. Iría cediendo pero más lento, como con burla, muy sibilinamente, casi de forma imperceptible para casi aplastarnos al cabo de un buen rato. Quizás uno se hubiera quedado dormido y al despertarse tendría el techo a dos palmos de las narices y las paredes a uno y no le quedaría otra que gritar o volver a dormirse, pero esta vez para siempre o no. El caso que nuestro chico, no iba a casa después del trabajo. Iba al bar donde le servían tan escrupulosamente su whisky y donde además cerraban tarde dejándolo a uno tranquilo. Así desde aquel momento, desde justo el día siguiente al suceso, a las circunstancias que lo cambiaron todo. Él que tenía su vida planificada, sus horarios estructurados, su rutina tan mecánica, tan seguro de todo y mira, todo al garete, todo se desmorona en un instante, todo sucumbe y sobrepasa nuestras expectativas. No hay un mañana. Hay un hoy, si me apuras un ahora. Pero para él claro que existía un mañana, lo tenía muy bien aprendido, se lo habían enseñado desde pequeño. Siempre tan correcto, tan formal, tan puntual y meticuloso. Se sacó la carrera a la primera. Conoció a la que sería su mujer a la primera también. Obtuvo su trabajo en el bufete a la primera, desde luego. Todo a la primera. Todo tan rodado, tan perfecto, tan luna de miel que asustaba. Era muy de comida a las tres y corre que me voy que a las cuatro y media tengo reunión. Era muy de horarios, muy de reloj de pulsera. Decimos era porque parece que en los sucesivos días al hecho traumático en cuestión, el cual aún ignoramos, nuestro hombre rompió con todo, y sobre todo rompió con su plan de ruta, con las cartas de navegación que llevaba siempre consigo. Los derroteros lo habían traicionado. Y es que un derrotero no deja de ser un derrotero, un viaje peligroso que hay que tomar y que nos puede sorprender, para bien o para mal. No es cuestión aquí de mencionar grandes marinos pero digamos Ulises, digamos Ahab, digamos Colón. Todos ellos obsesionados, todos ellos buscando, todos ellos ansiando un deseo capaz de destruirlos. Una obsesión. ¿Y que es la vida sino un derrotero? Nuestro hombre, llamémosle Quique por ejemplo, (desconozco su verdadero nombre, aunque el lector aquí puede desde luego nombrarle como más guste o apetezca), nuestro hombre decía, lo tenía todo, o creía tenerlo todo y se quedó sin nada, o pensó que se quedó sin nada. En ese caso, en el que la cabeza se te nubla, en el que tus movimientos físicos parecen sacados de una película en cámara lenta o directamente de una película del espacio, comienzas a pensar. Y pensar en semejantes condiciones es muy peligroso. Acostumbrado como estaba a su plan de vida cuadriculado, a su mujer, esa dulce y encantadora chica que lo esperaba todas las noches en casa, vestida siempre tan sensual, tan para él, para su marido porque sabía que le gustaba así, que le gustaba que lo recibiera así, le abría la puerta y en braguitas y sujetador, la mayoría de las veces, cuanto más con una camiseta suya encima, de él, amplia, tan grande que por las mangas se le insinuaban los pechos, sus pechos que tantas veces y que tanto gustaba de besarlos, de succionarlos, acariciarlos porque su mujer, tan sensual, tan suya, tan para siempre. Y ahora ya no. Ahora bar y whisky. Ahora soledad y miedo. ¿Ahora quién lo esperaba después del trabajo? ¿Quién le abría la puerta tan para él?, porque él tenía sus llaves pero no abría, llamaba para que ella le abriera y verla, y besarla lo primero y después la cena que se enfría, y quizás champan o vino tinto y jazz, el amor. Con el cuarto whisky estas imágenes le bailaban en la cabeza. Ya llevaban deslizándose un buen rato, de hecho siempre estaban ahí, su mujer, su piso, sus discos de jazz y el portal, escurriéndose por su mente, casi sin permiso, quien lo necesita cuando eres tú, todo eres tú, tus miedos, tus nostalgias, tus pensamientos, todo eres tú y te engloba, eres todo eso y tus sentimientos. Y eres todas esas imágenes que ahora te bailan en la cabeza porque un día…El portal donde la conociste, tantas veces te cruzabas con ella que al final, al cabo de muchos holas, de muchos buenos días, la acabaste por conocer, por ir formándote una imagen de ella, tan siempre igual pero distinto. Esa primera sonrisa, esa es la que ve él ahora que sorbe el whisky, el poco whisky que le queda, tengo que pedir otro, el camarero ya lo sabe, ya me lo trae, esa sonrisa, tan de niña inocente, limpia, sincera, no carcajada, sólo una leve mueca, suficiente para engatusarme, un día tras otro hasta que le pides salir ya que tienes una fiesta y hombre, si te gustaría acompañarme, sería un placer para mí. Y empiezas a salir con ella, y cada vez te gusta más, y a ella le gustas tú porque mira que chico tan responsable y que atento, pero que guapo. Y pasan los meses, los años, y te quieres casar conmigo, como no me voy a querer casar contigo tonto, y todos se ríen y os felicitan y te vitorean porque estás de rodillas delante de todos en la cena de nochebuena con toda su familia delante, y tú pidiéndole matrimonio con la cara roja de la vergüenza. Esos recuerdos que te martillean la cabeza y que no puedes evitar. El camarero ya te ha servido el quinto whisky y te ofrece una servilleta. Estás llorando con el rostro caído, sombrío, triste, con los codos apoyados en la barra sujetándote la cabeza. Todo es tan caótico, tan impredecible, tomamos por seguras tantas cosas que no son, que da miedo, que asusta pensar que nada es para siempre, que todo pende de un hilo que se puede romper en cualquier momento, que poco depende de ti pero sin embargo. Sin embargo miramos tan adelante, tan seguros de donde pisamos que nos sorprendemos cuando el suelo está resbaladizo, cuando ha llovido, cuando ha tronado y el firme se embarra, se ensucia y nos manchamos. Nosotros que somos tan limpios, que no podemos, que no osamos mancharnos, tan impolutos que cualquier imprevisto nos desequilibra. Un día llegaste del trabajo y llamaste como siempre hacías, como le gustaba hacer a Quique, y no le abrieron. Llamó una segunda vez. Esperó. Estará en la ducha o en la terraza, lo mismo no oyó el timbre. Tercera vez. Recuerdas entonces que pasaron cinco minutos, diez y no abrían aún. Te llevas el vaso a la boca, tragas una buena cantidad de whisky que te hace arder la garganta. Te comenzaste a impacientar. Nunca te había pasado, si por lo menos tuvieras tus llaves, pero ese día no te las llevaste, tan convencido de que te abrirían la puerta y hola cariño. Maldita sea. Aporrearás la puerta entonces, darás vueltas sobre ti mismo, comenzarás a ponerte nervioso. ¿Habrá ido a comprar? Imposible, todos los comercios ya han cerrado. Una sombra de sospecha te comenzará a nublar la vista. Tranquilo. Respira. Recuerdas como lo hiciste, imagina lector, que tú eres Quique, sacaste el móvil y después de haberte calmado, te sentaste en las escaleras, sereno aún, marcando el número de tu mujer, escuchando los tonos tan profundos, tan largos y ninguna respuesta. Una segunda llamada porque y si en el bolso, y si conduciendo. De nuevo los tonos, cuarto, cinco…Una voz de hombre te responde, “Hola, ¿es usted el marido de Violeta? Soy el Doctor X y su mujer está hospitalizada, etc.” Y tu vida que se desmorona, que se desparrama como una montaña de naipes que se mantenía en pie gracias a un precario equilibrio como el de tu vida, como el de mi vida y la vida de Quique. Un equilibrio que suponemos firme pero que se tambalea, se cae,  como esas chabolas arrasadas por el viento o el agua, tan expuestas a todo, tan frágiles.  Fuiste corriendo al hospital. Ibas pensando en que le habrá pasado,  lo mismo no será nada pero ese tono, no te dijeron nada, no te tranquilizaron mucho, solo vente en seguida que aquí la tenemos. Te hablaban como si tu mujer fuera un paquete, un ser ya inerte que simplemente esperan que se lleven ya porque molesta y necesitan la cama para otro. Mercancía. No, lo mismo no es nada, lo que pasa es que soy un tremendista, siempre nos vamos a lo peor, a lo más trágico, a lo más grave, siempre nos ponemos en lo peor porque qué se yo. ¿Una pulsión sadomasoquista? El miedo que nos atenaza, el miedo a perderlo todo, a perder lo que creemos tan inmutable, tan nuestro que no puede ser que desaparezca de un minuto al siguiente. Todos los días iguales, levantarse temprano, ir a trabajar, volver a casa para comer, irte de nuevo al trabajo y volver al hogar donde te espera tu mujer. Un día tras otro. La vida de Quique tan regulada, tan predecible y las llaves que se le olvidaron ese día. Ella había salido de casa dispuesta a llevárselas a su trabajo. Lo intuyó cuando entró desesperado en el hospital, subiendo los peldaños de dos en dos, recorriendo con la vista, como un loco los rótulos donde indicaban los diferentes servicios. “Uci”, aquí es…Una señora mayor, vestida con un pijama blanco, con aires de llevar muchas horas de servicio, sin duda la enfermera, le dijo que la siguiera. Nadie hablaba, todos estaban sumidos en un silencio atroz, un silencio que nadie se atrevía a romper, un silencio pactado sin necesidad de palabras. ¿Qué decir en ese momento? Las palabras sobran. Estaba en el lugar donde las dignidades se pierden, donde todos deambulan disfrazados, escondidos tras aquellas máscaras, esos gorros, pijamas horribles que despersonalizan a cualquiera. Hasta a él le habían hecho ponerse una mascarilla, unos horribles patucos que al principio no atinaba a colocarse bien, (estaba nervioso, impaciente) y un gorro como los que se ponía Violeta cuando se metía en la ducha y no quería mojarse la cabeza. Se sentía ridículo. Ridículo y destrozado. Ahora también se sentía ridículo y destrozado bebiendo un vaso tras otro de whisky, solo, con la compañía del camarero que escuchaba, que veía, que simplemente estaba atento a él y le ofrecía su compañía. Hay que saber acompañar, no es fácil y no todos saben. El camarero sabía. No hablaba, escuchaba. Asentía o negaba con la cabeza y le ofrecía su atención cuando este la requería. Era tarde ya, el último cliente se había ido hacía rato y Quique continuaba allí, en la barra, acodado, en la misma disposición que el día anterior y el anterior y el anterior. Cualquiera que quisiera encontrar a nuestro protagonista esos días sólo tenía que dirigirse al bar a la misma hora y allí lo encontraría. Violeta estaba tendida, recordaba Quique, visualizaba Quique, tantas veces, a todas horas, envuelta en una maraña de cables, lívida, desfigurada por un tubo que penetraba en su boca como un puñal clavado hasta el fondo, completamente desnuda, expuesta como si de un animal enjaulado se tratara, totalmente dependiente de todos esos cables y tubos. Los ojos cerrados, las fosas nasales dilatadas, los brazos extendidos y atados a los laterales de la cama y el pitido y los ruidos de las máquinas que a ambos lados rompían el silencio que reinaba en esos momentos allí, en el box número cuatro. Dulce Violeta, tan sensual, tan graciosa, tan amiga, tan amante y mírate ahora, quizás luchando ¿contra qué?, la vida, la muerte. Le explicaste al camarero como viste tus llaves en su bolso, como te sorprendiste al verlas allí, no deberían haber estado allí, después de que te dieron sus pertenencias, su bolso y su cartera, la cual habían sacado para coger sus datos, las viste allí dentro. Te dijeron que tuvo un accidente con su coche, que una bicicleta se cruzó en su camino y tu mujer dio por lo visto, según testigos, un volantazo para evitarlo, para salvarle la vida a él, al ciclista que se quedó mirando, temblándole las piernas, casi sin poder tenerse en pie, boquiabierto y absorto. El coche volcó, dio cinco o seis vueltas sobre sí mismo y fue a parar contra un muro de contención. No lo creías creer, mientras te lo contaban mirabas los ojos de Violeta, sus párpados, su expresión anodina la cual podría ser la expresión de cualquiera, de una momia, de un muñeco, cuando nos quitan la voluntad, la conciencia, ¿qué nos queda?. Allí estaba Quique, con sus ojos llorosos, con sus ojeras y su mal cuerpo, había perdido seis kilos en tan solo dos semanas, mirando los ojos del camarero que confundía con los de ella, que hacía tan sólo dos semanas eran los de ella y ahora eran los del camarero y él tan destrozado. Las llaves,  si hubiera tenido mis llaves pero no, no las tenía y a lo mejor si…mejor ni pensarlo, esas cosas nunca se saben, no las controlamos, pensaba Quique mientras el camarero le servía su sexto whisky solo, sin agua, con tres hielos.

miércoles, 10 de junio de 2015

Ego


¿Qué vivir cuando todas las vidas son la misma? ¿Qué escribir cuando todas las historias se repiten? Uno se cae cuando ya se cayeron otros antes. Otros a su vez se levantan y se caen más tarde. El que se cayó primero se levantara después, el que se levantó primero se caerá después y así, la misma retahíla, el mismo cuento, las mismas vidas. Uno es lo que ya otros fueron, lo que otros son pero yo, egoísta individuo lo quiero todo para mí. Mi dolor, mi amor, mi felicidad, mi yo, mi café con leche y mi mujer, mis hijos y yo de nuevo. Mi dinero, mi casa, mi trabajo y mis vacaciones. Puro egoísmo. Nos creemos el centro del mundo cuando somos el mundo entero. El universo. No hay un yo, hay un todos. Soy el que entra a comprar el pan, pero también soy la que se va de vacaciones. No hay yo sin otros. No hay otros sin yo. Por eso lo que siente y piensa uno también es lo que pienso y siento yo. Complicado ser uno mismo cuando estamos repetidos, cuando parecemos productos de una cadena de montaje, cuando inmersos en este sistema corrompido dejamos que nos anulen, cuando nos ahogamos sin llegar a la orilla, sin intentar si quiera nadar para salvarnos. Egoístas. Por eso todas las historias ya están contadas, y todas las guerras y vidas. Por eso el que escribe  escribirá sin duda la misma historia cien veces contada, mil. Por eso somos tan poco originales. Vamos a la idiotización más absoluta. Nos quieren dormidos, entretenidos, pasmados para ellos, para los cuatro poderosos. Les conviene que nos peguemos entre nosotros, que nos matemos entre nosotros para ellos. Solo ellos. Y todo eso ocurre por lo mismo: Ego, yo. Y así nos va…y así nos seguirá yendo. Me voy a tomar mi primera cerveza.

martes, 9 de junio de 2015

Colores


Eran arrastrados de dos en dos. Al principio solo los requisaban de a uno. Lo cogían y se lo llevaban si era de color negro, y ya no lo volvías a ver. Nos lo arrancaban de las manos, de los brazos, de nuestras vidas tan de ellos también, porque ellos eran felices aquí, con nosotros. Pero ya se ve que el color…esas cosas tan aleatorias. No se puede hacer nada. Resignarnos. Lo más esconderlos, pero ya. Siempre lo encuentran a uno, tarde o temprano lo descubren y hasta luego, good bye, si te he visto no me acuerdo, llorar y etcétera, es así, esclavos de un sistema corrupto, viciado, analfabeto. Nos arrancan lo que sabemos nuestro, lo que tanto queremos porque el tiempo…Nos dijeron que los reuniéramos a todos, que los agrupáramos como si fueran granos de maíz o de centeno y que los metiéramos en una bolsa o caja. Que esperásemos así, que les facilitáramos la tarea, que fuéramos cómplices de este secuestro. Nos amenazaron con llevarnos a nosotros también, con quitarnos la casa, el trabajo, a nuestros hijos. Teníamos que hacerlo. Yo los miraba con los ojos de quien mira por última vez una puesta de sol y lo sabe, y porque lo sabe no se quiere ir y suplica en silencio o ruega en voz alta, pegando un grito, que se pare el tiempo, que los segundos se conviertan en horas, en días, pero al final te tienes que dar la vuelta porque ya es la hora, es tarde y procuras grabar esa última imagen, ese último reflejo, esa luz tan especial, tan bella y tan tuya pero que te arrebatan a la fuerza y ya nada, te quedas sin ellos. Y yo no quería eso, así que en vez de darme la vuelta, los cogí a los tres y después de besarlos, de mirarlos como miraba todos los días a Sixto, mi hijo, los envolví en un pañuelo y los enterré en el jardín, en una esquinita, para que nadie los viera, para que pasaran desapercibidos en esta primera batida.

Llegaron a las cinco, me preguntaron si tenía alguno y yo dije que no. Iban vestidos de uniforme, eran tres. Botas altas. Cuerpos recios. Altivos. Recuerdo que mi hijo jugaba con sus muñecos y de pronto dejó de hacerlo. Corrió detrás de mí, abrazándose a mis piernas mientras los tres gendarmes cruzaban la puerta y comenzaban el registro. Les pedí una orden pero no me contestaron, apenas hablaban. Solo uno de ellos asentía o negaba a mis preguntas con monosílabos, los otros dos buscaban como dos perros bien adiestrados por toda la casa, por todos los rincones. No encontraron nada. Les ofrecí de beber, no querían nada. Solo querían acabar. A saber cuántos registros llevaban ese día. Al principio estaba nerviosa. Pero solo al principio, quizás los dos primeros minutos, el tiempo suficiente para hacerme a la idea, para habituarme. Nunca habían registrado mi casa, nunca me habían registrado a mí, nunca había tenido un percance con la policía o el gobierno, así que era normal que lo estuviera. Era esta la primera vez y me sorprendí cuando logré serenarme. Habían dado unas órdenes exactas y yo las incumplía. Tres soldados venían directos a mi casa dispuestos a registrarla, a ponerla patas arriba, a sonsacarme información sin ningún tipo de escrúpulos o deferencia y yo logré sin embargo mantener la calma, no parecer muy nerviosa. Uno debe ser que se habitúa a una situación extrema y templa sus ánimos, como cuando no ves nada en la oscuridad de la noche y al poco tiempo, cuando tus pupilas se dilatan, comienzas a distinguir siluetas, formas, imágenes, a ver como por arte de magia.  El caso es que pasados dos minutos, interminables, eso sí, estaba medianamente tranquila. Les acompañaba  al principio rogándoles que no rompieran nada, que tuvieran cuidado, pero me di cuenta que eso era peor que no decir nada. Les dejé hacer. Tan callados, en ese silencio que reina en la noche de los desiertos o bosques tan lejanos y tan solitarios, que te incitan por si solos a temerlos, a tener un miedo que quizás tú no sabías o no creías que tenías o ibas a tener en esas circunstancias, pero que ahora, en medio de el, sí que tienes y crece en ti porque el silencio se te mete en la cabeza como un veneno del que te creías vacunado pero no. Solo de vez en cuando sus pasos, sobre todo sus pasos pero también el sollozo ahogado de tu hijo, yo tapándole la boca, no llores cariño que no es nada, el mover de muebles, el ruido de cajones abriéndose y cerrándose, sus respiraciones. Parecían máquinas. Eran máquinas sin escrúpulos registrándolo todo. Buscando. No sé cuánto tiempo pasó. Quizás veinte minutos, treinta. Se movían lento, al menos esa era mi sensación. Se movían con la seguridad y la parsimonia que da el saberse dueños de la situación, indestructibles, intocables. Cuando ya se iban, ni siquiera un hasta luego, un adiós, sólo una mirada de uno de ellos, quizás el jefe, el cabecilla que me miraba con sus ojos enrojecidos. Una mirada de desconfianza, de volveremos por aquí, de no me fio de ti bruja mala. Hay miradas que hablan por sí solas. Ahí sí que temblé, se me erizó el vello a la vez que cruzaban el umbral y se iban. La puerta aún estaba abierta mientras atravesaban el porche. Fui a cerrarla tras ellos y entonces fue cuando lo vi quieto, inmóvil en medio del jardín, yo con una mano en  el pomo y la otra en la boca, ahogando el grito que no pegué, el suspiro que me venía y que contuve dentro de mí. Las piernas me temblaban. Se estaba encendiendo un cigarrillo. Me di cuenta cuando vi el humo de las primeras caladas. Movía la cabeza de un lado al otro. Cuanto suplicio. Cuanta intriga. Los tenía enterrados a su izquierda, cerquita de donde ahora el funcionario se fumaba el cigarrillo tan tranquilo. Apenas cuatro metros. No podía dejar de mirarlo, vete ya, aléjate, sal de mi casa y no vuelvas. Giró la cabeza mirándome, intuyéndome aún allí, vigilante, desafiante, habían pasado cinco minutos. Tiró la colilla al suelo sin apartar sus ojos de los míos mientras con el tacón de su bota derecha aplastaba el cigarro y me sonreía para por fin irse, para alejarse por fin dejándome tranquila, observando como la silueta de los tres hombres se desvanecía como cuando te despiertas de un mal sueño.

He ganado tiempo, lo sé, pero también sé que volverán y que tendré que estar preparada. Esta situación es insufrible e inaceptable. Totalmente injustificada. Todos los bolígrafos deberían tener los mismos derechos. Que sean de color negro o rojo o azules es lo de menos. No permitiré que los traten así. Yo no. Es una caza en toda regla y resistiré hasta las últimas consecuencias. Hoy me compré otro en el mercado negro. Me costó caro pero alguien tiene que salvarlos.

domingo, 26 de abril de 2015

Nieve


Acariciaba con los ojos la nieve que como un gran monstruo inmenso me rodeaba por completo. Por todas partes nieve y gente. Esquiadores de fin de semana deslizándose por el manto blanco bajando las pistas en filas ordenadas.  Con los ojos entornados, de pie sobre mis esquís, paseaba la vista con un sosiego de vacaciones y días por delante con la paciencia y tranquilidad que no te dan las obligaciones. El no hacer nada o hacerlo todo. El tiempo allí arriba, en lo alto de la Sierra de Béjar era frío, con ventisca y niebla, desapacible por momentos, pero digamos que se podía estar y estábamos. La Covatilla. A veces el viento soplaba más de la cuenta y las diminutas partículas de nieve-polvo volaban entonces y se desplazaban por el aire como si alguien aburrido tirara confeti en una fiesta. De ahí los ojos entre cerrados, la mano haciendo visera para ver, para distinguir entre la gente. Frente a mí se elevaba una pista de la que no veía su final, ascendía a la cima de la montaña y se perdía entre las nubes que obcecadas no se movían de su sitio. Parecía una larga y sinuosa lengua de color blanco que descendiera del cielo traviesa y juguetona hasta llegar a mí, a donde yo estaba parado, dejándome atrapar por ella, mirándola, tan seductora. Entonces, mirando allí, al frente, abstraído, vi a un chico que aparecía abriéndose paso entre la bruma, rompiendo el velo de la niebla, montado sobre una tabla de Snow, que surfeaba sobre la nieve, zigzagueaba de lado a lado sin caerse, esquivando gente, casi chocándose pero no, recorriendo la pista completa hasta llegar a mí y situarse en paralelo con un derrape que lo colocaba pegado a mis esquís. Ya no miraba la nieve, ni la pista, ni a los esquiadores que como hormiguitas se empeñaban en hacer una cola para subir en el remonte que los elevará para bajar, y de nuevo otra vez la cola y el remonte. Mecanismo autónomo, cadena de montaje humana. Ahora miraba el rostro de aquel chico. Su pelo estaba mojado y despeinado pero ¿qué importaba? Me miraba de soslayo, agitando su cabeza de lado a lado, excitado, ansioso, divertido. Miraba a todos lados y a mí. Sudaba. Me hablaba y me contaba cosas sin parar. Expectante, feliz, ilusionado. Yo a penas entendía nada porque muchas veces no escuchamos, solo oímos. No comprendemos las palabras que se nos deslizan sin que las retengamos porque tan resbaladizas. Entonces era una de esas ocasiones. Lo oía hablar como oigo el repiqueteo de una lluvia o el ruido de la tele puesta de fondo. Pero sin embargo si veía y comprendía esa mirada con la que me observaba. Miradas que hablan y expresan lo que no pueden las palabras por si solas porque basta esa mirada, esos ojos mirándote. En ese momento, mirándolo a los ojos, mirándolo a él, comprendí que allí se encontraba la felicidad. Sólo había que mirarlo, observarlo. Estaba allí, en el brillo de los ojos de ese chico. Su alegría e ilusión, su felicidad y la mía concentrada en una sola mirada como si fuese un tarrito pequeño, estaba allí, para mí y para todo el que lo mirara en ese momento mágico, y entonces esquís y nieve y miradas, la vida. Era mi hermano.
MR

domingo, 19 de abril de 2015

Cartulinas...


La cartulina permanecía doblada a merced del viento y del aire. También de las patadas de los transeúntes y de los distintos infortunios que en esa calle pudiesen acontecer. No dependían de ella, y sin embargo podían alterar su posición y estado en la calzada. Ella simple cartulina blanca, rígida aunque endeble, doblada por la mitad, guardando quizás algún mensaje oculto que sólo quien es dueño o creador o ambas circunstancias a la vez conoce. Ahora ya perdida o no, a la espera de pudrirse o de los barrenderos que pasen mañana con sus escobas y sus cepillos, y de nuevo la calle limpia para ensuciarse otra vez y mañana de nuevo. El papel, que permanece indiferente pese a la gente tan ligera y tan corriendo sin percatarse de nada salvo del tengo que hacer y del tengo que llegar que no se me olvide, deambula como un velero al pairo, como si fuera resto de un naufragio movido por la marea y por las corrientes y por los vientos tan determinantes. Se cimbrea de lado a lado, se desplaza unos metros a la izquierda y a la derecha, después adelante y atrás, sin rumbo establecido, como una pluma a merced del viento. Aún no llovió, cosa buena, aunque en el ambiente se note la humedad acumulada y en el cielo se vean una gran cantidad de nubes que se agolpan por encima de los edificios, casi a punto de descargar a la señal de fuego a discreción. Así lleva tres días. Amagando lluvia. De momento solo hacen acto de presencia las rachas de viento, que aparecen de cuando en cuando, como jugando a esconderse. Un hombre mayor, alto, de pelo blanco y gabardina hasta las rodillas, con cara apergaminada y ojos entre cerrados, de gesto solemne y serio, pasa por encima del papel sin verlo desde luego, pero pisándolo. Su calzado es moderno, de suela de goma, y deja en la cartulina su seña, una huella para el recuerdo. El hombre sigue su camino y la cartulina que se queda en su sitio. Ahora una mujer joven de facciones agradables, suaves, de cara redonda y pelo largo, rubia, con anorak rojo y vaqueros, da una patada a la cartulina que es maltratada y pisada de nuevo. Ni siquiera se percata la chica. Ella sigue su camino de zombi como todos. Desde luego nuestra cartulina pasa desapercibida. Papel mojado. Ya la pisaron más veces. Ya la desplazaron más allá de donde estaba. ¿Quién dice que una cartulina no anda, no se desplaza? Esta ya recorrió casi una calle entera. Su color blanco roto se tornó gris y negro, con manchas sucias del trasiego. La cartulina que sigue su calvario. La veremos esquinada, apostada entre un bolardo de hierro y un papel de periódico, junto a la fachada de un edificio antiguo, quieta, arrugada. Al lado la calzada, los coches aparcados y la prisa de la gente. Las bocinas que suenan, las voces que se escuchan entremezcladas con el jaleo continuo de una mañana cualquiera. La suerte de ser una cartulina olvidada. El viento silba y chilla como un niño enrabietado. En ese momento un chico baja las escaleras de su casa. Esas escaleras son las que llevan al descansillo de un portal amplio, del siglo pasado, antiguo, desvencijado, de madera. Huele a humedad y a rancio. Cuando ese mismo chico abra la cancela y sobrepase la puerta y descienda el pequeño escalón hasta la acera, girará a la izquierda. Irá vestido informal, con suéter negro de cuello alto, pantalones beige de pinza, zapatos a la antigua y un maletín recolgando del hombro izquierdo, y se dispondrá a ir andando a su trabajo unas pocas manzanas más allá. Como siempre, irá mirando el suelo, con la cabeza gacha porque siempre fue así, porque siempre tuvo vergüenza de levantar la cabeza, de mirar a la cara, de mirar de frente, a los ojos. Su vida tan anodina, tan monótona y girar a la izquierda. Siempre igual. Cada día el mismo recorrido. Salir del portal, girar a la izquierda y caminar quince minutos recto hasta llegar a una plaza, después torcer a la derecha por una callejuela estrecha, más corta y abandonada que la principal, pero allí su trabajo, su oficina y fin, hasta mañana de nuevo. Ocho horas y vuelta. Come, saca al perro, vuelta a casa, quizás café con tu amigo y cenar, después dormir. Alguna película, a lo mejor algún libro. Novela barata. Monotonía y sueños. Así un día tras otro. Nuestro protagonista tan predecible, tan aburrido y sueños. Vive sólo en un apartamento. Ni siquiera necesita un compañero. Lo tuvo hace un tiempo y conflicto. Mejor vivir sólo con mi perro. Él sí que me entiende. No le gusta que nadie le moleste y por eso mejor sólo. Embutido siempre en sus pensamientos. Hombre de pocas palabras, sólo las justas o las menos, no se involucra con nadie. Es de esa clase de  personas a las que hay que sacarle o mejor arrancarle las palabras de cuajo. Hay que tirar de él para saber. Siempre tirar y a lo mejor. Nosotros sabemos porque es nuestro protagonista y lo conocemos. Se queda para si los conflictos, los problemas, las ambiciones y así, poco a poco, se le va llenando la cabeza de pensamientos baladíes, insustanciales, tóxicos que le hacen daño y se apoderan de él como si fueran sus dueños, como si fueran serpientes venenosas adueñándose de él, envenenándolo, llenándole la cabeza en una lucha continua contra él mismo. Una batalla casi diaria. Obsesionado con el amor, se ha leído todos los libros y visto todas las películas románticas que cayeron por sus manos. Las buenas y las malas. Todo con tal de entender, con tal de identificarse con el amante y bien. Soltero perpetuo, no por opción, sino por condición. Hace años tuvo una relación pero fracasó. Fueron pocos meses, sólo dos aunque suficientes para destruirse, para que se desmoronara su poca autoestima. Lo dejaron. Como un castillo de naipes, se vino abajo por completo, como arena fina resbalando entre sus dedos, escapándosele de las manos, incapaz de sostenerla, de parar la sangría cuando le dijeron que no le querían, que mejor cada uno por su lado, que habían conocido a otro. A partir de entonces decidió que no era digno de respetarse, de que lo respetasen y soledad. A partir de entonces ocho horas de oficina y paseos y quizás película o café con su amigo, sacar al perro. Su relación con las mujeres era nula, aunque siempre soñando, siempre dispuesto a enamorarse, siempre asomado a un resquicio de luz de entre la oscuridad de su ser. Miraba por ese resquicio como quien se asoma por una cerradura de cualquier puerta a hurtadillas y se imagina conociendo a muchas mujeres, y de entre todas esas mujeres, a su mujer soñada, a su mujer perfecta. Aquella que le escucha y comprende sin palabras, que le abrazaba y besa sin pedirlo, sin insinuarlo, sólo siendo uno con él. Sin definiciones. Podía imaginarse todos esos cuentos y se los creía. Era su vía de escape, era su secreto aunque silencio, no se lo confesaba a nadie. Por las noches, cada día, soñaba que unos largos brazos de mujer le acariciaban. Él tumbado en la cama, sin poder moverse aunque queriendo, petrificado, los ojos abiertos y esos brazos desnudos, al menos ocho, acariciándolo por todo el cuerpo, juguetones, lascivos, como tentáculos de un pulpo gigante que acabaran al fin estrangulándole como jugando, sin querer, en un juego tétrico que hacía que sudara, que respirara más rápido y se despertara sobresaltado. El sueño convertido en pesadilla. La pesadilla convertida en sueño cuando otros brazos lo rescataban después llevándoselo consigo, a salvo de todo peligro y por fin juntos, amada mía.

Antes de dar tres pasos, se percatará nuestro amigo de la cartulina. La verá reposando. Esperándola para él. Muy arrugada ya, y sucia, y casi rota, pero cartulina para él sin duda. Su curiosidad hará que se agache para verla, para preguntarse por qué y cogerla sin más. Nuestro amigo, después de echarle un somero vistazo, se la meterá en el bolsillo y continuará su camino hacia el trabajo. Aunque aún no lo sabrá, a partir de entonces su vida virará unos grados a estribor y cambiará de forma sustancial. Golpe de timón. Una serie de misterios y averiguaciones en torno a esa cartulina y su mensaje le mantendrán entretenido y expectante, casi enamorado a medida que pasé el tiempo y las pesquisas. Obsesionado. Se olvidará David, que así se llama nuestro protagonista, de la cartulina hasta después de comer, cuando sentado en su sofá de casa, casi tumbado, con la música resbalando por el salón muy tenue, casi insonora, como un hilo musical de sala de espera, con los ojos cerrados, medio dormido, en ese sopor de digestión y cuatro de la tarde, que se acuerde del papel y lo saque del bolsillo y lo desdoble y lo lea por fin, quedándose atónito de primeras. En letra a mano, con una caligrafía aparentemente femenina, muy estilizada, muy correcta, casi de imprenta, escrito a bolígrafo y en letras mayúsculas, en el centro de la cartulina pondrá…"Para ti, que te estuve buscando, tu admiradora”. ¿Para ti, que te estuve buscando, tu admiradora? Y nada más… ¿Qué querrá decir? ¿Casualidad el para mí? Pudo cogerla cualquier otra persona. Era un papel tirado en medio de la calle. Eso pensará David. Lo hará de pie, andando de lado a lado en el salón de su apartamento sin parar, impaciente. Cuando algo se le mete en la cabeza no para con ello, lo atrapa por completo. Irá también a la cocina y se le derramará la taza de café. Que torpe soy. Ya no podrá sacárselo de la cabeza. ¿Mi admiradora?, ¿Yo? Como un alud de nieve, el misterio de la cartulina arrasará con cualquier otro pensamiento. Ya sólo cartulina y admiradora. Esa noche le costará conciliar el sueño. Cerrará por supuesto los ojos, se relajará pero no podrá dormirse. Al menos no tan rápido. Como en la pantalla de un cine, se le aparecerá, rodeada de negro, una cartulina blanca. Y de la cartulina blanca, que es pequeña, saldrá primero una mano y después un brazo y el otro, lentamente, hasta que aparezca por completo,  una hermosa mujer desnuda. Como saliendo de una ventana abierta, gateando, arrastrándose, provocando a David, mirándole a él con unos ojos tan azules, tan azules y David en la butaca, moviéndose hacia él hasta ocupar todo el sueño, hasta taparlo todo y no puedo dormir.

Mientras tenemos a David intentando dormir, en otra parte de la ciudad, no muy lejos de allí, una chica joven se afana, sentada debajo de un flexo, en escribir un mensaje sobre una cartulina blanca. La tenemos en su casa y son las dos de la madrugada. La luz cónica del flexo iluminará la cartulina y formará sombras fantasmagóricas en la pared, grandes, deformadas, creando  una atmósfera de película de suspense o de miedo. Estará aún vestida con unos vaqueros y camiseta. Encorvada, echada hacia adelante, con el papel aún en blanco sobre el escritorio, con  las ideas bulléndole en la cabeza, será cuando comience a escribir. Lo hará despacio, con mucha calma, como hace siempre. Es esa clase de mujer que lo piensa todo mil veces. Lo  hago o no lo hago. Calculadora, fría. Se apartará un mechón de pelo que le estorba. Se morderá el labio inferior, juguetona. Se relamerá mientras escribe. Moverá inquieta los pies tamborileando el suelo como si quisiera echar a correr. Ella tan rubia, con la piel tan blanca y escribiendo para quien sabe quién. Ni ella misma lo sabe…o sí, si lo sabe. Para David. Para cualquier David. Divertida se ríe ahora, justo cuando termina de escribir, justo cuando pone punto y final, tu admiradora y besos. Doblará la cartulina por la mitad y se levantará para ir a dormir o intentarlo.

Ese mismo día, por la mañana, cuando David salió de su portal y giró a la izquierda y no dio ni tres pasos cuando se agachó a por la cartulina, ella estaba allí observándolo todo. Desde la acera de enfrente, como si fuera una cazadora furtiva, una niña que jugara al escondite, acechando a su presa, lo veía todo. No perdió de vista ni un instante  su cartulina. La dejó caer por la mañana temprano. Salió de su portal con ella en la mano. Caminó unos metros por la acera y la soltó con disimulo. Aflojó los dedos para que se perdiera, para perderla y ya veremos. Como quien lanza una botella al mar con un mensaje dentro. Allí quedó, en la calle, perdida pero no, vigilada. Vigilada por su dueña que cruzó la calzada y se quedó mirando. Podemos imaginárnosla entonces sentada en un velador. Ella tomando un café. Tranquila, expectante, coqueta.  En una de las mesitas redondas del café de enfrente de su casa. Ideal para vigilar tranquila. Con la mirada fija como quien sólo tiene ojos y atención y energías para una sola cosa, su cartulina. Sorberá el café sin apartar la vista de enfrente. Por encima sus ojos, tan azules como el atlántico, mirando la cartulina. Obsesionada verá como los peatones pasan de largo. Verá al caballero de la gabardina pisándola, a la chica del anorak rojo pateándola y a los demás individuos desplazándola. Se levantará cuando ya no la vea desde allí, cuando este fuera de su alcance. Andará unos metros hacia adelante. Siempre atenta a su cebo. Siempre mirando al frente. Quizás se apoye en una columna. Si, apoyada sobre su costado izquierdo, con las manos entrelazadas a la espalda y  las gafas de sol puestas, lo que acentuaba su aspecto detectivesco, vio como David se agachaba a por la cartulina, a por su cartulina, y como la guardaba en el bolsillo de su pantalón llevándosela consigo. Presa cazada pensó, y se dio media vuelta enigmática.

A la mañana siguiente, después de haber conseguido dormir unas pocas horas, David salió de su apartamento como siempre, como todos los días. El viento ese día era mayor, soplaba con más violencia y amenazaba lluvia. El cielo tenía unas tonalidades grises que no contribuían al buen humor. Las nubes se afanaban en tapar el sol y no dejarlo salir. Tan tímido y oculto detrás de la tempestad como yo, pensó David. Se armó con un paraguas por si acaso, y se caló un abrigo no muy gordo, marrón. Iba aún pensando en la cartulina. De hecho la llevaba consigo. Guardada en el bolsillo interior de la chaqueta, allí permanecía oculta como el sol ese día. A buen recaudo, como una estampita que le diera suerte y protegiera de los accidentes. Mirando al suelo, inmiscuido en sus pensamientos, ósea en el mensaje de la cartulina, avanzaba por la acera. Esquivaba a la gente que se interponía en su camino. El aire le arremolinaba el pelo, se lo despeinaba y le zarandeaba. Tenía que armarse de fuerza para avanzar. Se imaginaba entonces gobernando un navío en medio del mar que navegara a barlovento. A barlovento y la cartulina. El tráfico que aumentaba. Se inclinaba del lado que soplaba el viento. Atento como un buen vigía al suelo, al firme que pisaba, comenzó a notar las pequeñas gotas de lluvia en su cara. Iba a romper a llover. Veía impactar las gotas en el suelo como pequeños proyectiles lanzados desde el cielo, desde lo alto de una gran muralla. Cada vez caían con más fuerza y en mayor cantidad, con más violencia. Presuroso abrió el paraguas. Resguardado bajo ese débil parapeto continuaba su marcha, siempre mirando al suelo, siempre yendo hacia adelante, cuando veremos que se para de golpe. Planeando por su flanco derecho verá pasar nuestro amigo una mancha borrosa y blanca. La intuyó por el rabillo del ojo. Girará de inmediato la cabeza para percatarse de que demonios. Y correrá hacia atrás en busca suya hasta darle caza. Será surrealista verle correr tras aquello. Ya en su cabeza imaginará que otra cartulina, que otro mensaje y corriendo por si acaso. Unos chicos se le quedarán mirando atónitos. Soltarán una carcajada por lo cómico, mientras se meten en unos soportales.  Convencido de que se trata de otra cartulina, verá como se estampa contra una farola. El papel, está vez enfurruñado y húmedo ha ido a parar contra el poste de la farola y se mantiene suspendido. Empujado por el viento y la lluvia, permanece pegado a ella, sólo esperando a que David lo sujete y lo lea al instante, y se lo lleve después consigo bien guardado.

La misteriosa chica de los mensajes será testigo de cómo David recoge la cartulina. Lo hará estando de pie delante de la ventana de su apartamento (vive justo en esa calle), con una taza de té caliente en las manos y vestida únicamente con un camisón transparente de satén, que nos dejaría percatarnos, si estuviéramos allí para verlo, de sus diminutas y sexys braguitas azules debajo. Resguardada de la tormenta, pensará en el mensaje que esta vez escribió. “Te vi, te veo y te veré, tu admiradora que te desea, besos.” Escondida tras la cortina, de perfil, tan altiva y majestuosa como una Cleopatra, no perderá detalle alguno. Verá perfectamente a David deteniéndose de repente, como patidifuso, impactado por el vuelo de la cartulina. La llamada de su amada. Observará la reacción de este al coger la nota y leerla. Casi podrá intuir el azoramiento y los nervios de David. Los giros de cuello de este, mirando a todos lados, como buscando sin saber que buscar, desconcertado, de pie, empapado, calado hasta los ojos, el paraguas caído en el suelo y él con la cartulina desplegada en las manos y volviéndose loco muy lentamente, como si le inyectaran veneno en pequeñas dosis mediante aguijonazos pequeños. Ella siempre jugó a este juego, desde que era niña le gustaba dejar mensajes que alguien al azar encontraba y leía. Ahora no era menos. Ahora lo seguía haciendo. Se divertía de este modo y no paraba. La casualidad de toparse con un papel, con un mensaje. Dejaba el trabajo sucio a sus mensajes. Los utilizaba como sirvientes a su merced. Palabras que formaban frases que construían mensajes y esperar. Normalmente no continuaba con el juego. Normalmente sólo esperaba que alguien lo leyera y ya. Pero a veces, si le llamaba la atención el receptor, repetía y continuaba con la partida. Este parece que había sido el caso que nos atañe. Algo de David, quizás su arrebatadora timidez, había llamado la atención de nuestra jugadora. O quizás su físico o su manera de andar. O lo que fuera. Lo que estaba claro era que ya no pararía, y lo que estaba más claro aún era que David tampoco se detendría. Inoculado sin saber por una joven rubia, quizás aburrida de lo convencional, de lo cotidiano y por eso el juego, David pasó a jugar con ella sin ni siquiera saber que jugaba.

Miraba las dos cartulinas desplegadas sobre la mesa del salón. Sentado en una silla. Con el desayuno servido al lado. Absorto. Su caligrafía. Tan hermosa, tan sensual. El simple hecho de releerlas una y otra vez lo hipnotizaba. Le gustaba. Se las sabía de memoria. Como una marioneta estaba atrapado por las cartulinas. Imaginaba a una mujer de curvas sinuosas, atractiva, escribiendo para él. Desnuda en la cama, frente a él y te deseo. La forma en la que dibujaba la S, tan pronunciada, prolongando el lacito, alargándolo, retorciéndolo para que resultara más provocativo y tú. La redondez y el estilo de su caligrafía. Sin duda tenía que ser atractiva. Esa noche se durmió imaginándose con ella. Abrazándola. Escribió en un papel, bien en grande,”yo también te deseo”, y lo dejó sobre la mesilla. Al punto, sin poder conciliar el sueño, se incorporó y bruscamente, sin motivo aparente, estrujó el papel donde lo había escrito. A oscuras, simplemente con la luz de la luna asomando desde la ventana como testigo, una luz tenue  y débil, hizo una bola con el papel y lo tiró por la ventana. El papel cayó sin más. Estaba perdido. No podía saber. Únicamente dependía de la chica de las cartulinas y de la suerte. Dos días seguidos. ¿El destino? ¿Y si se acababa? ¿Y si ya no más cartulinas? Aunque no puede ser, ella lo dejo claro, te deseo y te veo. Seguro que mañana. Ahora procura dormir.

Nuestra jugadora esa mañana, mientras David está mirando las cartulinas desplegadas sobre su mesa, se vestirá despacio. Se colocará frente a un espejo. Lo tiene justo enfrente de su cama. Se desnudara lentamente. Se quedara un rato así, desnuda, admirándose, deseándose. Elegirá mientras tanto que ponerse para salir a la calle con el objetivo de tropezarse con David. Algo informal. Primero la ropa interior. Mientras se la coloque, se le escapará una sonrisa de buitre, pícara, esquinada. Pensará en David, del que aún ni siquiera sabe su nombre, pero sí que está totalmente desquiciado. Imaginará la cara que se le quedará cuando se crucen por la calle y se tropiecen. Ella lo pensó, lo ideó así. Me tropezaré con él y se me caerán los papeles.  Me dejaré la cartulina que él recogerá pero ya muy tarde, ya no estaré cerca. Lejos. Apartada y David con mi imagen fugaz, con mi imagen para volverlo más loco, para incrementar su deseo. Eso ocurrirá después. Ahora elegirá por fin blusa blanca con lunares negros y legins ajustados, con chaquetilla de lana para el frío. Se verá atractiva.  Antes de salir de casa se pintará los labios de rojo, se perfilará los ojos, las pestañas, y cojera la cartulina nueva que escribió por la noche “Pronto nos tendremos, un beso, tu admiradora”. La meterá entre varios papeles en una carpetilla y saldrá con ella bajo el brazo a la calle. Lista.

Por ahí llega, por ahí te veo, el chico de mis cartulinas, mi pareja de baile. Míralo. Nervioso como un niño. Tan ingenuo. Es tan adorable que me lo comería. Mirando el suelo. Siempre mirando el suelo. Más te vale que me veas, que alces la cabeza si quieres verme. Se ve que te tengo desquiciado. Hacía tiempo que no encontraba un jugador tan aprovechable, tan jugoso, y encima eres guapete. Busca. La esperanza es lo último que se pierde. ¿Me deseas verdad? Y eso que sólo leíste dos cartulinas, imagina si te hablo, si te beso. Caerías rendido a mí. Tú y yo. Ya te veo, pero sigues sin mirar adelante, sólo la acera, con el día tan bueno que hace. Este sol. Efectivamente el día había amanecido soleado. Las nubes habían desaparecido. Una tímida bruma húmeda y fría moría con los primeros rayos de sol que aún despuntaba bajo. La lluvia y el viento, con el inmenso aguacero que cayó el día anterior, ya sólo eran agua pasada, lo que facilitaba a nuestros protagonistas su primer encuentro.  

-          Huy, perdona.

 Lo dirá nuestra protagonista con voz quebrada, de niña buena una vez que se tropiecen. La carpeta se le desparramará por el suelo, los papeles desperdigados, y estando ambos agachados, se mirarán por primera vez a los ojos. Un segundo. Lo suficiente para que sepan. Se habrán agachado al instante, después del choque provocado por ella. Un choque premeditado, con el hombro izquierdo, lo suficientemente fuerte para el cometido que buscaba la chica, que los papeles cayeran y que él la mirara. Ahora estaban frente a frente, de cuclillas, con los papeles en la mano, mirándose a los ojos, alucinando él, firme ella, deseosa.

-          No te preocupes, la culpa es mía que no miro por donde voy.

 Una amplia sonrisa asomará de nuestra jugadora. Una sonrisa más amplia de lo normal que resaltará sus grandes mofletes. David también sonreirá, aunque de forma más leve y apartará además la mirada. No está acostumbrado a toparse con mujeres, a relacionarse con ellas y hablarlas. A que lo miren a los ojos como ahora lo estaban mirando. Tan profundo, tan intensamente que no lo soporta. Tiene que desviar la mirada. Ojos que exterminan. Miradas que matan, que enamoran. Se pone nervioso si esto ocurre, y ahora lo tenemos acuclillado frente a la chica que le escribe las cartulinas aunque el aún no lo sabe pero lo sabrá pronto. Es verdad que le sorprendió esa sonrisa tan grande. Los dientes tan blancos, la dentadura tan  perfecta y esos ojos azules. ¡Qué mirada!

-          Muchas gracias por ayudarme. Menos mal que hoy no llueve. Y la culpa es mía desde luego.

 David sentirá el roce de la mano de nuestra chica en el movimiento de recoger  los papeles esparcidos. La estará ayudado a ello. Será un leve roce, fortuito, casi inexistente pero suficiente para que la piel de David se estremezca, para que perciba una suavidad de manos cuidadas, finas, elegantes, tan cálidas que hagan que David imagine. Un solo segundo y la vida te puede cambiar. Tan inesperada, tan inaudita, tan impredecible. Uno nunca sabe lo que le pasará, con quien se cruzará, que le deparará a la vuelta de la esquina. Salir cinco minutos antes o después de casa, decidir ir aquí o allá, contestar o no a una llamada de teléfono, hablarle a una completa desconocida que se cruza contigo sólo porque te gusta, sólo porque le viste su mirada azul y te impactó…puede ser decisivo. Historias que se esfuman, que se van como por un sumidero y ya no vuelven. Historias tan frágiles que se desvanecen desde que te quedas callado y la chica de la mirada azul, tan guapa, tan ella que pudo ser y no, se cruza contigo y silencio. Entonces esa vida que te imaginaste por un momento y que quizás pudo ser desaparece, se hace trizas. Ni si quiera se hace trizas porque ni siquiera fue. Historias y vidas truncadas. ¿Y si la hubiera hablado? ¿Y si la hubiera parado y dicho todo lo que pensaba? Sus ojos…etcétera.

-          No fue nada. Y para nada fue tuya la culpa. No fue de nadie y punto...-

Ella se incorporará antes. Quedará de pie antes que David mientras este dice esas últimas palabras. En su mente estará divagando sobre las probabilidades y las vidas que se nos escapan, en el que pasaría si…pero no hace nada, solo estarse quieto, callado como una estatua que llevara siglos plantada sobre un altar, muda por completo, mientras verá de una forma velada, casi fantasmal, como la oportunidad se aleja poco a poco. Segundos que pasan. Tenía las palabras preparadas, elegidas que le diría pero ya demasiado tarde. Las oportunidades se esfuman, los trenes abandonan las estaciones rápido y quizá ya no vuelven más, se alejan para no volver, para desaparecer como desaparecen nuestros sueños al despertarnos. Escuchará el agradecimiento como amortiguado por una gruesa colchoneta y de sus labios, abiertos de admiración, emitirá un hasta luego tan frágil y delicado que solo lo escuchará él. La chica que ya se aleja y David que se yergue poco a poco viéndola ya lejana, el vaivén de sus andares perdiéndose entre la gente, esa mirada que ya no podrá olvidar porque era muy azul, muy intensa, porque en la madeja que son los recuerdos y los pensamientos, este percance se revolvió colocándose al frente y le hizo olvidarse por unos instantes de las cartulinas y sus mensajes.

Dando unas zancadas más amplias de lo normal, nuestra chica se aleja de David. Lo hace con firmeza, sin mirar atrás, con los labios apretados, la mirada fija al frente, más allá, mirando quizá al horizonte, a un punto que únicamente ella puede ver, porque solo ella conoce. Irá pensando en David y en su mirada huidiza. Atisbó sin duda sus grandes pestañas, su rubor de adolescente, su gentileza nerviosa y sus manos tan frías como el hielo cuando se rozaron. Se va riendo por dentro, ella también nerviosa, andando tan rápido que casi choca con una farola. Debe desaparecer antes que. Girará a la derecha por la primera bocacalle y ya. Le ha gustado el encuentro. Se ha divertido como una niña que tuviera todos los juguetes del mundo, como una princesa malvada que jugara con sus amigos. Ahora tiene la adrenalina al máximo, está segura de que él ya habrá descubierto la cartulina que se quedó tirada para que la viera, para que le impactara tanto como la forma en que lo miró. Abrió bien los ojos para ello, grandes, divertida, sin pestañear, a sabiendas, para que se quedara anonadado, para desarmarlo con sus armas de mujer. No se imaginará entonces lo que pasó en realidad y que solo nosotros sabemos, solo yo lo sé y os lo cuento. David vio la cartulina y leyó el mensaje casi temblando. Cuando lo acabó de leer no se lo creía. Tuvo que leerlo varias veces para creer. No puede ser pensó, es imposible. Que la chica de la mirada azul sea en realidad la chica de las cartulinas. “Pronto nos tendremos, un beso, tu admiradora”… “Pronto nos tendremos, un beso, tu admiradora”… Corriendo tras ella, David salió lanzado. Llevaba la cartulina en la mano, la cartera colgando, despeinado, veloz, esquivando a los pocos peatones que a esa hora recorrían la calle, hasta que llegó a la bocacalle por donde quizá giro o no, no estaba seguro. No la vio. Desaparecida. Perdida. Tan enigmática o más aún que antes. La chica de la mirada azul, de los grandes ojos, de las cartulinas. La misma chica con la que llevaba soñando dos noches, tres días seguidos, esa era ella y se había esfumado sin dejar rastro. Resollando se paró en seco, las manos apoyadas en las rodillas, doblado, recuperando el aire a consecuencia de la carrera, pensando en lo travieso del destino, en sus jugarretas, en lo rápido que puede cambiar todo.

Paula, que así se llama ella, desvelado por fin para alivio del lector ávido de información nominal de nuestra chica juguetona, se secaba con la toalla que tenía colgada del perchero cerca de la bañera. Se secaba el cuerpo después de una ducha relajante. Había estado pensando en David, en sus ojos, en todo lo que despertaba en ella sus deseos más carnales, más pasionales. Poseer a un chico tan tímido, tan vulnerable, tan impresionable. Hacerlo comprender, enseñarle, susurrarle al oído que por fin, que ya la tiene, que no temiera un rechazo, un portazo en las narices, que él era un hombre atractivo y ella una mujer deseable que estaba ahí con él, junto a él para protegerlo, para protegerse mutuamente, para amarse sin temores. En la ducha se había estado acariciando, los ojos cerrados, el agua cayendo, David allí, detrás de ella, besándola en el cuello, mordiéndole el lóbulo de la oreja, sutilmente, como pequeñas descargas eléctricas, como pequeños duendecillos recorriendo sus zonas más sensibles, estremeciéndose cuando imaginaba como David apartaba sus cabellos y hundía sus labios en ella, David descendiendo muy lentamente, con deliberada parsimonia, deleitándose en cada beso, en cada lametón que le surcaba la espalda hasta alcanzar zonas más delicadas. Las curvas naturales tan pronunciadas y peligrosas, el ruido ensordecedor del agua al caer sobre ella,  sobre la bañera y sus besos, sentir su calor en ella elevándose como una caldera a punto de estallar y David, y gemir y estallar al fin mientras notas tu mano pringada entre las piernas húmedas y mojadas y ya te relajas por fin...y David.

Ya tienes decidido que harás. Mañana lo esperarás en el mismo sitio que hoy y os iréis juntos. Ya no más cartulinas. Quizá no os digáis nada, no pronunciéis palabra alguna, pero os cogeréis de la mano fuerte, y os alejareis de allí veloces, ansiosos, decididos a la pasión, al desenfreno, dispuestos a resolver ese deseo que os ha ido creciendo a ambos, día a día, minuto a minuto, la incertidumbre de él, la impaciencia y lujuria de ti, tan traviesa, tan jodidamente deseable. Tu juego que llegó tan lejos, que llegará tan lejos y David. Mañana averiguaras su nombre después de teneros ambos, después de aprenderos de memoria los secretos de vuestros cuerpos, de vuestras pasiones. Él sobre ti, en la cama, las sábanas en el suelo, en alguna parte, tan lejos, las habréis arrancado de su sitio, la ropa tirada por el piso, la rebeca y el suéter en la entradita, los pantalones de ambos en el pasillo, los calcetines en la puerta del cuarto, la ropa interior junto a la cama, a un lado, y vuestros cuerpos encendidos e impresionados, fatigados ya por la gimnasia tan bien hecha, empapados de sudor, mirándoos entonces sin temores, fijamente mientras se os escapa una risita de complicidad por la situación, porque casi no os lo creéis, porque os cuesta imaginarlo pero si, estáis los dos juntos, David y Paula, tan diferentes y tan parecidos, tan apasionados y juntos al fin.

David le contará a Paula que la última noche ni durmió. Sólo veía su mirada azul, sus diminutas pecas que salpicaban su rostro y que ahora mientras le hablaba tan pegado, veía tan atractivas, tan sensuales, y ahora tan juntitos, cuerpo con cuerpo, abrazándose está vez si de verdad, estrechándose para ser, para sentirla, los mofletes inflados, la sonrisa regalada, los labios rojos y su mirada clavada en él. Una mirada de admiración, de por fin te tengo, de veneración mutua. Tan poco acostumbrado a mirar y ahora mírame, no aparto mis ojos de los tuyos, tan azules, tan preciosos que me recuerdan al diamante o al zafiro más brillante. Me has enamorado, me has subyugado y he caído rendido a ti y te doy las gracias de este modo, besándote en tus pecas, en cada una de ellas, aunque sean mil y nunca acabe, aunque nos tengamos que quedar aquí, perpetua dulce condena, mis besos y tus pecas, tu mirada y yo…Gracias Paula por jugar conmigo.