Yo no
sé dibujarte sobre un papel pero sí sé dibujarte cuando cierro los ojos. Solo
sé dibujarte así porque así te he dibujado muchas veces, una y otra vez, con la
repetición incansable del sol saliendo todos los días. Entonces comienzo a
manejar lápices y pinceles; entonces comienzo a imaginarte, a verte, a
dibujarte; entonces primero una tenue sombra, apenas un bosquejo; entonces unas manchas borrosas que ya son tu
pelo; entonces dos lentejitas luminosas que son tus ojos; entonces tu boca, de
un rosado que se va definiendo poco a poco hasta que la almohadilla de tus
labios me sonríen; entonces tu cuello, fina columna de porcelana, delicada y
brillante, desnuda, la cual me pide a gritos que la bese; entonces tus hombros y tu pecho, montículo
coronado por el botón de tus pezones, los cuales sobresalen y descansan sobre
el pasto de su aureola; entonces tu vientre, sendero que me lleva al ombligo, depresión
donde me entretengo, sima la cual invita a introducir mi lengua, a beber del
rico elixir que en el guardas, preludio del aguardiente de tu pubis del cual
uno se emborracha con solo mirarlo. Entonces ya casi estás dibujada, entonces
tus muslos y tus piernas, prolongación extática que me corrompe; entonces tus
brazos y tus manos, acariciándote frente a mí, recorriendo tu cuerpo como si
quisieras enseñarme, guiarme por la geografía de tu piel de seda; entonces tu
espalda, tu columna, cuentas de un rosario que serpentea hasta la esponja de tu
trasero, dulce melocotón que muerdo; entonces tu figura en mi mente; entonces
el dibujo ya terminado; entonces tú.
"Reflexiones y relatos. Una mirada al abismo de la vida y sus profundidades. Una caída de cabeza y sin manos al vacío, de frente, sólo amortiguada por pluma y teclas."
martes, 5 de enero de 2016
viernes, 18 de diciembre de 2015
Hades
"Nadie
sabe que eres el azote de tu propia sangre,
de los muertos bajo la
tierra y de los vivos aquí arriba,
y el doble trallazo de la
maldición de tu padre
y de tu madre, te arrojarán de este mundo."
Sófloques.
Si
te encontraras echado sobre una barca muy precaria y pequeña, diminuta, estando
tumbado boca arriba, inerte y exhausto, sin fuerzas siquiera para abrir los
ojos y observar el paisaje que te rodea, a ti y a Caronte, el sempiterno
barquero de Hades, verdugo el cual te transportaría al inframundo navegando infatigable
y puntual a través de las aguas del rio Aqueronte, te encontrarías muerto, y no
podrías escaparte. No podrías hacer nada. No creo que haya algo peor, algo más
aterrador que tener la noción de que te estás muriendo, o directamente que
estás muerto, y no puedes hacer nada. O sí. Verte a ti mismo desde fuera,
autoscopia lo llaman. Y así precisamente estaría nuestro personaje, desdoblado,
interrogándose del por qué se ve así mismo, en aquel esquife en mitad del rio,
antesala del infierno, puerta maldita donde quedaría atrapado para siempre,
quiera decir para siempre lo que queramos, la eternidad por ejemplo. Aunque la
eternidad pueda durar solo un segundo o un beso o mil años. Escojan ustedes.
Angustiado, nadie le vería ni nadie le escucharía. Sus gritos de terror serían
inútiles, los aullidos, exhalados desde lo más profundo de su estómago, no producirían
más vibración que la pluma que flota en el aire. Pasarían desapercibidos. Sería
un fantasma, una sombra en la noche, en la oscuridad más absoluta, y estaría
perdido. ¿Por qué yo? se diría. Yo no puedo ser, yo soy yo y estoy aquí, ¿pero
entonces quién? ¿Un sueño, quizás? Alcanzarían la orilla opuesta, donde
mientras el bravo oleaje rompería con fuerza sobre el bote, observarías como te
levantan, y en volandas, como si no pesarás nada, Caronte te transportaría cual
fardo del montón. Porque efectivamente serías del montón. Uno cualquiera. Un
chico joven, el cual falleció por tomar una mala decisión, aunque entonces no
podías saberlo, lo ignorabas. Verías seguido al guardián de la puerta, Cerbero,
el perro de Hades. Lo verías menearse de un lado para otro, lo verías ladrar y
olfatearte con sus tres hocicos, y enroscar su rabo en forma de serpiente. Te estaría
saludando, recibiendo. Pobre de ti, tan indefenso. Ya tus ojos permanecerían
abiertos, tan grandes como platos, inyectados en una sangre putrefacta,
mientras te adentrarían en el submundo, en el averno. Reino de Hades, como Zeus
del cielo o Poseidón del mar, castigado a vagar entre el fuego y la sombra y la
miseria, mucha miseria. Proscrito como estarías, te verías a ti mismo y no
harías nada. Imposible por otro lado. Película de miedo. Verías figuras
abyectas y desfiguradas rodearte, cargadas con ese halito de repugnancia que
emana de las alcantarillas, verías a la prole de acólitos desgraciados que no
harían más que vagar por el infierno sin pararse a pensar ni a descansar. Solo
espectros. ¿Quieres ser uno de ellos? Cuidado, uno te pasó por el lado. Tenía
la mirada del loco, del alienado, del piantado que pese a mirarte no te mira,
porque está mirando hacia adentro, hacia adentro o al infinito, es lo mismo.
Ahí te ves, Cerbero te dejó en medio de esa pocilga inmunda y sucia. Corre, ve
en su auxilio, en tu auxilio, en el tuyo propio porque eres tú mismo. Ve,
ábrete camino entre esos desgraciados y llévatelo. Sácalo de ahí, corre. Verías
que por mucho que lo intentaras, no podrías. Tus brazos no encontrarían
resistencia, tus manos danzarían entorno al aire nauseabundo que tampoco
respirarías, y no llegarías a cogerlo. Estás muerto o soñando, o en medio de
una pesadilla, y no te queda otra cosa que resignarte. O despertarte.
Como
si de una cuadriga se tratara, te verás tirado por diferentes cuerdas y tensiones.
Tú, simple mortal atormentado vives a remolque de todas ellas, en un frágil y
tentador equilibrio, al filo del acantilado, al borde del abismo que nos atrae
como nos atrae escuchar el canto de las sirenas. Vértigo no es más que
atracción a lo desconocido. Y desconocido son para ti los infinitos seres que
habitan en ti, y que mantienes encerrados. Los retienes con la esperanza de que
no se escapen y tomen el mando. En eso consiste tu existencia, en no perder el
equilibrio. Si una cuerda tira de ti hacia la izquierda, la de la derecha debe
hacerlo de igual modo y fuerza, o te verás arrastrado, desequilibrado, náufrago
de una fuerza mayor que tú mismo. Vales lo que consigas aguantar los tirones.
El destino es caprichoso y tú no lo controlas, lo controlan ellos, tus cuatro
jinetes del apocalipsis. Uno lleva consigo, encerrado en un cofre, tu corazón.
Otro, en una pequeña bolsa, porta tu cerebro. El tercero, a buen recaudo,
guarda tu lascivia, y el cuarto, carga con una mezcla de todos ellos.
Y
al final perdiste el equilibrio, la
balanza se desequilibró y te viste arrastrado a la perdición, a la degeneración.
Corrompido porque eres humano, imperfecto. Te dejaste arrastrar al filo del
acantilado y tentaste demasiado a la suerte. Caíste a las profundidades. Ahora
vagas por el infierno recordando tus decisiones, las que te llevaron hasta
aquí, y te lamentas sin que tu voz la escuche nadie, sin que tu sombra la vea
nadie, y te ves a ti mismo devorado por las criaturas hambrientas de carne, las
cuales te rodean desordenadamente, sin control, como una jauría de hienas o
buitres y te despellejan hasta convertirte en nada, porque nada eres. Y
entonces te das la vuelta, horrorizado, y comienzas tu peregrinación eterna a través
del fuego perpetuo sin dejar de pensar en el destino, tu destino, ese que resulta
implacable, hagas lo que hagas porque está escrito que se cumplirá, o eso
piensas. ¿Acaso consiguió Edipo escapar de su destino?
Salir
un minuto más tarde o más temprano de casa puede modificar tu destino; o no. A
lo mejor tu destino era precisamente ese, el salir justo en ese momento para
morir. Al fin y al cabo estás en el infierno, y tienes toda la eternidad para
pensarlo.
El
corazón te decía una cosa, la razón otra, y tu lascivia te corrompía. Las tres
impostoras dentro de ti queriendo imponerse, y mientras tú, viéndote zarandeado
de un pensamiento a otro, como una pluma movida por el viento hasta caer, hasta
la muerte. Era la lascivia quien te empujaba al abismo, era la razón quien te
frenaba, y era el corazón a quien querías hacer caso y entre los tres caíste
presa del engaño. Te marearon. Saliste en busca de la persona equivocada. Dicen
que el demonio se viste de seda y esa misma seda fue la que te mató. Te sedujo
para atraerte. Te embaucó para tenerte. Te engañó para matarte. La chica te
asesinó. Por eso vagas ahora sin esperanza...Descansa en paz.
jueves, 17 de diciembre de 2015
Andrew
1
El último golpe se lo dio en la
cabeza. Cayó a plomo sobre las frías baldosas de la cocina. Andrew había estado
discutiendo con su mujer. La enésima discusión desde que se casaron. Nunca
había llegado tan lejos, pero esta vez se le fue la cabeza de tal modo, y su
mujer estaba tan alterada y enajenada, que no lo pudo evitar. Llegó a su casa,
y antes de que pudiera dejar su abrigo en el recibidor, su mujer lo estaba
esperando con los brazos cruzados, de pie, con el pelo recogido y sus gruesos
labios fruncidos, sosteniendo un cuchillo entre las manos.
Vivían en una zona residencial,
en una casita adosada de color blanco y tejas negras. Grande. Cómoda. No vivían
mal. Los vecinos no solían molestar ya que casi nunca estaban, y normalmente el
único alboroto que se escuchaba en la calle, era el de los perros ladrando y el
suyo propio cuando discutían. Pero nunca lo hacían fuera de casa. Siempre
discutían de puertas para adentro y procurando no armar mucho jaleo. Susan, su
mujer, era una estupenda ama de casa que hacía un pastel de manzanas riquísimo.
Era una estupenda cocinera. Habitualmente, los sábados, cocinaba algún plato de
carne o de verduras para compartirlo con los vecinos o con algún invitado. O
con sus amigas. Aparentemente, de cara al exterior, eran un matrimonio normal y
así se comportaban tanto con sus familiares como con sus vecinos. Disimulaban
cuando salían fuera o cuando algunos amigos iban a pasar una velada a casa.
Barbacoa y cerveza. Pero allí, entre esas cuatro paredes, en su dulce hogar,
cuando estaban solos, se desataban unas discusiones tremendas.
- ¡Tú ya no me quieres! ¡Tú eres
un cerdo pervertido! ¡Tú me engañas con otra! - le gritaba cualquier día Susan
a Andrew con la cara desencajada, despeinada y los ojos fuera de las órbitas.
Andrew negaba todo y le imploraba
que se calmara. Se acercaba poco a poco a ella hasta que conseguía abrazarla.
Le echaba el aliento encima, la retenía entre sus brazos y la calmaba
susurrándole al oído que ella era el amor de su vida, la mujer de sus sueños. Y
le comenzaba a dar pequeños besos en la cara, repetidas veces hasta que Susan
se reblandecía en sus brazos. Sus ojos, vidriosos, pasaban a cerrarse. Andrew
le decía “ya pasó nena, ya pasó” mientras le secaba las lágrimas con el dorso
de la mano y continuaba besándola por toda la cara. Al final acababan
reconciliándose y haciendo el amor en cualquier parte de la casa. Se revolvían
de forma frenética por todos los rincones y follaban durante horas. Así solían
acabar sus discusiones, con sexo salvaje.
Pero esta vez fue diferente. Está
vez Andrew no consiguió abrazarla como hacía siempre para calmarla. Esta vez
Susan tenía en la mano derecha un cuchillo. Estaba de pie e inmóvil. Se le veía
parte del pecho izquierdo. Los brazos los mantenía cruzados. Llevaba puesta una
bata sin atar y las piernas las llevaba desnudas. Permanecía descalza sobre el parqué
del suelo. Los listones de madera crujían al oscilar sobre ellos, a cada paso.
En esas condiciones, Susan comenzó la retahíla de siempre, los insultos y
amenazas habituales, con la diferencia del arma, del cuchillo que sujetaba.
-¡Tú has estado bebiendo! ¡No me
engañas, te huele el aliento a whisky! ¡Y encima tu ropa huele a perfume
barato! - Gritaba mientras descruzaba los brazos y enseñaba el cuchillo a su
marido, moviéndolo de un lado a otro. Amenazándolo.- Ni se te ocurra acercarte
a mí.
Andrew dio un par de pasos hacia
su mujer y se paró de golpe. Procuraba mantener la calma.
-No, nena. Vengo del trabajo.
Ven, suelta ese cuchillo. No seas cínica.- Hablaba despacio, muy calmado, pero
estaba borracho y se trastabillaba al pronunciar las palabras.
- ¿Qué vienes del trabajo? Y una
mierda. Te dejaste las llaves de la oficina encima de la mesilla. Mentiroso.
Eres un sucio cabronazo.- Susan comenzó a blandir el cuchillo. Le temblaba el
brazo mientras lo hacía.- No te acerques más.
Los gritos aumentaban. Se escuchó
el ladrido de un perro fuera de la casa. La ventana del salón estaba abierta.
Solo las cortinas velaban el exterior. Unas cortinas de color blanco.
- ¡No te atrevas a tocarme! ¡No
te acerques o te lo clavo!- Susan miró hacia la cortina de la ventana, que por
un momento hondeaba como si fuera una bandera. Todo quedó en silencio después
del ladrido.- He aguantado todo este tiempo, pero ya no puedo más.- Las
lágrimas comenzaban a asomar por su rostro.
- ¡No sabes lo que dices nena!
Vamos a calmarnos. Has estado bebiendo. Suelta eso.- Andrew vaciló un momento.
Extendió las palmas de sus manos en señal de paz, pero Susan estaba tan
nerviosa que le tiró el cuchillo a la cara de repente. Fue un acto fugaz, casi
reflejo. Andrew se contorsionó de tal modo que logró esquivar el cuchillo por
poco, recuperando al instante su posición inicial. El cuchillo se había clavado
en un armario del recibidor y su empuñadura brillaba como si fuera un
diamante.- Loca hija de puta. Estás loca nena. ¿Qué te pasa?
Susan lloraba. Había lanzado el
cuchillo hacia su marido y lloraba y temblaba y permanecía de pie tambaleándose.
Su cuerpo era como una gran montaña de gelatina.
- Ojala estuvieras muerto. Me
prometiste que me cuidarías, que me amarías, que serías mi hombre y no eres más
que la polla de cualquier zorra barata.- Mientras lo decía avanzaba contra su
marido. La bata se le había abierto del todo. Se podían ver sus braguitas de
encaje azules y sus pechos descubiertos. Movía los brazos frenéticamente, como
aspas de molino.
Andrew la sujetó antes de que la
golpeara con los puños. La agarro de las muñecas fuerte y la lanzó contra la
pared de enfrente. Un cuadro se cayó al suelo. Era un retrato de los dos del
día de su boda. El marco se rompió. Los trocitos de cristal roto se esparcieron
por el suelo. La foto aun así podía verse perfectamente. Había caído boca
arriba. Andrew y Susan sonriendo frente a la cámara y abrazados con sus caras
muy juntas, casi pegadas.
- No sabes lo que dices, loca.
Insensata. Borracha. Casi me matas con ese cuchillo. Te ruego que te calmes y
hablemos.- Intentaba acercarse para calmarla, pero era imposible, Susan era un
completo manojo de nervios. Andrew miró por un instante el retrato en el suelo.
Lo evitó pisar y comenzó a agacharse para coger a su mujer, pero Susan se dio
la vuelta y comenzó a gatear como pudo alejándose de él. Se deslizaba bastante
rápido y además, le soltó una patada que le alcanzó el rostro.
- ¡Estás completamente loca! Me
has roto la nariz, puta.- Andrew se presionaba su nariz. Se la refregaba y
presionaba con fuerza.
El golpe lo había hecho
tambalearse y casi perdió el equilibrio. Estuvo a punto de caerse de espaldas.
Tenía sangre en las manos. Unas gotitas salpicaron el suelo que se estaba
llenando de motas de color rojo. También se manchó la foto.
Susan mientras tanto había
logrado ponerse de pie y se dirigía a la cocina. Se apoyó en el marco de la
puerta, mirándole con los ojos llenos de lágrimas e inyectados de odio.
- ¡Loco estarás tú! Vuelves
siempre a casa borracho y encima me mientes. Todo nuestro matrimonio ha sido
una farsa. ¡Ni siquiera sé por qué me case contigo! Eres despreciable y ruin.-
Gritaba aturullándose con las palabras.
- Escúchame, si me emborracho es
porque el trabajo es una mierda y porque los chicos son una mierda. ¡Porque TÚ
eres una mierda! Siempre fingiendo con tus amigas. Estoy harto de fingir. Estoy harto de ti y de tus amigas. Estoy harto
de los vecinos. Estoy harto de esta casa.- Andrew hacía aspavientos con los
brazos y aumentaba la voz a medida que hablaba. Se agachó a recoger el marco
del suelo. Sujetó la foto con ambas manos y la rasgó. Su mujer ya estaba en la
cocina.
Andrew con la camisa manchada de
sangre y sujetándose la nariz con una mano, corrió a abrir la puerta de la
cocina, pero Susan estaba justo detrás, apoyada, haciendo fuerza con la espalda
para que no la abriera. En la calle seguía reinando el silencio.
-
Abre la jodida puerta, nena. Abre la puerta o la tiro abajo- gritaba él
sin dejar de aporrearla.
Susan continuaba haciendo fuerza
pero los golpes de Andrew aumentaban y cedía poco a poco. Sus pies resbalaban
en el suelo a medida que la puerta se abría y estuvo a muy poco de pegar con su
culo en el suelo. Andrew pasó entonces. Le había costado pero estaba en la
cocina. La golpeó en la cara. Una vez. Una sola bofetada a la que ella contestó
pataleando. Le consiguió dar una patada en la espinilla. Se podía ver un
reguero de sangre tras Andrew. No había parado de sangrar. Se movían por la
cocina tirando los cubiertos y la loza de la encimera y los muebles. Una
cacerola rodó por el suelo. A punto estuvo de pisarla Susan. La cocina era un
campo de batalla. Corrían de un lado hacia otro persiguiéndose.
- Suéltame hijo de perra. No
tienes ningún derecho sobre mí.- ella gritaba. Andrew la tenía cogida por los
pelos.- Suéltame borracho. Eres un borracho. Me das asco.- Movía la cabeza y el
cuerpo frenéticamente. Los pechos le bailaban. Tenía los ojos hinchados y un
moratón en el pómulo izquierdo. Le escupió.
- Si yo soy un borracho, tú eres
una paranoica. Estás loca nena, loca. Eres una puta loca. Entérate. Si bebo es
para poder soportarte. La vida sin alcohol sería un infierno. Mírate. Desnuda,
como siempre. Borracha. ¿Quién te sacó de la puta calle? ¿Quién te dio una vida
fuera de la calle, nena? Eras una simple ramera y siempre lo serás.- Andrew la
abofeteó repetidas veces. Tenía la camisa completamente teñida de rojo,
desabotonada hasta la mitad y en su cara se podían apreciar los rasgos
característicos de un loco. Escupía mientras vociferaba, y en la comisura de
los labios tenía acumulada una sustancia blanquecina. Ella movía el cuello. Gritaba e insultaba a su
marido sin parar, hasta ese último golpe.
Cayó a plomo sobre las baldosas
de la cocina. Andrew le había dado un puñetazo en la sien tan fuerte que hizo
que Susan se tambaleara y cayera como un saco de cemento. No se movía. Estaba
inconsciente. El golpe de su cabeza contra las baldosas sonó seco. Sordo. Como
si un bloque de piedra hubiera caído de repente. Su cuerpo estaba boca arriba
con la cabeza ladeada y un hilillo de sangre le salía por los oídos. Los brazos
los tenía en cruz. Los pechos caídos hacia los costados. Una pierna estirada y
la otra recogida. De repente, el silencio se apoderó de la cocina, de la casa,
del vecindario entero. No se escuchaba nada. Andrew se quedó inmóvil, de pie,
con los brazos extendidos frente a su mujer que yacía en el suelo. Permaneció
en esa misma posición un minuto. Se arrodilló para inspeccionarla. Le cogió las
muñecas. La gritó, le dio bofetadas, le tomó el pulso. Nada. Susan no se movía,
no reaccionaba. Alrededor la cocina parecía una zahúrda, como si toda una
manada de búfalos hubiera arrasado con ella. El suelo estaba repleto de platos,
vasos, cubiertos y demás instrumental de cocina. Y de sangre. De sangre de los
dos. Un charco de sangre muy brillante y roja se iba formando bajo la cabeza de
Susan.
2
Andrew llevaba a Susan en el
maletero. Conducía su monovolumen y se dirigía por una carretera a las afueras
de la ciudad. La carretera era estrecha, sin arcén, y estaba flanqueada por una
arboleda espesa que limitaba mucho la visibilidad. Condujo durante más de media
hora. Un solo coche se cruzó con él. Su cara reflejaba el miedo, la
incertidumbre. Miraba al frente sin apartar los ojos del pavimento. Los llevaba
entrecerrados. Una gasa manchada de sangre colgaba de su nariz y movía
continuamente sus manos sujetándola. También golpeaba con ellas el volante. Se
maldecía en voz alta. En la radio sonaba una canción. Era de noche y los
mosquitos iban a morir contra la luna del coche, inundándola. Giró a la derecha
y se metió por un camino de tierra. Los neumáticos pasaban por encima de los
baches y hacían que el coche se tambaleará como si fuera un barco a la deriva.
El estado del camino era malo, cada vez peor, y la oscuridad más profunda a medida que se internaba en el
bosque. Los faros iluminaban el frente como dos espadas que hendieran la
oscuridad. Al rato frenó. Quizá hubieran pasado cinco minutos, o diez, no más.
Andrew se bajó del coche y abrió el maletero. Allí estaba el cuerpo de Susan
inerte, lívido, sin vida. Una manta la cubría el cuerpo como si cubriera un
juego de palos de golf. Solo mantenía fuera la cabeza. Los labios se habían
tornado azules, y el moratón de la cara se había convertido en un gran edema.
Estaba violeta. Y ya no sangraba. Andrew sacó una pala del maletero, se alejó
del coche en la dirección que apuntaban los faros, y comenzó a cavar.
3
El último montoncito de tierra
cubrió a su mujer. Andrew, llevaba más de dos horas trabajando en el agujero.
El sudor le resbalaba por la frente. “Oh nena, por qué hemos tenido que llegar
a esto, nena, nena, yo no quería. Perdóname.” Junto con la voz de Andrew
lamentándose, los búhos emitían su particular ulular, el cual se entremezclaba
con su respiración y el sonido característico de la pala golpeando la tierra.
Ya había terminado. La gasa se le había caído, su nariz era un gran pegote de
sangre reseca y los zapatos los tenía llenos de polvo. Los pantalones también.
Los llevaba manchados de arena hasta las rodillas. Se colocó justo encima de la
tumba y la comenzó a pisotear. De un lado a otro. Caminaba de un lado a otro aplanándola.
Dando pisotones fuertes. No había cavado muy profundo. Recogió unos cuantos
arbustos y ramas secas y las dispuso sobre ella. También piedras. Miró en derredor
suya y se sacudió la arena concienzudamente. Después se dirigió al coche,
recogió la pala y la manta, las metió en el maletero, y se montó en el asiento
del conductor. Había matado a su mujer y después la había enterrado. Permaneció cinco minutos
sin decir nada y arrancó el coche. “Oh nena, nena…”
4
Tres horas después…
Abrió los ojos y no vio nada. La
oscuridad lo inundaba todo. Intentó mover sus brazos pero no podía. Una
resistencia se lo impedía. Tampoco podía mover sus piernas, aunque estás cedían
un poco cuando presionaba con más energía. ¿Dónde estaba? El abrir los ojos y
no ver nada es lo mismo que tenerlos cerrados. No se acordaba de nada, no sabía
dónde estaba, pero sí sabía que estaba viva. Era consciente que respiraba, con
dificultad pero lo hacía. Procuró contar hasta diez. Procuró calmarse y
analizar la situación en la que se encontraba. Recordó que estuvo bebiendo. Era
lo único que podía recordar. Recordó la botella de vodka, los chupitos.
Mientras lo hacía movía las piernas. Poco a poco. Las movía de un lado a otro y
las extendía. Cada vez tenía más recorrido, más espacio. Recordó que llegó su
marido. Movía los brazos de arriba abajo a la vez que abría y cerraba los puños.
Sentía la tierra al tocarla, al morderla. La sentía en sus labios. Era tierra
lo que la rodeaba. Estaba enterrada. La habían enterrado viva. Recordó la discusión,
los golpes. Recordó el marco roto, la fotografía, la cocina completamente
desordenada. Recordó el reguero de sangre de su marido gritándole puta y
borracha, y los golpes. Quería gritar pero no podía, porque cada vez que movía
los labios le caían montoncitos de arena sobre ellos. No paraba de dar patadas,
de extender los brazos hasta lo que le permitía la tierra. Estaba cavando hacía
arriba sin parar. Le animaba el hecho de que cada vez tenía más rango de
movimientos y la arena se removía bien.
Su ánimo crecía a medida que el espacio vital aumentaba. Ya no estaba tan
comprimida como cuando se despertó. Ahora podía moverse bastante, aunque seguía
respirando con dificultad. Sentía el frío de la tierra sobre su cuerpo. Su
humedad. Sentía escalofríos y hambre. No paraba de agitarse y estremecerse. De
repente sintió una corriente de aire, una bocanada de oxígeno, la luz al final
del túnel. Sintió esto en el momento que estiró el brazo y la resistencia de la
tierra desapareció. Había logrado abrirse camino. Había logrado escapar de su
tumba.
5
Andaba en bragas y con el pecho
descubierto en el frío de la noche. Había logrado escaparse de su tumba y ahora
miraba el agujero desde arriba. Maldito hijo de puta pensaba. Ahora lo
recordaba todo. La pelea, los golpes, todo. Su marido la había golpeado y quedó
inconsciente, y no tuvo los cojones de ir a la policía. Me enterró viva. Pensó
que eso sería lo mejor, pues ahora verá. ¿Dónde estaba? Era aún de noche y
hacía frío. Estaba congelada. Sentía la tierra y las irregularidades del terreno
bajo sus pies. Se tocaba la sien. Le dolía la cabeza y se sentía mareada.
Comenzó a andar buscando una vereda o un camino, algo. Se abrió paso a través
de los arbustos y de la hojarasca. Las ramas la arañaban. Su cuerpo se iba
llenando de pequeñas heridas y de arañazos. La planta de sus pies la tenía
llena de llagas y ampollas. Le dolían a cada paso, pero no paraba por ello. Podían
más el miedo y el frío y las ganas de venganza hacia su marido. El instinto de
supervivencia. La luna no brillaba mucho. Había nubes en el cielo y una brisa
fría hacía mecerse las hojas de los árboles. Crujían. El sonido era casi
agradable. El silencio de la noche lo interrumpían los ruidos de los animales
nocturnos que se multiplicaban y alternaban entre ellos. Ladridos de algún
perro, búhos, grillos...En medio de ese abismo, Susan continúo andando desnuda,
buscando una salida, una salvación.
6
Encontró un camino. No sabía en qué
dirección andaba. Norte o sur. Este u oeste. Qué más da. A algún lugar
llegaría. De repente vio una luz a lo lejos. Llevaba andando unos treinta
minutos sin parar. Había seguido el camino y ahora veía una luz al fondo. Sería
de algún cortijo o casa de campo, pensaba. Brillaba como una estrella. Era su
salvación o eso esperaba.
Aligeró el paso pese a las
heridas y los dolores. La luz se hacía poco a poco más grande y más intensa.
Cada vez la tenía más cerca. Ya podía apreciar la silueta de una casa, como de
un galpón grande. Estaba convencida, era una casa. En medio de la noche se
distinguía su tejado y un humo vertical que se elevaba hacía las nubes. Sería
la chimenea.
Le abrió un hombre mayor. Tenía
una cabeza redonda y colorada y no tenía cuello. Era calvo. Gordo. De cara
afable. En sus ojos se podía apreciar que lo habían despertado. Vestía unos
pantalones y camiseta de algodón y llevaba una bata encima. Una curva generosa
le nacía a la altura de la barriga. Hacía frío. Detrás suya se podían observar
los últimos rescoldos del fuego en la chimenea. Se quedó mirando estupefacto a
la mujer que estaba plantada frente a él. Estaba desnuda, con la cara amoratada
y el cuerpo lleno de arañazos y heridas. ¿Sería un sueño? ¿Una pesadilla? Con
la boca abierta, embobado, escuchaba el relato que Susan le contaba. Estaba
llorando. La dejó pasar inmediatamente y la hizo sentarse frente a la chimenea.
Le buscó ropa y mantas y le ofreció algo de beber. Fue a buscar más leña
mientras Susan entraba poco a poco en calor y ordenaba sus ideas. Lo mataré, lo mataré muy lentamente, hasta
que exhale su último aliento y lo vea morir despacio.
domingo, 13 de diciembre de 2015
Azul
Lo único que recuerdo son
unos ojos. Lo único que recuerdo son unos ojos muy azules. El azul siempre me
ha gustado, y allí estaba, en esos ojos de esa chica, en esa fiesta. Desde hace
tiempo me quedo embobado mirando el cielo. Yo de pie, enderezado, recto, con la
boca algo abierta y mirando como un bobo el azul del cielo. O el mar. Cuando
voy a la playa, las pocas veces, siempre me paro a su orilla, quizás con el
agua lamiéndome los pies, y miro el azul del mar. Es distinto que el azul del
cielo, pero también me gusta. Ambos se juntan en el horizonte y yo lo observo.
A veces sin embargo ese azul que se mezcla con el del océano como en una acuarela,
se torna rojo, como si le prendieran fuego. Es el sol que se pone, y también es
bonito. Me gusta. Pienso que ese fuego es necesario. Indispensable. Sí, el
fuego es necesario para la vida. También el azul.
Cuando era pequeño me
gustaba dibujar con los rotuladores. Mis favoritos eran los azules. Azul
oscuro, claro, cálido, casi negro. Todos. Dibujaba paisajes y casitas con sus
ventanas. Dibujaba ríos con puentes, y dibujaba chicas con dos grandes manchas
azules en la cara. Eran sus ojos. Me divertía haciéndolo. Llenaba hojas con
dibujos. Todos con tonalidades azules. Toda la gama de azules. Casi toda.
También escribía y sigo escribiendo con bolígrafos de color azul. No lo puedo
evitar. Es casi una manía. Me atrae como la miel a las abejas. De pequeño es
verdad que mis ojos eran azules. Ahora no. El momento del cambio no lo
recuerdo, pero supongo que debió ser un día cruel para mí. Veo las fotografías
y veo a un niño con los ojos azules claros y me pregunto si realmente ese niño
era yo. Ahora los tengo marrones. Así que podemos decir que el color azul, como
mínimo, me fascina.
Me llamaban. Caminé
despacio. Camine sin prisa, paladeando el momento. No pensaba especialmente en
nada, más allá de apurar la lata de cerveza que llevaba en la mano. La cerveza
es otra de las cosas que me gustan. Como el azul. Ahora no pensaba en el azul.
Ahora me llevaba la lata de cerveza a los labios y no pensaba. Bebía. A veces
es bueno no pensar en nada. Ahora el azul estaba lejos. El azul existe cuando
me lo ponen delante. Y me lo pusieron. Vaya si me lo pusieron. De repente vi el
azul de unos ojos que me miraban. Miraban a mis ojos marrones y yo los miraba a
ellos. Jamás había visto semejantes ojos. Era como mirar un dulce y embriagador
pastel de chocolate del que no pudiera apartar la mirada. No podía dejar de
mirar esos ojos, ese azul, esa chica. Estaba encerrado en esa mirada. He visto
muchos azules. He visto muchos ojos azules, de muchas chicas, de todos los
tonos, de todas las formas. Pupilas grandes, pequeñas, abombadas, achatadas.
Iris festoneados con todos los colores del arcoíris, pero ninguno como el que
vi en la fiesta. Los de la chica. La luz del sol jugueteaba con sus ojos y
proyectaban una infinidad de tonos azules en sus ojos. Eran como pequeñas
canicas cristalinas. Recordé mi época de la infancia. Me vi jugando a las canicas
con esos ojos. Quería jugar con ellos. Los deseaba. Me atraían, me atraían sin
poder evitarlo. Me lleve la lata a la boca y la apure de un trago. Allí estaba
el azul. Allí estaba lo único que recuerdo de la fiesta. Los ojos azules
infinitos. Me di la vuelta, me dirigí a la cámara frigorífica, y me cogí otra
cerveza, pensando en esos ojos, en ese azul, en esa chica, en lo único que
recuerdo de la fiesta, y pensé que quizás un poco de fuego en ellos no estaría
mal. Al fin y al cabo el fuego es indispensable para la vida, como el azul.
sábado, 5 de diciembre de 2015
Buzón
Elías
¿Cómo
decírselo? Así creo que está bien. En esta carta se lo puse, no podemos seguir
juntos porque él, siempre él, el que te sigue, el que te arropa, el que te
escucha y te acaricia el pelo. Siempre, a tu lado, quizás acurrucado en el sofá,
susurrándote no te preocupes muy cerquita del oído, siempre estaré contigo, mi
amor, mi amor, ese artículo posesivo, esa muletilla de posesión, y yo en mi
casa, pensándote, pues también mía, de todos. Daniela es de todos o de ninguno,
entérate. Debo hacerlo y sin embargo me cuesta. La carta me pesa como si fuera
un bloque de piedra, me cuesta meterla en el sobre porque supone el fin, el
punto y final entre tú y yo, a partir de ahí, el mareo, la nada. Y sin embargo
la meto, la tengo en la mano, cerrada ya, estoy decidido, aquí se pierden todos
nuestros momentos, todas nuestras horas juntos jugando a cogernos, a
acariciarnos, ahí van todos los momentos en los que no nos decíamos nada porque
todo estaba dicho, todo se comprendía con esa mirada tuya, tan tierna, tan
clara. Era mirarte a los ojos y me veía reflejado en ellos, brillaban. Ahora ya
no brillan. Aquí dejo el instante en que te vi por primera vez y me sonreíste,
aún sin saber que el amor, que nosotros… Dejo tantas cosas en esta carta que me
duele levantarme y andar hasta el buzón, aunque está solo enfrente,
precisamente por eso, está tan cerca que duele. Si estuviera lejos, muy lejos,
si tuviera que andar un día entero o dos, o tres, peregrinar hacia ti para
dártela, sin dejar de pensarte jamás, eternamente, sin llegar a cortar por lo
sano, que digo por lo sano, por lo insano, no me dolería, o me dolería mucho
menos. En ese caso tendría esperanza. Esperanza de volver a ti, de no tomar la
decisión, pero el tiempo pasa, y corre en nuestra contra, y en la tuya. Vértigo.
El vértigo es ir a echar la carta en el buzón, me tambaleo, ya voy Daniela, es
el fin, dejarla caer es mi caída, como la de Roma o Bizancio.
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Tomás
Cuando te veo con él siento celos. A mí jamás me miras como a él.
A mí me miras como si estuvieras mirando los precios del yogurt en el
supermercado. No siento tu pasión, tu ilusión. Acariciarte es como pasar la mano
por el frío mármol de nuestra mesita de salón. Lo noto. Estás rara. Aún hoy me
pregunto por qué lo dejaste, aunque sé que os veis, no soy tonto. Todas las
noches que llegas tarde, ¿dónde estás?, en la oficina no, porque te llamo y me
dicen que ya saliste, ¿entonces?, con él, lo sé, sí, con él, pero no me atrevo
a acusarte, no soy quien, no tengo pruebas y tampoco las quiero. Verlas sería
confirmarlo. Verlas sería cerciorarme de que es cierto, de que te sigues viendo
con él, tu antiguo novio, y no quiero. Mejor no saber. Mejor disimular, ya
pasará. Toda tormenta pasa, eso dicen los marinos. Yo aferrado al timón,
gobernando desde mi puesto, disimulando. Pero que digo, es inútil disimular
cuando los sentimientos afloran, los míos, cuando los ojos se me empapan al
pensar que me engañas. No me dices nada y te quedas tan tranquila, mi amor, mi
amor, acuérdate de la primera vez que te vi, aunque ibas con él, yo solo tuve
ojos para ti, ojos y oído y tacto, el tiempo se paró en ese instante y me
tuviste que repetir tu nombre, Daniela, a partir de entonces mi Daniela, mi
Mundo, mi Todo, Mía…Me quedé con la boca abierta, literalmente, embobado
mientras me contabas que queríais iros de vacaciones. Después la llamada, los
mensajes, las citas furtivas y el amor, carnal, desde luego, eras pantera en la
cama. Caliente. Y fría fuera. Calculadora, temerosa. Sopesabas si dejarlo o no,
y yo te esperaba, no mucho, te metí prisa, impaciente, yo te quiero mi amor, mi
dulce Daniela, mi amor, porque siempre lo serás aunque sé que me engañas. Nos
casamos ¿para qué? ¿Para qué si ahora todo lo desmoronas? Aplastas nuestro
castillo de arena, aquel que nos prometimos la noche de bodas. Soy un cobarde,
pero al menos te escribo. Me voy. Me alejo de ti, no lo soporto. Solo queda
echar la carta en el buzón, me tiembla la mano.
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Daniela
Dos caras
de la misma moneda. Elías y Tomás. Dos temperamentos. Me decidí por Tomás, más
seguridad, más confort. Es tan atento, tan cariñoso, no protesta por nada, no
me interroga. Me deja entrar y salir a mi antojo. Lo tengo fácil para
engañarle, y sin embargo cuando regreso a casa y lo veo, ahí, en el sofá,
acurrucado, esperándome sin dormir, me da lástima. Me echo a su lado y me
comienza a susurrar al oído que me quiere, que no me dejará nunca, y me da esos
mordisquitos en el lóbulo de la oreja. Me tengo que levantar al instante,
porque me hace sentir sucia. Me voy al baño con la excusa de que voy a ponerme
cómoda, y lloro. Lloro mucho, con esa llantina silenciosa que te hace sentir
que no eres nada, lo peor. No definirse, no poner las cartas encima de la mesa.
Por eso me pasa todo. Pienso en Elías y tampoco lo merece, él tampoco merece
sufrir por mí, tan paciente, siempre dándole largas después del amor. Siempre
hablándole de Tomás a él, que fue tanto, que es tanto. No se vivir sin él, pero
tampoco sin Elías. Tensándolo todo tanto sé que los pierdo. Nada dura para
siempre y el amor hay que cuidarlo, mimarlo, como si fuera una delicada planta.
Hay que regarla cada día y yo no lo hago. Al contrario, yo la enveneno. ¿Podré
seguir así? ¿Podré aguantar esta situación por mucho más tiempo? Sé que no, ya
no puedo, y no debo. Egoísta, eso es lo que soy, y cobarde. Egoísta con uno, y
cobarde con otro. No los merezco, no los merezco y los quiero, a ambos, no me
dejéis, por favor. ¿No veis que os quiero, que no podría vivir sin vosotros?
Por eso os lo confieso. Escribo esta carta a ambos explicándome, intentándolo
al menos, aunque es difícil. Hace tiempo que
perdí el control de mis sentimientos, y ahora andan desatados, como
cabos sueltos movidos por el viento, por la tormenta. Tempestad. Lo mejor es
que me vaya. No actué correctamente y ahora lo pago. Lo pago yo y lo pagáis
vosotros. Lo siento tanto. Tanto. Adiós. El buzón me espera.
martes, 1 de diciembre de 2015
Antoni
Antoni
barajaba las cartas despacio. Lo hacía así, mientras pensaba en su mujer, y en
la vida tan desordenada que llevaba. Giraba la cabeza mirando a ambos lados y
al frente. Allí estaban sus amigos, en el gran salón de su casa jugando al póker.
Todos parecían divertirse salvo Antoni, que en silencio comenzó a repartir los
naipes. Normalmente siempre se reía o decía alguna gracia, o gastaba alguna
broma o decía algún improperio subido de tono. Pero está vez no. Permanecía
callado, respondiendo con monosílabos y mostrando un desdén fuera de lo normal.
El gran Antoni rumiaba alguna idea. De hecho, llevaba días, meses, harto de ser
el cabecilla al que todos temían, el jefazo al que todos lamían el culo y eso
le hacía sentir vacío. Desde que creo su imperio todos sus socios le hacían la
pelota, todos sus trabajadores le doraban la píldora, no le contradecían, le
temían, y eso le exasperaba. Por una parte le gustaba. Siempre había deseado
ser alguien, alguien importante, y a base de trabajo, esfuerzo, y mucho
sacrificio lo había logrado. Pero para eso, había tenido que crearse un
personaje, un monstruo que en realidad se saltaba todas las normas morales. Él,
muchos años atrás, en su infancia y adolescencia fue un chico educado, incluso
tímido, lo que podríamos llamar un hijo ejemplar. Iba al colegio y estudiaba.
Fue al instituto y aprobaba, sacaba buenas notas. Era un buen estudiante e
incluso ayudaba a sus compañeros. Hijo de una humilde familia, tuvo que ver
como sus padres se separaban a consecuencia de las continuas riñas y
discusiones de sus progenitores. Su madre, dada a la bebida, y su padre, un
buscavidas sin empleo, se peleaban a diario. Las voces e insultos eran
habituales en su casa. Se acostumbró y sobrevivió a eso. Es sabido que algunas
plantas crecen en terrenos áridos. Antoni sufría pues. En casa las cosas no
iban bien, y en el instituto se esforzaba por destacar, acumulando méritos que
al final tiró por la borda. Una mañana se hartó, explotó, y le dijo a su
profesor que se fuera al carajo, que no lo soportaba, ni a él ni a ninguno de
sus compañeros, ni a su familia. Se levantó de la silla y salió de clase. No
volvió. Y tampoco a su casa. Cortó con todos y con todo. Nadie supo de él.
Nada. Parecía como si la tierra se lo hubiera tragado, y sin embargo progresó
en la vida. Pero cada día se lo recriminaba. Lo hacía mientras echaba las
fichas al tapete verde donde jugaba con sus amigos. Aún no había pronunciado
una palabra, solo rumiaba sus pensamientos, con el rictus de su cara serio, con
sus ojos fijos en un punto que ni siquiera estaba en esa habitación, no miraba
nada, ni lo necesitaba. Se estaba examinando por dentro, y se detestaba. Jamás
había tenido un gesto amable con nadie. Siempre había conseguido todo lo que
quería a base de amenazas, y por eso lloraba.
viernes, 20 de noviembre de 2015
Asco
¿Acaso
te pedí, Creador, que convirtieras
en
hombre el barro del que provengo?
¿Te
induje que me sacaras de la oscuridad?
(El
paraíso perdido)
“Queremos salir y sentarnos
en los cafés como cualquier joven en otro país. Entonces comienzan secuestrando
personas y matando a la gente en las calles. No sabíamos que esto pasaría. No
sabíamos que ellos estuvieran aquí para matarnos. Nadie habla, está prohibido
incluso pensar. “
Miren la
escena que sigue;
estoy sentado en mi sillón, de
cuero blanco, cómodo, medio tumbado, con el ruido de la televisión enfrente.
Está encendida, pero casi no le hago caso. Estoy más dormido que despierto, el
día fue duro y debo descansar. Mi cuerpo me lo pide. Así que mantengo los ojos
cerrados a intervalos. En ese duermevela se me mezclan los sueños, las imágenes
que como en un caleidoscopio se me suceden una tras otra se funden con la
realidad que me sobresalta. Como si alguien estuviera barajando cartas. Pego un
respingo cuando esto sucede, cuando el artefacto televisivo emite un sonido más
estruendoso, más estridente de la cuenta. Por ejemplo los anuncios, los
anuncios siempre los ponen más altos, o una música desagradable e informativa
que se te mete por los oídos y te los machaca. Peor que un boxeador lanzándote
derechazos. Efectivamente, es un avance informativo, la musiquilla del
telediario que viene a despertarte de tu sueño placentero. Entreabres los ojos,
aún medio dormido te preguntas si ya acabó la película que estabas viendo, si
habrán cogido al asesino, pero no lo sabrás o solo lo intuirás. Miras el reloj,
aún no es muy tarde, aunque sí que te dormiste un buen rato, siempre te pasa
porque eres una persona muy ocupada y muy trabajadora, y muy deportista y por
tanto cuando te sientas en tu sillón de cuero blanco te quedas semidormido
viendo cualquier película. Es lo normal y así sucede.
Pasemos
ahora a observar la siguiente escena, si son tan amables y me siguen, vean a
este joven chico; Hamza, trece años, natural de Raqqa, en Siria, joven árabe al
cual le gusta jugar. Y sobre todo le gusta jugar al fútbol. Es aficionado al
Real Madrid. Lo vemos equipado con unos pantalones largos, anchos,
descoloridos, llenos de barro y tierra y unas sandalias con la suela rota, por
la que en el zapato izquierdo le asoman los dos últimos dedos del pie. También
lleva una camiseta del Real Madrid, por eso sabemos que es del Madrid, aunque
por supuesto no es blanca, más bien gris, está sucia y es solo una burda
imitación, seguramente regalo de su padre, que la compró o la obtuvo de algunas
de las tiendas asiáticas de la ciudad. No lo sabemos. Pero ahora acerquemos más
la cámara, demos un poco al zoom y fijémonos en su cara, en su expresión
facial. El niño podríamos asegurar que es feliz en este instante. Le caen los
churretes por las mejillas a consecuencia del sudor y la suciedad que se
mezclan y es feliz, si, la boca la mantiene abierta, el pelo, un poco largo y
negro, lo tiene desordenado, como si un ventilador muy grande lo estuviera
despeinando, y los ojos bien abiertos, atentos, acechantes, dispuestos a lo que
está haciendo en ese momento, manejando un balón de fútbol que pretende chutar
a portería. La portería consiste en un muro de lo que alguna vez fue un
colegio, pero ahora no es más que escombro y cimientos y hierros, y polvo,
mucho polvo, un gran vertedero de basura, una gran montaña arruinada y triste,
una fosa olvidada en la que descansan intranquilos los esqueletos de las
personas que saltaron por los aires cuando aquella bomba cayó del cielo, ¿Qué
será aquello? Un pájaro, un avión, no, es una bomba y nos va a aniquilar, a mí
y a ti, a todos nosotros en un radio de casi un kilómetro a la redonda, porque
no caerá una, sino varias, como una lluvia de granizos. Lo bueno es que ni te
enterarás, puede que tengas suerte y simplemente te haga pedazos el cuerpo, lo
cual te ahorraría mucho sufrimiento. La portería decimos, va de una ventana a
la otra y está custodiada por Abu, amigo de Hamza, de su misma edad. Si tenemos
a bien, y nos fijamos en Abu, su pose nos ofrece un chico atento, quizás no es
la primera vez que juega de portero, ya que mantiene las piernas flexionadas,
el tronco un poco inclinado, los brazos flexionados, mirada al frente, absorto
en su ejercicio, en su objetivo, en que el balón no rebote en la pared, lo cual
supondría que le han marcado. Como Hamza y Abu, seis chavales más juegan con
ellos. Digamos que se entretienen y juegan como lo que son, niños. Hace un día
soleado, demasiado soleado, no hay ni una nube en el cielo por lo que hay poca
sombra. El calor es asfixiante, pero eso a los chicos les da igual. Ellos solo
quieren jugar. La explanada desértica que se abre ante ellos es propicia para
jugar un partido. Tienen suerte ya que han conseguido un balón de trapo gracias
a Nasser, uno de los primos de Abu, uno de los seis, así que al menos hoy no
tienen que jugar con latas. El montón de ruinas de alrededor se eleva como un
graderío mudo, como un gran estadio de fútbol vacío. Visto desde fuera,
sobrevolándolo, nos evocaría un escalofrío, como si varios voltios de
electricidad recorrieran nuestro cuerpo. Parece un gran coliseo postrado,
vencido.
Dejemos a
los futbolistas y volvamos a mí, no en afán protagonista, por supuesto, sino
para el buen entender de la historia que nos ocupa. Vedme abrir los ojos,
incorporarme del sillón, adquirir una postura más ergonómica, más alerta, como
si un peligro me acechara y tuviera que ponerme en guardia. Aún me cuesta
enfocar la atención y la vista, aún estoy atolondrado, adormilado, pero algo
escucho que me hace ponerme en guardia, como el espadachín de esgrima, con el
florete apuntando al televisor. Ese algo es una gran explosión, como un gran
estruendo, que rompe la monotonía de un discurso plano. Uno está tan tranquilo,
tan acostumbrado a unos decibelios que en el momento que irrumpe un sonido más
alto que otro, le sobresalta. En la pantalla, un sonido sordo, amplio, fuerte,
como un trueno en tu misma habitación, como si hubiera caído justo al lado de
ti, pero no, afortunadamente no cayó en tu salón, ni hay tormenta,
afortunadamente es en la televisión, aunque ya me despertó, cachis, ya me robo
el bonito sueño que me embriagaba. Mirad que interés en mi rostro. Mirad que
rápido me espabilo. Los codos apoyados en la mesa, las manos en las sienes,
mirando atento la retransmisión de la tele, ventana que nos acerca los últimos
acontecimientos, las últimas guerras, el último partido de fútbol, las últimas
gilipolleces que nos atontan. Mirad bien porque ahora me estremezco, ahora me
horrorizo y trago saliva. La nuez me sube y me baja, aparto un segundo la
mirada y miro la puerta de la cocina, solo un segundo, está cerrada, estoy solo
en casa. Miro de nuevo la tele. Aparté la mirada pensando si de ese modo se
acabaría lo que estaba saliendo en ella, lo que estaban diciendo en ella, pero
lo siguen diciendo, aunque las palabras sobran cuando te bombardean con
imágenes como esa. Sé que os preguntáis cuáles son esas imágenes y por qué no
apago la televisión, si tanto me violentan, sería fácil, ya que el mando lo
tengo al lado. Pero no lo hago. Mirad, mirad atentos, queridos amigos, hago el
amago, muevo el brazo y poso mi mano sobre el mando, pero ahí se queda. No soy
capaz de hacerlo. Quiero y no puedo. Quiero no creer. Quiero saber si lo que
veo es verdad, si lo que veo no es parte de una película de ficción, de por
ejemplo la película de asesinos que estaba viendo antes. Me pellizco, es
increíble como la realidad puede superar la ficción. Me estremezco de nuevo,
los ojos se me humedecen, es normal, es un proceso normal que a cualquier ser
humano y civilizado y coherente, con un poquito de humanidad le sucede. Miren
ustedes la televisión, la mía si quieren, o enciendan la suya propia. Observen
entonces digo. Sintonicen cualquier canal y horrorícense conmigo. Escuchad el
retumbar de la bomba y los proyectiles, los fusiles, la ráfaga de ametralladoras,
los disparos de los AK-47, los kalashnikov rusos comprados en el mercado negro,
los gemidos y gritos de horror. Vean la barbarie. Pongan todos sus sentidos en
ella, miren como corren espantados los chicos a cualquier parte, como huyen del
infierno. Porque lo que estáis viendo es el infierno. Un infierno en pleno
Paris. Quién lo diría. Lo que suponías un parque de juegos, de divertimento, se
transforma de repente en un infierno. Creías que en tu país, en tu ciudad, no
existía el infierno y sin embargo ahora lo estás viendo conmigo, existe, es
real. Los dos tenemos encendida la tele y lo vemos. Hay varios niños tirados en
el suelo encima de un charco de sangre. Ahí tienes a uno, veámoslo, la sangre
es suya, porque lleva rato ahí, tirado inerte, muerto, desangrándose porque le
metieron no sé cuántas balas en el corazón que le arrancaron la vida, lo más
preciado. El niño solo jugaba al fútbol, el chico no creía en el infierno, de
hecho tampoco creía en el cielo ni en el paraíso, el niño solo jugaba al
fútbol, repito. Lo hacía con sus amigos cuando el escuadrón de la muerte,
armado con fusiles hasta los ojos y en nombre de Ala el impostor, apareció en
el parque y lo arrasó. “Eran infieles. Bastardos. Mejor los matamos, no valen
nada.” No viste como disparaban al segundo niño ya que te tapaste los ojos,
pero no te preocupes, yo te lo cuento. Primero le pegaron una patada que lo
tiro al suelo. Increíble como cayó. Como un saco de cemento. Gateó un poco,
procurando zafarse del demonio, pero apareció un segundo terrorista que le pisó
la cabeza, dios, le pisó la cabeza como si estuviera aplastando una colilla. La
suela de la bota sobre su mejilla derecha, y de repente el cañón en su cuerpo,
sobre su pecho, y el disparo, el ruido fatal. Y la nada. Ya la nada. Todo
grabado desde un balcón. Alguien se asomó a la ventana alertado por los
disparos. Alguien que en vez de esconderse debajo de la cama, cogió su cámara y
se puso a grabarlo todo. Estamos en la civilización del espectáculo, del morbo,
la era del gran hermano. Somos testigos directos. Miren. No es una película de
guerra. Es la tele-realidad, pero no se preocupen, mañana ya se habrán
olvidado. Mañana o pasado. Mañana iremos a buscar a nuestros hijos a la
escuela, si es que tenemos, o irás al bar con los amigos, o a trabajar con tu
horario de esclavo, y no te acordarás. No habrá pasado. Háganme caso,
tranquilícense, respiren hondo, mañana todo habrá sido solo un mal sueño, una
pesadilla. Total, estamos acostumbrados. Pero ahora lloren, por favor. Ahora
ponte la bandera de Francia en el Facebook, je suis Francaes, ahora despotrica
contra los musulmanes. Apiadados sean los bienaventurados. Pobres chicos
franceses, europeos. Yo también lo pienso y lo siento. Duele. Pero te diré
algo, ven, sentémonos aquí, al fuego, tranquilos ¿quieres algo de beber? ¿No?
Yo me serviré un whisky con hielo ¿Recuerdas a Hamza, a Abu, a su primo Nasser,
al resto de sus amigos en Raqqa? Estaban jugando al fútbol en un descampado, en
un cementerio clandestino, asqueroso, en mitad de unas ruinas en medio de la
nada. Los habíamos dejado allí. Hamza estaba a punto de rematar a gol. Era
feliz, eran felices en ese momento. Habían conseguido una pelota de fútbol y
jugaban. Jugaban al fútbol como lo hacían los chicos asesinados en Paris, solo
que los chicos de Paris lo hacían en una pista de fútbol sala de verdad, y con
porterías de verdad, y con un balón y equipaciones de verdad. Los niños de
Paris eran de verdad. Son europeos y forman parte del espectáculo, del mundo
civilizado, del primero, el de verdad, como si los demás no existieran, como si
hubiera más de un mundo, el segundo y el tercero. Ellos están dentro de la
pecera con nosotros. Una pecera en la que no hay tiburones, en la que no
permitimos que entren pirañas ni monstruos. Nos conformamos con los nuestros. Haberlos
hailos, por supuesto, pero los conocemos, son de la casa. Pero a veces ya
saben, llueve porque el paraguas se rompe y mientras lo remplazamos claro, nos
mojamos. Pues escúchenme, queridos amigos, compañeros de pecera, integrantes
del primer mundo, los ocho chavales de Raqqa, en Siria, fueron aniquilados por
una bomba caída del cielo. Del cielo no, no te engañes. De aviones supersónicos
que en vez de llevar mensajes como las palomas mensajeras, llevaban bombas.
Hamza no llegó a rematar a gol. Hamza voló por los aires y fue a parar al
cementerio que hacía de graderío. No lo busques, no lo intentes. Es inútil. No
te lo dirán. No lo encontrarás. No lo verás. Están fuera de la pecera. Pedacitos de Hamza se mezclarán con trocitos de
Abu y con fragmentos de Nasser. Quizás un brazo se desgarró y fue a caer cien
metros más allá, a lo lejos, y quedó señalando la portería, el muro del que a
pesar de las bombas aún resiste a la insensatez humana, no todo, ya no tiene
ventanas, pero aún se mantiene erguido con una especie de terquedad y dignidad
sobrehumanas, divina. El muro de los chicos de Raqqa. El muro al que nunca
llegó a rematar Hamza, la portería a la que nunca remató nadie, la meta que
quedará huérfana de niños jugando a su alrededor, porque una vez más ganó el
poder y la vergüenza, el hombre incivilizado, el que se cree civilizado, el
hipócrita con doble rasero. En Occidente soy democrático, pero en Oriente y
África soy interesado. Asco.
“Las
declaraciones del principio del texto, son de un joven árabe de Raqqa, el cual,
como es lógico, tiene miedo de vivir en semejante situación, y desea huir.
Alejarse del infierno en el que vive tanto él como su familia y arriesgarse a
que lo maten en otro lado, en busca de la paz que allí no tiene, total, el
infierno se encuentra por todos sitios, el infierno convive con nosotros, somos
nosotros y ellos, y en cualquier momento te puedes cruzar con él.”
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