Y de repente te encuentras mirando una foto en
blanco y negro. El salón donde te encuentras está abarrotado, es medio día y el
sol brilla en lo alto penetrando a través de la ventana cubierta por unas
cortinas que parecieran un camisón de seda holgado que te cayera hasta los
pies. Es año nuevo, de hecho es el primer día de un nuevo año, el dos mil
quince. Estás sentado al calor de un brasero eléctrico entre dos familiares, tu
prima y tu tía, la hermana de tu madre. Al fondo más vidas y más movimiento.
Ellos no paran de hablar, de gritar, de contar las anécdotas que se cuentan en
estas reuniones de comida y bebidas y risas dónde pareciera que la felicidad se
hubiera perpetuado para siempre. Ya has comido y te has saciado de los diversos
platos que tu otra tía, la anfitriona, te ha colocado debajo de las narices y
de los que has tenido que elogiar por deferencia y porque eres muy cumplido.
Los hijos de los hijos de tus tías, de las dos, corretean por toda la casa sin
parar, con las ganas y los nervios que sólo se tienen cuando se es pequeño y lo
de permanecer sentado entorno a una mesa nos parece muy aburrido y muy absurdo.
En total somos quince. Tu hermano se ha quedado en casa durmiendo la mona. La
noche anterior fue muy dura. Las uvas, esas doce que delimitan un año de otro,
exigían fiesta y este se la dio. Ahora estás mirando fijamente el centro de la
mesa camilla dónde permaneces sentado. Lo miras como absorto sin mover un
músculo. Ves una pequeña cajita de hojalata rectangular. Has sido tú quien ha
ido a buscarla a otra habitación y la has colocado ahí. Sabías que podría haber
dentro. Tu tía te lo había insinuado antes. Te lo había dicho. Te lo había
ordenado. Ve a la habitación y tráete la caja con las fotos. ¿Qué fotos? Una
tras otra irán cayendo todas las fotos frente a mí, pensarás. Las veré muy
pronto. Me sentaré cómodamente en el sillón y estaré pendiente. Ahora una
lluvia, un torrente de fotografías antiguas cae frente a tus ojos. Un baile
vetusto y nostálgico que coges con tus manos, que ves con tus ojos pero que no
reconoces. Te cuesta ubicar esas fotos en el tiempo, en el espacio, como una
baraja de cartas pronto te abultan en las manos. Son personas anónimas al
primer golpe de vista, pero tremendamente familiares después, a los pocos
segundos cuando tu tía canta, ese es Manolo, esa es la abuela, ese es tal y ese
es cual. De repente comienzas a ver. Como el invidente que de un momento a otro
recupera la vista, identificas rasgos, miradas, rostros medio siglo más jóvenes
que te miran desde ese papel duro y firme que ha esperado todo ese tiempo para
que lo cogieras ahora. La voz de tu madre atraviesa la sala y predomina en
ella. La oyes lejana, como amortiguada por una densa niebla que ocupara el
salón. Se cruza con la de tu primo. Cuentan chistes o dicen tonterías que no
son tan tonterías, porque nada de lo que digan o puedan decir lo es. Se ríen. Y
de repente te encuentras mirando una foto en blanco y negro. Las voces, tus
tías, tus tíos, tus primos, todos desaparecen. Todos se han levantado, han
abierto la puerta y se han ido dejándote sólo con la foto. Una niña risueña,
pizpireta, mofletuda, diríamos que pícara, traviesa en definitiva, aparece
sentada sobre una mesita con mantel de cuadros. Su pierna derecha cruzada sobre
la izquierda deja al descubierto sus piernas desnudas al levantársele el
vestido blanco y de tirantes que lleva. Muy chica yeyé. El muñeco que sujeta
con la mano izquierda, elevándolo, colocado a la altura de su cara, parece una
mera marioneta en sí, a merced de las travesuras de la niña. Le presiona la
nariz con el dedo índice de la mano derecha. Se burla de él o se ríe con él o
de él. Se la ve feliz. Morena. Con el pelo liso, el flequillo recto y largo,
por encima de las cejas, a la moda de la época, dejando asomar sólo un poco la
frente. Una coleta se insinúa detrás recogiendo su pelo. Los ojos cerrados,
como dos líneas pintadas de negro, rectas y simpáticas, dos ranuritas pequeñas
que se describen como consecuencia de su sonrisa, la cual podría iluminar una
cueva oscura, de hecho ilumina la foto, tan de tonalidades grises, tan blanca y
negra. Es el centro de gravedad de la fotografía. Es el foco al que todos
miraron, miran y mirarán cuando se asoman a ella, como un diamante que brillara
en la negrura de un pozo. Los diminutos dientes y su pequeña nariz armonizan y
completan su redonda cara, su precioso rostro. Ves más allá, más profundo. Ves
en ella tu risa que ya has visto tantas veces y en tantos sitios. Sin duda esa
niña es tu madre. Lo piensas mientras contemplas sorprendido ese pliegue, esa
arruga que baja desde la nariz a la comisura de los labios levantándole los
mofletes. Esa característica es tuya. Esa forma de reír es tuya. Tuya y de
ella. De repente la reconoces en la foto. Giras la cabeza y allí está, la misma
risa, el mismo ánimo, la misma persona, tu madre en el salón, que entonces,
cuando alguien, quizás su padre, quizás su tío, le hizo la foto en esos años
sesenta ya pasados en los que aún no sabía que iba a tener un hijo y después
otro, que se iba a casar y ser feliz de ese modo. En ese momento te la imaginas
despreocupada, jugando con aquel muñeco con el que ya ningún niño juega, aquel
muñeco sepultado, enterrado y sustituido por otros muñecos y otros juegos más
modernos, y entonces es cuando piensas que cualquier tiempo pasado fue mejor,
pero que aquí estamos, vivitos y coleando. La máquina del tiempo no se para. La
máquina del tiempo arrasa con todo, se ríe de todos aunque alguien logre de
cuando en cuando arrancarle una pequeña mueca. Un diminuto resquicio de luz en
una persiana bajada. Las fotografías son eso. Pequeños resquicios de luz por
donde nos asomamos al pasado, ventanas abiertas a nuestro yo del pasado. Uno
queda atrapado en ellas. Atrapado en otro tiempo y en otra época. Inmóvil,
quieto, con la expresión que tengas en el preciso momento que otro alguien
presione un botón en una máquina fotográfica. Han pasado más de cincuenta años
y aquella niña risueña enmarcada en una cartulina de diez por cinco centímetros
ha sobrevivido a todo ese tiempo como quien sobrevive en un campo de
concentración, en una cárcel en la que el paso del tiempo no es paso ni es nada
porque todos los días y todas las horas y todos los lugares y espacios son
siempre los mismos. Ha sobrevivido, quizás encerrada en un cajón al fondo,
perdida de todo y de todos todo este tiempo hasta que alguien las encontró y
como un héroe las rescató a todas para deleite tuyo y añoranza de ella misma,
cuando después, más tarde la coja y exclame, ¡Esa soy yo!, delante de todos en
el salón, mientras por dentro quizás esté pensando en lo cruel del tiempo y la
maquinaria de la nostalgia y el romanticismo se le ponga a funcionar y se
emocione por dentro disimulando para que nadie se entere, para que nadie de la
sala se entere, para que sea su secreto, para que quede como algo íntimo que
nadie descubra de ella, pero que estará ahí, como el aire que respiramos y
nadie ve. Mientras piensas todo eso, allí estás, frente a tu madre que aún no
sabe que será tu madre, frente a una niña que podría ser cualquier niña pero
que no lo es, no es cualquiera, es aquella que te sacó de sus entrañas y que
quizás ya entonces llevaba algo tuyo dentro, aunque sin duda ella entonces no
lo sabía. Entonces era sólo una niña jugando con su muñeco.
"Reflexiones y relatos. Una mirada al abismo de la vida y sus profundidades. Una caída de cabeza y sin manos al vacío, de frente, sólo amortiguada por pluma y teclas."
lunes, 22 de junio de 2015
miércoles, 17 de junio de 2015
Imposible
Imposible ser dos cuando somos uno. Imposible no verte cuando no estás. Imposible dejar de saborearte y olerte y tocarte cuando somos uno solo. Tú en mí y el recuerdo de tu mirada, de la mía, los dos mirándonos sabiendo ya. Imposible no hablarte porque siempre me escuchas, siempre atenta a mis palabras y yo a las tuyas. Tú me hablas también. Te oigo susurrarme cuando me acurruco en la almohada, cuando me acuesto entre tinieblas en mi cuartito que es tan tuyo como mío, el nuestro. Me besas detrás del cuello, en la nuca y yo te dibujo en mis sueños, en mis recuerdos, te siento allí, tendida y abrazándome como antes hacías y ahora haces. Yo no giro la cabeza, no me muevo, ni siquiera abro los ojos, solo te siento allí, tus líneas tan perfectas, tan hondas, tus líneas que un día recorrí con mis dedos, como recorriendo una fresa madura y ahora abrazo porque tan a gusto. Imposible no quererte desde tus manos, desde tu boca, tus labios, tu cuerpo. Imposible ser dos cuando somos uno, y me despierto y me quedo mirándote aún dormida, aún en tu sueño que es el mío también porque uno, en el que quizás estés despierta y me miras igual que yo te miro a ti en el mío, en el tuyo, en el de los dos porque imposible ser dos cuando somos uno.
viernes, 12 de junio de 2015
Whisky
Un whisky solo, sin agua, con
tres hielos. Esa bebida una y otra vez, un día tras otro, pedida con el simple
gesto de dirigir su mirada, tan profunda y cansada, ojerosa, al camarero que ya
lo conocía de tantos días consecutivos, de tantas noches acodado a la barra del
bar bebiendo solo y pensando en ella, siempre en ella y hablar de ella y
callarse y pronunciar su nombre como balbuceando, como a regaña dientes, como
con miedo de y si me escucharan, pero ya todos lo sabían, todos la conocían,
ella, tan lejos y tan presente. Solo entrar por la puerta del bar y el camarero
comenzaba a preparar lo que ya sabía que no le iba a pedir, pero si sabía que quería, su whisky solo sin agua,
con tres hielos. Después del trabajo no tenía a donde ir, ¿meterse en su casa,
en ese cubículo que lo corrompía más aún, que lo carcomía, que lo destrozaba
por dentro? Las paredes en esa casa, en sus circunstancias, se nos vendrían
encima, por grande y amplia que sea su casa estamos seguros que las paredes se
moverían, cediendo a los deseos de autodestrucción de su inquilino y como digo,
irían aproximándose entre ellas, las paredes, hasta que casi podría uno
tocarlas con ambas manos a la vez, simplemente con poner los brazos estirados
en cruz. El techo en este caso también juega un papel importante. Iría cediendo
pero más lento, como con burla, muy sibilinamente, casi de forma imperceptible
para casi aplastarnos al cabo de un buen rato. Quizás uno se hubiera quedado
dormido y al despertarse tendría el techo a dos palmos de las narices y las
paredes a uno y no le quedaría otra que gritar o volver a dormirse, pero esta
vez para siempre o no. El caso que nuestro chico, no iba a casa después del
trabajo. Iba al bar donde le servían tan escrupulosamente su whisky y donde
además cerraban tarde dejándolo a uno tranquilo. Así desde aquel momento, desde
justo el día siguiente al suceso, a las circunstancias que lo cambiaron todo.
Él que tenía su vida planificada, sus horarios estructurados, su rutina tan
mecánica, tan seguro de todo y mira, todo al garete, todo se desmorona en un
instante, todo sucumbe y sobrepasa nuestras expectativas. No hay un mañana. Hay
un hoy, si me apuras un ahora. Pero para él claro que existía un mañana, lo
tenía muy bien aprendido, se lo habían enseñado desde pequeño. Siempre tan
correcto, tan formal, tan puntual y meticuloso. Se sacó la carrera a la
primera. Conoció a la que sería su mujer a la primera también. Obtuvo su
trabajo en el bufete a la primera, desde luego. Todo a la primera. Todo tan
rodado, tan perfecto, tan luna de miel que asustaba. Era muy de comida a las
tres y corre que me voy que a las cuatro y media tengo reunión. Era muy de
horarios, muy de reloj de pulsera. Decimos era porque parece que en los
sucesivos días al hecho traumático en cuestión, el cual aún ignoramos, nuestro
hombre rompió con todo, y sobre todo rompió con su plan de ruta, con las cartas
de navegación que llevaba siempre consigo. Los derroteros lo habían
traicionado. Y es que un derrotero no deja de ser un derrotero, un viaje
peligroso que hay que tomar y que nos puede sorprender, para bien o para mal.
No es cuestión aquí de mencionar grandes marinos pero digamos Ulises, digamos
Ahab, digamos Colón. Todos ellos obsesionados, todos ellos buscando, todos
ellos ansiando un deseo capaz de destruirlos. Una obsesión. ¿Y que es la vida
sino un derrotero? Nuestro hombre, llamémosle Quique por ejemplo, (desconozco
su verdadero nombre, aunque el lector aquí puede desde luego nombrarle como más
guste o apetezca), nuestro hombre decía, lo tenía todo, o creía tenerlo todo y
se quedó sin nada, o pensó que se quedó sin nada. En ese caso, en el que la
cabeza se te nubla, en el que tus movimientos físicos parecen sacados de una
película en cámara lenta o directamente de una película del espacio, comienzas
a pensar. Y pensar en semejantes condiciones es muy peligroso. Acostumbrado
como estaba a su plan de vida cuadriculado, a su mujer, esa dulce y encantadora
chica que lo esperaba todas las noches en casa, vestida siempre tan sensual,
tan para él, para su marido porque sabía que le gustaba así, que le gustaba que
lo recibiera así, le abría la puerta y en braguitas y sujetador, la mayoría de
las veces, cuanto más con una camiseta suya encima, de él, amplia, tan grande
que por las mangas se le insinuaban los pechos, sus pechos que tantas veces y
que tanto gustaba de besarlos, de succionarlos, acariciarlos porque su mujer,
tan sensual, tan suya, tan para siempre. Y ahora ya no. Ahora bar y whisky.
Ahora soledad y miedo. ¿Ahora quién lo esperaba después del trabajo? ¿Quién le
abría la puerta tan para él?, porque él tenía sus llaves pero no abría, llamaba
para que ella le abriera y verla, y besarla lo primero y después la cena que se
enfría, y quizás champan o vino tinto y jazz, el amor. Con el cuarto whisky
estas imágenes le bailaban en la cabeza. Ya llevaban deslizándose un buen rato,
de hecho siempre estaban ahí, su mujer, su piso, sus discos de jazz y el
portal, escurriéndose por su mente, casi sin permiso, quien lo necesita cuando
eres tú, todo eres tú, tus miedos, tus nostalgias, tus pensamientos, todo eres
tú y te engloba, eres todo eso y tus sentimientos. Y eres todas esas imágenes
que ahora te bailan en la cabeza porque un día…El portal donde la conociste,
tantas veces te cruzabas con ella que al final, al cabo de muchos holas, de
muchos buenos días, la acabaste por conocer, por ir formándote una imagen de
ella, tan siempre igual pero distinto. Esa primera sonrisa, esa es la que ve él
ahora que sorbe el whisky, el poco whisky que le queda, tengo que pedir otro,
el camarero ya lo sabe, ya me lo trae, esa sonrisa, tan de niña inocente,
limpia, sincera, no carcajada, sólo una leve mueca, suficiente para
engatusarme, un día tras otro hasta que le pides salir ya que tienes una fiesta
y hombre, si te gustaría acompañarme, sería un placer para mí. Y empiezas a
salir con ella, y cada vez te gusta más, y a ella le gustas tú porque mira que
chico tan responsable y que atento, pero que guapo. Y pasan los meses, los años,
y te quieres casar conmigo, como no me voy a querer casar contigo tonto, y
todos se ríen y os felicitan y te vitorean porque estás de rodillas delante de
todos en la cena de nochebuena con toda su familia delante, y tú pidiéndole
matrimonio con la cara roja de la vergüenza. Esos recuerdos que te martillean
la cabeza y que no puedes evitar. El camarero ya te ha servido el quinto whisky
y te ofrece una servilleta. Estás llorando con el rostro caído, sombrío,
triste, con los codos apoyados en la barra sujetándote la cabeza. Todo es tan
caótico, tan impredecible, tomamos por seguras tantas cosas que no son, que da
miedo, que asusta pensar que nada es para siempre, que todo pende de un hilo
que se puede romper en cualquier momento, que poco depende de ti pero sin
embargo. Sin embargo miramos tan adelante, tan seguros de donde pisamos que nos
sorprendemos cuando el suelo está resbaladizo, cuando ha llovido, cuando ha
tronado y el firme se embarra, se ensucia y nos manchamos. Nosotros que somos
tan limpios, que no podemos, que no osamos mancharnos, tan impolutos que
cualquier imprevisto nos desequilibra. Un día llegaste del trabajo y llamaste
como siempre hacías, como le gustaba hacer a Quique, y no le abrieron. Llamó
una segunda vez. Esperó. Estará en la ducha o en la terraza, lo mismo no oyó el
timbre. Tercera vez. Recuerdas entonces que pasaron cinco minutos, diez y no
abrían aún. Te llevas el vaso a la boca, tragas una buena cantidad de whisky
que te hace arder la garganta. Te comenzaste a impacientar. Nunca te había
pasado, si por lo menos tuvieras tus llaves, pero ese día no te las llevaste,
tan convencido de que te abrirían la puerta y hola cariño. Maldita sea.
Aporrearás la puerta entonces, darás vueltas sobre ti mismo, comenzarás a
ponerte nervioso. ¿Habrá ido a comprar? Imposible, todos los comercios ya han
cerrado. Una sombra de sospecha te comenzará a nublar la vista. Tranquilo.
Respira. Recuerdas como lo hiciste, imagina lector, que tú eres Quique, sacaste
el móvil y después de haberte calmado, te sentaste en las escaleras, sereno
aún, marcando el número de tu mujer, escuchando los tonos tan profundos, tan
largos y ninguna respuesta. Una segunda llamada porque y si en el bolso, y si
conduciendo. De nuevo los tonos, cuarto, cinco…Una voz de hombre te responde,
“Hola, ¿es usted el marido de Violeta? Soy el Doctor X y su mujer está hospitalizada,
etc.” Y tu vida que se desmorona, que se desparrama como una montaña de naipes
que se mantenía en pie gracias a un precario equilibrio como el de tu vida,
como el de mi vida y la vida de Quique. Un equilibrio que suponemos firme pero
que se tambalea, se cae, como esas
chabolas arrasadas por el viento o el agua, tan expuestas a todo, tan frágiles. Fuiste corriendo al hospital. Ibas pensando
en que le habrá pasado, lo mismo no será
nada pero ese tono, no te dijeron nada, no te tranquilizaron mucho, solo vente
en seguida que aquí la tenemos. Te hablaban como si tu mujer fuera un paquete,
un ser ya inerte que simplemente esperan que se lleven ya porque molesta y
necesitan la cama para otro. Mercancía. No, lo mismo no es nada, lo que pasa es
que soy un tremendista, siempre nos vamos a lo peor, a lo más trágico, a lo más
grave, siempre nos ponemos en lo peor porque qué se yo. ¿Una pulsión
sadomasoquista? El miedo que nos atenaza, el miedo a perderlo todo, a perder lo
que creemos tan inmutable, tan nuestro que no puede ser que desaparezca de un
minuto al siguiente. Todos los días iguales, levantarse temprano, ir a
trabajar, volver a casa para comer, irte de nuevo al trabajo y volver al hogar
donde te espera tu mujer. Un día tras otro. La vida de Quique tan regulada, tan
predecible y las llaves que se le olvidaron ese día. Ella había salido de casa
dispuesta a llevárselas a su trabajo. Lo intuyó cuando entró desesperado en el
hospital, subiendo los peldaños de dos en dos, recorriendo con la vista, como
un loco los rótulos donde indicaban los diferentes servicios. “Uci”, aquí es…Una
señora mayor, vestida con un pijama blanco, con aires de llevar muchas horas de
servicio, sin duda la enfermera, le dijo que la siguiera. Nadie hablaba, todos
estaban sumidos en un silencio atroz, un silencio que nadie se atrevía a
romper, un silencio pactado sin necesidad de palabras. ¿Qué decir en ese
momento? Las palabras sobran. Estaba en el lugar donde las dignidades se
pierden, donde todos deambulan disfrazados, escondidos tras aquellas máscaras,
esos gorros, pijamas horribles que despersonalizan a cualquiera. Hasta a él le
habían hecho ponerse una mascarilla, unos horribles patucos que al principio no
atinaba a colocarse bien, (estaba nervioso, impaciente) y un gorro como los que
se ponía Violeta cuando se metía en la ducha y no quería mojarse la cabeza. Se
sentía ridículo. Ridículo y destrozado. Ahora también se sentía ridículo y
destrozado bebiendo un vaso tras otro de whisky, solo, con la compañía del
camarero que escuchaba, que veía, que simplemente estaba atento a él y le
ofrecía su compañía. Hay que saber acompañar, no es fácil y no todos saben. El
camarero sabía. No hablaba, escuchaba. Asentía o negaba con la cabeza y le
ofrecía su atención cuando este la requería. Era tarde ya, el último cliente se
había ido hacía rato y Quique continuaba allí, en la barra, acodado, en la
misma disposición que el día anterior y el anterior y el anterior. Cualquiera
que quisiera encontrar a nuestro protagonista esos días sólo tenía que
dirigirse al bar a la misma hora y allí lo encontraría. Violeta estaba tendida,
recordaba Quique, visualizaba Quique, tantas veces, a todas horas, envuelta en
una maraña de cables, lívida, desfigurada por un tubo que penetraba en su boca
como un puñal clavado hasta el fondo, completamente desnuda, expuesta como si
de un animal enjaulado se tratara, totalmente dependiente de todos esos cables
y tubos. Los ojos cerrados, las fosas nasales dilatadas, los brazos extendidos
y atados a los laterales de la cama y el pitido y los ruidos de las máquinas
que a ambos lados rompían el silencio que reinaba en esos momentos allí, en el
box número cuatro. Dulce Violeta, tan sensual, tan graciosa, tan amiga, tan
amante y mírate ahora, quizás luchando ¿contra qué?, la vida, la muerte. Le
explicaste al camarero como viste tus llaves en su bolso, como te sorprendiste
al verlas allí, no deberían haber estado allí, después de que te dieron sus
pertenencias, su bolso y su cartera, la cual habían sacado para coger sus datos,
las viste allí dentro. Te dijeron que tuvo un accidente con su coche, que una
bicicleta se cruzó en su camino y tu mujer dio por lo visto, según testigos, un
volantazo para evitarlo, para salvarle la vida a él, al ciclista que se quedó
mirando, temblándole las piernas, casi sin poder tenerse en pie, boquiabierto y
absorto. El coche volcó, dio cinco o seis vueltas sobre sí mismo y fue a parar
contra un muro de contención. No lo creías creer, mientras te lo contaban
mirabas los ojos de Violeta, sus párpados, su expresión anodina la cual podría
ser la expresión de cualquiera, de una momia, de un muñeco, cuando nos quitan
la voluntad, la conciencia, ¿qué nos queda?. Allí estaba Quique, con sus ojos
llorosos, con sus ojeras y su mal cuerpo, había perdido seis kilos en tan solo
dos semanas, mirando los ojos del camarero que confundía con los de ella, que
hacía tan sólo dos semanas eran los de ella y ahora eran los del camarero y él
tan destrozado. Las llaves, si hubiera
tenido mis llaves pero no, no las tenía y a lo mejor si…mejor ni pensarlo, esas
cosas nunca se saben, no las controlamos, pensaba Quique mientras el camarero
le servía su sexto whisky solo, sin agua, con tres hielos.
miércoles, 10 de junio de 2015
Ego
¿Qué vivir cuando todas las vidas
son la misma? ¿Qué escribir cuando todas las historias se repiten? Uno se cae
cuando ya se cayeron otros antes. Otros a su vez se levantan y se caen más
tarde. El que se cayó primero se levantara después, el que se levantó primero
se caerá después y así, la misma retahíla, el mismo cuento, las mismas vidas. Uno
es lo que ya otros fueron, lo que otros son pero yo, egoísta individuo lo
quiero todo para mí. Mi dolor, mi amor, mi felicidad, mi yo, mi café con leche
y mi mujer, mis hijos y yo de nuevo. Mi dinero, mi casa, mi trabajo y mis
vacaciones. Puro egoísmo. Nos creemos el centro del mundo cuando somos el mundo
entero. El universo. No hay un yo, hay un todos. Soy el que entra a comprar el
pan, pero también soy la que se va de vacaciones. No hay yo sin otros. No hay
otros sin yo. Por eso lo que siente y piensa uno también es lo que pienso y
siento yo. Complicado ser uno mismo cuando estamos repetidos, cuando parecemos
productos de una cadena de montaje, cuando inmersos en este sistema corrompido
dejamos que nos anulen, cuando nos ahogamos sin llegar a la orilla, sin
intentar si quiera nadar para salvarnos. Egoístas. Por eso todas las historias
ya están contadas, y todas las guerras y vidas. Por eso el que escribe escribirá sin duda la misma historia cien
veces contada, mil. Por eso somos tan poco originales. Vamos a la idiotización
más absoluta. Nos quieren dormidos, entretenidos, pasmados para ellos, para los
cuatro poderosos. Les conviene que nos peguemos entre nosotros, que nos matemos
entre nosotros para ellos. Solo ellos. Y todo eso ocurre por lo mismo: Ego, yo.
Y así nos va…y así nos seguirá yendo. Me voy a tomar mi primera cerveza.
martes, 9 de junio de 2015
Colores
Eran arrastrados de dos en dos.
Al principio solo los requisaban de a uno. Lo cogían y se lo llevaban si era de
color negro, y ya no lo volvías a ver. Nos lo arrancaban de las manos, de los
brazos, de nuestras vidas tan de ellos también, porque ellos eran felices aquí,
con nosotros. Pero ya se ve que el color…esas cosas tan aleatorias. No se puede
hacer nada. Resignarnos. Lo más esconderlos, pero ya. Siempre lo encuentran a
uno, tarde o temprano lo descubren y hasta luego, good bye, si te he visto no
me acuerdo, llorar y etcétera, es así, esclavos de un sistema corrupto,
viciado, analfabeto. Nos arrancan lo que sabemos nuestro, lo que tanto queremos
porque el tiempo…Nos dijeron que los reuniéramos a todos, que los agrupáramos
como si fueran granos de maíz o de centeno y que los metiéramos en una bolsa o
caja. Que esperásemos así, que les facilitáramos la tarea, que fuéramos cómplices
de este secuestro. Nos amenazaron con llevarnos a nosotros también, con
quitarnos la casa, el trabajo, a nuestros hijos. Teníamos que hacerlo. Yo los
miraba con los ojos de quien mira por última vez una puesta de sol y lo sabe, y
porque lo sabe no se quiere ir y suplica en silencio o ruega en voz alta,
pegando un grito, que se pare el tiempo, que los segundos se conviertan en
horas, en días, pero al final te tienes que dar la vuelta porque ya es la hora,
es tarde y procuras grabar esa última imagen, ese último reflejo, esa luz tan
especial, tan bella y tan tuya pero que te arrebatan a la fuerza y ya nada, te
quedas sin ellos. Y yo no quería eso, así que en vez de darme la vuelta, los
cogí a los tres y después de besarlos, de mirarlos como miraba todos los días a
Sixto, mi hijo, los envolví en un pañuelo y los enterré en el jardín, en una
esquinita, para que nadie los viera, para que pasaran desapercibidos en esta
primera batida.
Llegaron a las cinco, me
preguntaron si tenía alguno y yo dije que no. Iban vestidos de uniforme, eran
tres. Botas altas. Cuerpos recios. Altivos. Recuerdo que mi hijo jugaba con sus
muñecos y de pronto dejó de hacerlo. Corrió detrás de mí, abrazándose a mis
piernas mientras los tres gendarmes cruzaban la puerta y comenzaban el
registro. Les pedí una orden pero no me contestaron, apenas hablaban. Solo uno
de ellos asentía o negaba a mis preguntas con monosílabos, los otros dos
buscaban como dos perros bien adiestrados por toda la casa, por todos los
rincones. No encontraron nada. Les ofrecí de beber, no querían nada. Solo
querían acabar. A saber cuántos registros llevaban ese día. Al principio estaba
nerviosa. Pero solo al principio, quizás los dos primeros minutos, el tiempo
suficiente para hacerme a la idea, para habituarme. Nunca habían registrado mi
casa, nunca me habían registrado a mí, nunca había tenido un percance con la policía
o el gobierno, así que era normal que lo estuviera. Era esta la primera vez y
me sorprendí cuando logré serenarme. Habían dado unas órdenes exactas y yo las
incumplía. Tres soldados venían directos a mi casa dispuestos a registrarla, a
ponerla patas arriba, a sonsacarme información sin ningún tipo de escrúpulos o
deferencia y yo logré sin embargo mantener la calma, no parecer muy nerviosa.
Uno debe ser que se habitúa a una situación extrema y templa sus ánimos, como
cuando no ves nada en la oscuridad de la noche y al poco tiempo, cuando tus
pupilas se dilatan, comienzas a distinguir siluetas, formas, imágenes, a ver
como por arte de magia. El caso es que
pasados dos minutos, interminables, eso sí, estaba medianamente tranquila. Les
acompañaba al principio rogándoles que
no rompieran nada, que tuvieran cuidado, pero me di cuenta que eso era peor que
no decir nada. Les dejé hacer. Tan callados, en ese silencio que reina en la
noche de los desiertos o bosques tan lejanos y tan solitarios, que te incitan
por si solos a temerlos, a tener un miedo que quizás tú no sabías o no creías
que tenías o ibas a tener en esas circunstancias, pero que ahora, en medio de
el, sí que tienes y crece en ti porque el silencio se te mete en la cabeza como
un veneno del que te creías vacunado pero no. Solo de vez en cuando sus pasos,
sobre todo sus pasos pero también el sollozo ahogado de tu hijo, yo tapándole
la boca, no llores cariño que no es nada, el mover de muebles, el ruido de
cajones abriéndose y cerrándose, sus respiraciones. Parecían máquinas. Eran
máquinas sin escrúpulos registrándolo todo. Buscando. No sé cuánto tiempo pasó.
Quizás veinte minutos, treinta. Se movían lento, al menos esa era mi sensación.
Se movían con la seguridad y la parsimonia que da el saberse dueños de la
situación, indestructibles, intocables. Cuando ya se iban, ni siquiera un hasta
luego, un adiós, sólo una mirada de uno de ellos, quizás el jefe, el cabecilla
que me miraba con sus ojos enrojecidos. Una mirada de desconfianza, de
volveremos por aquí, de no me fio de ti bruja mala. Hay miradas que hablan por sí
solas. Ahí sí que temblé, se me erizó el vello a la vez que cruzaban el umbral
y se iban. La puerta aún estaba abierta mientras atravesaban el porche. Fui a
cerrarla tras ellos y entonces fue cuando lo vi quieto, inmóvil en medio del
jardín, yo con una mano en el pomo y la
otra en la boca, ahogando el grito que no pegué, el suspiro que me venía y que
contuve dentro de mí. Las piernas me temblaban. Se estaba encendiendo un
cigarrillo. Me di cuenta cuando vi el humo de las primeras caladas. Movía la
cabeza de un lado al otro. Cuanto suplicio. Cuanta intriga. Los tenía
enterrados a su izquierda, cerquita de donde ahora el funcionario se fumaba el
cigarrillo tan tranquilo. Apenas cuatro metros. No podía dejar de mirarlo, vete
ya, aléjate, sal de mi casa y no vuelvas. Giró la cabeza mirándome, intuyéndome
aún allí, vigilante, desafiante, habían pasado cinco minutos. Tiró la colilla
al suelo sin apartar sus ojos de los míos mientras con el tacón de su bota
derecha aplastaba el cigarro y me sonreía para por fin irse, para alejarse por
fin dejándome tranquila, observando como la silueta de los tres hombres se desvanecía
como cuando te despiertas de un mal sueño.
He ganado tiempo, lo sé, pero
también sé que volverán y que tendré que estar preparada. Esta situación es
insufrible e inaceptable. Totalmente injustificada. Todos los bolígrafos
deberían tener los mismos derechos. Que sean de color negro o rojo o azules es
lo de menos. No permitiré que los traten así. Yo no. Es una caza en toda regla
y resistiré hasta las últimas consecuencias. Hoy me compré otro en el mercado
negro. Me costó caro pero alguien tiene que salvarlos.
domingo, 26 de abril de 2015
Nieve
Acariciaba con los
ojos la nieve que como un gran monstruo inmenso me rodeaba por completo. Por
todas partes nieve y gente. Esquiadores de fin de semana deslizándose por el
manto blanco bajando las pistas en filas ordenadas. Con los ojos entornados, de pie sobre mis
esquís, paseaba la vista con un sosiego de vacaciones y días por delante con la
paciencia y tranquilidad que no te dan las obligaciones. El no hacer nada o
hacerlo todo. El tiempo allí arriba, en lo alto de la Sierra de Béjar era frío,
con ventisca y niebla, desapacible por momentos, pero digamos que se podía estar
y estábamos. La Covatilla. A veces el viento soplaba más de la cuenta y las
diminutas partículas de nieve-polvo volaban entonces y se desplazaban por el
aire como si alguien aburrido tirara confeti en una fiesta. De ahí los ojos
entre cerrados, la mano haciendo visera para ver, para distinguir entre la gente.
Frente a mí se elevaba una pista de la que no veía su final, ascendía a la cima
de la montaña y se perdía entre las nubes que obcecadas no se movían de su
sitio. Parecía una larga y sinuosa lengua de color blanco que descendiera del
cielo traviesa y juguetona hasta llegar a mí, a donde yo estaba parado,
dejándome atrapar por ella, mirándola, tan seductora. Entonces, mirando allí,
al frente, abstraído, vi a un chico que aparecía abriéndose paso entre la bruma,
rompiendo el velo de la niebla, montado sobre una tabla de Snow, que surfeaba
sobre la nieve, zigzagueaba de lado a lado sin caerse, esquivando gente, casi
chocándose pero no, recorriendo la pista completa hasta llegar a mí y situarse
en paralelo con un derrape que lo colocaba pegado a mis esquís. Ya no miraba la
nieve, ni la pista, ni a los esquiadores que como hormiguitas se empeñaban en
hacer una cola para subir en el remonte que los elevará para bajar, y de nuevo
otra vez la cola y el remonte. Mecanismo autónomo, cadena de montaje humana.
Ahora miraba el rostro de aquel chico. Su pelo estaba mojado y despeinado pero
¿qué importaba? Me miraba de soslayo, agitando su cabeza de lado a lado,
excitado, ansioso, divertido. Miraba a todos lados y a mí. Sudaba. Me hablaba y
me contaba cosas sin parar. Expectante, feliz, ilusionado. Yo a penas entendía
nada porque muchas veces no escuchamos, solo oímos. No comprendemos las
palabras que se nos deslizan sin que las retengamos porque tan resbaladizas.
Entonces era una de esas ocasiones. Lo oía hablar como oigo el repiqueteo de
una lluvia o el ruido de la tele puesta de fondo. Pero sin embargo si veía y
comprendía esa mirada con la que me observaba. Miradas que hablan y expresan lo
que no pueden las palabras por si solas porque basta esa mirada, esos ojos mirándote.
En ese momento, mirándolo a los ojos, mirándolo a él, comprendí que allí se
encontraba la felicidad. Sólo había que mirarlo, observarlo. Estaba allí, en el
brillo de los ojos de ese chico. Su alegría e ilusión, su felicidad y la mía
concentrada en una sola mirada como si fuese un tarrito pequeño, estaba allí,
para mí y para todo el que lo mirara en ese momento mágico, y entonces esquís y
nieve y miradas, la vida. Era mi hermano.
MR
domingo, 19 de abril de 2015
Cartulinas...
La cartulina
permanecía doblada a merced del viento y del aire. También de las patadas de
los transeúntes y de los distintos infortunios que en esa calle pudiesen
acontecer. No dependían de ella, y sin embargo podían alterar su posición y
estado en la calzada. Ella simple cartulina blanca, rígida aunque endeble,
doblada por la mitad, guardando quizás algún mensaje oculto que sólo quien es
dueño o creador o ambas circunstancias a la vez conoce. Ahora ya perdida o no,
a la espera de pudrirse o de los barrenderos que pasen mañana con sus escobas y
sus cepillos, y de nuevo la calle limpia para ensuciarse otra vez y mañana de
nuevo. El papel, que permanece indiferente pese a la gente tan ligera y tan
corriendo sin percatarse de nada salvo del tengo que hacer y del tengo que
llegar que no se me olvide, deambula como un velero al pairo, como si fuera
resto de un naufragio movido por la marea y por las corrientes y por los
vientos tan determinantes. Se cimbrea de lado a lado, se desplaza unos metros a
la izquierda y a la derecha, después adelante y atrás, sin rumbo establecido,
como una pluma a merced del viento. Aún no llovió, cosa buena, aunque en el
ambiente se note la humedad acumulada y en el cielo se vean una gran cantidad
de nubes que se agolpan por encima de los edificios, casi a punto de descargar
a la señal de fuego a discreción. Así lleva tres días. Amagando lluvia. De
momento solo hacen acto de presencia las rachas de viento, que aparecen de
cuando en cuando, como jugando a esconderse. Un hombre mayor, alto, de pelo
blanco y gabardina hasta las rodillas, con cara apergaminada y ojos entre
cerrados, de gesto solemne y serio, pasa por encima del papel sin verlo desde
luego, pero pisándolo. Su calzado es moderno, de suela de goma, y deja en la
cartulina su seña, una huella para el recuerdo. El hombre sigue su camino y la
cartulina que se queda en su sitio. Ahora una mujer joven de facciones
agradables, suaves, de cara redonda y pelo largo, rubia, con anorak rojo y
vaqueros, da una patada a la cartulina que es maltratada y pisada de nuevo. Ni
siquiera se percata la chica. Ella sigue su camino de zombi como todos. Desde
luego nuestra cartulina pasa desapercibida. Papel mojado. Ya la pisaron más
veces. Ya la desplazaron más allá de donde estaba. ¿Quién dice que una
cartulina no anda, no se desplaza? Esta ya recorrió casi una calle entera. Su
color blanco roto se tornó gris y negro, con manchas sucias del trasiego. La cartulina
que sigue su calvario. La veremos esquinada, apostada entre un bolardo de hierro
y un papel de periódico, junto a la fachada de un edificio antiguo, quieta,
arrugada. Al lado la calzada, los coches aparcados y la prisa de la gente. Las
bocinas que suenan, las voces que se escuchan entremezcladas con el jaleo
continuo de una mañana cualquiera. La suerte de ser una cartulina olvidada. El
viento silba y chilla como un niño enrabietado. En ese momento un chico baja
las escaleras de su casa. Esas escaleras son las que llevan al descansillo de
un portal amplio, del siglo pasado, antiguo, desvencijado, de madera. Huele a
humedad y a rancio. Cuando ese mismo chico abra la cancela y sobrepase la
puerta y descienda el pequeño escalón hasta la acera, girará a la izquierda.
Irá vestido informal, con suéter negro de cuello alto, pantalones beige de
pinza, zapatos a la antigua y un maletín recolgando del hombro izquierdo, y se
dispondrá a ir andando a su trabajo unas pocas manzanas más allá. Como siempre,
irá mirando el suelo, con la cabeza gacha porque siempre fue así, porque
siempre tuvo vergüenza de levantar la cabeza, de mirar a la cara, de mirar de
frente, a los ojos. Su vida tan anodina, tan monótona y girar a la izquierda.
Siempre igual. Cada día el mismo recorrido. Salir del portal, girar a la
izquierda y caminar quince minutos recto hasta llegar a una plaza, después
torcer a la derecha por una callejuela estrecha, más corta y abandonada que la
principal, pero allí su trabajo, su oficina y fin, hasta mañana de nuevo. Ocho
horas y vuelta. Come, saca al perro, vuelta a casa, quizás café con tu amigo y
cenar, después dormir. Alguna película, a lo mejor algún libro. Novela barata.
Monotonía y sueños. Así un día tras otro. Nuestro protagonista tan predecible,
tan aburrido y sueños. Vive sólo en un apartamento. Ni siquiera necesita un
compañero. Lo tuvo hace un tiempo y conflicto. Mejor vivir sólo con mi perro.
Él sí que me entiende. No le gusta que nadie le moleste y por eso mejor sólo.
Embutido siempre en sus pensamientos. Hombre de pocas palabras, sólo las justas
o las menos, no se involucra con nadie. Es de esa clase de personas a las que hay que sacarle o mejor arrancarle
las palabras de cuajo. Hay que tirar de él para saber. Siempre tirar y a lo
mejor. Nosotros sabemos porque es nuestro protagonista y lo conocemos. Se queda
para si los conflictos, los problemas, las ambiciones y así, poco a poco, se le
va llenando la cabeza de pensamientos baladíes, insustanciales, tóxicos que le
hacen daño y se apoderan de él como si fueran sus dueños, como si fueran
serpientes venenosas adueñándose de él, envenenándolo, llenándole la cabeza en
una lucha continua contra él mismo. Una batalla casi diaria. Obsesionado con el
amor, se ha leído todos los libros y visto todas las películas románticas que
cayeron por sus manos. Las buenas y las malas. Todo con tal de entender, con
tal de identificarse con el amante y bien. Soltero perpetuo, no por opción,
sino por condición. Hace años tuvo una relación pero fracasó. Fueron pocos
meses, sólo dos aunque suficientes para destruirse, para que se desmoronara su
poca autoestima. Lo dejaron. Como un castillo de naipes, se vino abajo por
completo, como arena fina resbalando entre sus dedos, escapándosele de las
manos, incapaz de sostenerla, de parar la sangría cuando le dijeron que no le
querían, que mejor cada uno por su lado, que habían conocido a otro. A partir
de entonces decidió que no era digno de respetarse, de que lo respetasen y
soledad. A partir de entonces ocho horas de oficina y paseos y quizás película
o café con su amigo, sacar al perro. Su relación con las mujeres era nula,
aunque siempre soñando, siempre dispuesto a enamorarse, siempre asomado a un
resquicio de luz de entre la oscuridad de su ser. Miraba por ese resquicio como
quien se asoma por una cerradura de cualquier puerta a hurtadillas y se imagina
conociendo a muchas mujeres, y de entre todas esas mujeres, a su mujer soñada,
a su mujer perfecta. Aquella que le escucha y comprende sin palabras, que le
abrazaba y besa sin pedirlo, sin insinuarlo, sólo siendo uno con él. Sin
definiciones. Podía imaginarse todos esos cuentos y se los creía. Era su vía de
escape, era su secreto aunque silencio, no se lo confesaba a nadie. Por las
noches, cada día, soñaba que unos largos brazos de mujer le acariciaban. Él
tumbado en la cama, sin poder moverse aunque queriendo, petrificado, los ojos
abiertos y esos brazos desnudos, al menos ocho, acariciándolo por todo el
cuerpo, juguetones, lascivos, como tentáculos de un pulpo gigante que acabaran
al fin estrangulándole como jugando, sin querer, en un juego tétrico que hacía que
sudara, que respirara más rápido y se despertara sobresaltado. El sueño
convertido en pesadilla. La pesadilla convertida en sueño cuando otros brazos
lo rescataban después llevándoselo consigo, a salvo de todo peligro y por fin
juntos, amada mía.
Antes de dar tres
pasos, se percatará nuestro amigo de la cartulina. La verá reposando.
Esperándola para él. Muy arrugada ya, y sucia, y casi rota, pero cartulina para
él sin duda. Su curiosidad hará que se agache para verla, para preguntarse por
qué y cogerla sin más. Nuestro amigo, después de echarle un somero vistazo, se
la meterá en el bolsillo y continuará su camino hacia el trabajo. Aunque aún no
lo sabrá, a partir de entonces su vida virará unos grados a estribor y cambiará
de forma sustancial. Golpe de timón. Una serie de misterios y averiguaciones en
torno a esa cartulina y su mensaje le mantendrán entretenido y expectante, casi
enamorado a medida que pasé el tiempo y las pesquisas. Obsesionado. Se olvidará
David, que así se llama nuestro protagonista, de la cartulina hasta después de
comer, cuando sentado en su sofá de casa, casi tumbado, con la música
resbalando por el salón muy tenue, casi insonora, como un hilo musical de sala
de espera, con los ojos cerrados, medio dormido, en ese sopor de digestión y
cuatro de la tarde, que se acuerde del papel y lo saque del bolsillo y lo
desdoble y lo lea por fin, quedándose atónito de primeras. En letra a mano, con
una caligrafía aparentemente femenina, muy estilizada, muy correcta, casi de
imprenta, escrito a bolígrafo y en letras mayúsculas, en el centro de la
cartulina pondrá…"Para ti, que te estuve buscando, tu admiradora”. ¿Para
ti, que te estuve buscando, tu admiradora? Y nada más… ¿Qué querrá decir? ¿Casualidad
el para mí? Pudo cogerla cualquier otra persona. Era un papel tirado en medio
de la calle. Eso pensará David. Lo hará de pie, andando de lado a lado en el
salón de su apartamento sin parar, impaciente. Cuando algo se le mete en la
cabeza no para con ello, lo atrapa por completo. Irá también a la cocina y se
le derramará la taza de café. Que torpe soy. Ya no podrá sacárselo de la
cabeza. ¿Mi admiradora?, ¿Yo? Como un alud de nieve, el misterio de la
cartulina arrasará con cualquier otro pensamiento. Ya sólo cartulina y
admiradora. Esa noche le costará conciliar el sueño. Cerrará por supuesto los
ojos, se relajará pero no podrá dormirse. Al menos no tan rápido. Como en la
pantalla de un cine, se le aparecerá, rodeada de negro, una cartulina blanca. Y
de la cartulina blanca, que es pequeña, saldrá primero una mano y después un
brazo y el otro, lentamente, hasta que aparezca por completo, una hermosa mujer desnuda. Como saliendo de
una ventana abierta, gateando, arrastrándose, provocando a David, mirándole a
él con unos ojos tan azules, tan azules y David en la butaca, moviéndose hacia
él hasta ocupar todo el sueño, hasta taparlo todo y no puedo dormir.
Mientras tenemos a
David intentando dormir, en otra parte de la ciudad, no muy lejos de allí, una
chica joven se afana, sentada debajo de un flexo, en escribir un mensaje sobre una
cartulina blanca. La tenemos en su casa y son las dos de la madrugada. La luz
cónica del flexo iluminará la cartulina y formará sombras fantasmagóricas en la
pared, grandes, deformadas, creando una
atmósfera de película de suspense o de miedo. Estará aún vestida con unos vaqueros
y camiseta. Encorvada, echada hacia adelante, con el papel aún en blanco sobre
el escritorio, con las ideas bulléndole
en la cabeza, será cuando comience a escribir. Lo hará despacio, con mucha
calma, como hace siempre. Es esa clase de mujer que lo piensa todo mil veces.
Lo hago o no lo hago. Calculadora, fría.
Se apartará un mechón de pelo que le estorba. Se morderá el labio inferior,
juguetona. Se relamerá mientras escribe. Moverá inquieta los pies tamborileando
el suelo como si quisiera echar a correr. Ella tan rubia, con la piel tan
blanca y escribiendo para quien sabe quién. Ni ella misma lo sabe…o sí, si lo
sabe. Para David. Para cualquier David. Divertida se ríe ahora, justo cuando
termina de escribir, justo cuando pone punto y final, tu admiradora y besos.
Doblará la cartulina por la mitad y se levantará para ir a dormir o intentarlo.
Ese mismo día, por
la mañana, cuando David salió de su portal y giró a la izquierda y no dio ni
tres pasos cuando se agachó a por la cartulina, ella estaba allí observándolo
todo. Desde la acera de enfrente, como si fuera una cazadora furtiva, una niña
que jugara al escondite, acechando a su presa, lo veía todo. No perdió de vista
ni un instante su cartulina. La dejó
caer por la mañana temprano. Salió de su portal con ella en la mano. Caminó
unos metros por la acera y la soltó con disimulo. Aflojó los dedos para que se
perdiera, para perderla y ya veremos. Como quien lanza una botella al mar con
un mensaje dentro. Allí quedó, en la calle, perdida pero no, vigilada. Vigilada
por su dueña que cruzó la calzada y se quedó mirando. Podemos imaginárnosla
entonces sentada en un velador. Ella tomando un café. Tranquila, expectante,
coqueta. En una de las mesitas redondas
del café de enfrente de su casa. Ideal para vigilar tranquila. Con la mirada
fija como quien sólo tiene ojos y atención y energías para una sola cosa, su
cartulina. Sorberá el café sin apartar la vista de enfrente. Por encima sus
ojos, tan azules como el atlántico, mirando la cartulina. Obsesionada verá como
los peatones pasan de largo. Verá al caballero de la gabardina pisándola, a la
chica del anorak rojo pateándola y a los demás individuos desplazándola. Se
levantará cuando ya no la vea desde allí, cuando este fuera de su alcance.
Andará unos metros hacia adelante. Siempre atenta a su cebo. Siempre mirando al
frente. Quizás se apoye en una columna. Si, apoyada sobre su costado izquierdo,
con las manos entrelazadas a la espalda y las gafas de sol puestas, lo que acentuaba su
aspecto detectivesco, vio como David se agachaba a por la cartulina, a por su
cartulina, y como la guardaba en el bolsillo de su pantalón llevándosela consigo.
Presa cazada pensó, y se dio media vuelta enigmática.
A la mañana
siguiente, después de haber conseguido dormir unas pocas horas, David salió de
su apartamento como siempre, como todos los días. El viento ese día era mayor,
soplaba con más violencia y amenazaba lluvia. El cielo tenía unas tonalidades
grises que no contribuían al buen humor. Las nubes se afanaban en tapar el sol
y no dejarlo salir. Tan tímido y oculto detrás de la tempestad como yo, pensó
David. Se armó con un paraguas por si acaso, y se caló un abrigo no muy gordo,
marrón. Iba aún pensando en la cartulina. De hecho la llevaba consigo. Guardada
en el bolsillo interior de la chaqueta, allí permanecía oculta como el sol ese
día. A buen recaudo, como una estampita que le diera suerte y protegiera de los
accidentes. Mirando al suelo, inmiscuido en sus pensamientos, ósea en el
mensaje de la cartulina, avanzaba por la acera. Esquivaba a la gente que se
interponía en su camino. El aire le arremolinaba el pelo, se lo despeinaba y le
zarandeaba. Tenía que armarse de fuerza para avanzar. Se imaginaba entonces
gobernando un navío en medio del mar que navegara a barlovento. A barlovento y
la cartulina. El tráfico que aumentaba. Se inclinaba del lado que soplaba el
viento. Atento como un buen vigía al suelo, al firme que pisaba, comenzó a
notar las pequeñas gotas de lluvia en su cara. Iba a romper a llover. Veía
impactar las gotas en el suelo como pequeños proyectiles lanzados desde el
cielo, desde lo alto de una gran muralla. Cada vez caían con más fuerza y en
mayor cantidad, con más violencia. Presuroso abrió el paraguas. Resguardado
bajo ese débil parapeto continuaba su marcha, siempre mirando al suelo, siempre
yendo hacia adelante, cuando veremos que se para de golpe. Planeando por su
flanco derecho verá pasar nuestro amigo una mancha borrosa y blanca. La intuyó
por el rabillo del ojo. Girará de inmediato la cabeza para percatarse de que
demonios. Y correrá hacia atrás en busca suya hasta darle caza. Será
surrealista verle correr tras aquello. Ya en su cabeza imaginará que otra cartulina,
que otro mensaje y corriendo por si acaso. Unos chicos se le quedarán mirando
atónitos. Soltarán una carcajada por lo cómico, mientras se meten en unos
soportales. Convencido de que se trata de
otra cartulina, verá como se estampa contra una farola. El papel, está vez
enfurruñado y húmedo ha ido a parar contra el poste de la farola y se mantiene
suspendido. Empujado por el viento y la lluvia, permanece pegado a ella, sólo
esperando a que David lo sujete y lo lea al instante, y se lo lleve después
consigo bien guardado.
La misteriosa chica
de los mensajes será testigo de cómo David recoge la cartulina. Lo hará estando
de pie delante de la ventana de su apartamento (vive justo en esa calle), con
una taza de té caliente en las manos y vestida únicamente con un camisón
transparente de satén, que nos dejaría percatarnos, si estuviéramos allí para
verlo, de sus diminutas y sexys braguitas azules debajo. Resguardada de la
tormenta, pensará en el mensaje que esta vez escribió. “Te vi, te veo y te
veré, tu admiradora que te desea, besos.” Escondida tras la cortina, de perfil,
tan altiva y majestuosa como una Cleopatra, no perderá detalle alguno. Verá
perfectamente a David deteniéndose de repente, como patidifuso, impactado por
el vuelo de la cartulina. La llamada de su amada. Observará la reacción de este
al coger la nota y leerla. Casi podrá intuir el azoramiento y los nervios de
David. Los giros de cuello de este, mirando a todos lados, como buscando sin
saber que buscar, desconcertado, de pie, empapado, calado hasta los ojos, el
paraguas caído en el suelo y él con la cartulina desplegada en las manos y
volviéndose loco muy lentamente, como si le inyectaran veneno en pequeñas dosis
mediante aguijonazos pequeños. Ella siempre jugó a este juego, desde que era
niña le gustaba dejar mensajes que alguien al azar encontraba y leía. Ahora no
era menos. Ahora lo seguía haciendo. Se divertía de este modo y no paraba. La
casualidad de toparse con un papel, con un mensaje. Dejaba el trabajo sucio a
sus mensajes. Los utilizaba como sirvientes a su merced. Palabras que formaban
frases que construían mensajes y esperar. Normalmente no continuaba con el
juego. Normalmente sólo esperaba que alguien lo leyera y ya. Pero a veces, si
le llamaba la atención el receptor, repetía y continuaba con la partida. Este
parece que había sido el caso que nos atañe. Algo de David, quizás su
arrebatadora timidez, había llamado la atención de nuestra jugadora. O quizás
su físico o su manera de andar. O lo que fuera. Lo que estaba claro era que ya
no pararía, y lo que estaba más claro aún era que David tampoco se detendría.
Inoculado sin saber por una joven rubia, quizás aburrida de lo convencional, de
lo cotidiano y por eso el juego, David pasó a jugar con ella sin ni siquiera
saber que jugaba.
Miraba las dos
cartulinas desplegadas sobre la mesa del salón. Sentado en una silla. Con el
desayuno servido al lado. Absorto. Su caligrafía. Tan hermosa, tan sensual. El
simple hecho de releerlas una y otra vez lo hipnotizaba. Le gustaba. Se las
sabía de memoria. Como una marioneta estaba atrapado por las cartulinas.
Imaginaba a una mujer de curvas sinuosas, atractiva, escribiendo para él.
Desnuda en la cama, frente a él y te deseo. La forma en la que dibujaba la S,
tan pronunciada, prolongando el lacito, alargándolo, retorciéndolo para que
resultara más provocativo y tú. La redondez y el estilo de su caligrafía. Sin
duda tenía que ser atractiva. Esa noche se durmió imaginándose con ella.
Abrazándola. Escribió en un papel, bien en grande,”yo también te deseo”, y lo
dejó sobre la mesilla. Al punto, sin poder conciliar el sueño, se incorporó y
bruscamente, sin motivo aparente, estrujó el papel donde lo había escrito. A
oscuras, simplemente con la luz de la luna asomando desde la ventana como
testigo, una luz tenue y débil, hizo una
bola con el papel y lo tiró por la ventana. El papel cayó sin más. Estaba
perdido. No podía saber. Únicamente dependía de la chica de las cartulinas y de
la suerte. Dos días seguidos. ¿El destino? ¿Y si se acababa? ¿Y si ya no más
cartulinas? Aunque no puede ser, ella lo dejo claro, te deseo y te veo. Seguro
que mañana. Ahora procura dormir.
Nuestra jugadora
esa mañana, mientras David está mirando las cartulinas desplegadas sobre su
mesa, se vestirá despacio. Se colocará frente a un espejo. Lo tiene justo
enfrente de su cama. Se desnudara lentamente. Se quedara un rato así, desnuda,
admirándose, deseándose. Elegirá mientras tanto que ponerse para salir a la
calle con el objetivo de tropezarse con David. Algo informal. Primero la ropa
interior. Mientras se la coloque, se le escapará una sonrisa de buitre, pícara,
esquinada. Pensará en David, del que aún ni siquiera sabe su nombre, pero sí
que está totalmente desquiciado. Imaginará la cara que se le quedará cuando se
crucen por la calle y se tropiecen. Ella lo pensó, lo ideó así. Me tropezaré
con él y se me caerán los papeles. Me
dejaré la cartulina que él recogerá pero ya muy tarde, ya no estaré cerca.
Lejos. Apartada y David con mi imagen fugaz, con mi imagen para volverlo más
loco, para incrementar su deseo. Eso ocurrirá después. Ahora elegirá por fin
blusa blanca con lunares negros y legins ajustados, con chaquetilla de lana
para el frío. Se verá atractiva. Antes
de salir de casa se pintará los labios de rojo, se perfilará los ojos, las
pestañas, y cojera la cartulina nueva que escribió por la noche “Pronto nos
tendremos, un beso, tu admiradora”. La meterá entre varios papeles en una
carpetilla y saldrá con ella bajo el brazo a la calle. Lista.
Por ahí llega, por
ahí te veo, el chico de mis cartulinas, mi pareja de baile. Míralo. Nervioso
como un niño. Tan ingenuo. Es tan adorable que me lo comería. Mirando el suelo.
Siempre mirando el suelo. Más te vale que me veas, que alces la cabeza si
quieres verme. Se ve que te tengo desquiciado. Hacía tiempo que no encontraba
un jugador tan aprovechable, tan jugoso, y encima eres guapete. Busca. La
esperanza es lo último que se pierde. ¿Me deseas verdad? Y eso que sólo leíste
dos cartulinas, imagina si te hablo, si te beso. Caerías rendido a mí. Tú y yo.
Ya te veo, pero sigues sin mirar adelante, sólo la acera, con el día tan bueno
que hace. Este sol. Efectivamente el día había amanecido soleado. Las nubes
habían desaparecido. Una tímida bruma húmeda y fría moría con los primeros
rayos de sol que aún despuntaba bajo. La lluvia y el viento, con el inmenso
aguacero que cayó el día anterior, ya sólo eran agua pasada, lo que facilitaba
a nuestros protagonistas su primer encuentro.
-
Huy, perdona.
Lo dirá nuestra protagonista con voz quebrada,
de niña buena una vez que se tropiecen. La carpeta se le desparramará por el
suelo, los papeles desperdigados, y estando ambos agachados, se mirarán por
primera vez a los ojos. Un segundo. Lo suficiente para que sepan. Se habrán
agachado al instante, después del choque provocado por ella. Un choque premeditado,
con el hombro izquierdo, lo suficientemente fuerte para el cometido que buscaba
la chica, que los papeles cayeran y que él la mirara. Ahora estaban frente a
frente, de cuclillas, con los papeles en la mano, mirándose a los ojos,
alucinando él, firme ella, deseosa.
-
No te preocupes, la culpa es mía
que no miro por donde voy.
Una amplia sonrisa asomará de nuestra
jugadora. Una sonrisa más amplia de lo normal que resaltará sus grandes
mofletes. David también sonreirá, aunque de forma más leve y apartará además la
mirada. No está acostumbrado a toparse con mujeres, a relacionarse con ellas y
hablarlas. A que lo miren a los ojos como ahora lo estaban mirando. Tan
profundo, tan intensamente que no lo soporta. Tiene que desviar la mirada. Ojos
que exterminan. Miradas que matan, que enamoran. Se pone nervioso si esto ocurre,
y ahora lo tenemos acuclillado frente a la chica que le escribe las cartulinas aunque
el aún no lo sabe pero lo sabrá pronto. Es verdad que le sorprendió esa sonrisa
tan grande. Los dientes tan blancos, la dentadura tan perfecta y esos ojos azules. ¡Qué mirada!
-
Muchas gracias por ayudarme. Menos
mal que hoy no llueve. Y la culpa es mía desde luego.
David sentirá el roce de la mano de nuestra
chica en el movimiento de recoger los
papeles esparcidos. La estará ayudado a ello. Será un leve roce, fortuito, casi
inexistente pero suficiente para que la piel de David se estremezca, para que
perciba una suavidad de manos cuidadas, finas, elegantes, tan cálidas que hagan
que David imagine. Un solo segundo y la vida te puede cambiar. Tan inesperada,
tan inaudita, tan impredecible. Uno nunca sabe lo que le pasará, con quien se
cruzará, que le deparará a la vuelta de la esquina. Salir cinco minutos antes o
después de casa, decidir ir aquí o allá, contestar o no a una llamada de
teléfono, hablarle a una completa desconocida que se cruza contigo sólo porque
te gusta, sólo porque le viste su mirada azul y te impactó…puede ser decisivo.
Historias que se esfuman, que se van como por un sumidero y ya no vuelven.
Historias tan frágiles que se desvanecen desde que te quedas callado y la chica
de la mirada azul, tan guapa, tan ella que pudo ser y no, se cruza contigo y
silencio. Entonces esa vida que te imaginaste por un momento y que quizás pudo
ser desaparece, se hace trizas. Ni si quiera se hace trizas porque ni siquiera
fue. Historias y vidas truncadas. ¿Y si la hubiera hablado? ¿Y si la hubiera
parado y dicho todo lo que pensaba? Sus ojos…etcétera.
-
No fue nada. Y para nada fue tuya
la culpa. No fue de nadie y punto...-
Ella se
incorporará antes. Quedará de pie antes que David mientras este dice esas
últimas palabras. En su mente estará divagando sobre las probabilidades y las
vidas que se nos escapan, en el que pasaría si…pero no hace nada, solo estarse
quieto, callado como una estatua que llevara siglos plantada sobre un altar,
muda por completo, mientras verá de una forma velada, casi fantasmal, como la
oportunidad se aleja poco a poco. Segundos que pasan. Tenía las palabras preparadas,
elegidas que le diría pero ya demasiado tarde. Las oportunidades se esfuman,
los trenes abandonan las estaciones rápido y quizá ya no vuelven más, se alejan
para no volver, para desaparecer como desaparecen nuestros sueños al
despertarnos. Escuchará el agradecimiento como amortiguado por una gruesa
colchoneta y de sus labios, abiertos de admiración, emitirá un hasta luego tan
frágil y delicado que solo lo escuchará él. La chica que ya se aleja y David
que se yergue poco a poco viéndola ya lejana, el vaivén de sus andares
perdiéndose entre la gente, esa mirada que ya no podrá olvidar porque era muy
azul, muy intensa, porque en la madeja que son los recuerdos y los pensamientos,
este percance se revolvió colocándose al frente y le hizo olvidarse por unos
instantes de las cartulinas y sus mensajes.
Dando unas
zancadas más amplias de lo normal, nuestra chica se aleja de David. Lo hace con
firmeza, sin mirar atrás, con los labios apretados, la mirada fija al frente,
más allá, mirando quizá al horizonte, a un punto que únicamente ella puede ver,
porque solo ella conoce. Irá pensando en David y en su mirada huidiza. Atisbó
sin duda sus grandes pestañas, su rubor de adolescente, su gentileza nerviosa y
sus manos tan frías como el hielo cuando se rozaron. Se va riendo por dentro,
ella también nerviosa, andando tan rápido que casi choca con una farola. Debe
desaparecer antes que. Girará a la derecha por la primera bocacalle y ya. Le ha
gustado el encuentro. Se ha divertido como una niña que tuviera todos los
juguetes del mundo, como una princesa malvada que jugara con sus amigos. Ahora
tiene la adrenalina al máximo, está segura de que él ya habrá descubierto la
cartulina que se quedó tirada para que la viera, para que le impactara tanto
como la forma en que lo miró. Abrió bien los ojos para ello, grandes,
divertida, sin pestañear, a sabiendas, para que se quedara anonadado, para
desarmarlo con sus armas de mujer. No se imaginará entonces lo que pasó en
realidad y que solo nosotros sabemos, solo yo lo sé y os lo cuento. David vio
la cartulina y leyó el mensaje casi temblando. Cuando lo acabó de leer no se lo
creía. Tuvo que leerlo varias veces para creer. No puede ser pensó, es
imposible. Que la chica de la mirada azul sea en realidad la chica de las cartulinas.
“Pronto nos tendremos, un beso, tu admiradora”… “Pronto nos tendremos, un beso,
tu admiradora”… Corriendo tras ella, David salió lanzado. Llevaba la cartulina
en la mano, la cartera colgando, despeinado, veloz, esquivando a los pocos
peatones que a esa hora recorrían la calle, hasta que llegó a la bocacalle por
donde quizá giro o no, no estaba seguro. No la vio. Desaparecida. Perdida. Tan
enigmática o más aún que antes. La chica de la mirada azul, de los grandes
ojos, de las cartulinas. La misma chica con la que llevaba soñando dos noches,
tres días seguidos, esa era ella y se había esfumado sin dejar rastro.
Resollando se paró en seco, las manos apoyadas en las rodillas, doblado,
recuperando el aire a consecuencia de la carrera, pensando en lo travieso del
destino, en sus jugarretas, en lo rápido que puede cambiar todo.
Paula, que así se
llama ella, desvelado por fin para alivio del lector ávido de información
nominal de nuestra chica juguetona, se secaba con la toalla que tenía colgada
del perchero cerca de la bañera. Se secaba el cuerpo después de una ducha relajante.
Había estado pensando en David, en sus ojos, en todo lo que despertaba en ella
sus deseos más carnales, más pasionales. Poseer a un chico tan tímido, tan
vulnerable, tan impresionable. Hacerlo comprender, enseñarle, susurrarle al
oído que por fin, que ya la tiene, que no temiera un rechazo, un portazo en las
narices, que él era un hombre atractivo y ella una mujer deseable que estaba
ahí con él, junto a él para protegerlo, para protegerse mutuamente, para amarse
sin temores. En la ducha se había estado acariciando, los ojos cerrados, el
agua cayendo, David allí, detrás de ella, besándola en el cuello, mordiéndole
el lóbulo de la oreja, sutilmente, como pequeñas descargas eléctricas, como
pequeños duendecillos recorriendo sus zonas más sensibles, estremeciéndose cuando
imaginaba como David apartaba sus cabellos y hundía sus labios en ella, David
descendiendo muy lentamente, con deliberada parsimonia, deleitándose en cada
beso, en cada lametón que le surcaba la espalda hasta alcanzar zonas más
delicadas. Las curvas naturales tan pronunciadas y peligrosas, el ruido
ensordecedor del agua al caer sobre ella, sobre la bañera y sus besos, sentir su calor
en ella elevándose como una caldera a punto de estallar y David, y gemir y
estallar al fin mientras notas tu mano pringada entre las piernas húmedas y
mojadas y ya te relajas por fin...y David.
Ya tienes decidido
que harás. Mañana lo esperarás en el mismo sitio que hoy y os iréis juntos. Ya
no más cartulinas. Quizá no os digáis nada, no pronunciéis palabra alguna, pero
os cogeréis de la mano fuerte, y os alejareis de allí veloces, ansiosos,
decididos a la pasión, al desenfreno, dispuestos a resolver ese deseo que os ha
ido creciendo a ambos, día a día, minuto a minuto, la incertidumbre de él, la
impaciencia y lujuria de ti, tan traviesa, tan jodidamente deseable. Tu juego
que llegó tan lejos, que llegará tan lejos y David. Mañana averiguaras su
nombre después de teneros ambos, después de aprenderos de memoria los secretos
de vuestros cuerpos, de vuestras pasiones. Él sobre ti, en la cama, las sábanas
en el suelo, en alguna parte, tan lejos, las habréis arrancado de su sitio, la
ropa tirada por el piso, la rebeca y el suéter en la entradita, los pantalones
de ambos en el pasillo, los calcetines en la puerta del cuarto, la ropa interior
junto a la cama, a un lado, y vuestros cuerpos encendidos e impresionados, fatigados
ya por la gimnasia tan bien hecha, empapados de sudor, mirándoos entonces sin
temores, fijamente mientras se os escapa una risita de complicidad por la
situación, porque casi no os lo creéis, porque os cuesta imaginarlo pero si,
estáis los dos juntos, David y Paula, tan diferentes y tan parecidos, tan
apasionados y juntos al fin.
David le contará a
Paula que la última noche ni durmió. Sólo veía su mirada azul, sus diminutas pecas
que salpicaban su rostro y que ahora mientras le hablaba tan pegado, veía tan
atractivas, tan sensuales, y ahora tan juntitos, cuerpo con cuerpo, abrazándose
está vez si de verdad, estrechándose para ser, para sentirla, los mofletes
inflados, la sonrisa regalada, los labios rojos y su mirada clavada en él. Una
mirada de admiración, de por fin te tengo, de veneración mutua. Tan poco
acostumbrado a mirar y ahora mírame, no aparto mis ojos de los tuyos, tan
azules, tan preciosos que me recuerdan al diamante o al zafiro más brillante.
Me has enamorado, me has subyugado y he caído rendido a ti y te doy las gracias
de este modo, besándote en tus pecas, en cada una de ellas, aunque sean mil y
nunca acabe, aunque nos tengamos que quedar aquí, perpetua dulce condena, mis
besos y tus pecas, tu mirada y yo…Gracias Paula por jugar conmigo.
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